Dragged Across Concrete

Porcentajes en la jungla

Por Emiliano Fernández

Lo mismo que hizo en su momento el gran director y guionista S. Craig Zahler en ocasión de Bone Tomahawk (2015) con el western revisionista y en ocasión de Brawl in Cell Block 99 (2017) con las películas de presidios, precisamente combinar dichos géneros con el terror de cadencia gore y la brutalidad sin freno alguno, hoy lo reproduce en la apasionante Dragged Across Concrete (2018), más que un simple thriller metropolitano posmoderno, una versión contemporánea del “poliziotteschi” o policial sucio italiano de las décadas del 60 y 70: esta pequeña obra maestra del artista norteamericano, una epopeya sutilmente minimalista de 159 minutos de duración, no sólo nos devuelve el mejor Mel Gibson posible sino que constituye un antídoto deslumbrante contra el cine castrado y aséptico de nuestros días y toda esa insoportable corrección política que tanto mal le hace al arte ya que tiende a la autocensura para contentar a palurdos y conservadores oscurantistas que desconocen la palabra “cultura”; regalándonos de paso en esta oportunidad una bella colección de cráneos aplastados, mujeres desnudas torturadas, testículos cortados, estómagos abiertos con cuchillos y muchas cabezas y manos destrozadas por disparos que -como el mismo film- saben golpear en el instante justo porque actúan por acumulación de angustia, dejando que la tensión se acreciente hasta que es momento de desparramar carne y sangre por el piso.

 

La historia comienza con la salida de prisión de Henry Johns (Tory Kittles), un negro que estuvo en la cárcel por robo de autos y por mandar a terapia intensiva al que dejó parapléjico a su hermano menor Ethan (Myles Truitt), señor que decide recuperar algo del tiempo perdido acostándose de inmediato con una meretriz asiática con la que cursó la primaria y aceptando un trabajo -junto a su amigo/ colega Biscuit (Michael Jai White)- que implica ponerse al servicio del misterioso Lorentz Vogelmann (Thomas Kretschmann), un distribuidor de heroína, en esencia para sacar a su madre Jennifer (Vanessa Bell Calloway) de la prostitución en la que cayó luego de ser echada de una tienda de comestibles en la que trabajaba. En simultáneo tenemos el devenir de dos oficiales de policía de Bulwark, el veterano Brett Ridgeman (Gibson) y el más joven Anthony Lurasetti (Vince Vaughn), con éste último preocupado por eso de proponerle casamiento a su novia burguesa Denise (Tattiawna Jones) y el primero sobrellevando por un lado una vejez sin ningún ascenso en el horizonte, fundamentalmente a causa de no haber dejado atrás su trato áspero y agresivo y adaptarse a los tiempos que corren, y por otro lado una familia que incluye a una esposa con esclerosis múltiple, Melanie (Laurie Holden), y una hija adolescente que es molestada por chicos negros en el barrio bien humilde donde vive el clan, Sara (Jordyn Ashley Olson).

 

El catalizador es un video de un celular, que se vuelve viral y termina en los medios de comunicación, en el que se ve cómo Ridgeman le pisa la cabeza a un dealer mexicano que estaba esposado en el piso hasta quebrarle la nariz mientras Lurasetti sonríe con júbilo, todo parte de una redada en la que decomisaron efectivo, drogas y armas luego de torturar a la novia latina del narco obligándola a estar parada, mojada y desnuda debajo de un ventilador a máxima potencia. El Teniente Calvert (Don Johnson), el superior de ambos, consigue evitar que los expulsen de la fuerza -en especial por su amistad con Brett, su compañero de antaño- pero se ve obligado a imponerles una suspensión de seis semanas sin paga, lo que ellos consideran una hipocresía social porque se castiga la supuesta intolerancia con más intolerancia. Necesitado de dinero y cansado de no ser reconocido en su trabajo porque no se dedica a la política, Ridgeman recurre a un informante, Friedrich (Udo Kier), el cual le debe un favor por haber liberado a su hijo bastante tiempo atrás, para que le pase un dato sobre algún narco a quien robarle dinero, así se entera de Vogelmann y junto a Lurasetti comienzan un seguimiento sobre el susodicho y sus secuaces para determinar cuál sería el mejor momento para asaltarlo, lo que deriva en el descubrimiento de que el traficante tiene la meta de atracar un banco con un camión de caudales y llevarse todo el oro de la bóveda.

 

El más que admirable y meticuloso desempeño de Zahler pasa por su paciencia narrativa, el desarrollo de personajes frustrados a nivel existencial, el cariño por esos resortes clásicos del cine de género, un genial soundtrack soulero y jazzero y una bienvenida crueldad que no deja nada en pie -como en la realidad- porque el trasfondo ético no es tan importante como los objetivos de cada protagonista, logrando la proeza de construir intercambios entre seres de carne y hueso multidimensionales que se enfrentan contra verdaderas máquinas de matar -allí recae sobre todo el amor por los componentes más extremos del horror y el suspenso- cuya efervescencia constituye un verdadero soplo de aire fresco en las tristes comarcas mainstream e indie de la actualidad a escala global. De hecho, llama mucho la atención el nivel de autonomía y/ o libertad del que goza el cineasta, un autor con todas las letras que se da el enorme lujo de articular el desarrollo principal -en un metraje tan extenso como necesario y gratificante- con excelentes detalles paralelos como la presencia de esos cómplices amorales de Vogelmann (Primo Allon y Matthew MacCaull) que roban supermercados y a tontos varios para pagar el camión blindado del robo o esa empleada bancaria llamada Kelly Summer (Jennifer Carpenter) que termina asesinada de una manera espantosa justo el día en que regresa a su trabajo después de una licencia por maternidad.

 

Al igual que como ocurría en Bone Tomahawk y Brawl in Cell Block 99, el realizador en Dragged Across Concrete va atizando el fuego retórico para el nerviosismo, la algarabía homicida y el desconcierto todo terreno de un desenlace que hoy por hoy llega a posteriori de un largo y fascinante acecho a la distancia por parte de Brett y Anthony, quienes siguen a sus antagonistas en un automóvil con el propósito de mexicanearlos en la coyuntura más oportuna posible, desembocando en unos 50 minutos finales que rankean en punta entre lo mejor y más enérgico que haya dado en mucho tiempo el séptimo arte en lo que a policiales hardcore se refiere, en términos prácticos una andanada de enfrentamientos -en sintonía con los duelos del Lejano Oeste y muy lejos del fetiche contemporáneo con la dialéctica semi documentalista- entre todas las partes involucradas alrededor de un único escenario en donde Zahler logra edificar una constante sensación de claustrofobia a partir de espacios abiertos que no lo son porque cada uno de los tiradores está preso de su propia ambición y voracidad, en las que la desesperación social/ económica/ profesional de fondo una y otra vez se traduce en la osadía de continuar avanzando hacia el botín -o por el contrario, jamás soltarlo- vía un juego de intereses opuestos sobre un mismo tesoro que los embarra más y más en el fango del “no retorno” y los va eliminando uno a uno en consonancia con su ego.

 

Más allá de la eficacia en lo que respecta al andamiaje concreto del cine de género, el opus de Zahler asimismo resulta exitoso en materia del jugoso entramado político gracias a que destroza en simultáneo a los fascistas, denunciando la autovictimización patética de la derecha y su adopción del discurso satírico y nihilista de la izquierda del pasado, y a los seudo progresistas de nuestros días, una serie de infradotados que la van de comprometidos a nivel comunal sin embargo a decir verdad son tan inofensivos, cobardes y cándidos en su presuntuosa seguridad que cada vez que hablan ponen en evidencia su ignorancia y su táctica no asumida de repetir fórmulas y latiguillos reduccionistas en vez de tomarse el trabajo de pensar por cuenta propia. El director no sólo reincide de maravillas -en lo que atañe a su trabajo previo- con Vince Vaughn, Don Johnson y Jennifer Carpenter, sino que se planta como alguien que por fin entiende y aprovecha lo que puede ofrecer -y lo que significa- Mel Gibson, en la vida real un tremendo demente racista aunque en pantalla una figura con un magnetismo derechoso innegable que calza perfecto como adalid de una furia intra/ extra institucional que no se siente cómoda rodeada del fariseísmo omnipresente del Estado y la industria cultural, leyendo lo ocurrido y sus acciones en términos de porcentajes improvisados en torno a la probabilidad de salir con vida de esta gran jungla de cemento…

 

Dragged Across Concrete (Estados Unidos/ Canadá, 2018)

Dirección y Guión: S. Craig Zahler. Elenco: Mel Gibson, Vince Vaughn, Tory Kittles, Don Johnson, Thomas Kretschmann, Michael Jai White, Udo Kier, Jennifer Carpenter, Laurie Holden, Tattiawna Jones. Producción: Sefton Fincham, Jack Heller, Tyler Jackson, Keith Kjarval y Dallas Sonnier. Duración: 159 minutos.

Puntaje: 10