Prometeo (Prometheus)

Pormenores del génesis

Por Emiliano Fernández

Aclaremos desde el vamos que resulta prácticamente imposible satisfacer las expectativas que una película como Prometeo (Prometheus, 2012) genera entre los fans, siempre deseosos de recuperar “paraísos perdidos” y/ o viajar a través del tiempo: el proyecto por un lado funciona como una especie de “precuela colateral” de la recordada Alien, el Octavo Pasajero (Alien, 1979) y por el otro marca el regreso de Ridley Scott a la ciencia ficción tres décadas luego de la por hoy mítica Blade Runner (1982). Con semejante bagaje, sumado al camino más que errático que el inglés ha recorrido desde entonces, no es de extrañar que la obra en cuestión divida las aguas y provoque reacciones fundamentalistas.

 

Las primeras escenas dejan en claro que estamos ante una combinación de los films citados y la inefable 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968): millones de años atrás en la Tierra, un extraterrestre de rasgos humanoides bebe un brebaje oscuro, se desintegra y cae súbitamente en una cascada, acontecimiento que constituye el génesis de nuestra misma existencia. Salto temporal al año 2089, los arqueólogos Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall-Green) descubren un “mapa estelar” en las ruinas de diferentes culturas antiguas y de inmediato son reclutados por el magnate Peter Weyland (Guy Pearce) para unirse a la tripulación de la nave científica Prometeo.

 

Por supuesto que la expedición posee una “agenda oculta” y la presencia de la directora Meredith Vickers (Charlize Theron) y el androide David (Michael Fassbender) no es precisamente azarosa. Cuando lleguen al planeta de destino y comiencen a explorar una enorme estructura piramidal, el equipo encontrará una red de túneles de lo que parece ser una civilización ancestral; incluidos cilindros que derraman fluidos misteriosos, una estatua de una cabeza símil monolito y hasta el cadáver de uno de los responsables del paisaje, los “ingenieros”. La primera mitad del film es francamente extraordinaria y sigue el derrotero de la archiconocida novela En las Montañas de la Locura (1931) del gran H. P. Lovecraft.

 

Más allá de la magnificencia visual a la que nos tiene acostumbrados Scott, la bella fotografía del polaco Dariusz Wolski y un esplendoroso diseño de producción a cargo de Arthur Max, colaborador habitual del británico, sin lugar a dudas el “catalizador” de la polémica se concentra en su segunda mitad, sobre todo en lo que respecta al cambio de tono y la serie de acontecimientos que se suceden durante los últimos 30 minutos de metraje: allí es cuando lo que venía siendo una fascinante epopeya de ciencia ficción paulatinamente se transforma en una aventura de horror que desaprovecha la tensión acumulada, diluyéndola bajo los estándares hollywoodenses, el impacto directo y la sucesión de escenas inconexas.

 

A pesar de ello, el realizador consigue promediar un film exuberante que nos devuelve en parte aquellas fantasías cósmicas de antaño que ofrecían más preguntas que respuestas y dejaban con hambre de más, todo un logro considerando el triste panorama de la industria cinematográfica estadounidense (precisamente se extrañaba un convite de terror de estas características, sustentado en un presupuesto millonario). Los déficits de un guión que experimentó muchas reescrituras están ampliamente compensados por la maravillosa labor de Fassbender y Rapace, la eficacia de la propuesta en general y la secuencia/ homenaje del aborto, genial eco del “almuerzo accidentado” de John Hurt en Alien, el Octavo Pasajero

 

Prometeo (Prometheus, Reino Unido/ Estados Unidos, 2012)

Dirección: Ridley Scott. Guión: Jon Spaihts y Damon Lindelof. Elenco: Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Idris Elba, Guy Pearce, Logan Marshall-Green, Sean Harris, Rafe Spall, Emun Elliott, Benedict Wong. Producción: Ridley Scott, Walter Hill y David Giler. Duración: 124 minutos.

Puntaje: 8