El porno nace prácticamente con el séptimo arte y en la primera fase de su historia estaba reducido a cortos eróticos clandestinos y bastante ingenuos que jugaban con algún tipo de práctica o perversión inmemorial como la infidelidad, el estupro, el incesto, el gang bang o las simpáticas orgías old school, lo que derivaría primero en las nudie-cuties de fines de la década del 50, films de tono humorístico/ satírico social que fueron los primeros en escapar de una distribución marginal, y después en el sexploitation de los 60 y 70 y la Edad de Oro del Porno o “Porno Chic” (1969-1984), con Russ Meyer como el gran responsable de la introducción de los desnudos en el mainstream tradicional y la figura clave de transición entre las nudie-cuties y la aceptación del sexo en pantalla a escala masiva. En el segundo lustro de los 80, de la mano de la popularización de los VHS y de las putas con cirugías y muchos accesorios estéticos, desaparecen los presupuestos generosos de antaño y se llega al mercado hogareño del placer culposo ya sin la necesidad del viejo cine porno comunitario, a su vez desencadenando de a poco la distribución por Internet y una especie de oligopolio hiper profesionalizado y pulcro de empresas que controlan el segmento, las cuales hasta la década del 90 estaban asentadas en Hollywood y Europa y favorecían una imagen femenina voluptuosa y despampanante, firmas que con el tiempo se concentrarían únicamente en Estados Unidos y privilegiarían un look más aniñado y de meretriz joven al momento de los castings bajo esa típica hipocresía de la actualidad que se la pasa ponderando la diversidad cuando en realidad los estereotipos son los mismos de siempre -léase las fantasías tontuelas del público consumidor primordial, los hombres, más concesiones a las hembras como la abundancia de cunnilingus- y el capitalismo mugroso estándar sigue siendo el principal eje de conflictos para la sorpresa de los imbéciles que nada saben del rubro y las feminazis moralizadoras de cotillón, basta con pensar que las escaramuzas de la industria del porno de hoy en día son siempre por ganancias y regalías varias de los videos, vuelta a los cortos de los inicios de por medio, y no por abusos, desdén, degradación o falta de profesionalismo.
Placer (Pleasure, 2021), debut en el terreno del largometraje de la sueca Ninja Thyberg, es un producto paradigmático de nuestros días porque lo que pudo haber sido un frenesí libidinoso y exploitation a lo Showgirls (1995), neoclásico de Paul Verhoeven, o una fábula melancólica de ascenso y caída en el -o del mismísimo- cine para adultos símil Juegos de Placer (Boogie Nights, 1997), de Paul Thomas Anderson, muta en una suerte de mixtura biempensante entre el carácter político feminista bastante inofensivo de Hermosa Venganza (Promising Young Woman, 2020), aquella rape and revenge de Emerald Fennell sin rape and revenge, y las interesantes reflexiones de Sweat (2020), obra polaca del sueco Magnus von Horn, en torno a la soledad, el fariseísmo y las lastimosas quimeras detrás de las celebrities, los influencers y demás trabajadores de la imagen pública por sobre cualquier contenido valioso artístico, cognitivo o cultural, una dinámica de la ortopedia emocional masturbatoria sostenida en shows, eventos y premios huecos autolegitimizantes. El opus de Thyberg, en iguales proporciones adictivo y maniqueo a más no poder, está centrado en Linnéa (Sofia Kappel), una joven sueca de 20 años que deja su país para emigrar a Estados Unidos y encarar una carrera como actriz porno en Los Ángeles, todo desde una ingenuidad y una autoconfianza de pocas palabras que la llevan a compartir hogar con otras actrices porno del montón, como sus amigas Joy (Revika Anne Reustle), Kimberly (Kendra Spade) y Ashley (Dana DeArmond), y a pasar de rodajes tradicionales hombre-mujer y sesiones de fotos eróticas al fetiche progresivo del mainstream actual con lo extremo bombástico, como por ejemplo el BDSM, las violaciones simuladas, el doble anal y los tríos de sumisión. La película no cuenta con una trama habitual y apuesta más a la descripción de la industria del porno y las inseguridades y paradojas de la protagonista que a una progresión narrativa en términos clásicos, por ello la realizadora y guionista apela a la bipolaridad de Linnéa, por un lado una nena cándida que no sabe que el coito por el culo conlleva un enema higiénico previo y por el otro lado una Bella Cherry que responde al cliché de la ninfómana perpetua.
Kappel, intérprete rutinaria que no pertenece al acervo pornográfico, ofrece una actuación potable en medio de un elenco repleto de actores y actrices porno reales, generando la contradicción de base de Placer de pretender retratar al cine para adultos aunque sin sexo explícito por parte de la protagonista omnipresente, algo que se pretende compensar con los desnudos completos del resto de los personajes -y de la sueca naif- y la franqueza a la hora de escenificar las grabaciones de las secuencias pornográficas, pero sin erotizar al asunto y demonizándolo sutilmente para ser fiel a la idea principal de fondo, eso de indagar en el costado menos luminoso de la industria, y para no enemistarse a la multitud de miembros de ese mundo que participan en la propuesta de Thyberg, los cuales incluyen a proxenetas como el “agente” Mark Spiegler, muchos actores conocidos como Xander Corvus, John Strong y Mick Blue y una verdadera multitud de porn stars como las citadas Kendra Spade y Dana DeArmond -milf por excelencia- más Chanel Preston, Aiden Starr, Casey Calvert y cameos de las famosas Abella Danger y Gina Valentina, amén de la intervención de Chris Cock como Bear, un amigo intra gremio de Linnéa que asimismo sirve para señalar la utilización de drogas inyectables para mantener las erecciones por mucho tiempo, y de Evelyn Claire como Ava, algo así como el ideal/ modelo profesional tácito de nuestra Bella Cherry/ Linnéa porque tiene tetas diminutas como ella y representa una elegancia y un cuasi respeto que la europea quisiese lograr para que se le facilitasen las cosas dentro de un ecosistema caníbal. Más allá de la presencia en el último acto de estereotipos retóricos de las historias de aprendizaje o bildungsroman como la moralina de la corrupción finalmente negada por parte de nuestra campeona de la ética humanista, porque la señorita nórdica renuncia al porno luego de no defender a Joy cuando un actor bien psicópata la verduguea por brabucona y después de cansarse de la frialdad de Ava y cogerla con furia vía un strap-on en un rodaje, el grueso del film, en suma, es interesante porque utiliza un tono apacible y naturalista en pos de homologar a la pornografía con cualquier otra rama del trabajo actual.
Esta correlación entre el cine para adultos y el resto de los gremios mafiosos y explotadores del capitalismo, donde se pueden hallar personas potables al lado de dementes fanáticos del poder, las furcias y el dinero, es una de las posibles lecturas que habilita la película dentro de las diversas temáticas exploradas, en sintonía con la vida del inmigrante, la amistad, las miserias de la fama, el aislamiento contemporáneo, las desigualdades de género y raza, la competencia laboral exacerbada, los vaivenes de la industria del espectáculo, la pugna de “madurez versus adolescencia”, ese crecimiento psicológico en cuestión, la falsedad de la publicidad, el marketing y las redes sociales, la artificialidad de las fantasías diseñadas para el consumo masivo, la erotización del poder desde el sadismo, la ciclotimia algo mucho patética de tantos bípedos del presente y desde ya la dialéctica del dominio que se sostiene en la humillación y se combina con las amenazas, la precarización del trabajo y toda esa farsa del emprendedurismo de hoy en día en función de la cual todos son agentes de prensa de sí mismos y están obligados a venderse como productos ya que el statu quo capitalista no deja de concentrarse más y más en pocas manos y los seres humanos son considerados sinónimos de costos, molestias o cosas rápidamente intercambiables, reducidos en esta ocasión a penes con patas -los hombres- y a floreros bellos descerebrados -las mujeres- en un estado de cosas en donde la ambición individual fetichizada crea monstruos que otrora fueron víctimas. Por suerte Thyberg omite las pavadas burguesas new age del pasado de abusos sexuales y se concentra en las ganas de coger de una Linnéa demasiado reservada y anodina para ser del todo verosímil aunque también diletante de una mediocridad prosaica que la acerca al grueso de los espectadores, quienes deben desembarazarse de sus prejuicios -ya sea del rango de los conservadores fascistoides de mierda o de la fauna progresiva boba de izquierda- para comprender un derrotero repetitivo y gris como cualquier otro de las comunidades actuales, esas que imponen caminos siempre prefijados mientras se ufanan de dar a elegir y condicionan a hacer lo mismo que todos los otros palurdos previos hicieron…
Placer (Pleasure, Suecia/ Países Bajos/ Francia, 2021)
Dirección: Ninja Thyberg. Guión: Ninja Thyberg y Peter Modestij. Elenco: Sofia Kappel, Revika Anne Reustle, Evelyn Claire, Chris Cock, Dana DeArmond, Kendra Spade, John Strong, Xander Corvus, Abella Danger, Gina Valentina. Producción: Markus Waltå, Eliza Jones y Erik Hemmendorff. Duración: 109 minutos.