El Desierto de los Tártaros (Il Deserto dei Tartari)

Preparados para la guerra

Por Emiliano Fernández

Filmar el tiempo muerto no es precisamente una tarea fácil porque siempre implica por un lado introducir la mundanidad apaciguada de la vida en el relato y por el otro lado abrazar la contradicción del pequeño acontecimiento que parece no sumar demasiado al fluir general de la narración -homologada al devenir de los sujetos- pero una y otra vez aporta su granito de arena para que la faena de turno continúe avanzando hacia regiones más o menos desconocidas. Muchas veces el cine cuando se propuso retratar estas minucias prosaicas del día a día cayó en un recurso que se transformaría en un latiguillo bastante insoportable de la rama indie, artística y/ o de pretensiones poéticas, las tomas largas fijas o los travellings igualmente extensos en la tradición de realizadores como Andrei Tarkovsky o Béla Tarr, a cuyas epopeyas antihollywoodenses se les pasaba un poco mucho la mano en materia de un lirismo descriptivo que pretendía quebrar la obsesión del mainstream con la velocidad y lo dinámico desde el extremo opuesto, la quietud exacerbada al punto del hartazgo no narrativo. Ahora bien, una solución intermedia y francamente prodigiosa es la que propone el cineasta y guionista italiano Valerio Zurlini, un señor hoy casi completamente olvidado, en El Desierto de los Tártaros (Il Deserto dei Tartari, 1976), su última película y sin lugar a dudas su obra maestra, trabajo basado en la legendaria novela de 1940 de Dino Buzzati que a su vez inspiraría una suerte de “remake literaria” muy cercana en términos de núcleo, estructura y marco ideológico, la también famosa Esperando a los Bárbaros (Waiting for the Barbarians, 1980), odisea del escritor sudafricano y Premio Nobel de Literatura J. M. Coetzee: en su película Zurlini propone una bella conjunción entre lo reposado de impronta lánguida/ apesadumbrada/ misteriosa y el desarrollo retórico tradicional que viabiliza el progreso narrativo aunque encarado desde una premisa de lo más peculiar que se entronca con esta ciclotimia negociada de base, hablamos de un protagonista que se pasa todo el relato esperando algo que jamás ocurrirá dentro de una concepción en la que se amalgaman los espejismos del desierto sofocante y la sed de una gloria militar empardada a las batallas.

 

La historia no da precisión alguna en torno a tiempo y lugar pero se deduce que acontece a fines del Siglo XIX o principios del Siglo XX y en un imperio de Europa del Este que limita con Asia, donde el joven Teniente Giovanni Drogo (Jacques Perrin, actor fetiche del director) abandona a su madre, su novia y su ciudad para marchar por dos años al destino que se le asignó desde la cúpula castrense, la Fortaleza de Bastiano, un enorme, laberíntico y fascinante castillo rodeado por un pueblo en ruinas y por el vasto desierto y ubicado en lo que un superior, el Capitán Ortiz (Max von Sydow), define como una “frontera muerta” con el Reino del Norte, país gobernado por los tártaros de naturaleza nómada e impredecible a ojos de los caucásicos del bastión militar. La guarnición de soldados, en esencia dedicada a vigilar, realizar ensayos bélicos y paranoiquearse con un supuesto ataque de los enemigos de la otra orilla, está comandada por el Coronel Giovanbattista Filimore (Vittorio Gassman) aunque el que lleva verdaderamente la batuta es el sádico e hiper ortodoxo Mayor Matis (Giuliano Gemma), a quien recurre un Drogo en un principio deseoso de abandonar Bastiano y así consigue la promesa de que después de cuatro meses de servicio el médico del lugar, el Doctor Rovine (Jean-Louis Trintignant), le entregará un certificado que servirá de justificación para el regreso a la metrópoli. El hombre, mientras tanto, se hace amigo del afable Teniente Simeon (Helmut Griem), llega a estimar al muy riguroso Mariscal Tronk (Francisco Rabal) y conoce al parco Coronel Nathanson (Fernando Rey), el único miembro del regimiento que estuvo en una batalla verdadera y en esencia un adicto consumado a la morfina para aliviar los dolores que le provoca una vieja herida de guerra en su espina, la cual asimismo lo obliga a usar un corsé de hierro bastante tétrico y de aspecto medieval. El muchacho pronto se empapa de dos de los fetiches más importantes de la fortaleza de boca de Tronk y Simeon, respectivamente, el primero la manía con las contraseñas y el segundo la idea de que en cualquier momento pueden ser sorprendidos por los tártaros, ya que hace tiempo Ortiz hizo sonar el cañón de alerta cuando vio a algunos a lo lejos (o creyó verlos).

 

Un día aparece un caballo blanco que los oficiales asignan a los vecinos y se vuelve eje de nuevas especulaciones en torno a una inminente arremetida bélica, no obstante una vez más no ocurre absolutamente nada y encima el episodio deriva en tragedia porque un soldado abandona el fuerte para buscar al animal en medio de una copiosa lluvia nocturna y cuando pretende reingresar descubre que no lo dejan ya que no tiene la contraseña, fusilándoselo sumariamente desde las atalayas de Bastiano como indica el reglamento. El hecho termina de definir los rasgos de cada mandamás porque Matis considera al fallecido un desertor que podría haber generado un problema diplomático por osar traspasar la frontera, mientras que Ortiz y el propio Drogo juzgan absurda a la muerte e injusta a la orden de Matis de enterrar al muchacho sin honores ni pompa alguna. De golpe se produce un motín -negativa a obedecer órdenes- por parte de los colegas del fusilado y el implacable mayor consigue un castigo carcelario para los susodichos a instancias de su influencia sobre Filimore. Entre avistamientos de tártaros, una cacería de jabalí y roces entre los oficiales, cuando Giovanni tiene por fin en sus manos el certificado médico decide no hacerlo firmar por el General (Philippe Noiret) para quedarse un tiempo más y seguir los pasos de un Ortiz que continúa en Bastiano bajo la idea de enfrentarse en algún momento contra las huestes del Reino del Norte. Matis termina siendo expulsado por Filimore cuando el primero aprovecha una misión de rutina de demarcación de frontera en zonas nevadas para asesinar indirectamente por cansancio a un jerarca colega homosexual, el Teniente Pietro Von Hamerling (Laurent Terzieff), quien ya venía enfermo por un germen que -en mayor o menor medida- ataca a todos los que viven en el castillo y habita en los viejos muros de la fortaleza. El general de primera mano le aclara a Drogo que el número de soldados en Bastiano se verá reducido porque consideran que el lugar es un puesto inútil y que no puede abandonarlo debido a que el certificado médico presentado es antiguo, así al volver al castillo se entera que Filimore fue sustituido por Ortiz, el cual a su vez será reemplazado por Simeon como comandante.

 

El guión de Zurlini y André G. Brunelin exprime los grandes ejes del libro de Buzzati, la crisis existencial y las paradojas de la milicia en tiempos de paz, no sólo a través de la figura de Drogo, un muchacho que deja pasar su juventud y su vida adulta adentro de los muros de ese castillo/ prisión/ criadero de gérmenes y paranoia que es Bastiano, siempre a mitad de camino entre abandonar la fortificación o quedarse otro año más en pos de una batalla futura que lo lleve a la gloria y justifique su existencia como miembro del colectivo castrense, sino también mediante la presencia del invaluable Ortiz, el primer oficial del bastión con el que Giovanni se encuentra en camino al lugar en una jugada que luego en el relato se reproduce pero a la inversa, cuando Drogo se transforma en el último jerarca de Bastiano con el que Ortiz tiene contacto antes de abandonar por completo la vida militar, dejarle el mando a Simeon, convertir de sopetón a Giovanni en el segundo del anterior y en última instancia suicidarse en el desierto de un disparo en la cabeza, aunque no sin antes aclararle al ya veterano Drogo que siempre supo algo que Simeon y él apenas sospechaban, eso de que los tártaros están construyendo un camino cerca del castillo, algo que las cúpulas militares ordenaron obviar y que el hombre -fiel a su idiosincrasia militar/ aguerrida- siempre consideró una estrategia del posible enemigo en pos de transportar implementos bélicos en algún momento del futuro, de allí la derrota de fondo que trae a colación los tiempos de la diplomacia y la política en detrimento de las avanzadas militares agresivas de antaño en pos de directamente barrer a los considerados “salvajes” de la faz de la tierra. En este sentido, el suicidio en soledad de Ortiz y esa muerte de Drogo igualmente solitaria y arriba de un carruaje mientras deja la fortaleza por la gran ciudad, ya muy debilitado por la misma enfermedad misteriosa que atacó a Von Hamerling, son dos caras de la moneda del fracaso y el desdibujamiento militar en épocas en las que la hipocresía y la manipulación de las democracias occidentales van sustituyendo a los arrebatos fascistoides curiosamente sinceros del pasado reciente, con Nathanson a su vez simbolizando el horror de las guerras.

 

La agraciada fotografía de Luciano Tovoli -a lo Giorgio de Chirico y Ottone Rosai- y la excelente y sutil música de Ennio Morricone constituyen otros pivotes fundamentales del armado retórico de un Zurlini muy inteligente que aprovecha al máximo por un lado la majestuosa Ciudadela de Bam, en Irán, la mayor edificación del mundo hecha de adobe y representación visual de Bastiano, palacio antiquísimo que lamentablemente fue destruido por un terremoto en 2003, y por el otro lado el talento de un elenco irrepetible repleto de luminarias del mainstream europeo de aquel excelso período de la historia del séptimo arte, con un desempeño extraordinario por parte de Perrin, Gemma, Noiret, Gassman, Rabal, Trintignant, Griem, Rey, Terzieff y el gran Max von Sydow. Retomada recientemente en Esperando a los Bárbaros (Waiting for the Barbarians, 2019), el film de Ciro Guerra con Mark Rylance, Johnny Depp y Robert Pattinson que adaptó la novela de Coetzee, El Desierto de los Tártaros también ataca a la furia intrínseca militar, una profesión en esencia basada en el arte, la disciplina y la disposición de matar al prójimo, pero lo hace desde una posición narrativa e ideológica más abstracta porque en vez de funcionar en conjunto principalmente como una poderosa alegoría acerca de los arrebatos dictatoriales/ racistas/ etnocéntricos/ rapaces/ demenciales del imperialismo capitalista y sus regímenes asociados, el opus de Zurlini, además, puede ser leído incluso en términos más laxos adoptando la perspectiva del colapso profesional en cámara lenta y en suma la banalidad que se mueve detrás de la vida de los seres humanos, una especie que se autoasigna grandes misiones en el horizonte del transcurrir del tiempo para terminar marchitándose y cayendo en las frustraciones de siempre al final de su derrotero por la tierra, sintiendo casi siempre que hizo lo que pudo y en otras ocasiones que fue un farsante más dentro de una sociedad o gremio dominado por la pantomima más vacua o tontuela. La distancia entre la utopía del idealismo de la carnicería militar y la nada misma que nos van regalando los años vía la espera de que “algo ocurra”, un acontecimiento novedoso que quiebre la monotonía y toda la mediocridad, asimismo está representada en el concepto difuso y genérico de los tártaros, apelativo que creció tanto hasta convertirse en un significante vacío y que supo designar de manera caótica a los turcos, los mongoles, los manchúes, los suníes y a cualquier pueblo juzgado “diferente” con respecto a los europeos y su sedentarismo, por ello el carácter nómada se transforma desde el vamos en sinónimo de peligro y sorpresa enigmática ya que mientras que los blanquitos permanecen eternamente autoconfinados en un gigantesco bastión defensivo los vecinos construyen un camino que implica movimiento y que puede estar relacionado -o no, que es lo más probable- con una eventual avanzada bélica que expulse a los esbirros del imperio caucásico del desierto al que visiblemente no pertenecen, de allí la “alergia” natural al entorno que experimentan bajo la forma de esa enfermedad que se extiende sin cesar entre la tropa cual cáncer debilitante e imparable que carcome la moral militar/ imperial. Zurlini, director de joyas como Verano Violento (Estate Violenta, 1959), La Muchacha de la Valija (La Ragazza con la Valigia, 1961), Crónica Familiar (Cronaca Familiare, 1962) y Primera Noche de Quietud (La Prima Notte di Quiete, 1972), sabe que los acontecimientos se suceden en pantalla pero en el fondo no ocurre nada, sólo el declive de las esperanzas iniciales y la llegada de una ancianidad para la que las luchas de poder de antaño son chistes sin gracia y el hipotético arribo de los adversarios -siempre con toda la guarnición preparada para la guerra- no más que un espejismo histérico final…

 

El Desierto de los Tártaros (Il Deserto dei Tartari, Italia/ Francia/ República Federal de Alemania/ Irán, 1976)

Dirección: Valerio Zurlini. Guión: Valerio Zurlini y André G. Brunelin. Elenco: Jacques Perrin, Vittorio Gassman, Max von Sydow, Giuliano Gemma, Helmut Griem, Philippe Noiret, Francisco Rabal, Fernando Rey, Laurent Terzieff, Jean-Louis Trintignant. Producción: Jacques Perrin, Giorgio Silvagni, Enzo Giulioli, Mario Gallo, Bahman Farmanara y Michelle de Broca. Duración: 140 minutos.

Puntaje: 10