In Fabric

Prêt-à-porter

Por Emiliano Fernández

Uno de los grandes males del arte contemporáneo es la nostalgia crónica y bien pueril, una suerte de tendencia a tratar de duplicar de manera literal diferentes elementos y/ o facetas de las manifestaciones culturales de otros tiempos, distintos o parecidos al presente pero definitivamente otros tiempos. En este sentido, desde comienzos del Siglo XXI nos hemos topado una y otra vez con una fijación bastante cansadora -tanto en el ámbito mainstream como en la comarca indie- para con clichés, motivos y ardides retóricos de antaño que son insertados de manera muy poco imaginativa dentro de obras actuales, esas que asimismo evitan tratar temáticas más vigentes en pos de abrazar una despersonalización semi melancólica y muy cínica que apunta a todos y a nadie en particular ya que el horizonte de este “pasado compartido” parece anular planteos más urgentes, como si nuestros días no inspirasen un discurso propio en verdad independiente de la nostalgia más facilista. Ahora bien, por suerte siempre hay excepciones que logran articular con astucia los recursos del pasado en el marco de una pieza con entidad ideológica y coherencia intrínseca propias, como es precisamente el caso del film que nos ocupa, In Fabric (2018), cuarto largometraje del director y guionista británico Peter Strickland, aquel de las muy interesantes Katalin Varga (2009), Berberian Sound Studio (2012) y The Duke of Burgundy (2014) , ya que aquí el señor consigue invocar a la par la estructura formal de los giallos de las décadas del 60, 70 y 80 y cierta resonancia sensual y sutilmente morbosa característica de las epopeyas que supieron regalarnos la Hammer Film Productions y la Amicus Productions, en esencia dos paradigmas fundamentales de aquel terror posmoderno europeo de finales del siglo anterior.

 

Si dejamos de lado a Katalin Varga, un opus quizás más tradicional dentro de lo que suele ofrecer el enclave festivalero de impronta bergmaniana, In Fabric parece cerrar una trilogía de surrealismo erótico y mordaz que incluyó además a Berberian Sound Studio y The Duke of Burgundy, todos trabajos que juegan con ideas muy específicas en lo que atañe a una peligrosidad irónica hogareña, un declive psicológico que tiene mucho de místico y una sexualidad casi siempre vinculada a algún tipo de sometimiento hermosamente perverso o hasta más clásico, de tipo lésbico, aunque no de las lesbianas reales -por oposición el inglés parece considerarlas aburridas y previsibles, al igual que cualquier pareja heterosexual de a pie- sino de las que supo construir el cine voluptuoso de los 70 y el porno en general, cercanas a las fantasías masculinas primordiales y los rituales más complejos y oscuros. En esta oportunidad el eje del relato es nada más y nada menos que un vestido de inclinaciones asesinas, un combo que curiosamente no funciona en consonancia ni con Winchester ’73 (1950), de Anthony Mann, porque aquí el objeto de turno pasa a través de relativamente pocas manos, ni con Pelts (2006), aquella segunda entrega -luego de la recordada Jenifer (2005)- que filmó Dario Argento para Masters of Horror, porque en vez de estar frente a una maldición prototípica con la prenda incitando a sus portadores a cometer crímenes cada día más siniestros, hoy es el propio vestido el homicida sin intermediario alguno; para colmo con el asunto acercándose al tono de lo que sería una comedia contracultural y freak a más no poder, en donde las sutilezas sardónicas dominan la pantalla y sacan a relucir esa especie de naturalización del delirio opresivo/ penoso de la que es abanderado Strickland.

 

Cuatro son las víctimas del bello atuendo rojo furioso, a saber: Jill Woodmere (Sidse Babett Knudsen), una modelo que lo lució para el catálogo de la tienda en cuestión, Dentley & Soper’s Trusted Department Store, Sheila (Marianne Jean-Baptiste), una cajera bancaria negra y divorciada que vive con su hijo adolescente Vince (Jaygann Ayeh), Reg Speaks (Leo Bill), el empleado de una empresa especializada en reparar lavarropas, y finalmente la prometida de este último, Babs (Hayley Squires), una mujer que no para de hablar ni por un segundo y que funciona como una caricatura de la feminidad de la misma forma en que Vince es una parodia de la masculinidad (mientras que el caprichoso muchacho se la pasa dibujando a su novia, esa ventajista Gwen en la piel de Gwendoline Christie, y deja que la mujer -en apariencia su profesora de francés, además de modelo- utilice a su gusto la casa de su madre, Babs es una diletante del control y el arte de juzgar a la contraparte masculina de modo maniático, relegando a Reg a la posición de ser un “accesorio” sin voz ni voto en la vida de la fémina). Strickland condimenta el derrotero narrativo con diversos personajes secundarios como el gerente de la tienda, el Señor Lundy (Richard Bremmer), las cuatro vendedoras del sector textil, entre las que se destaca la Señorita Luckmoore (una gloriosa Fatma Mohamed), el flamante novio de la cajera, ese afable Zach (Barry Adamson), y los jefes directos de Sheila, Clive (Steve Oram) y Stash (Julian Barratt); un simpático surtido de hombres y mujeres bien bizarros que iluminan determinados aspectos de las sociedades occidentales en sintonía con el acervo hipnótico del marketing, las buenas intenciones de las mayorías y el núcleo explotador y la vigilancia fetichizada de las patronales capitalistas.

 

Si bien In Fabric es la película más redundante del realizador porque apela a latiguillos que ya había utilizado, lo cierto es que sigue siendo una propuesta fascinante que incluso destapa algo que estaba en segundo plano en los opus previos, léase el talento del británico para ese humor laboral de lo más simple, detalle que puede disfrutarse -por ejemplo- de la mano del motivo que esgrime Cottrell (Graham Martin), el superior de Speaks, para echarlo, eso de haber reparado su propia lavadora luego de que el vestido la destrozase y con el conocimiento que le dio la compañía, y a través de las ridículas quejas que Clive y Stash le plantean a la cajera, como que tiene que mejorar en su apretón de manos, que sus visitas de dos minutos al baño son demasiado, que no saludó correctamente a la amante del jerarca máximo del banco y que hasta sospechan que es una heroinómana. La fantasía surrealista vuelve a decir presente mediante los comerciales televisivos de control mental de Dentley & Soper’s Trusted Department Store, la destreza de Reg de hacer entrar en un trance a cualquiera que escuche su enumeración de los problemas mecánicos del lavarropas en cuestión, la verborragia florida/ lírica del Señor Lundy y las vendedoras de la tienda, la capacidad del vestido para moverse solo y generar un horrible sarpullido en sus víctimas, la escena de la Señorita Luckmoore, la vendedora de la prenda, acariciando a un maniquí femenino que sangra de su entrepierna -mientras el avejentado Lundy se masturba en pleno placer voyeurista- y las secuencias que representan los sueños de Sheila con su madre fallecida, de Speaks con su prometida pariendo un bebé con el vestido rojo y de Babs con ella misma perdiendo peso cual trastorno anoréxico que la lleva a la inanición y la muerte.

 

Strickland sabe aprovechar el trasfondo terrorífico y cómico de cada escena al exacerbar el contrapunto entre las pretensiones asesinas del insólito ejemplar del ecosistema prêt-à-porter y una puesta en escena semi costumbrista que subraya las miserias -y alguna que otra alegría- de la mundanidad, la familia, el amor y el habitar en común, ya sea en el trabajo o en la residencia privada/ personal. El regreso en papeles cruciales de Sidse Babett Knudsen y Fatma Mohamed, ambas vistas en The Duke of Burgundy y la segunda además en Berberian Sound Studio, enfatiza la continuidad con respecto al pasado inmediato y esta profundización en lo que atañe a un sustrato surrealista cada vez más tenebroso, lisérgico y/ o hilarante, siempre dispuesto a señalar la obsesión con el dominio por parte de los mortales, los juegos de poder que dicho esquema psicológico suele habilitar, la contracara maldita de la belleza y en especial la existencia de dimensiones paralelas, hoy más que nunca de claro talante infernal (más allá de las implicancias del último acto, cuando una discusión banal entre clientas de Dentley & Soper’s Trusted Department Store deriva en destrozos, saqueos y un incendio muy en línea con lo que sería un remate satánico tácito, la intervención en sí del vestido rojo no sólo produce muertes de cadencia abstracta sino que conduce a tragedias concretas en la praxis diaria de los sujetos, amén de la presencia de esa esplendorosa Señorita Luckmoore que además de estar pelada, tener acento de Medio Oriente y estar enamorada de un maniquí en particular, parece ser una sierva de Belcebú que gusta de descender en un montacargas y ver cómo la colección de víctimas aporta un hilo muy especial para la prenda, uno extraído de su propio torrente sanguíneo). El film constituye un ejemplo perfecto de lo que debería ser una obra inconformista que sabe citar la imaginería de los giallos y de la Hammer/ Amicus -colores histéricos, mucho erotismo y un soundtrack con sintetizadores- con el objetivo de sacudirle la modorra a un panorama cinematográfico actual pusilánime que desconoce casi por completo cómo redondear estudios deslumbrantes sobre la humillación social, hogareña y laboral como el presente…

 

In Fabric (Reino Unido, 2018)

Dirección y Guión: Peter Strickland. Elenco: Marianne Jean-Baptiste, Fatma Mohamed, Leo Bill, Hayley Squires, Jaygann Ayeh, Gwendoline Christie, Sidse Babett Knudsen, Richard Bremmer, Steve Oram, Julian Barratt. Producción: Andrew Starke. Duración: 118 minutos.

Puntaje: 8