30° Festival de Cine de Mar del Plata

Primera Parte

Por Enrique D. Fernández y Ernesto Gerez

Tres Recuerdos de mi Juventud (Trois Souvenirs de ma Jeunesse, 2015, de Arnaud Desplechin, Apertura), por Enrique D. Fernández

 

Lo que parece anticiparse como un thriller de espionaje (la reconstrucción de un pasado con interrogantes que involucra conflictos ideológicos) se termina estancando en los sucesos puntuales de una infancia con autoridades ausentes y una adolescencia en constante movimiento. La historia comienza con el presente adulto de nuestro protagonista en la piel de un desaprovechado Mathieu Amalric, un diplomático que es demorado cuando regresa a Francia por sospechas que lo involucran con un espía soviético. El consiguiente interrogatorio nos pasea por la adolescencia de este melancólico personaje y un amorío que parecía sepultado. El director francés Arnaud Desplechin introduce diversos recursos visuales sobre la primera parte del relato para posteriormente mantener una misma intención argumentativa con diálogos y situaciones reiteradas. Un coming of age de tiempos pausados que constantemente busca la pose romántica de sus protagonistas, sin instancias atractivas del resto del elenco y valiéndose de eventos históricos como separadores temporales de un histeriqueo monótono.

 

 

High Rise (2015, de Ben Weathley, Autores), por Ernesto Gerez

 

High Rise, basada en la novela homónima de J. G. Ballard, es la última película del ascendente Ben Weathley, quien abandonó sus trabajos televisivos para dedicarse de lleno al cine. Si en Sightseers -su opus del 2012- había un humor ácido pero cercano, cómplice con el espectador, en High Rise la pretensión aleja a la trama del público y empasta al humor. Weathley se mueve desde algunos lindos y cancheros pero vacíos planos publicitarios, hasta un extremismo alegórico que por un lado coquetea bien con la poesía y por otro roza con las aburridas obviedades (los poderosos en la parte alta del edificio, el resto abajo, por citar un ejemplo). Este sueño finalmente cumplido del productor Jeremy Thomas transcurre en un country vertical donde un grupo vive aislado del mundo; profecía cumplida de Ballard sobre un futuro distópico en el que un capitalismo tan salvaje como ridículo nos termina de arrasar. La película descansa en las espaldas de Jeremy Irons y de un fassbenderizado (por desgracia no “fassbinderizado”) Tom Hiddleston. Los primeros minutos y el desenlace desbordan potencia, no así la mayor parte de un relato tan abúlico y gris como el exterior de sus torres.

 

 

Rastreador de Estatuas (2015, de Jerónimo Rodríguez, Competencia Latinoamericana), por Enrique D. Fernández

 

Tomando el formato documental como medio de investigación, se comienzan a suceder -en constante rotación- un encadenado de planos fijos, diapositivas y videos online, para ordenar una búsqueda exhaustiva respecto a ciertos personajes emblemáticos de la cultura chilena. Un estudiante de cine ve despertar su interés por estatuas, bustos y placas, tomando como motivo de partida una visita guiada del protagonista y su padre a una estatua en particular, varios años antes de que comience este periplo en solitario. Lo que se intenta determinar es la metodología de antaño a la hora de inspeccionar entramados culturales y cómo la avanzada tecnológica puede complementarse para rastrear datos, antes que imponerse como una herramienta determinante. Los recorridos de Rastreador de Estatuas ponen el ojo en hechos, costumbres y anécdotas que se van recopilando en una aventura por diferentes puntos geográficos de Chile. La representación de estas imágenes se posa, en su mayoría, en plazas vacías que capturan el sonido ambiente y son interpretadas por una voz instructiva que nos relata lo que fue -y en otros casos, lo que pudo haber sido- de políticos, artistas, deportistas y hombres de la medicina.