Rock N' Doc Festival

Primera Parte

Por Ernesto Gerez y Emiliano Fernández

Entre el 6 y el 12 de septiembre en el complejo Hoyts Abasto de la Ciudad de Buenos Aires se llevará a cabo la primera edición del Rock N’ Doc Festival, muestra de cine dedicada a documentales de rock, biopics, concert movies y video clips. La grilla contempla varias producciones de los últimos años que en su mayoría no tuvieron estreno comercial en Argentina y que hurgan en la cultura del rock -y algunos subgéneros- del pop e incluso el hip hop, tanto actual como de décadas anteriores, y tanto internacional como local. El festival contará con cuatro competencias, Nacional, Internacional, Video Clips y Contenido Web, y un jurado integrado por el crítico de cine Diego Trerotola, la actriz Sofía Gala y el músico Santiago Motorizado. A continuación, seis críticas de las veinticinco películas de la muestra.

 

Bodied (Estados Unidos, 2017, de Joseph Kahn), por Ernesto Gerez

 

Después de un paso a todo trapo por la sección Midnight Madness del Festival de Toronto del año pasado (en la que también se exhibió la excepcional Brawl in Cell Block 99, de Craig Zhaler), Bodied aún no tuvo su estreno comercial en los Estados Unidos ni en ningún otro país, y aún no llegó al paraíso torrentero, por lo que hasta ahora sólo pudo ser vista en festivales. El que lleva adelante esta nueva producción de Eminem después de más de quince años de 8 Mile (2002), es el reconocido director de video clips Joseph Kahn, también realizador de la comedy horror Detention (2011). En Bodied, como en aquella, se aprecia nuevamente el cariño de Kahn por los aspectos más lúdicos del género y su habilidad videoclipera. Estamos ante un musical algo deforme; acá, como en 8 Mile, el eje central son las batallas de rap. La acción se ordena con la musicalidad de las rimas y no con las melodías, y es por ello que es una película que seguramente pueda apreciarla más un angloparlante y, sobre todo, el público estadounidense; porque aunque la traducción sea buena, no hay manera de traducir ciertas rimas y ciertos sentidos. De todos modos, Kahn, además de una película sobre batallas de gallos, arma una comedia que apela a ciertos lugares comunes universales como para no dejar a nadie afuera. Adam (Calum Worthy) es una suerte de alter ego de Eminem en sus años de juventud (un blanco entrando al mundo de los negros) pero que además proviene del ámbito académico (doblemente foráneo). Como parte de su tesis se pone a investigar sobre las batallas de rap y conoce a Behn Grimm (Jackie Long), un rapero que lo integra al submundo de las batallas y que además le muestra los trucos, desnuda las actuaciones de un supuesto mundo callejero que en realidad no es tan diferente al de Adam. El eje de la película de Kahn, dejando de lado parte de los aspectos formales, es la burla a cierto progresismo liberal americano en pose exagerada representado en la película por la novia del protagonista, Maya (Rory Uphold), y que por momentos recuerda al episodio The Outing de Seinfeld, aunque en ese caso en lugar de cuidarse de decir “nigger”, los protagonistas ante el enojo por ser confundidos con gays se la pasaban repitiendo “no es que haya nada de malo en ser gay”. La novia de Adam representa todos los clichés del políticamente correcto y ve como su pareja se pierde en los restos de un mundo que aún puede separar al humor de las convicciones. Las batallas de rap son agresivas por naturaleza; son boxeo lírico. Sin agresiones verbales no hay batalla, y las agresiones muchas veces tienen que ver con los prejuicios o con la posición de debilidad que ocupa el adversario en la sociedad. Adam, fascinado por su objeto de estudio y por gente que no la caretea como su grupo de conocidos de la universidad, se adentra en esos antros repletos de sinceridades en los que parece no haber límite y se inicia en su mundo opuesto. Bodied es una especie de coming of age muy de su época desde lo formal pero a la vez algo disruptiva desde lo discursivo; al menos si la pensamos en los términos de una coyuntura audiovisual sosa siempre con el dedo acusador atento y con un equilibrio hipócrita como mandamiento principal.

 

Los Violadores en el Luna Park (Argentina, 2017, de Juan Riggirozzi), por Emiliano Fernández

 

En esta etapa de la industria cultural en la que tanto el mainstream como el indie deben afrontar la realidad de la piratería digital generalizada y encontrarle la vuelta a un mercado cada vez más fragmentado, la nostalgia suele ser una de las respuestas por antonomasia en el rubro. Ya sea que hablemos de reediciones/ reestrenos de obras clásicas o de culto -en el campo de los discos y las películas- para los países más ricos, o de esas eternas giras de reunión en lo que respecta al ámbito de los recitales para el resto del globo, la opción de “revivir el pasado en el presente” es uno de los productos preferidos del mercado ante la relativa pérdida de influencia de los profetas del marketing y la suplantación de la convulsión social de décadas previas vía el ascenso de un conformismo profundamente apático en el público y los artistas. Las contradicciones están a flor de piel en todos los estratos de la cultura y así hoy tenemos un registro de apenas 51 minutos sobre la que fuera la vuelta de la formación histórica de Los Violadores, aquel show del 24 de abril de 2016 en el Luna Park. Pasados 27 años desde la última vez que Enrique “Pil” Chalar (voz), Gustavo “Stuka” Fossá (guitarra), Robert “Polaco” Zelazek (bajo) y Sergio Gramática (batería) estuvieron juntos arriba de un escenario, el director Juan Riggirozzi construye un retrato entrecortado de la euforia detrás del evento y el choque de egos involucrados a través de una colección de imágenes de los entretelones de la organización del recital, la actuación en vivo frente al público y los momentos posteriores a la memorable jornada, en la que quedó más que demostrado el muy buen nivel de la banda en vivo hoy por hoy. El director, quien ya había trabajado con los señores en el interesante documental expositivo Ellos son, Los Violadores (2009), en esta oportunidad contó con un mayor presupuesto, corrigió los problemas técnicos de antaño y además disfrutó del aval de Stuka (en el film previo su testimonio brilló por su ausencia y aquí hasta es productor ejecutivo del convite). Más allá de que el tono símil especial televisivo y la edición videoclipera ya saben un poco a rancios, Los Violadores en el Luna Park (2017) es una epopeya rockera digna que retoma la bandera inconformista de uno de los grupos centrales en el desarrollo del punk argentino y sudamericano, a mitad de camino -como tantos otros registros de reuniones de veteranos de la música- entre la celebración del camino recorrido y ese ocaso que resulta inevitable…

 

Salad Days (Estados Unidos, 2014, de Scott Crawford), por Ernesto Gerez

 

No hace tanto tiempo, en una galaxia no tan lejana, por las venas abiertas del rock todavía fluía peligro. Y no sólo era peligroso por el odio corriente de los grises a la elección de una estética personal por fuera de la media, sino que también -a pesar del espíritu naif de las propuestas- era una amenaza real a una sociedad en gran parte racista y retrógrada de la Washington Reaganiana. Corría la era analógica y el Do It Yourself explotaba su costado más romántico; los flyers y fanzines prephotoshop decoraban una época en que punks, skins e incipientes straights compartían shows de bandas con el potente sonido de la libertad. Acordes de quinta rabiosos tocados con pasión, acompañados del tupá tupá rítmico y los gritos podridos del hardcore-punk más true, ese que todavía aman algunos jóvenes snobs anacrónicos pero hiperdigitalizados que se la pasan buceando en ese todo y nada a la vez que es la querida Red, buscando su identidad y tratando de pertenecer a una escena perdida que no se podrá repetir nunca. Que no se podrá repetir por eso del lugar y el momento indicado y bla bla, pero aquella Washington más punk que casi toda Londres nos legó unos cuantos ecos. Uno de ellos fue la siempre sobrevalorada Nirvana; banda que no cambió el mapa musical sino el negocio. La música alternativa iba a seguir existiendo con o sin Nirvana, y el legado grunge en el plano musical también los trasciende, pero ellos, consecuencia del último punk underground (en el documental, entre otros músicos más representativos de la escena, habla Dave Grohl, miembro de Mission Impossible en aquellos salad days) traicionaron uno de los mandamientos fundamentales de las escenas independientes: se vendieron al mainstream; y su éxito fue tan feroz que el rock cambiaría para siempre; Cobain se dio cuenta de que había matado al rock y se voló la tapa de los sesos…no, la historia nunca es tan simple, pero algo de eso hay. Todo esto de “venderse” visto desde el mundo actual es una pelotudez; desde nuestra mirada adulta y absorbida por el liberalismo económico reinante, que una banda la pegue de manera individual, que se salve por mérito propio (ese darwinismo encantador para todo liberal) está bien visto. Pero hubo una época en que existían las escenas (los movimientos, lo colectivo), y una de ellas -con independencia real y colectiva- se daba en la Washington de principios de los 80, donde los Dead Kennedys daban un show antireagan casi al mismo tiempo en que los locales Bad Brains presentaban ese gran primer disco que mezclaba hardcore-punk con reggae, y Minor Threat sacaba su tema Straight Edge y accidentalmente (o no) generaba el movimiento straight vegano-antidroga-antigarche; para algunos la grieta del Washington hardcore, aunque en realidad el straight militante y neofascista surgió recién a fines de esa década y en otras ciudades, como por ejemplo, Nueva York.

 

Salad Days hace una revisión fiel y exhaustiva -para sus no más de 90 minutos- del fenómeno de la escena de Washington (que, vale aclarar, no era la única que se estaba gestando a mil por hora en aquellos años americanos; las escenas de Nueva York y de la baja costa oeste contaban con bandas igual de importantes para el futuro musical distorsionado como Agnostic Front en NY, o los californianos Black Flag y TSOL). El documental nos invita a conocer al menos un mínimo del mencionado peligro que todavía tenía el rock (riesgo en términos relativos, claro que el rock nunca fue revolucionario sino rebelde). Salir a la calle y que puedan pegarte por tu elección estética, por tu corte de pelo, por tus aros, por tu cara, o las peleas y el olor a riesgo de los recitales, forman parte de cosas que ya no suceden; el punkrocker padecía un sufrimiento análogo al que pueden sufrir muchas minorías (más en ese momento en Estados Unidos pero también hoy en día y también en estas tierras) como los negros, maricones, latinos, etc. Incluso el peligro se extendió hasta principios de los 90; tal vez internet haya terminado de sacarle peligro al rock, junto al monstruo mercado, claro, que vampirizó y vació de contenido la estética de las subculturas que tenían algo más para decir que unos nuevos peinados raros. La columna vertebral de Salad Days son las palabras de Ian MacKaye (voz de Minor Threat, entre otras, y parte de la ahora de nuevo de moda Fugazi) pero uno de los comentarios más interesantes (con un sentido mil veces escuchado pero que siempre aporta claridad, sobre todo al lego) es el comentario de Mark Sullivan de la olvidada Kingface: “Uno pensaba que para ser músico tenía que ser como Jaco Pastorius, y no”; esa es la definición más pura del punk y del hardcore, todos podemos tocar -todos podemos poguear. La movida de Washington de aquel momento estuvo más cerca del hardcore que del punk en cuanto a melodías y actitud, y por eso Salad Days tiene en sus primeros minutos un tema en vivo bien podrido de Bad Brains y no uno de sus experimentales sonidos rastafari o un tema más bubblegum. El sonido de los archivos audiovisuales utilizados por el director Scott Crawford no son de lo mejor, y, por momentos, la película se pasa de informativa y pierde la potencia narrativa que parecía tener en su primera parte. De todos modos, se erige como una guía y un producto excéntrico para el público festivalero, y como un must del todavía asiduo consumidor o partícipe de esas subculturas tan atractivas como contradictorias, tan potentes como ingenuas, y tan explosivas para los jóvenes, como fueron el hardcore y el punk.

 

Cemento: El Documental (Argentina, 2017, de Lisandro Carcavallo), por Emiliano Fernández

 

La estrategia formal que el director y guionista Lisandro Carcavallo decide implementar en Cemento: El Documental (2017) es sutilmente heterodoxa dentro de lo que vendría a ser el terreno de las normas no escritas de los rockumentaries en general, ya que en vez de aprovechar el cuantioso material de archivo del que dispone, el susodicho prefiere construir un pantallazo en tercera persona en torno al mítico templo del rock argentino de las décadas del 80 y 90 a través de entrevistas de impronta mayormente nostálgica -registradas en el presente- a distintos personajes públicos, figuras del under, periodistas y miembros de las bandas que en su momento pasaron por el local porteño y hoy por hoy nos brindan una querencia dolorosa que aporta un recorte emocional y laxo del sentir colectivo de la época.

 

Es decir, en lugar de privilegiar las grabaciones en video y otros soportes audiovisuales de las obras teatrales, performances y shows musicales de aquellos años, el realizador vuelca la balanza hacia los testimonios de los protagonistas con el paso del tiempo marcado a fuego en rostros y palabras, lo que inevitablemente le deja al espectador un “sabor a poco” en cuanto a los registros de primera mano, esos que habilitan el poder ver/ escuchar/ apreciar/ embeberse sin intermediarios de la inigualable sensación de peligro y descontrol que experimentamos todos los que alguna vez -o muchas veces- asistimos a los eventos que ofrecía el lugar regenteado por el excéntrico Omar Chabán, quien pudo abrirlo en 1985 gracias a un préstamo de su pareja Katja Alemann, una visionaria vernácula en ebullición.

 

Hay que reconocer que la maniobra no le sale mal a Carcavallo porque al mismo tiempo logra redondear un retrato poderoso y expansivo no sólo de la historia de aquella “caverna” de Estados Unidos al 1200, sino también de la eclosión de una multitud de escenas musicales, artísticas y simbólicas que dieron paso a una contracultura sumamente valiosa, en épocas cuando la estupidez, la prolijidad, el marketing y el conformismo más cínico no habían cooptado ideológicamente al rock. En este sentido, sin ninguna duda el hecho de que la camorra neoliberal macrista al frente del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires haya adquirido el predio para convertirlo en un estacionamiento es un signo de la mediocridad y tilinguería de este presente social que nos toca padecer a todos los que amamos la cultura.

 

También es acertada la decisión del cineasta de no profundizar demasiado en la caída de toda la escena rockera anárquica con la tragedia de República Cromañón del 30 de diciembre de 2004, lo que hubiese representado una desviación importante para con el tema analizado. Entre la pluralidad de bandas legendarias que brindaron shows en el lugar debemos destacar a Sumo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Los Violadores, Riff, Hermética y Ratones Paranoicos, cada una de las cuales originó de por sí una vertiente específica en el rock local y latinoamericano. Cemento: El Documental es una interesante letanía en pos de la efervescencia artística y aquella sana imprevisibilidad que desconocía toda frontera con el objetivo declarado de apoyar y enriquecer a nuestra cultura argentina…

 

Relámpago en la Oscuridad (Argentina, 2014, de Germán Fernández y Pablo Montlau), por Ernesto Gerez

 

Recuerdo haber visto a Logos en Cemento hace ya casi veinte años; ese antro querido por todos en el que dejamos pedazos de vida y espíritu adolescente entre el sudor de las paredes y el agua negra del piso, fue uno de los lugares en los que la banda presentó ese discazo que fue y sigue siendo La industria del poder. A la mayoría de los que estábamos ahí no nos importaban demasiado las palabras evangelizadoras del Beto Zamarbide pero sí queríamos ver en vivo a parte de la leyenda, a los tipos pioneros en el país de ese género que sentíamos en las entrañas: el metal. Y Zamarbide era y es una pieza clave del género y de la leyenda V8. El disco El Fin de los Inicuos (vaya nombre y declaración de principios para el tercer y último disco de V8) fue el símbolo del final de la etapa más autodestructiva y agresiva de la banda y el acercamiento –sobre todo por parte de Zamarbide- a una marcada fe cristiana que terminaría de desarrollar en Logos. Las letras de La Industria del Poder, al igual que las de El Fin de los Inicuos, tenían esa bajada de línea evangelista mezclada con cierto compromiso social (recordar el hit Marginado).

 

Podemos separar a Relámpago en la Oscuridad en tres grandes capítulos hilvanados por las palabras del protagonista, presentado como el primer cantante heavy de la Argentina. La cronología de la película está articulada a la inversa de los acontecimientos de la vida de Zamarbide. Primero vemos a un Beto ya maduro en edad y espíritu, tranquilo, preparándose para un show, recibiendo halagos de metaleros del conurbano y del interior; lo vemos dando un show en una iglesia evangélica, lo vemos de gira, entre imágenes que mezclan shows de la década del 2000 con algunos más viejos.En el segundo capítulo pasamos a su exilio en Estados Unidos, un poco por el hastío que le generaba el manejo de los sellos y otro poco por una posibilidad laboral de su mujer. Y, finalmente, la película nos lleva a sus inicios, a lo más atrapante del documental, porque además de ser una obra sobre la vida del músico es un estudio y una celebración de V8.

 

Los realizadores -Germán Fernández y Pablo Montlau- nos suben al delorean y sentimos los ensayos en la casa de los viejos de Zamarbide del barrio de Palermo, la etapa de jóvenes rockstars, los bardos con V8, y las anécdotas de una década rara y hermosa como la de los 80. Hablan los que tienen que hablar: Miguel Roldán, Ricardo Iorio, Gustavo Rowek, Walter Giardino, Pil Trafa, el siempre lúcido Ruso Verea, Marcelo Tommy y el nerd del metal ex director de Madhouse Cesar Fuentes Rodríguez, entre otros. Una hora y media que queda chica en un documento que faltaba.

 

Nico 1988 (Italia/ Bélgica, 2017, de Susanna Nicchiarelli), por Emiliano Fernández

 

Se podría decir que Nico, 1988 es el “sueño húmedo” de todo fanático del rock con inclinación avant-garde porque el film que nos ocupa se propone la muy difícil tarea de desentrañar el misterio detrás de la personalidad de Christa Päffgen, aquella recordada cantante y compositora alemana que participó en el primer disco de The Velvet Underground y posteriormente se volcó a una carrera solista de pulso entre desgarrador y depresivo, transformándose en el trajín en una figura mítica de la escena musical indie europea. Como si lo anterior fuese poco, este opus de Nicchiarelli para colmo se propone analizar los últimos años de su vida, de los que se disponen aún menos certezas acerca del carácter de la artista, a veces autodestructivo y, en otras ocasiones, muy lúcido. El resultado es un film sorprendente que sabe combinar todos los fantasmas que acosaron a la protagonista a lo largo de sus días en este mundo (adicción a la heroína, relaciones sentimentales fallidas, pérdida de la custodia de su único hijo, numerosos intentos de suicidio, necesidad eterna de legitimarse en el ámbito machista del rock, etc.) y al mismo tiempo regalándonos un formidable retrato de época con la excusa de acompañarla en una de sus últimas giras por el viejo continente (tenemos en primer plano la relación con su road manager, interpretado por John Gordon Sinclair, y en segundo término un pantallazo general por las historias paralelas de sus sesionistas, las personas que alojaron a la banda en las distintas ciudades del tour y hasta los empresarios que organizaron los shows, siempre condenados a un público diminuto porque la naturaleza de la obra de Nico -el nombre artístico de Päffgen- siempre le impidió alcanzar un mayor éxito comercial o un mínimo atisbo de verdadera masividad). El pasado sólo se cuela mediante flashbacks que adquieren la forma de seudo ensoñaciones lisérgicas, condimentando la narración a la par de las canciones de los recitales y nunca convirtiéndose en el foco principal del relato… como por ejemplo ocurriría en una típica biopic hollywoodense. La realizadora exprime el histrionismo de la gran Trine Dyrholm, vista en 3096 Days (2013), En un Mundo Mejor (Hævnen, 2010), A Royal Affair (2012) y en un par de trabajos de Thomas Vinterberg, léase La Celebración (Festen, 1998) y The Commune (Kollektivet, 2016). La actriz danesa avasalla interpretando a la protagonista y ofreciendo un trabajo estupendo basado en la visceralidad y el enigma intrínseco de la figura en cuestión, una mujer atribulada que jamás dio el brazo a torcer a pesar de golpearse porfiadamente una y otra vez con las mismas piedras, lo que derivó en instantes de alienación y angustia extrema. Resulta curioso que lo que podría haber sido una simple película acerca de un ocaso profesional se transforma casi de inmediato -tanto por la perspectiva naturalista y seca elegida por la cineasta como por la personalidad de la retratada, cuya vida en su conjunto fue enrevesada a más no poder- en una elegía humanista centrada en los ásperos vaivenes del destino y los traumas que suele deparar el seguir el mandato propio en un mercado como el cultural que tiende a la reformulación eterna de premisas ya caducas, en un jugada que apuesta a seguro y olvida que sólo de la experimentación florece la novedad, la metamorfosis y la heterogeneidad.