Cartas de Amor de una Monja Portuguesa (Die Liebesbriefe einer Portugiesischen Nonne)

Propiedad de Lucifer

Por Emiliano Fernández

Cuando se estrena Cartas de Amor de una Monja Portuguesa (Die Liebesbriefe einer Portugiesischen Nonne, 1977), clásico del nunsploitation o cine de explotación volcado a la existencia monástica y una de las obras más prolijas/ coherentes o menos erráticas/ loquitas del tremendo Jesús Franco, aquí por cierto firmando el trabajo con su seudónimo favorito para el mercado internacional, Jess Franco, y ofreciendo un insólito “final feliz” que resulta hilarantemente forzado, el susodicho ya había entrado de modo inexorable en esa etapa de lento declive creativo y de recursos en general que abarca desde mediados de la década del 70 hasta inicios de los años 80, largo período -largo para Franco, que llegó a filmar once películas por año- en el que también se destacan las coloridas Los Demonios (Les Démons, 1973), Eugenie de Sade (Eugénie, 1973), La Mujer Vampiro (La Comtesse Noire, 1973), Virgen entre los Muertos Vivientes (La Nuit des Étoiles Filantes, 1973), El Reformatorio de las Perdidas (Frauengefängnis, 1976), esa Jack, el Destripador (Jack the Ripper, 1976), Greta: La Torturadora (Greta: Haus ohne Männer, 1977), Mujeres del Bloque de Celdas 9 (Frauen für Zellenblock 9, 1978), Sadomanía (1981) y sin duda Luna Sangrienta (Die Säge des Todes, 1981), sus últimas propuestas atendibles más allá de un par de opus tardíos que se ubican en las antípodas a nivel identitario y ya corresponden al período trash posterior, el de la década del 80 hasta el final de su carrera durante el nuevo milenio, hablamos de Los Depredadores de la Noche (Faceless, 1988), intento fallido de regreso al mainstream de los lejanos comienzos en los años 60, y Killer Barbys (1996), su obra más conocida -y quizás la mejor- de la Clase Z y la lisa y llana pornografía de aquellos presupuestos microscópicos de sus postrimerías profesionales, en esencia una suerte de exacerbación de su obsesión de siempre en materia de combinar las truculencias del horror, la parodia contracultural kitsch y la carne efervescente a la intemperie del euroerotismo de la segunda mitad del Siglo XX.

 

Franco llega a Cartas de Amor de una Monja Portuguesa, odisea rodada en 1975 y recién estrenada dos años después debido al contexto castrador de los diferentes mercados del globo de aquellos años, luego de atravesar una etapa de oro inicial que va desde Gritos en la Noche (1962) y La Mano de un Hombre Muerto (1962) hasta Vampyros Lesbos (1971) y Ella Mata en Éxtasis (Sie Tötete in Ekstase, 1971), período fructífero en el que el cineasta español entrega muchos de sus clásicos primigenios del exploitation polirubro pero también del “cine tradicional”, como El Secreto del Dr. Orloff (1964), La Muerte Silba un Blues (1964), Miss Muerte (1966), Necronomicón (Necronomicon: Geträumte Sünden, 1968), Fu Manchú y el Beso de la Muerte (The Blood of Fu Manchu, 1968), 99 Mujeres (Der Heiße Tod, 1969), La Ciudad sin Hombres (Die Sieben Männer der Sumuru, 1969), Marqués de Sade: Justine (Marquis de Sade: Justine, 1969), Venus de las Pieles (Paroxismus, 1969), La Isla de la Muerte (De Sade 70, 1970), El Juez Sangriento (Il Trono di Fuoco, 1970), la mítica El Conde Drácula (Nachts, wenn Dracula Erwacht, 1970), Sangre en la Noche (Les Cauchemars Naissent la Nuit, 1970) y El Diablo que Vino de Akasawa (Der Teufel Kam aus Akasava, 1971). La película que nos ocupa funciona como una versión corregida de la de por sí bastante decente Los Demonios, su otra famosa incursión en el nunsploitation, y como tantas veces en su carrera oficia de amalgama entre el placer malsano del Marqués de Sade, escritor reverenciado por el realizador, y una epopeya histórica alrededor de algún personaje verídico, en este caso Mariana Alcoforado (1640-1723), de hecho una monja portuguesa que escandalizó a su época protagonizando un affaire con un tal Noël Bouton, noble y militar francés que mutaría en Marqués de Chamilly y Mariscal de Francia y que con el tiempo la abandonaría por el revuelo generado, ya regresando a su país de origen en la fase posterior a su estadía por aquella Guerra de Restauración Portuguesa (1640-1668).

 

El guión del director, Christine Lembach y el también productor Erwin C. Dietrich apenas si toma el nombre de la antología epistolar del título de 1669, cinco cartas larguísimas que supuestamente fueron escritas a Bouton aunque no por Alcoforado sino por el diplomático galo Gabriel-Joseph de La Vergne, Conde de Guilleragues, bajo el paradigma de la ficción literaria, y cambia el nombre de la protagonista a María Rosalea Coutinho (primera de las siete colaboraciones con Jesús de la actriz alemana Susan Hemingway, siendo la otra en verdad conocida Mujeres del Bloque de Celdas 9), hoy una hermosa ninfa adolescente que en ese Portugal bucólico juguetea con su noviecito y por ello termina en las garras del Padre Vicente (William Berger, por entonces famoso por sus muchos spaghetti westerns), un sacerdote que convence a la madre analfabeta de la mocosa, una lavandera de ropa sin nombre (Patricia Leal), para encerrarla en el claustro de Serra D’Aires y así evitar una vida pecaminosa, incluso sacándole todos sus ahorros como símbolo de “buena voluntad” para garantizar que la chica sea aceptada por la monja principal, la Madre Alma (Ana Zanatti). Al llegar al lugar la heroína descubre que el convento es la sede de una secta de sexópatas satanistas comandada, como corresponde, por el Padre Vicente, el cual se masturba cuando la joven le confiesa un sueño erótico que tuvo con su primo, felación de por medio, y la Madre Alma, quien anhela ser impregnada por el Diablo para engendrar al Anticristo y se la pasa protagonizando ménages à trois con dos monjas, Antonia (Aida Gouveia) y Joanna (Aida Vargas). Así las cosas, María es obligada a autoflagelarse, en una misa negra termina desflorada/ poseída por el mismo Lucifer (Herbert Fux) y para colmo cuando pide ayuda al alcalde del pueblo, Don Antonio (Vítor Mendes), es acusada de brujería y sometida a las torturas de la Inquisición, en una jugada corporativista, para que no manche el buen nombre del cura y la madre superiora diciendo que son acólitos de Belcebú y unos sádicos infectos.

 

Ya muy asentado en Francia y sobre todo en la República Federal de Alemania o Alemania Occidental luego de ser expulsado de España por la censura y el hostigamiento oscurantista y violento del franquismo, dictadura a la que atacó sin descanso con productos blasfemos o profundamente anticatólicos como el presente, Jesús no sólo se burla de la legión de beatos de la época, en pantalla homologados a nada menos que Mefistófeles y aquello que tanto demonizaban desde la hipocresía puritana, léase el coito o el placer carnal, sino también del Estado y la burguesía mediante la típica representación caricaturesca que aquellos recibían en el cine de Franco, aquí un Don Antonio empardado a un gordo inútil que no sólo no socorre a María sino que destila complicidad con respecto a las tropelías del establishment piadoso, de hecho devolviendo la chica a Vicente y Alma en tanto paso previo a caer en las manos del Gran Inquisidor (José Viana). El film, central en la consolidación del boom del nunsploitation de los 70 junto con La Monja de Monza (La Monaca di Monza, 1969), de Eriprando Visconti, Los Demonios (The Devils, 1971), de Ken Russell, y Flavia, la Novicia Musulmana (Flavia, la Monaca Musulmana, 1974), de Gianfranco Mingozzi, aprovecha con perspicacia los castillos portugueses, incorpora eficazmente el entramado sobrenatural al nunsploitation, entrega una excelente y muy cuidada fotografía gracias al aporte de Peter Baumgartner -sin la cámara en mano y los clásicos zooms epilépticos de Jesús- y le saca partido al conflicto entre la púber de Hemingway y la dupla de perversos marca registrada de Franco, Berger y Zanatti, agentes de esa destrucción de la inocencia que tanto fascinaba al español, hoy incluso desplegando bastante gore, no abusando del metraje dedicado a los desnudos y muy preocupado por redondear su fábula ácrata/ antiinstitucional/ terrorista, amén de inserts al paso que mezclan lo poético (agua manando de la nada) con lo prosaico (una eyaculación en la carita de la muchacha) al momento de nuestros diversos orgasmos…

 

Cartas de Amor de una Monja Portuguesa (Die Liebesbriefe einer Portugiesischen Nonne, República Federal de Alemania/ Suiza/ Portugal, 1977)

Dirección: Jesús Franco. Guión: Jesús Franco, Christine Lembach y Erwin C. Dietrich. Elenco: Susan Hemingway, William Berger, Ana Zanatti, Herbert Fux, Aida Vargas, Vítor Mendes, José Viana, Patricia Leal, Aida Gouveia, Herman José. Producción: Erwin C. Dietrich. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 7