El Honor de los Prizzi (Prizzi's Honor)

Protegiendo el futuro

Por Emiliano Fernández

El cine centrado en el crimen organizado prácticamente nace con el mismo séptimo arte a principios del Siglo XX y termina de consolidarse en los años previos y posteriores a la Gran Depresión y la Ley Seca, dos eventos que definen la desesperación caníbal por sobrevivir o acumular y el surgimiento del mercado negro popular, abarcando un período clásico que llega hasta la década del 50 y que se confunde con el film noir en general para a posteriori comenzar a independizarse de manera marcada a través de todas las vertientes del neo noir y una retahíla de motivos característicos como los asesinatos, el cruel chantaje, los secuestros, el contrabando, el fetiche con la lealtad, el narcotráfico, la estructura cuasi empresa familiar, los sobornos, las traiciones, la industria de los juegos de azar, las “ovejas negras”, la prostitución, las luchas por el poder, la paz que muta en guerra, el melodrama romántico apenas disimulado, los infiltrados, las conexiones con la usura, las balaceras esporádicas, el lavado de dinero, los raudos castigos hacia miembros díscolos, los robos de mercadería, una estructura de mando paternalista, los ascensos en la pirámide gerencial, los exilios compulsivos, la dialéctica de las mentiras y por sobre todas las cosas la connivencia bien corrupta con sectores varios de la oligarquía capitalista, la política, los sindicatos, el sistema judicial, las fuerzas de represión y diversas instituciones a través de las cuales se opera de diferentes formas sobre la sociedad para garantizar la continuidad de la influencia, la impunidad y/ o el dominio irrestricto. Durante los 90 se dio una mini moda en cuanto a las parodias sobre un formato ya tan férreo como reconocible a simple vista, pensemos para el caso en Un Novato en la Mafia (The Freshman, 1990), de Andrew Bergman, ¡Mafia! (1998), de Jim Abrahams, y Analízame (Analyze This, 1999), de Harold Ramis, seguida a su vez por su secuela Analízate (Analyze That, 2002), también de Ramis, todas en mayor o menor medida sátiras de El Padrino (The Godfather, 1972), el opus imperecedero dirigido por Francis Ford Coppola y protagonizado por Marlon Brando, Al Pacino, James Caan y Robert Duvall que marcó a fuego la versión “retro moderna” del género porque terminó de sedimentar los latiguillos de un rubro apuntalado en unas solemnidad y ambición muy grandes cercanas a las de las sagas de esos folletines de antaño que incluían elementos para todas las clases de espectadores y al mismo tiempo funcionaban como un extraordinario resumen de una multitud de subgéneros como por ejemplo el policial, la tragedia familiar, el romance, el suspenso, la acción metropolitana y las epopeyas de inmigrantes, entre otros.

 

Sin embargo la película que desencadenó la pata contemporánea de las burlas cariñosas hacia el universo de los gangsters y semejantes es El Honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, 1985), anteúltima faena como director del gigantesco John Huston antes de fallecer en 1987 a los 81 años como consecuencia de una neumonía a partir de un enfisema, opus ubicado concretamente entre Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1984), basada en la exquisita novela homónima de 1947 de Malcolm Lowry, y Desde Ahora y para Siempre (The Dead, 1987), inspirada en Dublineses (Dubliners, 1914), de James Joyce. El guión de Janet Roach, conocida además por la hoy relativamente olvidada La Magia de Vivir (Mr. North, 1988), de Danny Huston, hijo éste de John y la actriz Zoe Sallis, y Richard Condon, famoso por haber escrito las novelas que inspiraron Traficantes de Poder (Winter Kills, 1979), de William Richert, y El Embajador del Miedo (The Manchurian Candidate, 1962), de John Frankenheimer, a su vez objeto en 2004 de una remake mucho menos interesante a cargo de Jonathan Demme, bebe de manera cuantiosa y con gran fidelidad del libro homónimo de 1982 del propio Condon, catalizador de una saga paródica sobre el crimen organizado y las redes de la corrupción comunal laberíntica del capitalismo salvaje que incluyó a La Familia de los Prizzi (Prizzi’s Family, 1986), precuela de la novela precedente, La Gloria de los Prizzi (Prizzi’s Glory, 1988), continuación directa del primer volumen, y El Dinero de los Prizzi (Prizzi’s Money, 1994), punto final de la franquicia y de la carrera literaria de su autor, el cual fallecería en 1996 a los 81 años al igual que Huston. Los tres primeros libros se centran en el personaje de Charley Partanna, un sicario y miembro de alto rango de la parentela mafiosa neoyorquina de origen siciliano del título, quien en el cuarto volumen adquiere un rol secundario aunque siempre manteniendo las características que lo hicieron conocido, léase una suerte de duplicidad existencial que le permite a Condon señalar cómo los representantes del hampa pueden ser asesinos despiadados que fetichizan el honor entre ladrones y al mismo tiempo unos simplones semi analfabetos que hacen gala de su ingenuidad y buenas intenciones al punto de caer presos del amor, la devoción al jefe y un idealismo tácito algo ridículo o vacuo, tópicos que se complementan de modo supremo en el papel y en el film con la obsesión de siempre del novelista con las tácticas maquiavélicas del poder concentrado, su avaricia, la violencia que genera, los esquemas de corrupción, el culto al dinero y la deshumanización de sujetos que por orgullo asesinan aquello que aman.

 

Aquí Partanna (Jack Nicholson) es el gran especialista en “trabajos sucios” del clan, una organización comandada por Don Corrado Prizzi (William Hickey) y sus hijos Dominic Prizzi (Lee Richardson) y Eduardo Prizzi (Robert Loggia), y en el principio del relato se enamora perdidamente de una mujer enigmática que ve en el casamiento de una de las nietas del capo, la polaca Maida Walkiewicz alias Irene Walker (una esplendorosa Kathleen Turner que simboliza la utopía liberadora), a la que trata de rastrear incluso preguntándole a su ex pareja Maerose Prizzi (Anjelica Huston, hija de John y la bailarina y modelo Enrica Soma), vástago de Dominic, una decoradora de interiores que creció con Charley y que estuvo con él hasta hace cuatro años, cuando se pelearon por celos y ella se fugó a México con otro macho en un episodio que derivó en su expulsión de la parentela y en su regreso a Nueva York. El protagonista, hijo del fiel consigliere del don, Ángelo Partanna (John Randolph), y ahijado de Corrado, eventualmente termina siendo contactado por la fémina y ambos se juran amor eterno, no obstante el asunto se complica cuando a Charley se le encarga matar a un tal Marxie Heller (Joseph Ruskin) que estafó por 722.085 dólares a los casinos de los Prizzi en Las Vegas, el cual resulta ser el esposo de Walker, con quien el hombre y un tal Louis Palo, el gerente de turno, robaron el dinero mediante pagarés falsos que cambiaron por fichas y luego efectivo. La mujer no sólo es una estafadora sino también una sicaria como Partanna y fue ella quien le metió una bala en la cabeza a Louis para quedarse con los billetes, sin embargo consigue convencer a su flamante novio de su inocencia, después de que éste se cargase a Heller mediante dos tiros, entregándole la mitad del botín y reteniendo oculto el resto. Ángelo le aclara a su hijo que la mujer es una asesina profesional que reventó a Sal Netturbino, un enemigo de la familia, y Partanna tiene una noche de pasión por despecho con su ex Maerose, quien desea vengarse del varón pero en simultáneo continúa enamorada de él, por lo que le recomienda casarse con Irene en México para que ella pueda volver reivindicada al lado de su padre Dominic, al cual a su vez le miente diciéndole que Charley la violó sin cesar para que el capo de segundo orden se enfurezca y mande a “enfriar” al sicario. Mientras que Maerose denuncia ante el don que Walker fue la que se cargó a Palo y la que tiene ese dinerillo que falta e Irene es contratada por un Dominic ignorante del embrollo para matar a nada menos que su esposo, todo tiende a empeorar cuando Corrado y los suyos le encomiendan al eficaz Partanna secuestrar a Robert Finlay alias Rosario Filargi (Michael Lombard), presidente de un banco propiedad en un 25% de la mafia al que está robando mediante transacciones de divisas, con el objetivo de pedir un rescate de dos millones y medio de dólares, la póliza de seguro contra secuestros del susodicho, dejar evidencias incriminatorias en lo que respecta al robo y un supuesto autosecuestro por el seguro y finalmente tomar posesión del banco cuando sus acciones bajen de precio por el jugoso escándalo. Irene participa de la operación y se ve obligada a reventar a una testigo que resulta ser la esposa de un capitán de policía, lo que genera redadas continuas en los garitos y prostíbulos del sindicato criminal y una guerra no declarada entre los Prizzi y un clan rival encabezado por el Señor Bocca (Raymond Serra) hasta que le entreguen a la policía al ejecutor de la víctima femenina en el secuestro de Filargi, al extremo de que Dominic es fusilado en plena calle al negarse a la demanda. Antes de la muerte del hijo del don éste le exigió a Walker que devuelva lo robado más una multa del 50% y hasta le había prometido a Charley un ascenso que el sicario interpretó como una trampa para entregarlo a los uniformados, en función de lo cual ambos se alían para retener al secuestrado y exigir mucho más dinero que el previamente pautado bajo consejo de Ángelo, quien sabe que Finlay podría señalarlos a todos como culpables en un proceso legal y además vale unos 70 millones de dólares para los Prizzi vía la movida de la adquisición bancaria oportunista. La negociación subsiguiente de Ángelo revela que jamás hubo intenciones de traicionar a Partanna y que de hecho el don lo necesita para continuar el legado de la familia, por lo que le ofrece ponerlo a cargo a cambio de liberar a Filargi, a quien amenaza para que no diga nada a las autoridades, y de matar a Irene, siendo el único que puede acercarse porque la mujer es una homicida experimentada. Justo en el momento en el que la fémina, consciente del plan, pretendía matarlo con una pistola con silenciador en el lecho compartido, Charley le lanza un cuchillo que le atraviesa la garganta y la empala contra la pared, muerte que lo coloca en la línea de sucesión de los Prizzi una vez que fallezca el avejentado don aunque pagando el precio de haber despachado a su propia esposa y de tener que conformarse con la segunda opción, Maerose, con la que retoma la relación a pesar suyo y por pura soledad del poder a posteriori de un juego de traiciones cruzadas entre dos individuos que habían exaltado el sustrato redentor del cariño sincero.

 

Huston filma la historia como si se tratase de un film noir sutilmente irónico de los 40 o 50 pero aprovechando la libertad de una sociedad menos santurrona/ conservadora/ pacata y una industria hollywoodense menos castradora desde lo formal, lo temático y los rasgos estilísticos, en esta oportunidad por un lado superando por mucho a sus colegas de antaño, contemporáneos y posteriores, quienes casi nunca pasan de lo superficial en materia del planteo iconoclasta porque terminan sumergiéndose en un cinismo baladí y anodino, y por el otro lado llevando el devenir inconformista e irreverente de fondo hasta sus últimas consecuencias, algo que por cierto sobrepasa la mera sátira de los engranajes retóricos de las epopeyas cinematográficas acerca del crimen organizado y abarca desde verdaderos planteos terroristas para con el séptimo arte en su conjunto, pensemos en este sentido en ese desenlace que contradice la fórmula tanto de los héroes como de los antihéroes alrededor de la “pareja romántica perfecta” que sobrevive a todo y todos, hasta un ataque sistemático, virulento y muy astuto contra la podredumbre de las cúpulas gerenciales de hoy en día, señalando la complicidad entre el hampa, la policía, el empresariado, la banca, la política y hasta los medios de comunicación que cubren campantes la boda por iglesia de la nieta de Corrado del inicio, espejo por supuesto de aquellas celebraciones homólogas o ritos de pasaje o ceremonias pomposas no sólo de El Padrino sino también de su primera secuela explícita, El Padrino: Parte II (The Godfather: Part II, 1974), coescrita entre Coppola y Mario Puzo al igual que la original a partir del libro primigenio de este último de 1969. Como siempre ocurría en el caso del director, Huston en El Honor de los Prizzi respeta a rajatabla la idiosincrasia de la novela porque fue elegida desde el vamos precisamente debido a que calza a la perfección con su filosofía de vida, muy alejada de las sonseras promedio del aparato cultural estadounidense y la mojigatería de la sociedad de su país y por el contrario cercana a la picardía de los bajos fondos de las urbes más mugrosas y de unos aventureros variopintos condenados al fracaso y nunca prestos a ser empardados a adalides inmaculados del bien porque hablamos de personas reales, paradójicas, absurdas, delirantes, a la par pusilánimes y valientes, capaces de amar y odiar con pasión, caprichosas hasta el extremo de sucumbir en una misión de corte mutable/ acomodaticio ventajista que no lleva a ningún lado y los deja tan solos como empezaron, con el resabio agridulce en la boca de quien estuvo a un paso de alcanzar la felicidad pero que no supo controlar su desenfreno y eventualmente terminó con una insatisfacción a flor de piel. Tanto Charley Partanna, compuesto por un Jack Nicholson sublime que controla cada gesto y movimiento de este payaso peligroso y de buen corazón, como su padre Ángelo, en el cuerpo del genial John Randolph, son dos arquetipos perfectos del cine hustoniano, prácticamente dos caras de la misma moneda porque así como el veterano representa a los mandos pancistas intermedios gerenciales de la torta de la corrupción pública, siempre viéndolo todo desde una distancia prudencial y pasando de aconsejarle a su hijo que vaya contra el don a instarlo luego a que haga un trato de clara naturaleza faustiana para reconciliarse con el statu quo delictivo neoyorquino, el sicario por su parte hace las veces del lumpenproletariado o la mano de obra marginal que no sabe bien qué hacer al momento de vender/ ofrendar su alma a Mefistófeles de manera ya definitiva, por ello en su dilema de base entre matar o huir con su amada, Irene, coquetea con esta última opción durante casi todo el metraje hasta en última instancia volcarse por la convalidación de la estructura de poder y acoplarse a ella asesinando a la fémina, sacrificio conformista en pos del cual acepta su mediocridad, se convierte en secuaz pleno de los Prizzi y rubrica con una capa de causticidad una odisea en la que el protagonista cae en la endogamia compulsiva del poder, simbolizada desde ya en la Maerose de la magnífica Anjelica Huston, y se consagra a vivir de allí en más en una atalaya alejada del vulgo y rodeada de dinero, guardaespaldas y una esposa de adorno por la que no siente pasión verdadera alguna, eco evidente de la fauna de momias del capitalismo antropófago en sintonía con Dominic, Eduardo y el Corrado del hilarante William Hickey, mueca sardónica que se corresponde con aquel Noah Cross en la piel del propio Huston de Barrio Chino (Chinatown, 1974), de Roman Polanski, otro demonio voraz de la riqueza oligopólica que fagocita a su entorno. El cineasta vuelca hacia la elegancia clasicista las estupendas fotografía de Andrzej Bartkowiak y música de Alex North, redondeando un lienzo a la par naturalista y mordaz en torno a las múltiples derrotas de los individuos cuando se proponen salir de los espacios y roles que la comunidad enferma que los precede les ha asignado de forma compulsiva, así las cosas el honor contradictorio del título muta en una prisión en la que el reo confunde los placeres de la vida con el dinero, el poder, la obediencia y la manía con proteger el futuro reproduciendo los peores rasgos del pasado…

 

El Honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, Estados Unidos, 1985)

Dirección: John Huston. Guión: Richard Condon y Janet Roach. Elenco: Jack Nicholson, Kathleen Turner, Robert Loggia, John Randolph, William Hickey, Lee Richardson, Michael Lombard, Anjelica Huston, Joseph Ruskin, Raymond Serra. Producción: John Foreman. Duración: 130 minutos.

Puntaje: 10