La nueva película del realizador inglés Paul Greengrass, La Rebelión (The Uprising, 2026), constituye el mejor trabajo de la fase tardía de su carrera, léase esa meseta cualitativa de Jason Bourne (2016), 22 de Julio (22 July, 2018), Noticias del Gran Mundo (News of the World, 2020) y A Través del Fuego (The Lost Bus, 2025), y sin duda el más osado y vigente a nivel político porque se propone retratar una insurrección contra un feudalismo medieval que se parece mucho a las inequidades, la tiranía y la corrupción del capitalismo salvaje del Siglo XXI, hablamos de la Revuelta de los Campesinos de 1381, un movimiento popular que pretendía la eliminación de la servidumbre en Inglaterra y que se explica por cuatro factores interconectados, la Guerra de los Cien Años con Francia (1337-1453), la reducción de la fuerza de trabajo por la peste negra desde 1348, el fuerte aumento de los impuestos reclamados al pueblo y finalmente la inestabilidad política vernácula a raíz de la muerte de Eduardo III en 1377, sucediéndole su nieto Ricardo II, por entonces un niño de diez años que a su vez debió delegar el poder en un concejo de nobles que fueron los responsables de gobernar. El alzamiento antiesclavista, muy importante en toda la historiografía socialista y encabezado por el ex militar Wat Tyler, el sacerdote lolardo John Ball y una figura bastante misteriosa de la que poco y nada se sabe, Jack Straw, es analizado desde el punto de vista de un campesino sin nombre interpretado por Andrew Garfield y conocido como Labrador (Ploughman), quien ocupa el lugar de aquel Straw, trabaja la tierra de un señor feudal, Lord Beauchamp (Gerald Tyler), y siete años atrás se quedó sin su esposa y retoños por la peste.
Ricardo II (Woody Norman), de catorce años y sufriendo de unas pesadillas homologadas a problemas psicológicos, efectivamente desconcierta a su madre, Juana de Kent (Katherine Waterston), y cede ante los designios de un consejo en buena medida controlado por Sir Robert Hales (Tom Hollander), el cual incrementa los impuestos de la plebe, en esencia confiscaciones de grano y animales, porque el clero no quiere tributar ni tampoco desean cobrarles a los comerciantes de Londres porque ello significaría incluirlos en la toma de decisiones. El Labrador asesina a uno de los guardias de un recaudador de impuestos (Sam Chapman), ya que le quería cobrar los flamantes gravámenes extorsivos más las tasas de herencia por no contar con prueba escrita de que las abonó cuando falleció su familia, así desencadena una rebelión que pronto termina liderada por esos Tyler (Cosmo Jarvis) y Ball (Jamie Bell) que piden su ayuda para controlar al campesinado, el primero un veterano de la Guerra de los Cien Años que peleó al lado del padre del rey, Eduardo de Woodstock alias el Príncipe Negro, y el segundo un predicador con ideas igualitarias que fue acusado de herejía y encarcelado en las mazmorras del Arzobispado de Maidstone. El pueblo cree que Ricardo II es rehén de su consejo y desea la muerte de los nobles traidores para liberarlo y a posteriori pedirle la autodeterminación, lejos del capricho de los terratenientes, y un indulto por el alzamiento, no obstante el púber con corona posee tantos trastornos mentales como agenda propia y utiliza el odio del vulgo para asesinar al consejo, lo que implica mentir a los jerarcas comunales para después emboscarlos y ordenar a sus tropas que los masacren.
Con drones para las incursiones de los miles de extras y mucha pirotecnia documentalista marca registrada, esa de cámara en mano, zooms furiosos y una edición a veces vertiginosa, la película se abre camino como un thriller político sobre la manipulación y el sadismo de los psicópatas en el poder pero también acerca del anhelo, la valentía y la ingenuidad del pueblo raso. La injusticia se combate con anonimato, impidiendo la recolección de datos por parte de los oligarcas y su aparato represivo de individualización, algo fundamental para sabotear la vigilancia prosaica de ayer y la orwelliana multifacética de hoy en día, por ello la sublevación sólo se solidifica con la solidaridad de los marginados contra el yugo parasitario de los popes de la fe, la técnica, el Estado, la información y la aristocracia. El verosímil medieval está construido con rostros maltrechos, misticismo y marchas enormes e improvisadas hacia Londres, saltando de la obediencia cobarde a la furia liberadora que no roba a los explotadores sino que iguala a todos los seres humanos destruyendo la riqueza fetichizada por las elites. El caos de la lucha se mitiga con el mandato divino, significante vacío que todo lo justifica, desde el alzamiento hasta los ardides para eliminarlo cuanto antes, en este sentido el monarca, como Dios, en la primera parte del relato funciona como un botín que confirma el poder o garantiza que la verdad acompaña el reclamo de turno. La ley aparece como una palabra escrita que augura libertad aunque de manera precaria, de allí su capacidad para engañar o tomar por sorpresa a los menos instruidos ya que el monopolio del conocimiento y la educación es otro de los privilegios de los latifundistas y sus socios.
Sirviéndose de un tono sombrío y buenas actuaciones de Garfield, Bell, Jarvis, Hollander y Norman, este último luciéndose en las postrimerías, Greengrass provoca a conciencia con un film inconformista de esta envergadura en un tiempo timorato, hipócrita y vil como el Siglo XXI, donde la falsa rebeldía puede ser fascista y muchos payasos de seudo izquierda miran impasibles cómo los neonazis de mierda acumulan poder, todo parte constituyente de la farsa de la civilización occidental como democrática cuando la injusticia domina en la pirámide plutocrática de ayer, hoy y siempre. La oligarquía suele tener al tiempo de su lado porque cuenta con los recursos para resistir los embates del pueblo y contraatacar con la mayor dureza posible, en cambio este último en muchas oportunidades debe decidir con suma rapidez entre negociar con semejante lacra, destruirla sin más o esperar algún tipo de milagro en el corto plazo. Mientras que los esclavistas/ chupasangres constituyen un todo homogéneo por la fuerza centrípeta de las clases dominantes, nuestra insurrección posee una jerarquía tripartita que se condice con los ejes militar, religioso fanático y campesino en sí del movimiento, por ello aquí Tyler es un estratega, Ball se obsesiona con decapitar a los traidores del consejo y ese Labrador símil Straw deposita su confianza en Ricardo II como si el viudo fuese un moderado/ legalista poco propenso a derramar sangre porque sabe que ello suele convertirse en una bola de nieve, como de hecho ocurre después de las ejecuciones populares del consejo en materia de reventar a los proto burgueses de entonces, los comerciantes flamencos de la capital. El semi interés romántico del Labrador más allá de su hoz, Alyce (Thomasin McKenzie), no molesta en este mundo masculino al igual que la presencia de la progenitora del rey, Juana de Kent, también bien desarrollada como un interesante complemento identitario que simboliza la conciencia que no tiene su vástago. La perfidia durante el desenlace señala la madurez psicopática del monarca y la candidez de una plebe que por milésima vez se come cualquier promesa edulcorada del montón, patraña en la que incluso cae el representante más ortodoxo o exaltado de la revolución, Ball. Justo como ocurre en el nuevo milenio, la reproducción cotidiana del vasallaje se rubrica por las falacias de las cúpulas y la complicidad de la base, en igual medida, y su abolición depende en simultáneo del individuo, el grupo cohesionado y la génesis de una guerrilla anarquista como la del sorprendente epílogo, ya con el Labrador tomando la forma de un equivalente a Robin Hood como tanto subrayó la hilarante campaña de marketing de anclaje exploitation que la distribuidora Focus Features montó sin previo aviso en el mercado estadounidense…
La Rebelión (The Uprising, Reino Unido/ Estados Unidos/ Alemania, 2026)
Dirección y Guión: Paul Greengrass. Elenco: Andrew Garfield, Jamie Bell, Woody Norman, Tom Hollander, Cosmo Jarvis, Thomasin McKenzie, Katherine Waterston, Sam Chapman, Gerald Tyler, Sky Yang. Producción: Paul Greengrass, Jason Blum, Gregory Goodman, Joanna Kaye, Lars Sylvest y Joe Neurauter. Duración: 128 minutos.