La Muerte de Stalin (The Death of Stalin)

Purgas por mayor y menor

Por Emiliano Fernández

La Muerte de Stalin (The Death of Stalin, 2017) nos devuelve un género que creíamos perdido en el tristemente homogéneo cine mainstream de nuestros días, la sátira política, un rubro que nos ha regalado en el pasado películas maravillosas -y de lo más variopintas- como por ejemplo Sopa de Ganso (Duck Soup, 1933), El Gran Dictador (The Great Dictator, 1940), El Rugido del Ratón (The Mouse That Roared, 1959), Dr. Insólito o Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), Bananas (1971), Desde el Jardín (Being There, 1979), Mentiras que Matan (Wag the Dog, 1997) y El Dictador (The Dictator, 2012), entre tantas otras. Como su título lo indica, el film analiza los pormenores del fallecimiento de Iósif Stalin, jerarca máximo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas desde fines de la década del 20 hasta su muerte el 5 de marzo de 1953, lo que desencadenó una feroz lucha interna en el Politburó entre diferentes facciones encabezadas por los dos hombres más fuertes del momento, léase Nikita Jrushchov, Primer Secretario del Comité del Partido Comunista de Moscú, y Lavrenti Beria, Director del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD, según sus siglas en ruso), la policía de la seguridad nacional, nada menos que la segunda fuerza de represión más importante del país luego del mítico Ejército Rojo.

 

Desde el inicio la propuesta establece de manera brillante el tono entre absurdo y horroroso que marcará toda la narración: luego de finalizada una transmisión radial en vivo de una interpretación en un teatro de una pieza de Wolfgang Amadeus Mozart, el encargado del evento, Andréyev (Paddy Considine), recibe una llamada telefónica del propio Stalin (Adrian McLoughlin) en la que afirma que quiere una grabación en físico del recital y ordena que sea entregada a unos emisarios que enviará para recogerla. Como el concierto no fue registrado, un hiper temeroso Andréyev decide reproducirlo haciendo que todos los músicos vuelvan a sus posiciones y empiecen de nuevo, circunstancia que lo lleva a atravesar diversos contratiempos: como parte del público se retiró, obliga a peatones ocasionales a ingresar a la sala para duplicar la acústica, luego debe sobornar a la pianista principal, Maria Veniaminovna Yudina (Olga Kurylenko), con el objetivo de que vuelva a tocar ya que se rehúsa porque es una ferviente militante antiestalinista, y para colmo no le queda otra que reemplazar al director de orquesta, que se desmayó ante el pánico que le generaba la posibilidad de la existencia de micrófonos ocultos ante un mínimo comentario negativo contra Stalin, con otro conductor al que mandan a buscar en medio de la noche a su hogar, un pobre tipo que concurre con ropa de cama y pensando que lo van a asesinar.

 

Andréyev logra entregar un vinilo con el evento registrado pero no puede evitar que Yudina introduzca una nota en la funda del disco que llega a las manos de Stalin, en la cual lo acusa de tirano, de traicionar a la nación y de destruir al pueblo. La risa que le provoca leer el trozo de papel deriva en una hemorragia cerebral que lo lleva a orinarse encima y lo deja con el lado derecho de su cuerpo totalmente paralizado. A los mencionados Jrushchov (Steve Buscemi) y Beria (Simon Russell Beale), pronto se suman varias autoridades más en torno al cuerpo del convaleciente líder, Gueorgui Malenkov (Jeffrey Tambor), su suplente directo, Lázar Kaganóvich (Dermot Crowley), el Ministro de Empleo, Anastás Mikoyán (Paul Whitehouse), el Ministro de Comercio, Nikolái Bulganin (Paul Chahidi), el Ministro de Defensa, y hasta Viacheslav Mólotov (Michael Palin), el Ministro de Relaciones Exteriores, cuyo nombre formaba parte de los próximos a ser liquidados bajo órdenes del mandamás, salvándose a último minuto. Debido a que todos los mejores doctores de Moscú habían sido acribillados en la fantochada llamada el “Complot de los Médicos”, otra de las excusas de Stalin para continuar eternamente con las purgas de cualquier tipo de opositor político, los miembros del Politburó deciden mandar a secuestrar a los profesionales de la salud que quedan en la capital, lo que por cierto no evita que el jerarca muera días después.

 

El film fue escrito y dirigido por Armando Iannucci, un escocés con una larga trayectoria como satirista político en el medio televisivo y a decir verdad se nota mucho su experiencia en la perfecta interrelación entre los diálogos y las situaciones, basadas a su vez en la novela gráfica serial francesa La Mort de Staline, de Fabien Nury y Thierry Robin: tras una victoria inicial de Beria, responsable de las deportaciones y las torturas del NKVD y adepto a violar a cualquier prisionera que caiga bajo su ala, gracias al ascenso de Malenkov como mandatario de la Unión Soviética (apenas un títere escuálido de Beria), Jrushchov no se queda atrás y aboga por eliminar las persecuciones generales, liberar a los disidentes y levantar la proscripción sobre la Iglesia Ortodoxa Rusa para ganarse el favor de las masas. Beria a posteriori le roba la idea y lo relega a organizar el funeral de Stalin, no obstante Jrushchov termina ganando la pulseada del poder cuando suma a su causa al Mariscal Gueorgui Zhúkov (Jason Isaacs), héroe de la Segunda Guerra Mundial y firme opositor a la medida de Beria de confinar al ejército a los cuarteles con vistas a que el NKVD controle Moscú durante el velatorio, resolución que es dada vuelta por Jrushchov al ordenar que los trenes comiencen a funcionar y así la plebe -que pretende llegar a la capital para el funeral- termina siendo reprimida por los esbirros de Beria, quienes exterminan a 1.500 personas.

 

El elenco se saca chispas en este retrato sardónico y apasionante en torno a los preparativos del golpe de estado camuflado de Jrushchov contra el binomio Beria/ Malenkov, algo así como la metamorfosis de las vastas persecuciones del propio Stalin en esas purgas por menor de sus sucesores, quienes “aflojaron” en buena medida con los asesinatos masivos a sabiendas de la inestabilidad de su posición y bajo la amenaza permanente de un conflicto nuclear con los Estados Unidos debido a la Guerra Fría. De la misma forma en que las masacres populares se transforman en decapitaciones a puertas cerradas dentro de la misma cúpula del Partido Comunista, de a poco salen a la luz las evidencias de los manejos espurios, salvajes y demenciales del poder soviético luego de la muerte de Lenin el 21 de enero de 1924, el exilio forzoso de León Trotski en 1929 y el ascenso al poder del psicópata de Stalin, representante de la derecha dentro del Politburó. El individualismo más grasiento, la farsa de la legitimidad, los arrebatos mesiánicos, una manipulación bien cínica, la corrupción más burda y las traiciones entrecruzadas constituyen todos elementos centrales de una trama que encapsula una concepción maquiavélica y absolutista del poder que va más allá del régimen soviético y nos habla de los mecanismos procedimentales preferidos de la dirigencia de derecha a escala global, sin distinción entre socialismo y capitalismo.

 

La película en sí no pretende examinar las grandes consecuencias que dejó el estalinismo, tanto la industrialización del país como las masacres varias que impulsó con el transcurso de los años vía la colectivización agraria y el hostigamiento sistemático a los rivales políticos (pensemos en el Holodomor o genocidio ucraniano por hambruna de 1932/ 1933 y la denominada “Gran Purga”, en la que se eliminó a la vieja guardia bolchevique y a todo aquel que siquiera pensase en oponerse al gobierno, ya sea ejecutándolos en el instante o enviándolos a los campos de concentración o gulags), por lo que la impronta entre irónica, coloquial y socarrona es más que bienvenida ya que pretende -y logra- subrayar la ridiculez detrás del canibalismo sin fin del que somos testigos (por supuesto que todos los diálogos son en inglés y obedecen más a los modismos culturales anglosajones que a los rusos, pero la despreocupación por las formas y la imagen frente al resto de los mortales están más en sintonía con sus homólogas de los países empobrecidos del otrora bloque socialista, el Tercer Mundo o hasta el actual Primer Mundo, todo un rango de naciones en las que la ignorancia, la apatía y la estupidez del vulgo resultan siempre el apoyo fundamental de los monstruos execrables que saquean y utilizan al estado para sus negocios individuales/ familiares/ sectoriales). Así como Jrushchov se cargó a Beria, Leonid Brézhnev a posteriori se cargó a Jrushchov en un ciclo interminable de oligarcas que se extiende hasta Vladímir Putin pero también a Donald Trump, del otro lado del planeta, y a Mauricio Macri o los esperpentos peronistas y radicales, en lo que atañe a estas pampas. La Muerte de Stalin, desde el humor negro y una humildad intimista intra Kremlin que se sumerge en la crudeza y la incorrección política, denuncia con inteligencia, detallismo y soltura este esquema repugnante de pueblos que se sabotean convalidando el dominio de una fauna de delirantes peligrosos amantes de las mentiras disparadas a mansalva, el control semi monárquico de las instituciones y el acoso constante contra la disidencia de izquierda que los combate…

 

La Muerte de Stalin (The Death of Stalin, Reino Unido/ Francia/ Bélgica/ Canadá, 2017)

Dirección: Armando Iannucci. Guión: Armando Iannucci, David Schneider, Ian Martin y Peter Fellows. Elenco: Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Adrian McLoughlin, Jeffrey Tambor, Olga Kurylenko, Paddy Considine, Dermot Crowley, Paul Whitehouse, Paul Chahidi, Michael Palin. Producción: Nicolas Duval Adassovsky, Kevin Loader, Gaëtan David, Catherine Dumonceaux, André Logie, Sofia Maltseva, Tanya Sokolova, Laurent Zeitoun y Yann Zenou. Duración: 107 minutos.

Puntaje: 10