A El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991) se la suele reducir a dos características principales: primero, sin duda hablamos del resultado de un largo proceso de consolidación de la vertiente mainstream del terror, un género que antes de las décadas del 60 y 70 -y específicamente antes de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, y El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin- era trabajado casi de forma exclusiva por la pata Clase B del aparato productivo hollywoodense, no obstante eso cambió con el éxito en taquilla de las anteriores y el rol de “faro conceptual” que fue tomando con los años El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, al punto de que el opus que nos ocupa de Jonathan Demme arrasó con los Oscars de 1992 llevándose las estatuillas correspondientes a mejor película, director, guión para Ted Tally, actor principal para Anthony Hopkins y actriz principal para Jodie Foster; y segundo, la propuesta es recordada como la encarnación más interesante del tremendo Doctor Hannibal Lecter (Hopkins) y por las famosas escenas de su introducción en pantalla y eventual escape de las autoridades, un personaje creado por el novelista Thomas Harris en ocasión de El Dragón Rojo (Red Dragon, 1981), adaptada al cine primero por el gran Michael Mann en la injustamente olvidada Cazador de Hombres (Manhunter, 1986) y luego por Brett Ratner en la hollywoodense estándar/ rutinaria Dragón Rojo (Red Dragon, 2002), a lo que se suman las otras dos traslaciones de libros de Harris pertenecientes a la saga del psiquiatra de disposición caníbal, la deliciosamente gore y estilizada Hannibal (2001), de Ridley Scott, y la apenas correcta Hannibal: El Origen del Mal (Hannibal Rising, 2007), de Peter Webber, amén de una serie bastante digna creada por Bryan Fuller para la NBC y protagonizada por el genial Mads Mikkelsen en el rol de Lecter, Hannibal (2013–2015).
Sin embargo la película de Demme, con un guión de Tally que sigue casi al pie de la letra la novela homónima de 1988 de Harris, es de por sí un estupendo exponente del cine de suspenso sutilmente hitchcockiano y la primera gran intervención en el mainstream de la brutalidad típica del horror y del subgénero de los asesinos en serie, ya sin alicientes ni demasiadas metáforas para retratar la violencia y en parte quedando de modo retrospectivo un poco bajo la sombra del estreno -cuatro años después- de Pecados Capitales (Seven, 1995), obra maestra que la superó cualitativamente y elevó el voltaje del rubro a niveles de maravilloso sadismo pornográfico. Más allá del amigo Lecter, quien más que un villano es un antihéroe intelectual e incomprendido por los payasos institucionales del relato, el film nos regala un antagonista memorable que muchas veces es pasado por alto cuando se recuerda a la propuesta en su conjunto, Jame Gumb alias “Buffalo Bill” (Ted Levine), un muchacho adepto a vestirse de mujer y a secuestrar gorditas fingiendo llevar una férula y engañándolas para que lo ayuden a subir un sillón adentro de una camioneta, donde las noquea para luego llevarlas hasta su morada, no darles de comer por semanas para “aflojar” su piel, matarlas, despellejarlas con facilidad y arrojar sus cuerpos en diferentes ríos mientras prepara un lindo traje con la epidermis de sus víctimas; modus operandi y rasgos generales que retoman el fetiche de Ted Bundy con simular lesiones y un dejo inofensivo, el hobby de Ed Gein con coser trajes a partir de la piel femenina, la costumbre de calzarse los zapatos y la ropa de sus presas de Jerry Brudos y finalmente aquella propensión de Gary Ridgway alias “El Asesino de Green River” a desechar los cadáveres en ríos e insertar objetos varios en su interior, en el caso de Buffalo Bill una crisálida de una célebre polilla, la esfinge de la calavera africana, la cual introduce en la garganta de los señoritas de turno.
La figura de la investigadora inexperta pero brillante, todo un lugar común dentro de los thrillers posmodernos de asesinos en serie aunque no tanto en aquellos policiales negros de antaño de veteranos adustos que resolvían las cosas tanto con las palizas como quemándose los sesos, recae en Clarice Starling (Foster), una agente del FBI que todavía está recibiendo el entrenamiento reglamentario en los bosques de Quantico, Virginia, cuando es llamada por su “ídolo” dentro de la fuerza, Jack Crawford (Scott Glenn), mandamás de la unidad de Ciencias de la Conducta, para asignarle un trabajo bastante peculiar, léase entrevistar y entregarle un cuestionario a Lecter con la esperanza de que el asunto sirva de excusa para establecer un contacto entre el hombre y la mujer que permita algún tipo de ayuda para construir el perfil y atrapar al chiflado suelto de Buffalo Bill. Entre frases crípticas, alguna que otra evasiva, ojos inquisidores y mucha curiosidad por el pasado y la psiquis de la chica, el psiquiatra, que está encerrado con sucesivas cadenas perpetuas en una prisión de Baltimore controlada por el Doctor Frederick Chilton (Anthony Heald), al que detesta porque gusta de torturarlo, le propone a Starling un “quid pro quo” que deriva en Clarice descubriendo que Buffalo Bill es producto de años de abuso infantil que lo llevaron a odiar su propia identidad y creerse un transexual, por ello la identificación con la metamorfosis de la crisálida y eso de armarse un traje de piel de hembras al ser rechazado para una operación de cambio de sexo, mientras que el doctor entiende que el acto de enrolarse en el FBI por parte de la mujer es sinónimo de trazarse una misión luego del desamparo en el que cayó al quedar huérfana cuando su padre, un alguacil, murió acribillado por dos ladrones que salían de una tienda y después de un mes de agonía en un hospital, planteo retórico que equipara a Gumb y la investigadora porque ambos pretenden con desesperación un cambio.
Dejando de lado todos estos ingredientes que con el tiempo se convertirían en verdaderos latiguillos de la vertiente del terror centrada en los psicópatas y sus simpáticas correrías, El Silencio de los Inocentes sitúa en el núcleo de la narración la obsesión verídica del FBI con construir perfiles psicológicos de los asesinos a partir de entrevistas con homicidas en serie notorios y otros no tan tristemente famosos, temática que más adelante sería explorada de manera prodigiosa por la serie de Netflix Mindhunter, de Joe Penhall y David Fincher, en gran parte basada en una también excelente película del segundo, Zodíaco (Zodiac, 2007), acerca del “Asesino del Zodíaco”, un psicópata que operó a fines de los 60 e inicios de los 70 y que jamás fue atrapado. La novela de Harris y el guión de Tally incluyen además una sutil denuncia de la hipocresía de la cacería y justicia direccionadas porque la investigación para dar con el loquito se mueve a un ritmo normal/ lento hasta que secuestra a Catherine Martin (Brooke Smith), vástago de la senadora Ruth Martin (Diane Baker), y allí todo se acelera de repente porque osó tocar a un representante de la mafia política, con Crawford autorizando un trato ficticio con Lecter y el propio Chilton aprovechando la situación para obligar al tenebroso psiquiatra a revelar la supuesta identidad de Buffalo Bill ante la misma congresista. Detalles muy valientes para la época -y hasta también para el conservadurismo cultural de hoy en día- son esas gotas de semen que otro prisionero, Miggs (Stuart Rudin), le arroja en la cara a Clarice en el primer encuentro con el doctor, la escena de la autopsia a cargo de Starling donde descubre la crisálida, esa otra secuencia en la que Gumb baila con el pene y los testículos ocultos entre sus piernas y por supuesto la legendaria fuga de Lecter degustando a un pobre agente de policía y reventando a golpes a otro, a quien le “extirpa” el rostro y se lo coloca para huir haciéndose pasar por una de las víctimas de la carnicería.
La alegoría titular de los corderos/ inocentes, esa que se explica vía una anécdota de ella en la que fue llevada a una finca de unos primos luego del asesinato de su progenitor y se espantó ante el grito de los borregos destinados a ser faenados, juega con la idea de dejar atrás la feminidad homologada a una eterna “mentalidad de presa” en plan de defenderse paranoicamente de un entorno prejuzgado acechante, algo que la película subraya una y otra vez a través de las miradas entre lascivas y curiosas que recibe Starling por parte de hombres y específicamente colegas que se sienten algo amenazados por lo que consideran una intrusa en una coyuntura que le es propia por tradición comunal, la de las fuerzas de seguridad y represión del enclave estatal: obviando toda estupidez feminista de pancarta automatizada, el film analiza un entorno verosímil de trabajo que está en plena transición con la primera verdadera incorporación de mujeres a los mandos gerenciales o mínimas instancias de poder, aquella de los 80 y 90, circunstancia examinada mediante la estrategia anímica -que es y fue la de muchas féminas de carne y hueso- de simplemente no acusar recibo de los ojos que observan, permanecer en silencio y seguir haciendo su trabajo porque en la enorme mayoría de los casos ya no existe el acoso o el ninguneo de antaño, apenas si todo queda en miradas masculinas iniciales y poco más (el remate del episodio de los corderos, con Clarice abriéndoles el corral, viendo cómo se quedaban paralizados del terror y optando por huir con uno de los animales en sus brazos, asimismo enfatiza la necesidad de esquivar la citada mentalidad de presa para encarar una vida normal sin tanto miedo de por medio, a su vez simbolizado de manera adicional en la homologación entre el trauma de la muerte de su padre y el griterío desesperado de los borregos condenados al sacrificio, lo que desencadena la lectura psicológica de Hannibal en torno a la necesidad adicional de la agente del FBI de encontrar a Catherine cual “cordero salvado” que la dejará dormir por las noches porque no la ahogará con sus bramidos ensordecedores de culpa, por no haber hecho más para rescatarla del suplicio). Todos los personajes están realmente muy bien redondeados -los por entonces veteranos Hopkins y Foster brillan a más no poder, el primero con su espeluznante bozal, carisma, intervenciones verbales y configuración física y la segunda logrando el tono anodino y ambivalente justo, semi pasivo y semi activo, que necesita su Clarice- y en suma el asunto llama mucho la atención viniendo de un cineasta como Demme, todo un especialista en comedias y con un único experimento hitchcockiano a acuestas, la pasable aunque no mucho más El Abrazo de la Muerte (Last Embrace, 1979), aquel pastiche de motivos diversos del suspenso protagonizado por Roy Scheider, Janet Margolin y Christopher Walken (el fetiche del director con los primeros planos hiper dramáticos de rostros lo extrajo de Stanley Kubrick, otro fanático de la mirada a cámara entre fascinante y morbosa). Sin duda se podría decir que en última instancia El Silencio de los Inocentes es una reinterpretación de un viejo recurso de las buddy movies aunque ahora desde la lejanía y en términos abstractos y bien perversos, nos referimos a esa mezcla entre amistad y amor platónico entre dos personajes destinados a una cruzada en conjunto, Lecter y Starling, a su vez representada en el equitativo quid pro quo que enmarca su hoy mítica relación, por más que el antihéroe en gran medida “se coma” escénicamente a la heroína…
El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, Estados Unidos, 1991)
Dirección: Jonathan Demme. Guión: Ted Tally. Elenco: Jodie Foster, Anthony Hopkins, Scott Glenn, Ted Levine, Anthony Heald, Brooke Smith, Diane Baker, Kasi Lemmons, Frankie Faison, Tracey Walter. Producción: Kenneth Utt, Edward Saxon y Ron Bozman. Duración: 118 minutos.