La Leyenda de la Casa del Infierno (The Legend of Hell House)

¿Quién controla a quién?

Por Emiliano Fernández

John Hough fue un director de lo más particular, un británico capaz de encarar trabajos verdaderamente desconcertantes como El Blanco de Cuatro Estrellas (Brass Target, 1978), El Íncubo (The Incubus, 1981) y Gótico Americano (American Gothic, 1987), o en cambio films muy interesantes como Las Hijas de Drácula (Twins of Evil, 1971), La Indecente Mary y Larry el Loco (Dirty Mary Crazy Larry, 1974), La Montaña Embrujada (Escape to Witch Mountain, 1975), Ojos en el Bosque (The Watcher in the Woods, 1980) y la película que nos ocupa, La Leyenda de la Casa del Infierno (The Legend of Hell House, 1973), su obra maestra y uno de los clásicos absolutos del cine anglosajón en el rubro de los espíritus y yerbas semejantes que se obsesionan con determinadas propiedades al punto de no querer abandonarlas nunca y crear un mito entre los vivos alrededor del acecho. La propuesta está basada en la novela La Casa del Infierno (Hell House, 1971) del genial Richard Matheson, no sólo guionista histórico de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone) y autor de Soy Leyenda (I Am Legend, 1954) sino también uno de los padres del terror y la ciencia ficción modernos y uno de sus artífices más talentosos y originales, hoy por hoy tomando una arquitectura dramática formalmente similar a la de La Casa Embrujada (The Haunting, 1963), a su vez inspirada en otro clásico literario fantasmal de 1959 de Shirley Jackson, y llevándola a un terreno más amargo, sensual y realista a partir de un catalizador centrado en la presencia/ investigación de un equipo variopinto de personas en una casona con fama de ser muy impiadosa para con sus habitantes por el porfiar de esas mortíferas almas en pena.

 

La trama sigue en esencia el derrotero de la lúgubre Casa Belasco, una mansión que fue concebida por el inefable Emeric Belasco (Michael Gough), un señor hiper perverso que se sirvió de esas paredes para entregarse a un frenesí de “drogadicción, alcoholismo, sadismo, bestialismo, mutilación, homicidio, vampirismo, necrofilia, canibalismo… por no nombrar una gama de ricas cosas sexuales”, tal cual lo detalla Benjamin Fischer (Roddy McDowall), uno de los tres especialistas en lo sobrenatural que contrata un excéntrico millonario y flamante dueño del lugar, el Señor Deutsch (Roland Culver), para que pasen cinco días allí y le ofrezcan pruebas de esa hipotética vida después de la muerte y de la actividad espectral que la residencia supuestamente aglutina, celebridad que se debe a dos intentos previos y por demás trágicos de llevar a cabo tal investigación, lo que por supuesto derivó en decesos coloridos y en episodios de locura, parálisis y extremidades destrozadas entre aquellos que osaron aventurarse. Deutsch promete pagarle cien mil libras a Fischer, un médium físico, a Florence Tanner (Pamela Franklin), una médium mental, y al Doctor Lionel Barrett (Clive Revill), un físico que viene estudiando y experimentando con la energía de los cuerpos desde hace mucho tiempo, con el objetivo de que se hospeden en la vivienda desde un lunes hasta un viernes. Mientras Benjamin, el único sobreviviente de las acometidas pasadas, opta por no abrirse al sustrato sobrenatural del inmueble para protegerse y cobrar tranquilo lo suyo, la joven de inmediato deja entrever su curiosidad y queda expuesta a la voluntad del espíritu del que parece ser el hijo púber de Emeric, Daniel, quien desea hacerle el amor.

 

Tanner sufre en su cuerpo tanto los ataques de la fuerza fantasmal como de un gato negro que vive en la propiedad y parece caer bajo su hechizo, circunstancia que provoca el rechazo de un incrédulo Barrett que se instala junto a su equipamiento y su esposa Ann (Gayle Hunnicutt), una bella mujer que asimismo se entrega a trances nocturnos de semi sonambulismo en los que es poseída por una entidad que la lleva a lanzarse a los brazos de Fischer, el cual esquiva sus ardorosas invitaciones para protagonizar una orgía entre los cuatro moradores circunstanciales de la mansión. La convivencia entre el cientificismo algo cínico de Lionel, la fe cristiana de Florence y esa especie de neutralidad pragmática de Benjamin entra del todo en crisis gracias a un embate violento contra el primero -objetos movedizos, candelabros caídos y llamaradas desde la chimenea de por medio- justo en el instante en que estaba contradiciendo a la señorita, coyuntura que lo motiva a pensar que ella es la verdadera responsable a la par del férreo convencimiento de la chica de que el que está siendo utilizado sin saberlo es Fischer, un supuesto “conductor” inconsciente del poder maléfico que vive allí. Considerando que está frente a energía electromagnética residual y no a manifestaciones conscientes y encolerizadas del más allá, Barrett empieza a preparar para su funcionamiento a una aparatosa máquina que promete desenergizar a la Casa Belasco vía polaridad negativa que anulará el campo magnético dominante invirtiéndolo, sin embargo encuentra resistencia en una Tanner que pasa a creer que Daniel es un siervo más entre otros espíritus esclavizados al servicio de Emeric, finalmente entregándose a él.

 

La Leyenda de la Casa del Infierno funciona como una incomparable anomalía que por un lado deja de lado elementos recurrentes dentro del formato paranormal, como por ejemplo las largas introducciones contextuales, los sustos cronometrados a lo largo del metraje y un desarrollo exagerado bien innecesario, y por el otro lado opta por ingredientes poco habituales y hasta en cierto sentido revulsivos para el estándar fantasmal del mainstream, como una maldad homologada a una manipulación maquiavélica en la que nadie sabe quién controla a quién, en la que el fanatismo doctrinario lleva a la desconfianza, las acusaciones cruzadas y las posiciones en apariencia irreconciliables, y en la que el erotismo resulta una herramienta fundamental en el viejo arte de servirse del prójimo para los propios intereses y una agenda que nada tiene que ver con la del poseso ingenuo reglamentario. Utilizando de manera magistral la poderosa fotografía de Alan Hume, quien distorsiona la frágil realidad de los protagonistas a través de constantes primeros planos de rostros, tomas gloriosamente oblicuas, distintos lentes de ocasión y un prodigioso contraste entre personajes y entre éstos y el fondo, Hough crea una pesadilla que evita todo prólogo superfluo y se juega por sesiones espiritistas que derivan en amenazas verbales o formaciones ectoplasmáticas, por cadáveres ocultos y arremetidas virulentas sin ninguna otra intención que el asesinato y por insinuaciones amatorias irrestrictas que curiosamente contrastan con la frialdad macro de los intercambios regulares entre los personajes, unos “profesionales” que están haciendo su trabajo sin que se asomen esas romantizaciones tontuelas del Hollywood pueril promedio.

 

Otro detalle muy atractivo del film es la insólita intervención de lo que podríamos definir como un exorcismo mecánico en materia del desenlace, con la máquina del Doctor Barrett reemplazando en términos concretos al paradigmático sacerdote o agente religioso de turno, una apuesta en verdad maravillosa que va en consonancia con esa ortodoxia inerte de base en cuanto a la ideología y el proceder de los diferentes protagonistas. El esplendoroso desempeño de todo el elenco, el excelente diseño de producción de índole gótica/ opresiva de Robert Jones y Kenneth McCallum Tait y la música y los vanguardistas efectos sonoros electrónicos de Delia Derbyshire y Brian Hodgson constituyen los otros pivotes esenciales del minimalismo tétrico y muy eficaz que edifica con lucidez el relato, un esquema que se mantiene incluso hasta en la refriega final cuando con los cadáveres de los dos extremos discursivos a cuestas -Florence y Lionel- los sobrevivientes y adalides de la posición intermedia/ negociada -Benjamin y Ann- logran derrotar al único artífice de tanto horror, Emeric, descubriendo su secretito más vergonzoso, ese que pone en entredicho su mote de “gigante rugiente” con una supuesta altura de casi dos metros, léase su baja estatura real y la locura de haberse amputado ambas piernas para poder utilizar extremidades ortopédicas que lo elevasen artificialmente por sobre el resto de los mortales: esta denuncia implícita del carácter mitómano y ultra patético del poder comunal capitalista basado en el miedo, los estímulos más primarios y la infaltable tergiversación informativa corre de la mano de una austeridad expresiva y un detallismo general que nos recuerdan que en la comarca de los sustos y los gritos casi siempre “menos es más”, ya que sin dudas la ambientación juega un papel crucial en la estructuración dramática y la progresión de faenas que siempre deberían ir más allá de la colección de finados, jump scares, clichés varios y ese conservadurismo de nuestros días que en tantas oportunidades parece enclaustrarse en los estereotipos más remanidos como mecanismo de defensa ante la falta de imaginación, valentía o una mínima creatividad. El opus de la dupla Hough/ Matheson continúa abriéndose camino como un ejemplo inconmensurable del terror cerebral y gélido aplicado a lo inmaterial difuso, por cierto sin miedo a meterse con tópicos bien mundanos como la cobardía, el oportunismo, las violaciones, la ninfomanía, la soberbia, el delirio autoritario, la ceguera individual, las idioteces sociales, el corporativismo de cada profesión y sobre todo una crueldad insistente que parece acompañar a los seres humanos aun después de muertos cual energía destructiva y caprichosa que no puede escapar de su ombliguismo y de un placer sustentado en el dolor del otro, calvario digno de una humillación y una sumisión impuestas desde las cúpulas…

 

La Leyenda de la Casa del Infierno (The Legend of Hell House, Reino Unido, 1973)

Dirección: John Hough. Guión: Richard Matheson. Elenco: Roddy McDowall, Pamela Franklin, Clive Revill, Gayle Hunnicutt, Roland Culver, Peter Bowles, Michael Gough, Miles Jonn-Dalton. Producción: Albert Fennell y Norman T. Herman. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 10