Caracortada (Scarface)

¿Quieren jugar fuerte?

Por Emiliano Fernández

La hipérbole más violenta dominaba Caracortada (Scarface, 1932), megaclásico del cine centrado en el hampa dirigido por Howard Hawks a partir de la novela homónima de 1930 de Maurice R. Coons alias Armitage Trail, único trabajo conocido del susodicho porque antes de fallecer en ese 1930 de un ataque al corazón a sus 28 años de edad apenas si pudo completar otra novela, la detectivesca El Decimotercero Invitado (The Thirteenth Guest, 1929), por ello mismo la remake de la década del 80 mantiene en lo alto las exageraciones como un estilo o marca retórica que le permite apartarse del fariseísmo y pretensiones de elegancia de otros policiales negros y jugar de por sí con un grotesco que al profundizarlo y transformarlo en fetiche termina resultando más realista que toda esa moderación desabrida burguesa del Hollywood promedio de todas las épocas. Caracortada (Scarface, 1983), joya de Brian De Palma, de hecho tiene poco que ver con la novela original así como el opus de Hawks, protagonizado por un memorable Paul Muni en el rol de Antonio “Tony” Camonte, personaje evidentemente inspirado en Al Capone, optaba por apartarse del texto de Trail para desplegar una pirotécnica criminal que a su vez se podía explicar por el detalle de que el film en cuestión había sido realizado durante esa ventana temporal de libertad previa a la instauración en el mainstream norteamericano del Código Hays, un breve período que va desde la introducción del sonido en 1929 hasta la implementación a pleno del sistema de censura en 1934, en este sentido el guión del por entonces ascendente Oliver Stone aglutina no sólo todos sus futuros latiguillos en torno a la polémica política, económica, ideológica y social sino también una actualización/ modernización/ aggiornamiento de la historia de base que hoy implica trasladar la trama desde la Chicago de la Ley Seca (1919-1933) a la Miami posterior al llamado Éxodo de Mariel (entre abril y octubre de 1980), una apertura cuasi forzosa de fronteras luego del asalto de muchos disidentes anticomunistas contra la Embajada Peruana en La Habana para pedir asilo político y abandonar el país cuanto antes, lo que derivó en que Fidel Castro permitiese la salida desde el puerto de Mariel -y por unos pocos meses- de ciudadanos cubanos con destino a Estados Unidos, llegándose a la friolera de 125 mil inmigrantes entre los que el gobierno comunista incluyó a miles de delincuentes comunes y corrientes y enfermos mentales para desacreditar a todo el desfile de exiliados.

 

Como decíamos antes, aquel guión de 1932 de W.R. Burnett, John Lee Mahin, Seton I. Miller y Ben Hecht es reproducido al pie de la letra por Stone aunque ahora con todos los ingredientes por entonces vedados a escala cultural en primer plano, desde la crueldad, el gore, los insultos y una cocaína que reemplaza al alcohol hasta la rauda corrupción policial, bancaria y burocrática/ estatal: Antonio “Tony” Montana (Al Pacino, principal responsable del proyecto y la llegada en un primer momento de Sidney Lumet, quien fue reemplazado por De Palma por el productor Martin Bregman ya que el susodicho pretendía un thriller testimonial sobre la complicidad oficial para con el ingreso de cocaína en yanquilandia) es uno de los “marielitos” con antecedentes penales del éxodo anticastrista que empieza su derrotero en 1980 viviendo en un campo de refugiados, debajo de una autopista de Miami, junto a su amigo y colega de siempre Manolo Ribera alias “Manny Ray” (Steven Bauer), quien consigue a ambos permisos de residencia después de matar a un tal Emilio Rebenga (Roberto Contreras), otrora hombre de confianza de Fidel que torturó al hermano de un importante narcotraficante vernáculo, Frank López (Robert Loggia). Es el lugarteniente de López, Omar Suárez (F. Murray Abraham), el que luego les encarga comprar dos kilos de cocaína a unos colombianos que pretendían llevarse el dinerillo sin entregar la mercancía, así Montana se gana el visto bueno de Frank porque sobrevivió a un verdadero infierno cuando los proveedores torturaron y descuartizaron con una motosierra a un amigo suyo, Ángel (Pepe Serna). Mientras es rechazado por su progenitora (Miriam Colón), se muestra sobreprotector con su hermana menor Gina (Mary Elizabeth Mastrantonio) y le advierte a Manny que no se atreva a tocarla, Tony queda encandilado con la esposa trofeo de López, Elvira Hancock (Michelle Pfeiffer), y abandona a su jefazo después de descubrir que Omar es informante de la policía y de cerrar un millonario pacto de compra y distribución con un narcoproductor de Bolivia, Alejandro Sosa (Paul Shenar), el cual ahorca al soplón desde un helicóptero. Pronto se casa y eventualmente pierde a la burguesa platinada, una drogadicta banal que no quiere tener hijos, y debe matar a su mentor luego de que intentase asesinarlo en un club, The Babylon, con dos sicarios y ametralladoras, Golpe de Estado en el que cae el socio policial de Frank, el detective en jefe de narcóticos Mel Bernstein (Harris Yulin).

 

Al igual que toda fábula de ascenso y caída dentro del canibalismo capitalista, Caracortada se regodea con maravillosa morbosidad y desparpajo en las paradojas del poder absoluto que se difumina una vez que comienza el proceso de declive cuando un policía encubierto que se hace pasar por un banquero judío experto en lavado de dinero, Seidelbaum (Ted Beniades), arresta a Montana y le cuelga sobre su cabeza la contingencia de regresar a la cárcel por evasión de impuestos, así termina obligado a matar a un activista antidrogas que amenaza con un tour interminable de denuncias televisivas y en organismos internacionales contra el boliviano Sosa y sus amigos parásitos de la política, la milicia, el empresariado e incluso la diplomacia de Washington D.C., sin embargo el protagonista no sólo se niega a hacer estallar con explosivos ocultos el automóvil de la víctima en potencia, porque dentro también viajan su esposa e hijos pequeños, sino que además revienta al homicida enviado por Alejandro para hacer el trabajito en Nueva York, Alberto (Mark Margolis), a quien le pega un tiro en la cabeza antes de la detonación. Si bien vista a la distancia la película es una deliciosa trasheada que se condice con la zombificación de la codicia sin frenos y con esa efervescencia de unos años 80 hiper representados en ropa y peinados coloridos, el culto a la tetralogía de la perdición masculina del tabaco, el alcohol, las drogas duras y las putas, los sintetizadores a toda pompa -por momentos bailables vía canciones con Paul Engemann, Debbie Harry, María Conchita Alonso y Amy Holland, pero en muchas otras ocasiones etéreos o tenebrosos- de Giorgio Moroder, la convivencia ultra latinoamericana de la miseria pegada al lujo de los magnates y sus mansiones de la cleptocracia cipaya, y por supuesto los decorados vacacionales eternos de esa grasitud de Miami y Los Ángeles, esta última la ciudad en donde de hecho se rodó gran parte del convite, lo cierto es que la propuesta de Stone y De Palma también analiza de manera esplendorosa y bombástica la autodestrucción más atemporal a través de la idea, ya presente tanto en la novela como en el opus de 1932, de homologar incesto con traición y suicidio implícito, por ello Tony se siente atraído hacia Elvira, la esposa de su mentor/ padre adoptivo profesional, y hacia su hermana Gina, por la que es capaz de destruir su vínculo fraterno con Manolo al matarlo justo después de verlo con ella, relación clandestina que para colmo derivó en matrimonio.

 

Los celos y la destrucción de la familia por arrebatos que confunden vida independiente con perfidia inexcusable, gran núcleo del cine de mafiosos como lo demuestran la Caracortada original y sus dos correlatos inmediatos, las asimismo muy influyentes El Enemigo Público (The Public Enemy, 1931), dirigida por William A. Wellman y con James Cagney como Tom Powers, y El Pequeño César (Little Caesar, 1931), de Mervyn LeRoy y con Edward G. Robinson como César Enrico “Rico” Bandello, se unifican con una decadencia freak y permanente simbolizada en pantalla en el poder maquiavélico de los miles de dólares, las ametralladoras con lanzagranadas, la altanería de las puteadas cruzadas, toda la connivencia institucional más hipócrita y desde ya las narices que no pueden dejar de esnifar kilogramos de polvo blanco, amén de una fuerte impronta moral empardada a la fragilidad de imperios que a priori parecen intocables y que suelen caerse primero por la propia dinámica interna de asesinatos que tapan a otros asesinatos -sean los clásicos o los empresariales psicópatas, de competencia y fusiones de compañías en conglomerados trasnacionales- y segundo por la culpa que anida en la psiquis de sus cabecillas y/ o las “manos derechas”, los vástagos y las parejas de los mandamases, de allí que Mamá Montana reniegue de su hijo criminal y no quiera saber nada con una afinidad familiar tradicional, el propio Tony no desee que Gina se convierta en una versión femenina de él mismo, por ello también prohíbe el amor entre la chica y Manny, su compañero de armas, y finalmente Elvira rehúya a la posibilidad de darle una descendencia ya que lo acusa de múltiples cosillas, como ser un mal esposo, un egoísta y un sujeto despiadado que gasta una fortuna en seguridad ya que efectivamente tiene muchísimos enemigos en el rubro y sindicato de la cocaína, señor opulento a más no poder que blanquea capitales vía el Tri-American City Bank, crea consorcios enormes de management y una agencia fantasma de viajes, le instala un salón de belleza a su hermana y llega al delirio de comprarse un tigre para tenerlo encadenado en el jardín, clara referencia a la estrafalaria Hacienda Nápoles del megalómano Pablo Escobar Gaviria, líder del Cartel de Medellín y él mismo propietario de una infinidad de animales salvajes que había adquirido y entrado a Colombia mediante sobornos a las autoridades aduaneras, consiguiendo montar un mini zoológico con elefantes, jirafas, avestruces, hipopótamos, cebras y diversos felinos.

 

Perteneciente al ciclo de guiones para terceros de Stone, aquel de Expreso de Medianoche (Midnight Express, 1978), obra de Alan Parker, Conan, el Bárbaro (Conan, the Barbarian, 1982), de John Milius, Manhattan Sur (Year of the Dragon, 1985), de Michael Cimino, y Morir Mil Veces (8 Million Ways to Die, 1986), de Hal Ashby, y al vuelco hacia el cine de género más heterogéneo del De Palma ya veterano, ese de Hermanas Diabólicas (Sisters, 1972), El Fantasma del Paraíso (Phantom of the Paradise, 1974), Obsesión (Obsession, 1976), Carrie (1976), La Furia (The Fury, 1978), Películas Caseras (Home Movies, 1979), Vestida para Matar (Dressed to Kill, 1980) y El Sonido de la Muerte (Blow Out, 1981), fase que enterró al período avant-garde de opus ninguneados por la memoria cinéfila como Murder à la Mod (1968), Saludos (Greetings, 1968), La Fiesta de Bodas (The Wedding Party, 1969), Dioniso en el 69 (Dionysus in 69, 1970), ¡Hola, Mamá! (Hi, Mom!, 1970) y la también iconoclasta y muy demencial Beeman, el Magnífico (Get to Know Your Rabbit, 1972), Caracortada incluye una actuación fenomenal de un Pacino histriónico y ampuloso que nos deja todo servido para comparar a su Tony Montana con otros de sus personajes de la misma época, así el afán plutocrático símil “sueño americano” de su narco cubano por un lado se ubica en las antípocas del refinado y sereno Michael Corleone de El Padrino (The Godfather, 1972) y El Padrino: Parte II (The Godfather: Part II, 1974), ambas de Francis Ford Coppola, y de aquellas buenas intenciones de sus criaturas de sus dos colaboraciones de mediados de los 70 con Lumet, nos referimos a Sérpico (1973) y Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), y por el otro lado se acerca al nihilismo y la ambivalencia ética de Justicia para Todos (And Justice for All, 1979), de Norman Jewison, y Cruising (1980), de William Friedkin. Más allá de escenas magistrales específicas donde se percibe la inefable destreza técnica del director para las tomas secuencia, los zooms y el apuntalamiento de la tensión, como las recordadas del homicidio de Rebenga, esa con los colombianos, la de la balacera en The Babylon, aquella del óbito de López y Bernstein, la del asesinato frustrado del activista y todo el desenlace en su conjunto con las legendarias frases “¿quieren jugar fuerte?” y “¡dile hola a mi amiguito!”, el film es una gloriosa montaña rusa de la algarabía y la depresión detrás de la quimera de una vida plena y sin intromisiones de ningún tipo…

 

Caracortada (Scarface, Estados Unidos, 1983)

Dirección: Brian De Palma. Guión: Oliver Stone. Elenco: Al Pacino, Steven Bauer, Michelle Pfeiffer, Mary Elizabeth Mastrantonio, Robert Loggia, Miriam Colón, F. Murray Abraham, Paul Shenar, Harris Yulin, Mark Margolis. Producción: Martin Bregman. Duración: 170 minutos.

Puntaje: 10