Carrozas de Fuego (Chariots of Fire)

Quimeras olímpicas

Por Martín Chiavarino

Una misa de conmemoración por la muerte de Harold Abrahams, el director del Departamento de Atletismo de Gran Bretaña, en 1978 en Londres, que cuenta con la presencia de los dos únicos sobrevivientes de una generación que brilló en los juegos olímpicos de 1924 en París, es el puntapié inicial de un nostálgico film que tiene uno de los mejores comienzos de la historia del cine. Rápidamente la misa abre la puerta de los recuerdos para que la acción se retrotraiga a las playas de Kent, cerca del Hotel Carlton, en 1924, donde se hospeda y se entrena el equipo olímpico británico de atletismo, que corre por la orilla con la conmovedora y emotiva música de sintetizadores del músico griego Evángelos Odysséas Papathanassíou, más conocido por su nombre artístico, Vangelis, banda sonora que le valdría merecidamente el Oscar de la Academia de Hollywood en 1981. Inmejorable comienzo para una película que retrata la época de entreguerras previa al colapso de la bolsa, años de sanación de las heridas generadas por la Primera Guerra Mundial, de apogeo y liberación, de contracaras entre la extrema pobreza y la generación infinita de riqueza, de explotación desmedida de los recursos naturales, de epopeyas, de oportunidades y de consolidación de las estructuras sociales en las que hoy vivimos.

 

El popular actor inglés Colin Welland es el responsable del guión de este drama histórico que enfrenta a dos corredores en lo que será una paradigmática epopeya deportiva moderna sobre la sana rivalidad lúdica que caracteriza a la humanidad desde la creación de los juegos olímpicos contemporáneos y las diversas competencias mundiales creadas a su cobijo. Harold Abrahams (Ben Cross) es un joven estudiante de derecho de la Universidad de Caius en Cambridge, asertivo y frontal, acomplejado por su condición de judío hijo de un inmigrante lituano que cruzó Europa por el sueño de la prosperidad británica, mientras que Eric Liddell (Ian Charleson) es un joven misionero escocés nacido en China que ha regresado al país de sus padres con su familia, tironeado entre su vocación evangélica y su pasión por el atletismo. La tenacidad y las condiciones físicas de ambos los hacen dos ases imbatibles, por lo que son convocados por su país para competir para Gran Bretaña en los juegos olímpicos a celebrarse en París en 1924. El arrogante Abrahams desafía a las autoridades de la Universidad al contratar a un entrenador profesional, Sam Mussabini (Ian Holm), para que lo prepare, lo que rompe con la tradición universitaria amateur y con las ideas de los ancianos directores, que ven en el profesionalismo deportivo una forma de corrupción. Para colmo de males, en la racista Inglaterra de la década del veinte, Mussabini es descendiente de italianos y árabes y Abrahams un judío en un país orgullosamente anglosajón y cristiano. En la Universidad, Abrahams conoce a otros estudiantes que serán compañeros en su aventura olímpica, su gran amigo Aubrey Montague (Nicholas Farrell), el aristocrático Lord Andrew Lindsay (Nigel Havers) y Henry Stallard (Daniel Gerroll). Las dos estrellas británicas, Abrahams y Liddell, deberán competir contra el equipo norteamericano, que tiene en Charles Paddock (Dennis Christopher) y en Jackson Scholz (Brad Davis) a sus mejores armas, para encontrarse con la gloria, en el caso del primero, la gloria personal, y en el segundo, para hallar a Dios, dos formas de ver el deporte que se encuentran en el mismo equipo y representan dos formas de encarar la vida.

 

La contracara del compromiso de los corredores con su ímpetu atlético son las mujeres que los rodean, que por un lado disfrutan de verlos y de estar a su lado, pero también sufren de los efectos adversos. Mientras que la hermana de Liddell, Jennie (Cheryl Campbell), le recrimina su ausencia en la Iglesia debido a su pasión desmedida por la competición atlética, la novia de Abrahams, Sybil Gordon (Alice Krige), una exitosa y aclamada actriz de ópera, le reclama a su pareja su obsesión por ganar y su mal humor ante la derrota.

 

En los juegos olímpicos, Liddell decidirá indeclinablemente no competir en la carrera de 100 metros, en la que es experto, ante la decisión del comité olímpico de celebrar la ronda clasificatoria un domingo, día de descanso según los escritos bíblicos católicos. La discusión entre Liddell y los integrantes del comité olímpico británico, el Príncipe de Gales (David Yelland), Lord Cagodan (Patrick Magee), el Duke de Sutherland (Peter Egan) y Lord Birkenhead (Nigel Davenport), se resolverá positivamente cuando Lindsay, que ha ganado una medalla de plata en los 400 metros con obstáculos, le cede su lugar al corredor escocés, lo que a su vez deja a Abrahams con la posibilidad de obtener la medalla de oro de los 100 metros sin la necesidad de enfrentar a su más temible oponente.

 

Los corredores británicos competirán en los juegos olímpicos contra sus rivales de otros países, pero sus principales oponentes para lograr la medalla dorada que tanto anhelan serán ellos mismos, su carácter, su ideología y la forma en la que ven el mundo, especialmente en el caso de Abrahams, que competirá para ser el mejor.

 

Carrozas de Fuego (Chariots of Fire, 1981) es un film muy emotivo porque remite todo el tiempo a la Primera Guerra Mundial, a la masacre de una generación entera, sobre todo desde la carga que eso conlleva para la generación siguiente, que siente la comparación con aquellos que murieron por la patria y el honor. La competencia en los juegos olímpicos, justo diez años después del inicio de la Gran Guerra, es el acontecimiento que estos jóvenes encuentran para poner su valentía y su lealtad a la patria en juego y demostrar que están a la altura del sacrificio de la generación anterior. Con este movimiento, el deporte reemplaza a la guerra como prueba de paso de la juventud a la adultez, el hecho de lograr una meta mediante el sacrificio de uno mismo.

 

El regreso triunfante de los jóvenes atletas de las tierras galas es un regreso metafórico de los jóvenes que perdieron la vida en ese mismo territorio unos pocos años antes, una forma de sanación para el trauma dejado por la guerra. Ya en el comienzo del año lectivo universitario el director del establecimiento en Cambridge dará un discurso lleno de nostalgia que impondrá una carga sobre todos los estudiantes, el peso de la historia sobre los hombros de unos jóvenes que intentan hacer su camino en el mundo.

 

El film será la única gran obra que produzca el director inglés Hugh Hudson, que tras el éxito de Carrozas de Fuego tendrá una carrera que no generará ninguna otra joya cinematográfica. Mientras que la reconstrucción de época del film fue muy alabada y es verdaderamente excelente, el respeto por los datos fácticos del guión fue muy criticado en su momento, especialmente teniendo en cuenta que la sumisión al rigor histórico tenía más peso antes que hoy, momento en el que el juego entre ficción y no ficción ya está absolutamente normalizado.

 

El film de Hudson combina escenas de gran tensión, en las que los protagonistas compiten deportivamente, con escenas de discusiones que marcan un antes y un después en el film, como la disputa entre Abrahams y los directores de la Universidad de Cambridge, aquellos correspondientes a los Colegios de Trinity y Caius e interpretados brillantemente por John Gielgud y Lindsay Anderson, respectivamente, o la de Liddell con los aristocráticos integrantes del comité olímpico británico. Cada escena ocupa un lugar estratégico en la construcción de una película de nervio emotivo, con actuaciones realmente extraordinarias y una fotografía que logra captar todo el dramatismo de cada plano, a cargo de David Watkin, responsable del rubro en Marat/Sade (1967), de Peter Brook, y How I Won de War (1967), de Richard Lester.

 

Una de las escenas más impactantes e importantes del film es esa reunión de Abrahams en la que éste responde con su característica asertividad los cuestionamientos de las ambiciones profesionales del corredor. Abrahams les da un discurso que se convertirá en una constante del Siglo XX, el rechazo de los jóvenes hacia los valores y las prácticas de sus antepasados, planteando otras estrategias y otras formas de llegar a la gloria por caminos divergentes.

 

El atletismo funciona aquí como una metáfora de la naturaleza humana, expresada en las posiciones de Abrahams y Liddell, dos hombres enfrentados con su pasado, su presente y su futuro, que se debaten entre su pasión, lo que se espera de ellos, lo que les gusta y lo que deben hacer para triunfar. Ambos protagonistas, al igual que Mussabini, introducen una ruptura con la imagen de una Gran Bretaña monolítica, descendientes de inmigrantes, orgullosos escoceses que viven en China en una misión católica, descendientes de italianos y árabes, todos británicos, huellas de un cambio de época, de los cambios de una Gran Bretaña cuyas capas estratigráficas sociales comienzan a transformarse.

 

Sin duda alguna, lo mejor de Carrozas de Fuego es la maravillosa música de Vangelis, una creación que remite al sonido de sintetizadores de los años ochenta, sonidos electrónicos que juegan con un acompañamiento de la emotividad de las escenas y una ruptura total en relación a las mismas, como por ejemplo en el entrenamiento de los atletas norteamericanos en París. Ambas capas sonoras chocan y armonizan a la vez durante toda la propuesta, otorgando una nueva dimensión a secuencias que caso contrario no tendrían la misma fuerza. Vangelis le pone música a las emociones de los actores, ya sea el dolor de la derrota o la alegría de la victoria, el tesón ante el duro entrenamiento o la ansiedad de la preparación, momentos que el músico griego vuelve icónicos con sus composiciones.

 

Carrozas de Fuego es una oda a Gran Bretaña, a sus logros y a la aquiescencia de sus tradiciones, minimizando hasta la casi supresión los conflictos que amenazan con menoscabar esta premisa. Aun así, estos trances aparecen en la superficie del film, especialmente la cuestión del racismo, las diferencias entre la forma de pensar de los ancianos y los jóvenes, la discusión del comité olímpico con Eric Liddell por su intempestiva decisión de no competir un domingo y las filosas aseveraciones de Abrahams sobre el poder, todas cuestiones que dan cuenta de las grietas de un consenso aparente, incrementado por ese triunfo deportivo que siempre opaca todas las desavenencias.

 

Carrozas de Fuego (Chariots of Fire, Reino Unido, 1981)

Dirección: Hugh Hudson. Guión: Colin Welland. Elenco: Ian Holm, Nicholas Farrell, Nigel Havers, Ian Charleson, Ben Cross, Daniel Gerroll, John Gielgud, Lindsay Anderson, Nigel Davenport, Cheryl Campbell. Producción: David Puttnam. Duración: 125 minutos.

Puntaje: 10