Cadena Perpetua

Ratero una vez, ratero siempre

Por Emiliano Fernández

Todos nos equivocamos, todos persistimos en nuestros muchos errores, todos a posteriori nos arrepentimos y todos pretendemos un “borrón y cuenta nueva” que a veces es posible y en otras ocasiones no por múltiples circunstancias de la coyuntura comunal o individual de cada uno, sin importar los criterios morales/ legales/ éticos/ sociales que floten de fondo para determinar qué sería exactamente una equivocación y cuál una conducta amparada bajo el halo de lo considerado loable por la mayoría del pueblo. La condena institucional y la estigmatización hipócrita del criminal constituyen, precisamente, el núcleo conceptual de Cadena Perpetua (1979), diminuta maravilla de Arturo Ripstein que en cierto sentido viene a complementar lo hecho por el director y guionista mexicano en ocasión de su recordada ópera prima, Tiempo de Morir (1966), fábula sobre la imposibilidad de redimirse de Juan Sayago (Jorge Martínez de Hoyos), quien era liberado de prisión después de una larga condena de 18 años por asesinar a un tal Raúl Trueba, dejándolo muy cerca del sacrificio a instancias de los hijos deseosos de venganza de la otrora víctima, un hombre despreciable que presionó y presionó a Sayago para incitar un duelo a raíz de una nimiedad que puso en entredicho su orgullo machista más delirante, hablamos de una carrera de caballos en la que terminó perdiendo ante el futuro verdugo: si antes teníamos a un Juan en esencia inocente que sufría los coletazos irreflexivos del instinto más ancestral de los particulares/ civiles/ ciudadanos, la revancha, en Cadena Perpetua nos topamos con la presencia de un culpable hecho y derecho, Javier Lira alias Tarzán (Pedro Armendáriz Jr., hijo del legendario Pedro Armendáriz, éste el actor fetiche de Emilio Fernández y una figura central de la Época de Oro del cine azteca), que es atormentado a lo largo de los años por un representante hiper corrupto y manipulador del aparato represivo gubernamental, el lúgubre Comandante Prieto (Narciso Busquets), quien lo persigue y arresta sistemáticamente como un parásito sádico.

 

Ubicado a mitad de camino entre Los Miserables (Les Misérables, 1862), de Víctor Hugo, epopeya sobre el accidentado derrotero de Jean Valjean a partir del momento en el que roba algo de pan para alimentar a su parentela hambrienta, y Pickpocket (1959), joya de Robert Bresson y análisis de ribetes existenciales en torno a un carterista, Michel (el uruguayo Martin LaSalle), que a su vez tiene mucho del Rodión Románovich Raskólnikov de Crimen y Castigo (Prestupléniye i Nakazániye, 1866), famosa novela de Fiódor Dostoyevski, el film de Ripstein está narrado a través de flashbacks y flashforwards que nos ofrecen en primer lugar un pasado en el que Tarzán se dedica al robo de carteras, al proxenetismo y al hurto de abrigos de pieles cuando así se presenta la situación, todo cortesía de una colorida promiscuidad que lo lleva a saltar de mujer en mujer cual Don Juan cíclico o incansable máquina sexual, y en segundo término un presente en el que el libertino parece haberse redimido porque tiene una esposa embarazada y una hija pequeña y oficia de cobrador de deudas para el Banco Mexicano de Fomento Comercial bajo el ala de un jerarca bonachón, Jesús Romero (Antonio Bravo), un colombófilo o adepto a la cría de palomas por afición y para diversas competencias, sin embargo la vida no suele aceptar absolutos y nada es lo que parece a primera vista porque el Tarzán del pasado de hecho sufre el acoso de Prieto, quien se queda con parte de su botín y le vive dedicando palizas mediante sus subalternos, y el Lira del presente suele meterle los cuernos a su mujer con diferentes ninfas que encuentra por allí e incluso se ve obligado a retomar el “viejo vicio” del delito cuando un usurero y reducidor amigo suyo al que le debe dinero, Gallito (Roberto Cobo), toma como parte de pago el dato exacto para tercerizar un robo sutil en una plaza sobre otro cobrador bancario, trabajito que deriva en desastre porque la víctima grita por ayuda y un imbécil de la policía fusila por la espalda -y con un tiro en el cráneo- a uno de los asaltantes que contrata Gallito.

 

Ripstein, a sabiendas de que el film noir es un género duro que funciona como una pieza de relojería que debe ensamblarse con cuidado para que cumpla su función y resulte atractiva, incorpora con maestría las elipsis, empezando por ese ladrón que provoca el recuerdo de Javier acerca de su devenir bohemio y criminal en la Ciudad de México de décadas atrás, continuando con la reaparición en el presente del comandante para quedarse con el dinero del banco y exigirle 600 pesos diarios que lo conducirán de vuelta a los robos, episodio que asimismo desencadena un flashback alrededor de la tortura de Lira por parte de los esbirros de Prieto para que entregue los cinco abrigos que sustrajo de una casona burguesa mientras su amante, una criada ignota (Ana Martín), dormía como si nada, de los cuales el pícaro policía se queda con dos, y finiquitando con esas caripelas de los pasajeros de un autobús cuando regresa al centro de la metrópoli luego de recibir una nueva paliza del oficial y su colega, Cotorra (Rodrigo Puebla), catalizador para un tragicómico capítulo en la Colonia Penal Federal de las Islas Marías, donde el protagonista se hace amigo del encargado de su barraca, el Cabo Pantoja (Ernesto Gómez Cruz), un borrachín con tendencias homosexuales que está casado con otra hembra que cae rendida ante Javier (Pilar Pellicer), por ello el convicto se gana un doloroso cuchillazo en el estómago. El aceitadísimo guión de Ripstein y Vicente Leñero a partir de una novela de Luis Spota, Lo de Antes (1968), estos dos últimos de larga trayectoria en el cine mexicano vía colaboraciones varias con Jorge Fons, Rogelio A. González, Roberto Gavaldón, Ismael Rodríguez, Luis Estrada y Carlos Carrera, entre otros, incluye una incesante alusión contextual -de la mano de diálogos al paso entre los secundarios- a un partido de fútbol entre México y la República Federal de Alemania, clásica referencia del director a la obsesión con estupideces y vanaglorias de un vulgo que no le presta atención a lo realmente importante, las penurias diarias y los cambios sociales.

 

Como las otras propuestas de la vasta filmografía de Ripstein y sobre todo aquellas que se sitúan en la cima cualitativa de la etapa inicial de su trayectoria, léase la citada Tiempo de Morir, El Castillo de la Pureza (1973), El Santo Oficio (1974), La Viuda Negra (1977) y El Lugar sin Límites (1978), Cadena Perpetua explora la inflexibilidad de un destino funesto cuya responsabilidad es compartida porque primero tenemos el accionar nocivo del exterior social, aquí representado en un Estado insensible que tiene el rostro del genial Busquets y vive fagocitando a sus muchos vástagos de la ciudadanía prosaica, y en segundo lugar está la idiosincrasia contradictoria del propio Lira, por un lado con un ansia sincera de alejarse del círculo vicioso del delito y por el otro lado reconociendo por lo bajo la mediocridad y frustración de la vida asalariada en el capitalismo y siempre proclive a caer de nuevo en la promiscuidad y algún que otro coqueteo indirecto con el crimen a través de la otra figura mefistofélica del relato aunque del gremio del hampa, Gallito, amén del gran latiguillo del mexicano en materia de una tendencia al autoengaño y la fabulación contraproducente de sus antihéroes que aquí se condensa en el segmento final, cuando Tarzán fantasea con el hecho de que el jerarca Romero entenderá su situación y no lo despedirá si le describe este callejón sin salida en el que está confinado gracias a Prieto y/ o una eventual acusación por el dato del robo del comienzo, por ello Tarzán se pasa todo el remate narrativo buscando infructuosamente a su jefe del banco para después rendirse y volver a sustraer billeteras en el mentado match de fútbol, por cierto una clara referencia a Pickpocket. Apuntalado en una interpretación estupenda de Armendáriz y una certera fotografía de Jorge Stahl Jr., ahora sin tomas secuencia -marca autoral de Ripstein- y con mucha luminosidad cuasi surrealista, el opus denuncia la corrupción policial y cómo aquella frase que el comandante utiliza para describir a Lira, “ratero una vez, ratero siempre”, le calza mejor al policía que al ladrón…

 

Cadena Perpetua (México, 1979)

Dirección: Arturo Ripstein. Guión: Arturo Ripstein y Vicente Leñero. Elenco: Pedro Armendáriz Jr., Narciso Busquets, Ernesto Gómez Cruz, Angélica Chain, Roberto Cobo, Pilar Pellicer, Antonio Bravo, Rodrigo Puebla, Ana Ofelia Murguía, Ana Martín. Producción: Francisco del Villar. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 10