La Misión (The Mission)

Rebelión de la fe católica

Por Emiliano Fernández

Las misiones o reducciones fueron un conjunto de pueblos fundados en el Siglo XVII por la Compañía de Jesús, la más famosa de las órdenes militantes de la Iglesia Católica, en una zona del Amazonas situada en el cruce de fronteras entre los actuales Estados de Argentina, Brasil y Paraguay, en esencia unas unidades habitacionales semi autónomas que bajo la perspectiva paternalista de los sacerdotes estaban orientadas a inculcarles a los indígenas locales -especialmente a los guaraníes- el cristianismo y la cultura laboral europea en un contexto de socialismo teocrático que consiguió pacificar a los indígenas y darles una vida relativamente digna si la comparamos a las penurias que pasaron otros pueblos originarios a lo largo del continente. Para mediados del Siglo XVIII en Europa estaba muy extendido el despotismo ilustrado y se desconfiaba de las misiones jesuíticas tanto por el éxito de sus plantaciones y manufacturas como por el simple hecho de haber “domado” a los aborígenes con la palabra y no con las armas, el recurso preferido de las monarquías, y así en 1750 se firma el calamitoso Tratado de Madrid, por medio del cual Portugal le cedía a España la Colonia del Sacramento y esta última le entregaba a Portugal las reducciones jesuíticas, jugada política/ imperialista que desencadenó la resistencia de los indígenas y de buena parte de los curas ya que pasarían de vivir bajo la sutil protección de las Leyes de Indias, según las cuales la esclavitud estaba prohibida, a quedar en el dominio portugués y el yugo de los “bandeirantes”, unos traficantes de esclavos con los que ya venían luchando y que cazaban a los guaraníes para vendérselos a los terratenientes del futuro Brasil como mano de obra más barata que los negros africanos. La subsiguiente Guerra Guaranítica (1754-1756) entre los aborígenes y las fuerzas españolas y portuguesas, en pos de imponer las nuevas fronteras, terminó destruyendo las misiones por completo y la Pragmática Sanción de 1767 del Rey Carlos III expulsó definitivamente a los jesuitas de las colonias españolas.

 

La Misión (The Mission, 1986), el clásico de la historiografía religiosa/ antropológica dirigido por Roland Joffé, retrata con eficacia y astucia todo este proceso sirviéndose de un armado retórico que recupera elementos del cine de aventuras y los dramas épicos, por un lado situándonos en la provincia de Misiones, en el norte de Argentina, en aquel 1750 y por el otro lado ofreciéndonos de narrador al Cardenal Altamirano (Ray McAnally), un nuncio papal que llega a la zona de las Cataratas del Iguazú para eliminar diplomáticamente las misiones como una concesión de los Estados Pontificios a las monarquías de España y Portugal para que los guaraníes que allí viven vuelvan a la selva y puedan ser capturados por los bandeirantes portugueses bajo el beneplácito de las autoridades españolas, también partícipes del negocio latifundista de las plantaciones a pesar de la prohibición oficial de la esclavitud bajo los dominios de Fernando VI. Luego de un detonante de raigambre bien melodramática, con el traficante de esclavos Rodrigo Mendoza (Robert De Niro) matando a su hermano menor Felipe (Aidan Quinn) por una bella señorita de la que ambos estaban enamorados y que pretendía casarse con el segundo, Carlotta (Cherie Lunghi), el derrotero fundamental comienza con la incorporación de Mendoza al poblado que el jesuita Gabriel (Jeremy Irons) construyó -junto a su colega John Fielding (Liam Neeson) y otros curas- en medio de la selva y ganándose a los aborígenes a través de su oboe, llamado misión San Carlos, donde los guaraníes trabajan, rezan, viven en paz y se refugian de las expediciones de captura de los mercenarios esclavistas. Si bien Altamirano debe sobrellevar problemas de conciencia y hasta parece que duda al ver la prosperidad cultural y económica de las diversas reducciones de la región, su objetivo es indeclinable y así decreta que las misiones no recibirán más la protección de la Santa Sede y que en vista del Tratado de Madrid deben desaparecer, provocando la resistencia armada de Mendoza y la piadosa/ serena de Gabriel.

 

Sinceramente el británico Joffé nunca fue un director consistente o parejo porque luego de un comienzo brillante, enmarcado en la presente película y su ópera prima, Los Gritos del Silencio (The Killing Fields, 1984), sobre la fase inicial del Genocidio Camboyano a manos del régimen maoísta​ de los Jemeres Rojos, a continuación se embarcó en dos films apenas correctos, Arma Secreta (Fat Man and Little Boy, 1989) y La Ciudad de la Alegría (City of Joy, 1992), y luego en una penosa andanada de bodrios impresentables que se extienden hasta entrado el nuevo milenio. Más allá del excelente recurso de dejarse maravillar por las locaciones reales y la misma labor del prodigioso elenco, el verdadero mérito del realizador en materia de La Misión pasa por los colaboradores de los que supo rodearse, empezando por el guionista Robert Bolt, un inefable veterano de las epopeyas exóticas que trabajó a la par de gigantes como David Lean, Fred Zinnemann y Mikhail Kalatozov y que en esta oportunidad se inspira en Las Ciudades Perdidas del Paraguay: Arte y Arquitectura de las Reducciones Jesuíticas, 1607-1767 (Lost Cities of Paraguay: Art and Architecture of the Jesuit Reductions, 1607-1767, 1982), del jesuita norteamericano Clement James “C.J.” McNaspy, continuando por el director de fotografía Chris Menges, un inglés que colaboró con gente de la talla de Ken Loach, Stephen Frears, Neil Jordan, Bill Forsyth, Andrey Konchalovskiy, Jim Sheridan, Sean Penn, Tommy Lee Jones y Ciro Guerra, y finalizando con la legendaria música de Ennio Morricone, sin duda una de las mejores bandas sonoras de la historia del séptimo arte por su extraordinaria combinación de episodios orquestales clásicos, cantos apoteóticos, instrumentos folklóricos del Amazonas y un acompañamiento de la acción dramática en verdad estupendo ya que las composiciones van más allá de lo incidental y se entrelazan de modo firme con el relato al punto de muchas veces opacar a las imágenes por su hermosura, poderío, originalidad e idiosincrasia heterodoxa semi sacra.

 

El devenir del convite es muy sencillo debido a que obedece a la triste lógica repetida del genocidio aborigen a lo ancho de toda América, una “conquista” empardada al saqueo y las masacres eternas por parte de imperios europeos que reducían la efervescencia en verdad inconmensurable de la naturaleza al nivel de recursos a explotar y las culturas vernáculas a lastres que había que controlar/ hegemonizar/ neutralizar y en lo posible directamente destruir para ser reemplazadas por las pavadas de siempre de una ridícula “civilización” occidental que para la época del relato estaba en pleno proceso de secularización, de allí en parte la arremetida contra la Compañía de Jesús y su voto de obediencia al papa, porque los jerarcas absolutistas consideraban a los jesuitas representantes de un Estado multinacional con un grado de libertad inmenso dentro de los distintos territorios en los que se asentaban; persecución paulatina y furiosa que también puede verse en Silencio (Chinmoku, 1971), de Masahiro Shinoda, y en su remake estadounidense del 2016 a cargo de Martin Scorsese, ambas examinando el hostigamiento que sufrieron los jesuitas en el Japón del Siglo XVII por su vocación/ intención de propagar el cristianismo en comarcas asiáticas. La película sigue un esquema narrativo muy hollywoodense pero por suerte se apega a una autenticidad documentalista en la que los indígenas no son fagocitados en términos dramáticos por los actores caucásicos y en la que nada es simplemente blanco o negro porque la dialéctica histórica sigue múltiples líneas causales, algo que también se explica por el hecho de que la etapa retratada en el film se condice a una fase muy avanzada de la conquista de América, del mestizaje étnico y de las problemáticas administrativas que atravesaban los gobiernos del otro lado del mundo para mantener un cierto -y real- control sobre colosales extensiones de tierra que decían poseer y haber “descubierto” pero que estaban habitadas desde hacía miles de años por grupos humanos que poco y nada tenían que ver con ellos y su falsedad.

 

Así las cosas, el llamado “colonialismo benigno” de las misiones constituía de hecho la solución “menos mala” para los guaraníes del período dentro de la dialéctica imperialista cultural prototípica, con los clérigos actuando como jerarcas de las reducciones vía los caciques, quienes asimismo funcionaban como intermediarios de la autoridad eclesiástica y mantenían a los nativos pacíficos para que permaneciesen en estos pueblos precarios bajo su propia voluntad y a sabiendas de que los bandeirantes siempre estaban al acecho en la jungla. El astuto guión de Bolt sistematiza las dos respuestas a las que se enfrentaron las tropas españolas y portuguesas al momento de llevar a la praxis las nuevas fronteras del Tratado de Madrid, léase la militar simbolizada en Mendoza y la espiritual encarnada en Gabriel, las dos igualmente fallidas porque la Guerra Guaranítica generaría el exterminio de buena parte de los pobladores de la región amazónica en cuestión para que finalmente todo volviese al estado previo -ironía del destino- con el Tratado de El Pardo de 1761, en el que Carlos III, sucesor de Fernando VI, anulaba el Tratado de Madrid ante la imposibilidad de terminar de demarcar la zona en conflicto y devolvía la Colonia del Sacramento a Portugal y éste hacía lo propio con las mentadas misiones jesuíticas, ya desaparecidas tanto por la contienda de turno como por la monumental Guerra de los Siete Años (1756-1763), primer ensayo de conflagración interimperialista a escala internacional previo a las Guerras Napoleónicas y las dos Guerras Mundiales. La Misión, en este sentido, resulta un muy buen retrato del comienzo del fin de las culturas locales restantes ante la avanzada de gobiernos coloniales cada vez más caóticos, titubeantes y sobrepasados por los acontecimientos que ellos mismos provocaron por su soberbia y ambición sin frenos, regalándonos un pequeño episodio de rebelión por parte de una fe católica por lo general uniformizadora y al servicio de las oligarquías autóctonas en los años previos al ciclo independentista panamericano…

 

La Misión (The Mission, Reino Unido/ Francia, 1986)

Dirección: Roland Joffé. Guión: Robert Bolt. Elenco: Robert De Niro, Jeremy Irons, Ray McAnally, Liam Neeson, Aidan Quinn, Cherie Lunghi, Ronald Pickup, Chuck Low, Bercelio Moya, Sigifredo Ismare. Producción: David Puttnam y Fernando Ghia. Duración: 125 minutos.

Puntaje: 9