El Espía que Vino del Frío (The Spy Who Came In from the Cold)

Redes de mendacidad

Por Emiliano Fernández

En muchos sentidos se puede afirmar sin ningún problema que El Espía que Vino del Frío (The Spy Who Came In from the Cold, 1965) es una de las mejores películas de espionaje de la historia del cine y sobre todo del período histórico en el que el formato de los thrillers de arcanos internacionales estuvo en auge en lo que a la literatura y el mismo séptimo arte se refiere, la agitada etapa de la Guerra Fría (1945–1991) y ese interminable conflicto entre las naciones comunistas del Bloque del Este, encabezadas por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas​, y sus homólogas capitalistas, el Bloque del Oeste, con los Estados Unidos como máximo -aunque no único- representante. El film fue dirigido por Martin Ritt, un profesional norteamericano del ámbito teatral, televisivo y cinematográfico que fue incluido en la década del 50 en las “listas negras” por su militancia de izquierda, y escrito por Paul Dehn y Guy Trosper a partir del best-seller homónimo de 1963 de John le Carré, legendario autor británico de novelas de espionaje que a su vez trabajó para las dos principales agencias inglesas del rubro, la interna/ doméstica, el Servicio de Seguridad o MI5, y la externa/ foránea, el Servicio de Inteligencia Secreto o MI6, lo que por supuesto equivale a decir que estamos en las antípodas del universo aparatoso y bastante ridículo del James Bond/ 007 de Ian Fleming ya que los protagonistas de las sagas de le Carré no son héroes caricaturescos de súper acción, siempre rodeados de mujeres hermosas y artilugios de lo más coloridos, sino burócratas mediocres y desalmados, engendros conscientes de la perversidad de su accionar cotidiano que se sirven de los engranajes de la manipulación psicológica para jugar un ajedrez político que no tiene el más mínimo sentido porque la ambigüedad ideológica y moral lo cubre todo y lo único que en verdad importa es trepar en la estructura estatal de turno sacándose de encima a la competencia intra departamento de inteligencia y eliminando a posibles “topos” -o por el contrario, plantándolos- con vistas a impresionar a otros burócratas grises que se ubican más alto en la agria pirámide del poder.

 

El relato sigue prácticamente al pie de la letra la trama de la novela: el doble agente Karl Riemeck (Terry Yorke), la fuente más valiosa de información comunista que tiene el jefe de la oficina del MI6 en Berlín Occidental, Alec Leamas (Richard Burton), es acribillado cuando al traspasar un punto de control fronterizo del Muro de Berlín, el mítico Checkpoint Charlie, los guardias de Alemania del Este o República Democrática Alemana​ abren fuego a instancias del homólogo de Leamas del otro lado de la Cortina de Hierro, un tal Hans-Dieter Mundt (Peter van Eyck) que identificó al susodicho y ordenó matarlo, circunstancia que provoca que Alec sea convocado a una reunión en Londres con la autoridad máxima del MI6 alias El Circo, Control (Cyril Cusack), quien por cierto suele trabajar de manera cercana con un agente veterano de su confianza, George Smiley (Rupert Davies), encuentro en el que Control le ofrece a Leamas un trabajo administrativo que el hombre rechaza y así surge la posibilidad de asignarle otra misión, el simular ser un desertor en potencia a ojos de los servicios de inteligencia de Alemania Oriental con vistas a sembrar datos falsos que incriminen a Mundt como un doble agente que sirve a los ingleses mientras encabeza la oficina secreta berlinesa de los comunistas, una patraña para la que Alec tiene que dar una imagen de paria dentro del MI6 al punto de transformarse en un borracho atascado en la depresión, la ruina económica y el rencor contra Control y toda la parafernalia del rubro de la vigilancia, el robo de información y las mentiras gubernamentales entrecruzadas. Dentro del esquema del engaño, empieza a trabajar como asistente en una biblioteca en la que conoce a Nancy “Nan” Perry (Claire Bloom), una socialista con la que inicia una relación romántica antes de pelearse a propósito con un almacenero, el Señor Patmore (Bernard Lee), situación que lo lleva a la cárcel y lo termina de poner bajo el radar de los germanos, así primero se acerca a él Ashe (Michael Hordern) y luego Dick Carlton (Robert Hardy), con éste último invitándolo a volar a La Haya para conocer a Peters (Sam Wanamaker).

 

En los Países Bajos Leamas es sometido a un interrogatorio preliminar con el objetivo manifiesto de determinar si los datos que puede ofrecer son en verdad valiosos y merecen que se le pague por ellos, no obstante la idea de Alec de volver a Londres termina aguada porque de repente se filtra en la prensa la información de que abandonó el Reino Unido y ahora está desaparecido, lo que lleva a Peters a trasladar al protagonista a una casa de campo en alguna localidad del interior de Alemania del Este, donde se encuentra con el encargado final de juzgar el “material” que Alec tiene para ofrecer a los socialistas, Fiedler (Oskar Werner), un judío y algo así como el “número dos” de la inteligencia germana luego del propio Mundt, personaje que el anterior ha estado investigando en secreto como un probable doble agente al servicio de los ingleses, algo que asimismo tiene que ver con el pasado nazi de un Mundt que supo formar parte de las Juventudes Hitlerianas en un paso previo a su “reconversión laboral” hacia la comarca de los soviéticos. Sirviéndose del idealismo comunista de Fiedler, un ferviente defensor de la causa roja, y su encono hacia su superior de talante antisemita, el pragmático y despiadado Leamas se pinta a sí mismo en los interrogatorios más como un burócrata que como un agente de campo y de a poco le ofrece evidencias a Fiedler de que Riemeck no fue el último espía británico en la República Democrática Alemana y que todavía está operativo otro topo, Mundt, algo que rechaza -a plena actuación- dando a entender que si él no lo sabía quiere decir que el infiltrado trataba sólo con el propio Control. El acusado llega a la casa en cuestión y golpea a Leamas, no obstante termina siendo sometido a un juicio secreto en el que Fiedler, actuando de fiscal, señala que Mundt impulsó desde el vamos la carrera política/ en espionaje del traidor Riemeck, frente a lo cual el abogado defensor de Mundt, Karden (George Voskovec), subraya que todo forma parte de un complot muy elaborado de Alec y Control -utilizando a Fiedler, de modo consciente o inconsciente- para desprestigiar al acusado y desbaratar el Abteilung, órgano de inteligencia de turno, por ello imprevistamente hace testificar a Perry, quien visitaba Alemania del Este durante su período vacacional y en calidad de secretaria londinense del Partido Comunista Británico, haciendo que explicite su vínculo -y el de Alec, por añadidura- con un Smiley que le compró el inmueble donde vivía, uno que hasta hace poco alquilaba. Con las conexiones entre el principal testigo de la fiscalía y el MI6 establecidas, Mundt termina libre y restablecido en su puesto y Fiedler arrestado junto a Leamas y su novia, sin embargo el asunto deriva de fracaso inglés a “victoria” cuando Alec y la mujer son liberados a escondidas por un Mundt que efectivamente es un doble agente británico que necesita con urgencia una exoneración pública por las pesquisas cada día más asfixiantes por parte de un Fiedler que cerraba de a poco el cerco sobre su persona desde que en 1959 matase a un hombre en una operación encubierta en Londres y a posteriori abandonase el país como si nada, planteo que implica que allí fue capturado por las huestes anglosajonas y transformado en “delegado” encubierto a sueldo a condición de su libertad.

 

Mientras que otras novelas de le Carré pueden llegar a ser más complejas y/ o intrincadas en su trabazón argumental y en las vueltas de tuerca que nos tienen guardadas, El Espía que Vino del Frío continúa firme como uno de sus trabajos más redondos y como el mejor resumen de su concepción acerca del espionaje en particular y las relaciones multilaterales en general, en esencia gracias a que la relativa simpleza de la narración -esa que Ritt reproduce con mano maestra en la pantalla- condensa brillantemente el hecho de que casi todos los personajes terminan siendo el peón de otro individuo que está por encima de ellos dentro del escalafón maquiavélico del entramado estatal: los ejemplos son innumerables pero conviene centrarse en el principal, Leamas, un típico representante de los niveles medios de la pirámide que piensa que posee el poder suficiente para no ser engañado por el jerarca en cuestión, Control, el cual manipula todos los hilos para garantizar que el “amigo nazi” que actúa bajo su ala, Mundt, no termine siendo atrapado por el “judío entrometido”, Fiedler, que desde su buena voluntad -y en pos de defender en serio los ideales comunistas- busca desenmascarar a un infiltrado que viene de ordenar el asesinato de Riemeck, en términos prácticos un colega suyo, en tanto concesión sumaria para con la administración alemana oriental y con la meta de no ser tachado de inoperante por los susodichos. La ruina moral de fondo prototípica de las novelas de le Carré, esa que recalca el propio Control en el encuentro del inicio con Alec cuando le dice que las tácticas de los esbirros del Este y del Oeste son casi idénticas en su perfidia, tercerización sin fin y carencia de compasión para con la vida de los agentes e inocentes involucrados, está fuertemente relacionada con el doble arte de -por un lado- mantener los privilegios acumulados dentro del entramado del poder público, algo que puede verse en toda la operación que retrata El Espía que Vino del Frío, una orientada a que la posición de Mundt no se vea comprometida para nada, y -por el otro lado- escalar en la pirámide burocrática todo lo que se pueda y siempre basándose en las argucias y los juegos de espejos que viabilice el contexto de turno, panorama que por supuesto queda muy de relieve en el ascenso de Smiley a la cabeza de El Circo en ocasión del desenlace de El Topo (Tinker Tailor Soldier Spy, 1974), otro clásico del espionaje de le Carré que fue adaptado a la gran pantalla por Tomas Alfredson en la también extraordinaria película homónima de 2011 con Gary Oldman, Colin Firth, John Hurt, Tom Hardy, Mark Strong, Toby Jones y Benedict Cumberbatch, entre otros, y que a su vez se inspiraba en el célebre caso de los denominados Cinco de Cambridge, un grupo de espías ingleses que fueron reclutados durante su juventud -en la década del 30 del Siglo XX- por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en el Trinity College de la Universidad de Cambridge para pasar secretos de Estado a los comunistas desde instituciones varias del Reino Unido como el Servicio de Inteligencia Secreto, el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Servicio de Seguridad, el Ministerio de Guerra y hasta la Embajada Británica en Washington, todo en un largo período de tiempo que se extendió hasta entradas aquellas décadas del 50 y 60.

 

Se sabe de sobra que la generosa tensión existente entre Burton y el director fue en aumento a medida que avanzaba el rodaje por varios motivos, como por ejemplo las borracheras del tremendo Richard, las recurrentes visitas al set de su por entonces esposa Elizabeth Taylor, las consiguientes peleas entre ambos, la decisión de Ritt de elegir a Bloom en lugar de Taylor para interpretar el personaje de Perry y hasta un affaire pasajero que Burton tuvo con Bloom durante los 50 que tendía a arrojar todavía más leña al fuego de una película que definitivamente se benefició muchísimo de la cólera acumulada, en este sentido basta con señalar que el desempeño del amigo Richard es sublime porque se ubica en el mismo nivel cualitativo de sus trabajos en Pasión Prohibida (Look Back in Anger, 1959), Becket (1964), La Noche de la Iguana (The Night of the Iguana, 1964), ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, 1966), Equus (1977), Absolución (Absolution, 1978) y 1984 (1984), las joyas de la corona burtoniana. Ritt apela a un minimalismo expresivo inconmensurable que combina esa bomba en potencia llamada Leamas, siempre a punto de estallar a escala anímica/ psicológica a pesar de dar una imagen de frialdad que se condice con el realismo hiper objetivo de la trama, y el gran desempeño de unos rubros técnicos encabezados por el compositor de la sutil música de fondo, Sol Kaplan, y el encargado de la exquisita fotografía en blanco y negro, Oswald Morris, los dos pivotes fundamentales de una epopeya de manipulación que retoma y profundiza las obsesiones de siempre del realizador, léase la corrupción estatal y civil, el embate de las fuerzas de represión sobre el individuo, los mecanismos de cooptación de las organizaciones y ese humanismo redentor que puede aparecer en cualquier circunstancia y volcar el equilibrio moral de las personas hacia el sacrificio con vistas a salvar a -o solidarizarse con- terceros, algo que de hecho ocurre en el final de El Espía que Vino del Frío cuando pretendiendo cruzar el Muro de Berlín Nancy termina asesinada de un disparo por la espalda cortesía de uno de los sicarios de Mundt para borrar de un plumazo a la única testigo civil/ prosaica de la operación, y de improviso Leamas, en vez de dirigirse a la franja occidental como le pide Smiley y los propios guardias del Este, decide bajar por la escalera del muro hacia el terreno oriental y recibir su inmediata sentencia de muerte cual desertor no sólo de uno u otro bando sino de la Guerra Fría en su conjunto. La banalidad suprema detrás del espionaje, la cobardía de una vigilancia gerencial a la distancia que provoca permanentes muertes absurdas y la fatiga que produce este juego cíclico de secretos estúpidos de nunca acabar, para colmo enmarcados en traiciones en las que nadie sabe a ciencia cierta a quién está sirviendo, son algunas de las nociones principales de un film inmortal, desde ya también trabajadas en la memorable “explicación” de lo sucedido que Alec le brinda a la pobre y naif mujer justo antes de la muerte de ambos, a bordo de un automóvil y frente a la repugnancia ética de la fémina, “¿Qué demonios crees que son los espías? ¿Filósofos morales que miden todo lo que hacen contra la palabra de Dios o Karl Marx? No, no lo son. Son sólo un puñado de bastardos sórdidos y miserables como yo, hombrecillos, borrachos, maricas, maridos pollerudos, funcionarios que juegan a vaqueros e indios para iluminar sus pequeñas y podridas vidas. ¿Crees que se sientan como monjes en una celda, equilibrando lo incorrecto con lo correcto? Ayer habría matado a Mundt porque lo consideraba malvado y enemigo. Pero hoy no. Hoy es malvado y mi amigo. Londres lo necesita. Lo necesitan para que las grandes masas imbéciles a las que tú tanto admiras puedan dormir profundamente en sus camas con pulgas. Lo necesitan para la seguridad de personas ordinarias y despreciables como tú y yo.” El horror frente al tendal de cadáveres que deja el accionar de burócratas semi robotizados que defienden en piloto automático la causa que sea, cual pretexto que justifica toda vileza consuetudinaria para acumular poder, termina trasladándose desde el observador ajeno convertido en partícipe involuntario, Perry, hacia el veterano que gustaba de jactarse de su pragmatismo oportunista, Leamas, dentro de redes de mendacidad creadas por psicópatas propensos a considerar que todo y todos constituyen medios para un fin…

 

El Espía que Vino del Frío (The Spy Who Came In from the Cold, Reino Unido, 1965)

Dirección: Martin Ritt. Guión: Paul Dehn y Guy Trosper. Elenco: Richard Burton, Oskar Werner, Claire Bloom, Sam Wanamaker, Rupert Davies, Cyril Cusack, Peter van Eyck, Michael Hordern, Robert Hardy, George Voskovec. Producción: Martin Ritt. Duración: 112 minutos.

Puntaje: 10