El Último Rey de Escocia (The Last King of Scotland)

Represión en Uganda

Por Emiliano Fernández

El de El Último Rey de Escocia (The Last King of Scotland, 2006) constituye un caso bastante extraño porque la ópera prima ficcional del hasta entonces documentalista Kevin Macdonald se sirve de la arquitectura narrativa del outsider, léase el recurso de construir una figura blanca/ occidental/ anglosajona con vistas a analizar una sociedad considerada profundamente ajena por parte de los caucásicos, obviando muchos de sus estereotipos de base: dicho de otro modo, en vez del inglés o norteamericano que se pinta a sí mismo como el imponderable “defensor o liberador de los salvajes”, a través del cual atestiguamos una indignación moral -que es la indignación moral del público occidental, por supuesto- ante la catarata de barrabasadas que cometen los gobernantes y/ o habitantes de regiones lejanas del globo, en esta oportunidad tenemos a un blanquito cómplice de las atrocidades de turno, sin lugar a dudas toda una rareza considerando que hablamos de un típico retrato de un régimen militar/ político del que los espectadores promedio anglosajones -y también los del resto del globo, a excepción de los africanos- conocen poco y nada, planteo retórico que a su vez nos conduce a afirmar que si bien el color de piel del protagonista es fundamental en lo que respecta a su ascenso meteórico dentro de una desquiciada y foránea jerarquía de autoridad, a ciencia cierta la piel termina siendo irrelevante porque aquí lo que en verdad importa es el proceso de envilecimiento del poder y cómo éste carcome a cualquiera, más allá de su estirpe, condición social o ideología. El film relata a rasgos generales la curiosa amistad entre el dictador ugandés Idi Amin Dada (Forest Whitaker) y el joven médico escocés Nicholas Garrigan (James McAvoy), quien termina convirtiéndose en el doctor personal del déspota y en uno de sus máximos consejeros vía una relación que pasa de los buenos términos iniciales a un colorido huracán de desconfianza y evidente connivencia para con la pata más criminal y enajenada de una administración cien por ciento africana.

 

Uganda fue históricamente un territorio gobernado por diversas etnias, que se subdividían en tribus/ reinos en permanente oposición y alianzas temporarias, hasta que el enclave cayó bajo el dominio anglosajón, primero mediante la Compañía Británica de África Oriental y después bajo el mote institucional/ estatal del Protectorado de Uganda (1894-1962), con una independencia posterior que llevó al poder al impresentable Milton Obote, una suerte de dictador civil que trabajaba a la par de su socio militar Idi Amin en eso del contrabando, la corrupción, la “limpieza étnica” contra las minorías y la persecución y asesinatos contra todos los probables opositores políticos. El distanciamiento entre ambos, a raíz de la misma lucha absolutista, llega a su cúspide cuando Amin derroca a Obote en 1971 y construye un régimen autoritario que se extiende hasta 1979 y se consagra a un genocidio de alrededor de medio millón de personas que incluyen a grupos étnicos rivales, artistas, intelectuales, burgueses profesionales, líderes religiosos, estudiantes, homosexuales, algunos extranjeros, opositores políticos, delincuentes y un enorme volumen de asesinatos sin razón alguna, sólo por el “placer” de la tortura y la muerte. Como en el caso de otros genocidas, los Jemeres Rojos de Camboya, que terminan expulsados del poder por sus quimeras de expansión territorial hacia Vietnam, la dictadura de Amin se viene abajo gracias al propio desgaste, sus muchas enemistades y la ridícula idea de anexarse regiones varias de Tanzania, a la que Amin pretendió invadir para luego ser superado por las mejor preparadas huestes del país vecino al extremo de perder la ciudad capital, Kampala, y de Amin mismo tener que partir al exilio primero en la Libia de su amigo Muamar el Gadafi y después en Arabia Saudita, donde falleció en 2003. Garrigan, por su parte, es una figura ficcional basada en un médico escocés que conoció al mandatario, Wilson Carswell, y en un oficial colonial británico -y patético camaleón oportunista- que fue aliado tanto de Obote como de Amin, Bob Astles.

 

El guión, basado en la novela homónima de 1998 de Giles Foden y escrito por Jeremy Brock y el genial Peter Morgan, aquel de La Reina (The Queen, 2006), Longford (2006), La Otra Bolena (The Other Boleyn Girl, 2008), Frost/ Nixon (2008), El Nuevo Entrenador (The Damned United, 2009), Rush (2013) y Bohemian Rhapsody (2018), realmente es muy sencillo y arranca en la Escocia de 1970 cuando el recién graduado doctor, muy dispuesto a abandonar el hogar familiar y la sombra de su padre, hace girar un globo terráqueo para elegir al azar y con su dedo un lugar hacia donde partir, lo que primero lo lleva a descartar Canadá y luego a quedarse con Uganda. En la nación africana trabaja en un triste hospital misionero con el Doctor David Merrit (Adam Kotz) y su esposa Sarah (Gillian Anderson), a quien se siente atraído por más que la mujer rechaza la posibilidad de una aventura por fuera del matrimonio. Amin, que viene del Golpe de Estado de 1971 contra un Obote que pretendía sacárselo de encima arrestándolo por malversación de fondos del ejército, visita el emplazamiento a pura fanfarria y termina conociendo a Nicholas ya que el flamante dictador tiene un accidente automovilístico y se lastima una mano cuando su convoy choca contra un buey, animal que Garrigan sacrifica de dos tiros para ahorrarle sufrimiento. Por el raudo gesto en cuestión y la Escocia del médico, símbolo de la lucha contra los ingleses, Amin le toma cariño al joven y lo adopta como su médico privado y eventual consejero en asuntos de Estado, con Garrigan abrazando las carnicerías del jerarca bajo la excusa de que sólo el acoso, la violencia, las razzias y la desaparición de “elementos indeseables” pueden pacificar a Uganda. Entre intentos de asesinato contra Amin, la paranoia bien lunática del señor, el amor entre Nicholas y una de las esposas del militar, Kay (Kerry Washington), y la sutil presión de un funcionario británico parasitario, Stone (Simon McBurney), para que revele secretos del gobierno, Garrigan termina a merced de su ambición y su ingenuidad.

 

Como afirmábamos previamente, nuestro outsider de turno, el doctor, es un personaje bastante interesante que evita el maniqueísmo del cine testimonial anglosajón debido a que por un lado existe una fuerte dosis de estupidez semi adolescente en su movida de meterse más y más en el entramado del poder ugandés y esperar salir impoluto o hasta realmente conseguir convertirse en una figura prominente en el supuesto proceso de “modernización” del sistema de salud local que le promete el mandatario, no obstante -y por el otro lado- el médico/ asesor/ confidente asimismo pasa a ser partícipe activo de las masacres y purgas varias cuando sabiendo cómo terminan todos aquellos grupos e individuos que despiertan una mínima desconfianza en Amin, de todas formas le comenta que vio al Ministro de Salud, Jonah Wasswa (Stephen Rwangyezi), reunido con un blanco en el bar de un hotel, el Holiday Inn, generando el pronto asesinato del susodicho y un creciente sentimiento de culpa porque se va quedando sin justificaciones válidas para continuar al lado del psicópata al mando, en especial cuando tiempo después descubre de boca de Stone que el mentado encuentro secreto respondía a las negociaciones con el Ministro de Salud de Sudáfrica, país con el que Uganda está enfrentado por el Apartheid, para la adquisición de cargamentos de penicilina. La película utiliza muy bien en términos dramáticos la preeminencia de la faceta más represiva de la dictadura, sobre todo vía el Jefe de Seguridad Masanga (Abby Mukiibi Nkaaga), la expulsión de la burguesía empresarial y profesional asiática/ hindú del país, antiguos colonos de la etapa inglesa, y el prólogo a la célebre “misión de rescate” israelí de 1976 denominada Operación Entebbe, cuando militantes de las Células Revolucionarias y el Frente Popular para la Liberación de Palestina secuestraron un avión de Air France con 248 pasajeros para exigir la liberación de 53 palestinos detenidos en Israel, Kenia y algunos países de Europa, aeronave que aterrizó en el Aeropuerto de Entebbe, cercano a Kampala.

 

McAvoy está perfecto como el paradójico Garrigan, en simultáneo víctima y victimario en una tiranía que no perdona a nadie y que abarca el paradigmático comportamiento del ser humano en el momento en que accede a una instancia dirigente, hablamos por supuesto de esa propensión a ver enemigos por todos lados y comenzar a socavar la capacidad de liderazgo de los adversarios de la forma que sea, a lo que se suma el odio y frustración a raíz del extenso saqueo europeo imperial y la misma tendencia ciclotímica de los africanos en materia de volcarse maniáticamente para un bando o para el otro según cómo soplen los vientos y principalmente los caprichos de los gobernantes (el propio Amin es un símbolo de esto, recordemos para el caso que comenzó su carrera castrense en el ejército colonial del Reino Unido y a posteriori -ya en el poder- nacionalizó todas las empresas de propietarios británicos, jugada similar a sus cambiantes vínculos con los sionistas e Israel en general, pasando de comprarle armas a los judíos y recibir a sus repugnantes asesores militares a romper relaciones diplomáticas y hasta celebrar los campos de concentración de Adolf Hitler, luego de lo cual recurrió a Libia y a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en materia de apoyo y financiamiento internacional). Desde ya que el inmenso Whitaker se lleva todas las palmas al humanizar los desvaríos del chiflado de Amin, una actuación sin duda extraordinaria que pone el acento en la vulnerabilidad, la xenofobia y la vehemencia homicida del dictador a lo largo de un mandato plagado de sangre y brutalidad. El sustrato melodramático, homologado al triángulo amoroso de base, está tratado con una sutileza que evita los clichés de siempre a lo Hollywood, y por cierto la posibilidad de filmar en Uganda generó en pantalla un realismo muy pocas veces alcanzado en el mainstream anglosajón (el equipo detrás de la película consiguió la colaboración del execrable Yoweri Museveni, el déspota que sucedió al binomio Obote/ Amin y que hegemoniza la nación desde 1986 hasta el presente a través de prohibiciones políticas y fraudes electorales que transformaron a la democracia ugandesa en una farsa total, para colmo manteniendo una disputa sin fin con el Ejército de Resistencia del Señor, unos insólitos guerrilleros cristianos -adeptos al secuestro de niños para transformarlos en soldados y esclavos sexuales- que controlan algunas zonas del norte del país desde fines de la década del 80 del siglo pasado). Macdonald entregaría otras obras interesantes, sobre todo Los Secretos del Poder (State of Play, 2009) y Mar Negro (Black Sea, 2014), aunque ya no volvería a alcanzar el nivel cualitativo de su debut y la furia gore y exploitation símil Triunfo y Caída de Idi Amin (Rise and Fall of Idi Amin, 1981), de Sharad Patel, de escenas muy duras como la del sacrificio del buey, aquella del descubrimiento por parte de Nicholas del cuerpo desmembrado de Kay, una vez que Amin toma conocimiento del embarazo de la mujer producto del affaire entre su esposa y su asesor, y la espantosa final de la tortura en el Aeropuerto de Entebbe de un Garrigan al que Masanga y los suyos -bajo órdenes del autócrata- cuelgan sirviéndose de ganchos de carne introducidos en su pecho. Hasta el mismo título de El Último Rey de Escocia juega con este dominio conceptual/ práctico de determinados psicópatas carismáticos sobre sus esclavos sumisos del vulgo y la intelligentsia ya que además de señalar el control del ugandés sobre el escocés, también hace referencia a la absurda colección de cargos y categorías nobiliarias que Amin solía asignarse con asiduidad, aquí proclamando que los habitantes de Escocia quieren que repita en Europa su hazaña de “derrotar” a los británicos en suelo ugandés…

 

El Último Rey de Escocia (The Last King of Scotland, Reino Unido/ Alemania, 2006)

Dirección: Kevin Macdonald. Guión: Peter Morgan y Jeremy Brock. Elenco: Forest Whitaker, James McAvoy, Kerry Washington, Gillian Anderson, Simon McBurney, Stephen Rwangyezi, Abby Mukiibi Nkaaga, Adam Kotz, David Oyelowo, Sarah Nagayi. Producción: Charles Steel, Andrea Calderwood y Lisa Bryer. Duración: 123 minutos.

Puntaje: 9