Partes Corporales (Body Parts)

Restricciones de lo civilizado

Por Emiliano Fernández

Mientras que el grueso del público y de la crítica mainstream, dos sectores repletos de descerebrados y conservadores varios, jamás tuvieron presente a Eric Red y las pocas veces que se lo cruzaron lo condenaron por el generoso nivel de truculencias, sadismo y planteos revulsivos que esconde su cine, casi todos los fanáticos verdaderamente curiosos del terror y el suspenso, en cambio, sí lo identifican en especial por su excelente labor iniciática como guionista en Carretera al Infierno (The Hitcher, 1986), neoclásico de las road movies de acoso mortal de Robert Harmon, y en la recordada trilogía de colaboraciones con Kathryn Bigelow, aquella de Cuando Cae la Oscuridad (Near Dark, 1987), genial cruza de western y vampirismo, Acero Azul (Blue Steel, 1990), gran thriller de obsesión metropolitana, y la televisiva Deseo Asesino (Undertow, 1996), faena de suspenso alrededor de un latiguillo de triángulo amoroso improvisado, las dos primeras dirigidas por Bigelow y la tercera por el propio Red, lo que precisamente nos deja todo servido para recordar que el norteamericano desarrolló una carrera como realizador que emparda en calidad a su devenir como libretista para terceros, uno que además abarca a El Último Renegado (The Last Outlaw, 1993), agrio western para TV del neozelandés Geoff Murphy, y esa Carretera al Infierno (The Hitcher, 2007), floja remake a cargo de Dave Meyers del opus de 1986 de Harmon. Dejando de lado las televisivas Deseo Asesino y Noche de lo Salvaje (Night of the Wild, 2015), esta última un trabajo bastante olvidable de terror y fantasía sobre perros psicóticos y única obra que el señor dirigió aunque no escribió, rubro que quedó en manos de la anodina Delondra Mesa, Red fue el responsable máximo de cuatro largometrajes de alto perfil que sin llegar a ser mojones ineludibles en cada subgénero lograron abrirse camino como experiencias muy placenteras y con personalidad propia, hablamos del thriller de secuestros Cohen & Tate (1988), la ciencia ficción ultra espantosa de Partes Corporales (Body Parts, 1991), aquella licantropía de Luna Maldita (Bad Moon, 1996) y esa cruza de entorno cerrado y relato de fantasmas de Arresto Domiciliario (100 Feet, 2008), propuesta para el canal de cable Syfy.

 

Las dos anécdotas que enmarcan su trayectoria, léase primero la necesidad de conducir un taxi durante un año en Nueva York después de quedarse sin dinero por el fracaso comercial de su ópera prima como realizador, Blues de los Pistoleros (Gunmen’s Blues, 1981), corto ubicado entre el film noir y el entramado retórico del Lejano Oeste, y segundo un horrible accidente automovilístico del 2000 en el que Eric mató a dos personas al estrellarse su camioneta contra un bar de Los Ángeles y luego intentó suicidarse cortándose la garganta con un trozo de vidrio roto, a lo que sobrevivió por poco gracias al rápido auxilio de los testigos del episodio, enfatizan el enfoque sincero y crudo de Red en materia de la violencia y la inusitada complejidad de sus personajes incluso cuando la historia de base es muy sencilla, amén de fetiches conceptuales y formales como la mixtura de géneros, el realismo sucio extasiado, una entonación dramática mayormente hardcore, mucha energía freak que subraya el patetismo o falibilidad de los protagonistas, su apego por el western y el gore más valiente y su preocupación por lo socialmente vedado, la hipocresía contemporánea y el costado menos “luminoso” del ser humano, en muchas oportunidades demasiado cerca de caer en las peores barbaridades con apenas un “empujoncito” hacia la dirección correcta. Su obra maestra como director es sin duda Partes Corporales, un prodigioso mejunje de tres novelas clásicas del terror, Frankenstein o el Moderno Prometeo (Frankenstein or the Modern Prometheus, 1818), de Mary Shelley, El Extraño Caso del Doctor Jekyll y el Señor Hyde (Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, 1886), de Robert Louis Stevenson, y Las Manos de Orlac (Les Mains d’Orlac, 1920), del galo Maurice Renard, aunque en términos estrictamente cinematográficos se la puede leer como una mixtura entre el body horror de David Cronenberg, la puesta en escena ampulosa de Brian De Palma y la efervescencia iconoclasta del querido Wes Craven, más detalles adicionales como el “doctor loco” de Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960), maravilla de Georges Franju, y la sobrevida emparchada de RoboCop (1987), de Paul Verhoeven, y Darkman (1990), de Sam Raimi.

 

A partir de una historia previa de Patricia Herskovic y Joyce Taylor que a su vez se basaba en Y mi Todo es un Hombre (Et mon Tout est un Homme, 1965), novela del dúo compuesto por Pierre Boileau y Pierre Ayraud alias Thomas Narcejac, un par de escritores franceses muy famosos que se especializaron en el suspenso psicológico -éste mayormente centrado en la perspectiva de víctimas de maquinaciones crueles que en un primer momento parecen ser sobrenaturales pero luego resultan bien mundanas, al extremo de la desorientación por agobio y claustrofobia contextual- y que firmaron la trama de la citada Los Ojos sin Rostro e incluso inspiraron otras dos joyas del cine, Las Diabólicas (Les Diaboliques, 1955), de Henri-Georges Clouzot, y Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock, el guión de Red y Norman Snider, éste célebre también por Pacto de Amor (Dead Ringers, 1988), de Cronenberg, el opus televisivo Prohibido X (Rated X, 2000), de Emilio Estévez, y Casino Jack (2010), de George Hickenlooper, comienza con un tenebroso accidente automovilístico en el que Bill Chrushank (Jeff Fahey), un profesor universitario y psicólogo que trabaja con asesinos convictos en prisión, es expulsado por el parabrisas de su coche después de que un camión se llevase puesta la parte trasera del vehículo porque frenó en una autopista justo luego de esquivar una llanta mal ajustada que otro auto expulsó sobre la ruta. Su esposa Karen (Kim Delaney), con quien tiene dos nenes chiquitos, Samantha (Sarah Campbell) y Bill Junior (Nathaniel Moreau), firma el consentimiento para una cirugía experimental a cargo de la Doctora Agatha Webb (la gélida Lindsay Duncan), quien de inmediato reemplaza su brazo derecho destruido por uno equivalente que perteneció a un lunático peligroso que mató a veinte personas entre las que se cuentan cinco policías, Charley Fletcher (John Walsh), un señor “donado” por el aparato jurídico/ carcelario cuyo cuerpo también fue a parar a otros dos receptores más, el basquetbolista Mark Draper (Peter Murnik) y el pintor Remo Lacey (Brad Dourif), el primero recibiendo las piernas del finado y el segundo el brazo izquierdo. En un inicio la recuperación marcha de maravillas y Webb se transforma en una visionaria de la medicina de vanguardia, sin embargo Chrushank pasa de cortarse al afeitarse y tener pesadillas lúgubres de homicidios a pegarle a su hijo, estrangular a su esposa y pelearse con suma eficacia en bares de mala muerte, para colmo eventualmente descubre que Fletcher sigue con vida porque la matasanos trasplantó su cabeza a otro cuerpo adepto a reclamar las partes donadas ejecutando a los receptores de las extremidades y arrancando las susodichas, todo con la ambiciosa idea de revertir el procedimiento “rearmando” aquello desmembrado.

 

Más allá de las resonancias de Frankenstein por un lado y Jekyll & Hyde por el otro, Partes Corporales funciona principalmente como una relectura de Las Manos de Orlac, trabajo literario de Renard que a su vez inspiraría sucesivas adaptaciones más o menos lejanas -en materia espiritual y narrativa- con respecto al texto original, pensemos en las traslaciones de 1924 de Robert Wiene, de 1935 de Karl Freund, de 1946 de Robert Florey, de 1960 de Edmond T. Gréville, de 1963 de Herbert L. Strock y aquella de comienzos de la década del 80 a cargo de un joven Oliver Stone, La Mano (The Hand, 1981), quizás la más recordada por el público actual y por ello mismo se podría aseverar que el opus de Red es una versión de aquella con esteroides y sin tantas sutilezas -a veces las grandes enemigas del jolgorio Clase B- o tal vez una exégesis un poco menos desquiciada de Mil Gritos Tiene la Noche (1982), trasheada del cineasta español Juan Piquer Simón asimismo conocida en el mercado anglosajón como Pieces (Piezas) porque el leitmotiv del relato, precisamente, pasa por un rompecabezas humano que un demente va armando con cariño y paciencia. Apoyándose en una fotografía magistral de Theo van de Sande, esa que por cierto remite tanto a De Palma como al Verhoeven de RoboCop, y en un soundtrack bombástico del también holandés Loek Dikker, siempre situado entre Bernard Herrmann y el inoxidable Pino Donaggio, Red construye una obra apasionante que exprime con inteligencia todo lo que Fahey tiene para ofrecer como otra de esas víctimas bajo presión de Boileau y Narcejac, intérprete tantas veces desaprovechado y/ o condenado a papeles secundarios, y además retoma intereses de siempre del realizador y guionista como por ejemplo la metamorfosis identitaria, el humor negro, la angustia, el fetiche maléfico humano, una violencia latente esperando estallar y el atropello legitimado por el Estado y por las restricciones de lo consensuado/ civilizado, un marco de comportamiento que dura lo que la estabilidad y tiende a romperse cuando la crisis asoma su cabeza y el supuesto cuerdo -o en este caso, nada menos que el encargado de identificar a los cuerdos- se la pasa repitiendo que perdió el control de su cuerpo porque fuerzas externas lo instan a cometer actos aberrantes, atroces u objetables desde la mirada de la mayoría popular. Entre la fauna del terror el film es muy celebrado por su media hora final, desde el comienzo de la masacre bizarra o recolección de extremidades de Fletcher hasta el enfrentamiento en la clínica entre Chrushank y la dupla de Webb y el tremendo Charley, cuando en una de las escenas más deliciosas y grotescas de la década del 90 nos topamos con las mentadas partes corporales en un tanque, ya listas para la reagrupación…

 

Partes Corporales (Body Parts, Estados Unidos, 1991)

Dirección: Eric Red. Guión: Eric Red y Norman Snider. Elenco: Jeff Fahey, Lindsay Duncan, Kim Delaney, Zakes Mokae, Brad Dourif, John Walsh, Paul Ben-Victor, Peter Murnik, Nathaniel Moreau, Sarah Campbell. Producción: Frank Mancuso Jr. Duración: 88 minutos.

Puntaje: 9