Bruce Springsteen es una figura bastante polémica dentro del mundillo del rock porque hay gente que lo defiende afirmando que es un poeta de la frustración mundana del pueblo, algo así como un agente mitologizador agridulce del posthippismo y toda la debacle industrial norteamericana como consecuencia del neoliberalismo de los años 70 y 80, pero muchos otros dicen que jamás hizo algo novedoso y sólo se dedicó a aullar formatos que ya habían alcanzado ampliamente su cúspide cualitativa cuando el señor comenzó a trabajarlos de manera trasnochada y muy oportunista, a lo que se agrega la acusación de que luego de un puñado de canciones memorables en sus comienzos el resto de su producción discográfica, desde los años 90 hasta muy entrado el nuevo milenio, refritó las diversas alternativas profesionales ensayadas en pos del éxito comercial. Sin que verdaderamente importe de qué lado de la orilla esté cada oyente, la verdad es que el estadounidense fue la cabeza de ese heartland rock que englobó a gente como Tom Petty, Jackson Browne, Bob Seger, Lucinda Williams y John Mellencamp, suerte de americana o roots rock -todo basado en el blues, el folk y el country- con conciencia social cual antídoto contra la música estándar escapista que ofrece la gran industria cultural en esta posmodernidad. Tres son las etapas principales de su evidente fase de gloria, las décadas del 70 y 80, y la primera se resume en dos pasos inaugurales en falso, hablamos de Greetings from Asbury Park, N.J. (1973), ejemplo de un folk rock más cerca de Bob Dylan y Creedence Clearwater Revival que de la pirotecnia psicodélica o el apego para con la Invasión Británica de The Byrds, Buffalo Springfield y Jefferson Airplane, más una filosofía proletaria incipiente que oficia de versión lavada/ mainstream del socialismo de Woody Guthrie y Pete Seeger, y The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle (1973), salto nada sutil al soft rock y el rhythm and blues que utiliza de manera más orgánica el “sonido colectivo” con vistas a enriquecer las composiciones, todo cortesía de la célebre E Street Band, el grupo soporte de Springsteen desde 1972 hasta 1989 y desde 1999 en adelante, a lo que se agrega una breve reunión a mediados de los 90 para grabar aquella colección de canciones nuevas que condimentaron su Greatest Hits (1995).
El segundo capítulo abarca las tres propuestas posteriores y sobre todo la primera, Born to Run (1975), nacimiento propiamente dicho del heartland rock de la mano de las epopeyas marca registrada de Bruce sobre antihéroes que anhelan una vida mejor aunque en última instancia fallan miserablemente porque el sueño americano es una mentira y el nihilismo de los años 70 lo impedía abiertamente, amén de una fuerte nostalgia musical que refrita en igual medida el rockabilly de Roy Orbison y por supuesto los girl groups y esa Pared de Sonido/ Wall of Sound de Phil Spector. Los otros dos pivotes son Darkness on the Edge of Town (1978), esperable repliegue hacia una propuesta mucho menos ornamental que la del álbum previo, ahora apostando por un blues, un garage y un rock pesado tradicional que por cierto le calzan mucho mejor a Springsteen y su voz rasposa que todas las variantes previas juntas, esquema que asimismo trae a colación una producción y unos arreglos que mejoran la presentación en general de la música porque el artista y su productor favorito de la época, Jon Landau, por fin aprendieron a trabajar en estudio, y The River (1980), placa doble que termina de patentar el dejo autobiográfico del cantautor, en lo referido a las letras, y lleva un paso hacia adelante la ortodoxia/ melancolía rockera de Darkness on the Edge of Town, claramente bajo el influjo del punk en pleno auge de entonces, por ello el disco entrega otra interesante amalgama de canciones directas y producción bastante cruda aunque también cristalina, abierta a la accesibilidad del pop, en sí el paso previo a la eventual explosión en popularidad de mediados de la década del 80. Las joyas de la corona en el caso de El Jefe/ The Boss, su apodo de larga data, son efectivamente las tres siguientes, un periplo que en términos concretos empieza con Nebraska (1982), típico opus lo-fi de aislamiento creativo que en este caso lleva el asunto al terreno del folk a fuerza de los pilares fundamentales de estos demos apenas maquillados, la guitarra y la armónica de Springsteen, en este sentido el disco arrastra mucho del dejo entre espectral y misterioso de su fuente de inspiración para nada disimulada, John Wesley Harding (1967), propuesta extraordinaria de Dylan que llegó para reemplazar las zapadas que recién aparecerían en aquel The Basement Tapes (1975).
Ahora bien, justo a posteriori vendrían las obras que desencadenarían el nacimiento de una nueva generación de admiradores, precisamente la fauna lela mainstream que poco o nulo interés mostró con respecto al trasfondo folk rock de antaño o siquiera aquel heartland de los comienzos, nos referimos a Born in the U.S.A. (1984), disco hiper exitoso y amigable para con el oyente promedio de la época por la catarata de eco, el uso de sintetizadores y cierta intención de desromantizar desde el cinismo el chauvinismo yanqui pero sin avanzar demasiado en el objetivo para no espantar a los neofascistas y neoliberales que sostenían a Ronald Reagan en la presidencia, lo que paradójicamente trajo como consecuencia que el cantante tuviese que aclarar durante las décadas y décadas por venir unos “malentendidos” que ya estaban prefijados en las letras, conjunción entre el obrerismo de antaño y la levedad popera y dance clásica de los 80, y por supuesto Tunnel of Love (1987), uno de los grandes álbumes de divorcio de la historia del rock -cortesía de Julianne Phillips, aquella esposa del músico del período y gran “musa” del desamor detrás de las composiciones- y un trabajo disfrutable que juega con la new wave sin ruborizarse ni pedir perdón, aquí prescindiendo de la E Street Band y reemplazándola con una retahíla de sintetizadores y drum machines que desde la honestidad expresiva dejan de lado las pretensiones hardrockeras que todavía arrastraba Born in the U.S.A., contradicción que en esta oportunidad alcanza cierta paz idiosincrásica. Teniendo presente este derrotero no es de extrañar que Springsteen: Música de Ninguna Parte (Springsteen: Deliver Me from Nowhere, 2025), biopic reglamentaria de Scott Cooper, elija retratar el momento bisagra entre ambas personalidades del artista, la rockera tradicional hasta principios de los 80 y el ídolo planetario o quizás símbolo de “lo estadounidense” -vaya uno a saber qué significa eso- de Born in the U.S.A., por ello el film toma como excusa la adaptación del libro homónimo de 2023 de Warren Zanes, un otrora biógrafo o cronista de Petty, Dusty Springfield, George Harrison y Johnny Cash, para en realidad analizar la génesis de ese repertorio que llegaría a Nebraska, de manera desnuda/ visceral/ sombría, y después a Born in the U.S.A., ya con toda la pompa comercial del caso.
Cooper, actor reconvertido en director, venía con una trayectoria “empatada” porque había acumulado tres obras disfrutables, léase La Ley del más Fuerte (Out of the Furnace, 2013), Pacto Criminal (Black Mass, 2015) y Espíritus Oscuros (Antlers, 2021), y tres propuestas entre erráticas, redundantes y fallidas, apuntamos a Loco Corazón (Crazy Heart, 2009), Hostiles (2017) y Los Crímenes de la Academia (The Pale Blue Eye, 2022), así las cosas la llegada de Springsteen: Música de Ninguna Parte vuelca la balanza hacia la mediocridad de otras biopics musicales recientes como Rocketman (2019), film de Dexter Fletcher sobre Elton John, Stardust (2020), una empresa de Gabriel Range que se propuso retratar a David Bowie, Elvis (2022), de Baz Luhrmann, Quiero Bailar con Alguien (I Wanna Dance with Somebody, 2022), trabajo de Kasi Lemmons acerca de Whitney Houston, Better Man: La Historia de Robbie Williams (Better Man, 2024), de Michael Gracey, esa Bob Marley: La Leyenda (Bob Marley: One Love, 2024), de Reinaldo Marcus Green, Disco, Ibiza, Locomía (2024), de Kike Maíllo, y Back to Black (2024), odisea de Sam Taylor-Johnson sobre Amy Winehouse, un lote apestoso al que se contraponen la archiconocida faena sobre Freddie Mercury y Queen, Bohemian Rhapsody (2018), de Bryan Singer, The Dirt (2019), opus de Jeff Tremaine alrededor de Mötley Crüe, Respect: La Historia de Aretha Franklin (Respect, 2021), de Liesl Tommy, Weird: The Al Yankovic Story (2022), de Eric Appel, y Girl You Know It’s True (2023), buen retrato a cargo de Simon Verhoeven de Milli Vanilli. Jeremy Allen White, actor que alcanzó la fama con La Garra de Hierro (The Iron Claw, 2023), joya de Sean Durkin, y El Oso (The Bear, 2022-2025), serie creada por Christopher Storer para FX on Hulu, es el encargado de componer a un Springsteen que en 1981 finiquita la gira de The River y se muda en soledad a una casa alquilada en New Jersey para grabar los demos de Nebraska y Born in the U.S.A. y escapar de la fama que le trajo su hit inaugural, Hungry Heart (1980). Luego de un mini recital en The Stone Pony conoce a la hermana de un compañero del colegio secundario con la que inicia una relación, Faye Romano (Odessa Young), linda camarera y madre soltera de Haley (las gemelas Vienna y Vivienne Barrus).
Lamentablemente aquí no se profundiza en la relación muy cercana con Landau (Jeremy Strong), además de productor su manager y mejor amigo de la época, su apego para con Flannery O’Connor, escritora que fue uno de los pilares del gótico sureño, la obsesión de la compañía discográfica con sacar nuevo material, esa Columbia Records simbolizada en el ejecutivo chupasangre Al Teller (David Krumholtz), e incluso los motivos detrás de la depresión del protagonista, el núcleo temático hiper insistente de la epopeya en su conjunto, más allá del latiguillo facilista del padre borracho, pendenciero y/ o cuasi enfermo mental, Douglas Springsteen (gran desempeño de Stephen Graham, superando al propio White), además tampoco se indaga en serio en el bajón de adrenalina luego de terminar cada tour, su predilección por los discos por sobre los singles y en especial las razones del fetiche con Malas Tierras (Badlands, 1973), film de Terrence Malick que ve en TV y estaba inspirado en el raid criminal de un Charles Starkweather que sería el eje de la canción Nebraska. El sustrato caprichoso de todo en pantalla, siempre flotando en el vacío, se condice con el cliché de sobredimensionar el lugar de la noviecita de turno, casi siempre decorativa en la realidad pero en las relecturas de Hollywood adquiriendo una enorme preponderancia en el progreso artístico o la vida del retratado. La redundancia y la elementalidad aparecen por todos lados, tanto en la catarata de flashbacks sobre su devenir familiar e infantil en 1957 como en las secuencias del presente narrativo, y en este sentido se puede citar la inclusión de La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955), maravilla de Charles Laughton que Bruce ve junto a su padre en una sala de cine, para subrayar el vínculo paradójico con el progenitor, por un lado fuente de pánico por su carácter violento e imprevisible y por el otro lado la figura masculina por antonomasia, abiertamente homologada a la autonomía, la sinceridad y el coraje a pesar de todo y de todos. Las escenas musicales son muy buenas, hablamos de los recitales, el registro en estudio y el intimismo de la grabación hogareña en cuatro pistas asistida por el ingeniero Mike Batlan (Paul Walter Hauser), sin embargo el pulso narrativo setentoso resulta demasiado mimético, aletargado o en piloto automático.
Springsteen: Música de Ninguna Parte toma la forma de una meseta, sin grandes episodios a la vista y siempre corriendo detrás de un lirismo sustentado en la nada misma, como si el espectador/ melómano pudiese a esta altura del partido identificarse con un magnate que en 2021 vendió los masters de todo su catálogo y los derechos de autor a Sony Music por la friolera de 500 millones de dólares, jugada que primero niega las supuestas convicciones ideológicas -sobre todo la autenticidad hermanada al minimalismo o la vida ascética- que defiende el film con ahínco y segundo homologa al protagonista a un mercenario más de la gran industria cultural de las últimas décadas, precisamente entregando como secuela del supuesto álbum doloroso, Nebraska, un mega tanque del rock comercialoide y banal de la década del 80, Born in the U.S.A. El exceso de eco incrustado en las composiciones de la placa de 1982 involuntariamente pone de manifiesto el trasfondo melodramático baladí de gran parte de la producción musical de Springsteen, digno de un estudiante de colegio secundario, y lo mismo puede decirse de la medianía de muchos diálogos autoexplicativos o pretendidamente sentidos/ reveladores cuando hay poco y nada ocurriendo en la historia o en la existencia del artista, lo que asimismo señala que no tenemos conflicto que mueva los engranajes de la trama por fuera de los fuegos artificiales, la nostalgia y el preciosismo de las biopics lastimosas del Siglo XXI, presas de su incapacidad narrativa y obsesionadas con incluir la mayor cantidad de información aislada posible como por ejemplo aquel proyecto cinematográfico que desembocaría en Luz del Día (Light of Day, 1987), película que Paul Schrader, su director y guionista, pensó que Bruce podría protagonizar, en última instancia siendo reemplazado por Michael J. Fox mientras que el músico se apropiaba del título original, de hecho Born in the U.S.A. La epopeya a la larga entrega una experiencia tediosa y hueca porque la búsqueda de algo puro, aparentemente relacionado con la visceralidad expresiva, deriva en una parafernalia indie bastante apócrifa o farsesca, en sí recreada por el Hollywood más ampuloso y autoconsciente. El rol de Landau también deja mucho que desear porque su presencia sólo sirve para aseverar que las flamantes canciones nacen de la oscuridad de Springsteen y representan su temor al éxito internacional en puerta, como si no quisiese dejar atrás -ya de manera definitiva, por el estrellato a partir del disco de 1984- su pedigrí proletario de base familiar/ barrial, idiosincrasia que efectivamente se esfumaría a posteriori de Nebraska y su repertorio tristón o autoindulgente más algún que otro tema influenciado por Suicide, dúo de Alan Vega y Martin Rev. A decir verdad las expectativas pronto desaparecen y crece la sensación de que Cooper desaprovecha la potencialidad del período en cuestión ya que todo parece un capítulo intermedio de un derrotero mucho más extenso y complejo, donde la figura del progenitor no es en última instancia tan castradora. El eslogan de cabecera del álbum, “sin singles ni gira ni prensa”, cae en el mismo pozo del egoísmo del cantante, su cobardía y esa tendencia a escapar de toda responsabilidad, desde la relación con Romano, pasando por confrontar en serio con su progenitor, hasta eso de no aparecer en la tapa de Nebraska porque sabe que es una versión muzak, para ascensores o supermercados, de lo realizado por Dylan y tantos otros. El desenlace tampoco escapa al reduccionismo mainstream y el hecho de que se cure mágicamente en las postrimerías del relato yendo a un psiquiatra, en la anatomía de Stephen Singer, resulta patético y ratifica la pertenencia de la propuesta en su totalidad al terreno de la hipocresía hollywoodense, la validación paterna trasnochada -con 32 años a cuestas- e incluso el bromance con Landau, fuerte vínculo que como afirmábamos con anterioridad ni siquiera está bien desarrollado…
Springsteen: Música de Ninguna Parte (Springsteen: Deliver Me from Nowhere, Estados Unidos, 2025)
Dirección y Guión: Scott Cooper. Elenco: Jeremy Allen White, Stephen Graham, Paul Walter Hauser, Jeremy Strong, Odessa Young, David Krumholtz, Gaby Hoffmann, Marc Maron, Harrison Sloan Gilbertson, Johnny Cannizzaro. Producción: Scott Cooper, Ellen Goldsmith-Vein, Eric Robinson y Scott Stuber. Duración: 120 minutos.