Undertone

Revalorizando el fuera de campo

Por Emiliano Fernández

En esta dictadura de la literalidad del cine del nuevo milenio, donde las metáforas y el régimen de lo “no dicho” suelen brillar por su ausencia, se agradece la aparición de una película con los rasgos de Undertone (2025), debut del canadiense de ascendencia asiática Ian Tuason que desde una enorme sencillez se propone la misión de revalorizar el fuera de campo, lo que acontece más allá del plano, a través de la dimensión sonora, otra comarca que como la visual a secas ha sido muy bastardeada en las últimas décadas, ya sea por su sumisión a la imagen o por la pobreza o redundancia de diálogos, efectos y música del montón. La película, un trabajo humilde que debería ser tenido en cuenta por su eficacia narrativa desde el ascetismo, retoma aquella transmisión televisiva de Late Night with the Devil (2023), el film de los hermanos australianos Cameron y Colin Cairnes con David Dastmalchian, y la actualiza y la lleva hacia el indie más minimalista sirviéndose del mundillo de los podcasts, aquí reciclando la locación única, la temática demoníaca y una estructura narrativa semejante a una investigación periodística tradicional, sin embargo tampoco se puede desmerecer la influencia de Paranormal Activity (2007), aquel hitazo underground de Oren Peli que trepó al mainstream de la mano de Jason Blum y Steven Spielberg y que en esta oportunidad se cuela sobre todo en el popurrí metafísico que sufre la protagonista cuando no está consagrada a su podcast, en gran medida reemplazando las tomas fijas con una dinámica retórica clásica en materia de la fotografía y sus vericuetos.

 

Evangeline “Evy” Babig (Nina Kiri), una joven embarazada de seis semanas de su novio, Darren, se muda al domicilio de su madre comatosa sin nombre (Michèle Duquet) y para esquivar tanto la depresión como el alcoholismo se dedica a grabar durante las trasnoches el nuevo episodio de The Undertone, podcast de temática sobrenatural que conduce junto a un amigo que participa de modo remoto, Justin Manuel (Adam DiMarco), quien se hace cargo del rol del convencido de los horrores esotéricos mientras ella cubre el papel de la incrédula que considera que estamos frente a engaños varios. Justin recibe un mail anónimo con diez archivos de audio que ambos comienzan a reproducir en secuencia, los primeros ocho en un podcast y los últimos dos en una secuela posterior, linda retahíla que se corresponde a las grabaciones de un tal Mike (Jeff Yung) sobre la convivencia nocturna con su novia, Jessa (Keana Lyn Bastidas), a la que registra durmiendo para demostrarle que habla durante el sueño. Undertone todo el tiempo contrapone el contenido preocupante de los archivos, en sí cercano a una invocación demoníaca en cámara lenta, y los efectos que ello trae en la vida diaria de Evy, el único personaje que vemos en pantalla más allá de la progenitora muda en la piel de Duquet, periplo que nunca sale de la casa de las dos mujeres y tiene que ver con un engendro del reino de los espíritus, Abyzou, entidad femenina malvada de la mitología europea y de Medio Oriente que según la leyenda no podía tener vástagos y se dedicaba a la noble tarea de producir abortos espontáneos y aumentar en general la mortalidad infantil.

 

Los archivos de la parejita en cuestión incluyen a Jessa hablando dormida o caminando cual sonámbula, algunos sonidos insólitos, un bebé llorando, esas infaltables voces superpuestas enigmáticas y mucha angustia y mucha histeria de impronta bien terrorífica, mientras que la colección de sucesos -por lo menos extraños- que padece Babig abarcan la caída al piso de la progenitora, luces que parpadean, una estatuilla de la Virgen María que aparece por todos lados con su rostro modificado, el insomnio y las pesadillas de la protagonista, su madre rezando en la oscuridad absoluta y por supuesto un final a toda pompa con dibujos tétricos con crayones, iluminación rojiza, focos que explotan y un televisor que se niega a apagarse. Por sobre todas las cosas la realización vuelca sus energías al rostro de una correcta Kiri, conocida por interpretar a Alma en The Handmaid’s Tale (2017-2025), la serie de Bruce Miller para Hulu a partir de la novela de 1985 de Margaret Atwood, y al satanismo modelo disco de rock de antaño, léase mediante grabaciones con mensajes encriptados que revelan su verdadera naturaleza al reproducirlos al revés. Hoy se privilegian la claustrofobia y una soledad de marco bastante depresivo a lo encrucijada existencial por el embarazo de Babig, su alcoholismo latente y por supuesto esa madre en plena agonía que la obliga a oficiar de enfermera, un combo en el que el primer componente termina siendo crucial en función del latiguillo del film vinculado a la larga tradición de la humanidad en materia de matar a sus hijos o pensarlo dos o más veces antes de engendrar más mocosos en un mundo colapsado.

 

El esquema identitario del podcast obedece al perfil de los conductores y por cierto ambos siguen al milímetro la división de roles de Fox Mulder (David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson) en The X-Files (1993-2002), archiconocida serie de Chris Carter para Fox, respectivamente el creyente en lo sobrenatural y la escéptica que nos embadurna en la cara las explicaciones científicas para cada fenómeno en apariencia inexplicable símil The Twilight Zone (1959-1964), fuente de inspiración creada por Rod Serling. En pantalla se va pasando de la sugestión, precisamente fruto de la escucha de los audios siempre alrededor de las tres de la mañana, a la noción de una invocación diabólica a cuentagotas a raíz del mismo motivo, la reproducción ritualizada de los archivos uno por uno y respetando su ordenamiento. La película a nivel formal se hace un festín con los constantes y sosegados paneos en torno al hogar de Evy, en realidad la casa del director, y a escala conceptual se mete con el antinatalismo del Siglo XXI mediante uno de los recursos más antiguos del horror como género, el ya mencionado infanticidio, aquí una fuerza sobrenatural, Abyzou, que revienta purretes tanto nacidos como por nacer, sin que quede del todo clara la postura de Undertone porque una de las características más estables del terror es su preocupación por retratar un estado de cosas y abstenerse de emitir una opinión obvia al respecto, lo que no impide conjeturar una perspectiva de fondo realmente antinatalista porque el demonio es un militante del polémico asunto y Babig tampoco está muy entusiasmada que digamos con traer irresponsablemente a otro crío a un Planeta Tierra saturado de bípedos parasitarios e idiotas. El film desaprovecha la tensión erótica entre los podcasters, Evy y Justin, se guarda el gran cliché para el desenlace, la posesión de la madre, y explota de manera concienzuda el formato más cercano en términos idiosincrásicos, el radioteatro, especialmente durante el último acto, éste enmarcado en un collage sonoro con la capacidad de redondear de manera sucinta todo el acecho espiritual/ satánico que se venía acumulando desde el inicio. Otro de los componentes ineludibles en estos melodramas familiares maquillados, la culpa, aparece de hecho en los últimos minutos debido a la idea de Evy de que su ateísmo la alejó de su madre, una católica fanática, planteo que a su vez funciona como una excusa para pensar tópicos como el masoquismo, el desdoblamiento de personalidad, la rauda extensión de la angustia al círculo familiar/ amistoso/ laboral y finalmente el martirio que padecen los hijos a instancias de sus padres y viceversa, dos cargas que hacen a la condición de estar vivos y que pueden llevarse con relativa templanza o conducir, por el contrario, hacia la locura…

 

Undertone (Canadá, 2025)

Dirección y Guión: Ian Tuason. Elenco: Nina Kiri, Adam DiMarco, Michèle Duquet, Keana Lyn Bastidas, Jeff Yung, Sarah Beaudin, Ari Millen, Marisol D’Andrea, Bianca Nugara, Jayda Woods. Producción: Dan Slater y Cody Calahan. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 6