A Hollywood y al aparato cinematográfico mainstream en general, de alcance planetario porque cuenta con la complicidad de múltiples productoras y distribuidoras de raigambre nacional, les encanta castigar a unos villanos elegidos a dedo desde las épocas del Código Hays (1934-1968), el sistema de autocensura de los principales estudios de Estados Unidos. Si bien el maniqueísmo funciona relativamente bien en géneros folletinescos de larga data como la fantasía, las aventuras, el terror y todas las diversas variantes de la comedia y el melodrama, en los campos del policial, los thrillers testimoniales y el cine de acción, en cambio, suele mutar en un recurso moral burdo porque el espectador compara su compleja realidad con la de la pantalla, como decíamos antes reducida a “buenos” y “malos” según la arquitectura descerebrada hollywoodense, y no puede más que reír frente a un ecosistema ficcional donde la claridad ética está a la orden del día. Dicho de otro modo, ante géneros más cercanos a la praxis cotidiana o abiertamente vinculados a las miserias y los grises de la sociedad mundana, es muy probable que la infaltable “suspensión de la incredulidad” trastabille en la mente del público y quede muy en primer plano el trasfondo caricaturesco o forzado o tontuelo o quizás conservador de la propuesta artística de turno, algo mucho más habitual en un cine con poca o nula efervescencia como este mediocre y castrado del Siglo XXI, donde la mojigatería marketinera es bandera debido a la lógica de algoritmos huecos.
Lejos de ser una película particularmente astuta o tal vez valiente, Zona de Riesgo (Fuze, 2025), opus del escocés David Mackenzie, por lo menos consigue transmitir una intensidad pocas veces vista en el nuevo milenio, por cierto digna de la testosterona de la súper acción de las décadas del 80 y 90, y -más importante aun- logra esquivar el maniqueísmo barato de gran parte de los thrillers policiales de hoy en día, ese que desde el mainstream pusilánime acepta como verdadero el discurso de la sacrosanta legalidad institucional capitalista que nos venden las cúpulas parasitarias del mercado y la alta burguesía. El film, en términos prácticos, es una cruza entre el suspenso bélico de explosivos modelo Vivir al Límite (The Hurt Locker, 2008), de Kathryn Bigelow, y la película de atracos o caper movie o heist film que nace en dos tandas, primero con Los Asesinos (The Killers, 1946) y Sin Ley y sin Alma (Criss Cross, 1949), ambas de Robert Siodmak, y después de la mano de Asalto al Coche Blindado (Armored Car Robbery, 1950), de Richard Fleischer, y sobre todo La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), aquella obra maestra de John Huston que generaría las otras tres cúspides del formato, Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), de Jules Dassin, Casta de Malditos (The Killing, 1956), joya de Stanley Kubrick, y Bob, el Jugador (Bob, le Flambeur, 1956), de un Jean-Pierre Melville que más adelante entregaría El Círculo Rojo (Le Cercle Rouge, 1970), la epopeya protagonizada por Alain Delon y Gian Maria Volonté.
Zona de Riesgo comienza con el descubrimiento de una bomba sin detonar de la Segunda Guerra Mundial en una obra en construcción de Londres, explosivo correspondiente al Blitz o campaña de bombardeos de los nazis sobre el Reino Unido de 1940 y 1941. El asuntillo queda a cargo de la policía y en concreto de la Superintendente en Jefe, Zuzana Greenfield (Gugu Mbatha-Raw), mujer que ordena la evacuación de las inmediaciones y supervisa la intervención de un equipo especializado del ejército a su vez comandado por el Mayor Will Tranter (Aaron Taylor-Johnson). En paralelo cuatro individuos, encabezados por Karalis (Theo James) y un tal X (Sam Worthington), comienzan a destruir la pared del sótano de un edificio de la zona gracias a las llaves que reciben de una familia de inmigrantes en la que sólo habla inglés un muchacho, Rahim (Elham Ehsas), sin embargo uno de los subalternos de Tranter, el Cabo Martin (Alexander Arnold), pronto descubre que la bomba no es añeja y parece haber sido plantada, de hecho funciona como una pieza fundamental del plan de la pandilla para ingresar a la bóveda de un banco y abrir las cajas de seguridad. Los intentos por desactivar la bomba fallan y la explosión enmascara una fuga que elude a la policía y conduce hacia una casa bucólica, donde Karalis traiciona a sus compañeros ayudado por su primo, Ludo (Dragos Bucur), el cual se pone ambicioso al ver que le toca el dinero y las joyas mientras el personaje de James se lleva una serie de diamantes que resultan ser falsos.
El guión del británico Ben Hopkins, ese de propuestas desparejas recientes como Limonov: La Balada (Limonov: The Ballad, 2024), de Kirill Serebrennikov, y Adentro (Inside, 2023), de Vasilis Katsoupis, no se engolosina con el cliché, léase todos los instantes previos a la explosión de turno, y se entrega a una graciosa andanada de giros narrativos que vinculan espiritualmente al convite con la Clase B, por ello de la traición de Karalis y los diamantes de vidrio saltamos a un descabellado pero apasionante plan lateral para quedarse con las piedras preciosas reales por parte de Tranter, representante marcial, Karalis, miembro del hampa, y el mismísimo Rahim, sujeto que ocupa el lugar del “ciudadano de a pie” en este trío heterogéneo porque fue traductor para los milicos diez años atrás en Afganistán, donde los susodichos se conocieron. En cualquier otra película del montón la mujer empoderada en cuestión, Greenfield, pasaría al primer plano y las criaturas de los dos actores de mayor renombre, Worthington y Taylor-Johnson, de alguna forma trabajarían juntas para finiquitar la amenaza del villano según los cánones del mainstream, ese Karalis de James, no obstante la vuelta de tuerca del último acto, luego de las traiciones reglamentarias símil La Jungla de Asfalto, eliminan las simplificaciones del maniqueísmo e invocan a los forajidos justicieros o sensibles -robar a usureros es de héroes- de Convicto (Starred Up, 2013), Sin Nada que Perder (Hell or High Water, 2016) y Relay (2024), las otras obras amenas de Mackenzie…
Zona de Riesgo (Fuze, Reino Unido, 2025)
Dirección: David Mackenzie. Guión: Ben Hopkins. Elenco: Aaron Taylor-Johnson, Sam Worthington, Theo James, Gugu Mbatha-Raw, Elham Ehsas, Alexander Arnold, Dragos Bucur, Nabil Elouahabi, Shaun Mason, Saffron Hocking. Producción: David Mackenzie, Sébastien Raybaud, Gillian Berrie y Callum Christopher Grant. Duración: 97 minutos.