Philip Kaufman, mal que le pese a quien le pese, es uno de esos cineastas prácticamente olvidados en el Siglo XXI que en su momento de mayor creatividad, entre finales de la década del 70 y comienzos de los años 80, estuvo bastante inflado por la crítica aunque no tanto por el público, el cual -salvo por determinados segmentos, también vinculados a sus propuestas más recordadas- jamás le prestó mayor atención. Las primeras cuatro películas del señor se enrolan en una suerte de proto Nuevo Hollywood especialmente por la fuerte influencia del cine europeo de entonces, hablamos de obras descartables que no vio casi nadie y abarcan la comedia surrealista Goldstein (1964), la sátira de superhéroes Frank, el Temerario (Fearless Frank, 1967), el western revisionista Sin Ley ni Esperanza (The Great Northfield Minnesota Raid, 1972) y el relato de aventuras en el Ártico El Amanecer Blanco (The White Dawn, 1974). Todo cambia cuando comienza a trabajar con su amigo George Lucas en la historia de base de lo que eventualmente se convertiría en Los Cazadores del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), odisea de Steven Spielberg que en realidad sería escrita por Lawrence Kasdan porque Lucas diagramaría en general al protagonista, Indiana Jones (Harrison Ford), y Kaufman se aparecería con el MacGuffin en torno al Arca de la Alianza, un cofre de madera que según la Biblia contenía la Vara de Aarón y las dos tablas de los Diez Mandamientos. George pretendía que Philip dirigiese el film pero este último eventualmente se tuvo que bajar del proyecto porque estaba comprometido con El Fugitivo Josey Wales (The Outlaw Josey Wales, 1976), obra de la que sería echado por la estrella y también productor, nada más y nada menos que Clint Eastwood, ya que Kaufman deseaba eliminar el contexto derechoso de algunos episodios de la historia, así las cosas el actor protagónico terminaría dirigiendo el convite. La doble frustración, de todos modos, aparentemente lo hizo madurar en términos profesionales y/ o creativos porque justo luego entregaría una trilogía de impronta melancólica que rankea en punta como lo mejor de su trayectoria, léase Los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978), más que eficaz remake de ese clásico homónimo de ciencia ficción de 1956 de Don Siegel, Los Pandilleros (The Wanderers, 1979), bildungsroman, coming-of-age o relato de aprendizaje sobre las distintas pandillas de adolescentes neoyorquinos en 1963, y Los Elegidos de la Gloria (The Right Stuff, 1983), un retrato entre ambicioso y naif de marco coral alrededor de los primeros pasos del programa espacial de la NASA en aquellas décadas del 50 y 60.
Antes de que todo se vaya lentamente al demonio o a los confines de la mediocridad, en esencia gracias a sus intentonas eróticas agridulces, La Insoportable Levedad del Ser (The Unbearable Lightness of Being, 1988) y Henry & June (1990), y un par de thrillers que dejaron mucho que desear, Sol Naciente (Rising Sun, 1993) y Acechada (Twisted, 2004), esquema en el que por cierto debemos rescatar dos retratos de época bastante dignos cuyos títulos explicitan de por sí el tópico de base modelo biopic, Letras Prohibidas: La Leyenda del Marqués de Sade (Quills, 2000) y la televisiva Hemingway & Gellhorn (2012), Los Usurpadores de Cuerpos efectivamente representó no sólo la primera película interesante de Kaufman, como decíamos antes parte constituyente de un trío de realizaciones de neto corte nostálgico, sino también una de las primeras y mejores relecturas que haya ofrecido el Hollywood posmoderno, aquí volcando hacia el horror la trama de ciencia ficción Clase B de la epopeya de Siegel, aquella centrada en unas esporas que llegan del espacio, crecen sutilmente y se convierten en unas vainas que detentan la capacidad de imitar cualquier otra forma de vida absorbiendo su anatomía, sus recuerdos y su conducta mientras las víctimas duermen, raudo óbito del original de por medio, por ello el Doctor Miles J. Bennell (Kevin McCarthy) se transformaba en el principal portavoz contra este plan alienígena destinado a sustituir a la población del pueblito de Santa Mira con unos duplicados de temperamento glacial o insensible. El realizador, un militante de izquierda y fan confeso del primer film, retoma y exacerba con furia muchos de los latiguillos conceptuales del pasado como por ejemplo el engaño como herramienta de manipulación, la lucha interna entre resistencia y conformismo/ complacencia, la huida ad infinitum a lo largo de territorio otrora familiar y ahora ocupado por infiltrados, la mentalidad de panal y la supresión de esa individualidad en tanto pensamiento crítico, la desconfianza ante el vecino o ascenso de la cultura de la delación, las emociones y la empatía como signos de humanidad en el reino de la crueldad psicopática, una metamorfosis identitaria nocturna símil secreto de quienes abogaban por la solidaridad, la corrupción empardada a la destrucción institucional -la posesión, la mentira y la asimilación mutan en sinónimos- y este mismo “renacimiento” psicológico a través de un condicionamiento externo que resulta homogeneizador por su universalidad anodina, amén del “doble filo” de un espionaje que sirve tanto para embestir como para defenderse mimetizándose con el adversario en el momento en el que se siente más seguro o protegido.
De nuevo el relato está basado en la no particularmente brillante novela de 1954 y 1955 de Jack Finney, en gran parte robada de la muy superior Amos de Títeres (The Puppet Masters, 1951), de Robert A. Heinlein, y en esta oportunidad el sencillo guión es responsabilidad de W.D. Richter, artesano asimismo conocido por haber dirigido un par de fantasías tontuelas, Las Aventuras de Buckaroo Banzai (The Adventures of Buckaroo Banzai Across the 8th Dimension, 1984) e Hibernados (Late for Dinner, 1991), y por haber escrito propuestas varias en línea con Nickelodeon (1976), de Peter Bogdanovich, Drácula (1979), de John Badham, Brubaker (1980), de Stuart Rosenberg, Rescate en el Barrio Chino (Big Trouble in Little China, 1986), opus de John Carpenter, La Tienda de los Deseos Malignos (Needful Things, 1993), de Fraser C. Heston, y Feriados en Familia (Home for the Holidays, 1995), de Jodie Foster. El asunto, ahora mucho más agresivo para con la burocracia pública y su lamentable capacidad de respuesta ante las debacles, comienza con el viaje espacial de las esporas desde un planeta moribundo hasta la Tierra, logrando tocar el suelo y la vegetación mediante la lluvia para engendrar unas flores rosas apócrifas que a su vez constituyen el estadio iniciático de un ciclo vital parasitario, panorama que supone la duplicación de los seres humanos mediante unas vainas enormes de las que “nacen” los impostores mientras secan la vida de los bípedos originales al dormir. Los protagonistas son dos funcionarios del Departamento de Sanidad de San Francisco, el inspector Matthew Bennell (un Donald Sutherland perfecto) y la laboratorista Elizabeth Driscoll (Brooke Adams), pivotes de un triángulo amoroso que se completa con el novio de la mujer, Geoffrey Howell (Art Hindle), bobo que se la pasa lobotomizado delante de la TV viendo básquet y que por supuesto es la primera víctima de los invasores después de que ella cortase una de las florcitas del espanto en un parque público. Elizabeth pronto se percata del reemplazo y acude a Matthew, quien sin preámbulos la presenta a un psiquiatra metamorfoseado en gurú de autoayuda, el Doctor David Kibner (Leonard Nimoy), y a un matrimonio de amigos esotéricos que regentan un spa con baños de barro, Jack (Jeff Goldblum) y Nancy Bellicec (Veronica Cartwright). El grupo padece sucesivos intentos de sustitución nocturna, empezando por Jack y Elizabeth, y sufre la terca incredulidad de Kibner y del aparato estatal en su conjunto, policía y distintas agencias incluidas, no obstante eventualmente descubren que el loquero ya fue reemplazado y que esta avanzada extraterrestre tomó posesión de casi toda la ciudad de San Francisco.
Tan cercana al film noir deforme y la retro sci-fi cincuentosa como homologada al thriller neurótico hitchcockiano y las faenas de terror en torno a muertos vivientes simbólicos, Los Usurpadores de Cuerpos no supera ni remotamente a la joya primigenia aunque consigue actualizarla con inteligencia mediante factores en contra y a favor, por un lado resultando demasiado extensa y entregando un soundtrack muy cutre y una edición demasiado brusca que en su momento fue vanguardista y hoy resulta demodé, cortesía respectivamente de Denny Zeitlin y Douglas Stewart, y por el otro lado ofreciendo un elenco extraordinario, buenos efectos especiales y unos gritos francamente aterradores -concebidos por Ben Burtt- por parte de la llamada “gente de las vainas”/ pod people que reproducen el chillido de un cerdo asustado, aquí oficiando de indicios de la caza de brujas fascistoide más imbécil, conformista y atroz, además de algunas pinceladas socarronas nostálgicas (los cameos de Siegel como un taxista y de McCarthy prácticamente reproduciendo sus alaridos de alarma del opus de 1956) y surrealistas (la insólita presencia en el último acto de un híbrido perro/ humano y de Robert Duvall al comienzo como un sacerdote en un columpio de plaza). La denuncia del macartismo claustrofóbico de mediados del Siglo XX muta en una parábola acerca de la ansiedad posmoderna, los misterios del ADN, la insatisfacción sexual citadina, el nihilismo de los 70, la contaminación planetaria, las patrañas y miedos prefabricados del capitalismo y su consumo robotizado y por supuesto esas conspiranoias hermanadas a un tejido social cada día más fragmentado, hipócrita y frustrante por la falta de comunicación entre iguales. Mientras explora un doloroso conflicto, vida automatizada versus existencia con sentido/ anhelos/ vocación, y utiliza al sueño como metáfora de un marasmo intelectual burgués que anula la voluntad y conduce a odiar al diferente, gran detalle que no ha perdido vigencia en nuestro presente digital, Kaufman apela a un ritmo esquizofrénico, siempre entre reposado e histérico freak, y señala al negacionismo, la superioridad moral farsesca y el psicologismo barato de chicanas, fórmulas new age, embustes y frases hechas como las herramientas favoritas de la derecha al servicio del statu quo más parasitario que suprime el disenso en toda asimilación doctrinaria, de allí se comprende el pesimismo del film a la sombra del Escándalo Watergate, la Guerra de Vietnam y la reconversión del hippismo y la contracultura en el hedonismo irresponsable o egoísta del nuevo capitalismo, régimen cuya mascarada crea la complicidad apática del vulgo y transforma a casi todos en vegetales…
Los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Estados Unidos, 1978)
Dirección: Philip Kaufman. Guión: W.D. Richter. Elenco: Donald Sutherland, Brooke Adams, Jeff Goldblum, Veronica Cartwright, Leonard Nimoy, Art Hindle, Lelia Goldoni, Kevin McCarthy, Don Siegel, Robert Duvall. Producción: Robert H. Solo. Duración: 116 minutos.