La Espada de la Bestia (Kedamono no ken)

Sangre en la montaña dorada

Por Emiliano Fernández

Si la pensamos dentro del género histórico en el que se engloba, las películas de samuráis o chanbara, a su vez un subgrupo dentro de la categorización más amplia de los dramas de época o jidaigeki, La Espada de la Bestia (Kedamono no ken, 1965) es tanto una rareza como un ejemplo paradigmático de los engranajes más clásicos del formato centrado en la clase social militar del Japón tradicional y en su estricto código de ética, el bushidô, el cual enarbola principios varios como el honor, la valentía, la compasión, la justicia y sobre todo la lealtad y el respeto al superior de turno, léase el señor feudal o daimio: el segundo film de Hideo Gosha luego de la también muy recordada Tres Samuráis Forajidos (Sanbiki no Samurai, 1964), señor que se transformaría en todo un especialista del chanbara a lo largo de la década del 60, resulta una sutil anomalía dentro del género que popularizaron Akira Kurosawa, Masaki Kobayashi y Kihachi Okamoto, entre muchos otros, ya que puede leerse sin ningún problema como un western hecho y derecho que no pretende disimular para nada la influencia del sustrato hollywoodense del Viejo Oeste aunque ahora en versión oriental y hasta incluyendo algunas tomas subjetivas pregiallo y muy vanguardistas para su época, circunstancia que -por otro lado- no niega la verdad adicional de que estamos ante un exponente del cine de samuráis que reúne todos los ingredientes característicos o más transitados del género como por ejemplo un marco narrativo de aventuras, intrigas políticas, detalles propios del melodrama y hasta traiciones, exilios y venganzas tácitas que no tienen nada que envidiarle a aquellas del film noir de mediados del Siglo XX, a su vez comarcas heterogéneas en las que brillaría a posteriori un Gosha que dedicaría la década del 70 a intensas películas de yakuzas y los 80 a melodramas cargados de violencia y sexualidad.

 

Como suele suceder en los campos del jidaigeki y el chanbara, la historia se centra en las postrimerías del Período Edo o Shogunato Tokugawa (1600-1868), una etapa en la que se centraliza y unifica el aparato estatal nipón y las autoridades deben realizar interminables concesiones a las potencias occidentales para abrir el comercio y quebrar la insistente política de aislamiento del Japón, lo que genera la aparición de sectores opositores hiper nacionalistas y xenófobos que reclamaban la modernización técnica y bélica del país, el fin del shogunato o bakufu y la entrega del poder militar y político al emperador, hasta ese momento una figura simbólica porque la hegemonía real recaía en el daimio más poderoso o shôgun. La situación asimismo dejaba a buena parte de la otrora imbatible clase guerrera en crisis o sin trabajo a la vista por la tendencia del Shogunato Tokugawa a quitarle poder a los daimios regionales y su milicia específica, la cual también estaba convulsionada y dividida entre partidarios de las reformas nacionalistas y una occidentalización moderada de talante bélico y aquellos otros que defendían al shôgun, así el relato se centra en 1857 y en un rônin o samurái sin amo, Yuuki Gennosuke (Mikijirô Hira), transformado en fugitivo luego de matar al consejero en jefe de su clan a raíz del engaño de otro samurái que amparó sus pretensiones reformistas bajo la condición de asesinar al susodicho para convertirse él en el nuevo chambelán, derivando en perfidia automática porque de inmediato Gennosuke fue proscripto y se convirtió en blanco de una cacería encabezada por la única hija del consejero fallecido, Misa (Toshie Kimura), su prometido Daizaburo Torio (Kantarô Suga) y el maestro espadachín del clan Gundayu Katori (Takeshi Katô), una partida obsesionada con darle muerte a su presa persiguiéndola a través de todo el país si así fuese necesario.

 

Esta homologación conceptual de fondo del ingenioso guión del director y Eizaburo Shiba entre la bestia salvaje del título y el rônin que lucha angustiosamente por su vida, y entre la gran crueldad del cazador y esas fuerzas de represión que el dinero puede comprar, apunta a ironizar sobre la casi inexistente frontera entre civilización y barbarie -en lo que a la vileza e hipocresía del ser humano se refiere- y también a denunciar el dejo farsesco del bushidô, cuyas nociones de honor y respeto quedan completamente licuadas ante el homicidio en cuestión, la traición de la que fue objeto el protagonista y la manía de venganza del grupete que le pisa los talones al prófugo todo el tiempo, haciendo que el otrora digno samurái mute en un animal que corre por su vida y hasta se asocia con un campesino empobrecido del montón, Tanji (Kunie Tanaka), quien sueña con encontrar oro en la Montaña Shirane, por más que la región pertenece a nada menos que el shogunato y la pena por meterse en sus dominios es una simpática decapitación. Gosha trabaja muy bien la desesperación de un Gennosuke que necesita el oro para seguir huyendo y deduce que la profusión de cadáveres que bajan por el río de la serranía se debe a la presencia cierta de riqueza, lo que a su vez permite la combinación retórica con otra pareja de buscadores de oro que habitan en las inmediaciones, la compuesta por el matrimonio de Jurata Yamane (Gô Katô) y Taka (Shima Iwashita), el primero un samurái que lleva años robando oro del lugar a instancias de su ignoto clan, ese que también se prepara para traicionarlo una vez que llegue con sicarios para retirar lo recolectado y faenar al hombre y la mujer en calidad de testigos del asuntillo. Yuuki pasa de querer robarles el oro a Jurata y Taka a identificarse con ellos una vez que descubre que pronto serán traicionados de boca de Osen (Yôko Mihara), una cómplice/ agente de enlace de la pareja que habita en un poblado cercano y se entera del plan para matarlos, sumada a la amenaza variopinta de oficiales del gobierno, tres bandidos vagabundos de la zona y el mismo contingente de Misa, Daizaburo, Gundayu y sus aliados circunstanciales. Yamane también experimenta una relativización ética cuando debiendo elegir entre el oro y su mujer, porque el trío de malhechores la tienen cautiva, opta por el tesoro dorado y así la lleva a los brazos de un Gennosuke proclive a salvarla, antihéroe que encuentra su espejo en un Jurata que después se echa atrás en su decisión cuando estando ante el mismo dilema elige a la fémina aunque con muy trágicas consecuencias para ambos.

 

Gosha, responsable además de otros clásicos del chanbara no tan conocidos en Occidente como por ejemplo las también gloriosas El Secreto de la Urna (Tange Sazen: Hien Iaigiri, 1966), Lobo Samurái (Kiba Ôkaminosuke, 1966), Lobo Samurái 2 (Kiba Ôkaminosuke: Jigoku Giri, 1967), Tiranía (Goyôkin, 1969) e Hitokiri (1969), incluso complejiza a los personajes femeninos ya que Osen pasa de desear la rauda muerte de Yuuki, porque la escuchó asfixiando a uno de los esbirros estatales que atacaron a Jurata, a avisarle de una emboscada, terminando para colmo ahogada en las agitadas aguas de la corriente por los rônins contratados por su propio clan, amén de una Taka que va y viene entre su esposo y su amante, Gennosuke, y de una Misa que termina violada por los loquitos errantes y renunciando -al igual que Daizaburo- a la cruzada de desquite en general al comprender y vivenciar de primera mano el fariseísmo de los códigos de ética de los clanes y lo ridículo de la obediencia fanática a preceptos que se esfuman de repente cuando la posibilidad de conseguir dinero fácil o hacerse de una posición de mayor poder se asoma en el horizonte. Aquí las figuras de autoridad, hablamos de los representantes de los clanes de Yamane y Gennosuke y de esos funcionarios públicos siempre con ganas de masacrar a cualquiera que ose vagar por la Montaña Shirane, constituyen ejemplos de la manipulación más alevosa e ingrata que se sirve de pobres diablos ambiciosos para tercerizar diversos “trabajos sucios” que prefirieren no hacer ellos mismos, algo así como una capa parasitaria que crea su mano de obra semi esclava con vistas a conservar sus garfios limpios vía promesas difusas -que no piensan cumplir, por supuesto- sobre una renovación ideológica, un ingreso fijo jugoso o el simple ascenso de escalafón dentro de la pirámide social y/ o institucional. Más que una excusa para los maravillosos duelos entre estos amigos de la katana cual escenas aguerridas de un western o un relato de aventuras, la sangre y los ultrajes producto de las traiciones de todo tipo adquieren la forma de un análisis bien amargo y adictivo de las miserias del ejercicio del poder más concentrado y demagógico, con Gosha exprimiendo al máximo la enérgica fotografía de Toshitada Tsuchiya y la genial música de Toshiaki Tsushima, ejes fundamentales de una obra sobre la ingenuidad popular y el maquiavelismo de siempre de una plutocracia que canibaliza a cualquiera que se le ponga adelante sin que importen la piedad ni la mesura ni la honestidad ni los marcos doctrinarios que ellos mismos crearon…

 

La Espada de la Bestia (Kedamono no ken, Japón, 1965)

Dirección: Hideo Gosha. Guión: Hideo Gosha y Eizaburo Shiba. Elenco: Mikijirô Hira, Gô Katô, Shima Iwashita, Kunie Tanaka, Toshie Kimura, Kantarô Suga, Yôko Mihara, Takeshi Katô, Eijirô Tôno, Shigeru Amachi. Producción: Masayuki Satô y Gin’ichi Kishimoto. Duración: 85 minutos.

Puntaje: 9