Marcelino, Pan y Vino

Santificado sea tu nombre

Por Emiliano Fernández

El director húngaro Ladislao Vajda fue un típico artesano de comienzos y mediados del Siglo XX que se paseó por diversos países según sus intereses artísticos, los cataclismos de cada nación y las posibilidades o perspectivas concretas en materia laboral que las distintas subdivisiones europeas ofrecían en su momento, señor que empezó como guionista y editor en las décadas del 20 y 30 para luego saltar a la realización y dar rienda suelta a un periplo itinerante que lo llevó a rodar en su Hungría natal, Francia, Italia, el Reino Unido, Portugal, Alemania, Suiza y en especial España, donde desarrolló buena parte de su carrera y aplicó las lecciones del expresionismo de Fritz Lang y Robert Wiene, como la efervescencia retórica, el cuidado en la puesta en escena, cierto tono alegórico y esa iluminación con claroscuros subyugantes, amén de un realismo de cadencia moderna muy influenciado por Georg Wilhelm Pabst. Luego de unos comienzos desparejos que progresivamente cayeron en el olvido con la excepción anecdótica de Te Quiero para mí (1944), debut en cine de la legendaria Sara Montiel, hermosa actriz y cantante que gozó de una enorme popularidad, Vajda comienza a destacarse en los años 50 con obras como Carne de Horca (1953) y Tarde de Toros (1956), prólogo conceptual para su “período de gloria” de la mano de una trilogía de colaboraciones con el gran niño actor Pablito Calvo, hablamos de Marcelino, Pan y Vino (1955), Mi Tío Jacinto (1956) y Un Ángel Pasó por Brooklyn (Un Angelo è Sceso a Brooklyn, 1957), y de la recordada El Cebo (Es Geschah am Hellichten Tag, 1958), obra maestra del policial escrita por el suizo Friedrich Dürrenmatt y eje de una retahíla de remakes que abarcan la italiana de 1979 de Alberto Negrin, la húngara de 1990 de György Fehér, aquella holandesa de 1996 de Rudolf van den Berg, la alemana de 1997 de Nico Hofmann, la hindú de 2018 de Ram Kumar y la norteamericana de Sean Penn, Código de Honor (The Pledge, 2001), sin duda alguna la más célebre del lote no sólo por la magistral actuación de Jack Nicholson como el detective protagonista, Jerry Black, sino también porque Penn incorporó el final sombrío que el propio Dürrenmatt prefería y que materializó a posteriori en una novela inspirada en su guión, La Promesa (Das Versprechen, 1958), aparecida casi en simultáneo con respecto a la película y por ello terminando algo opacada.

 

Antes de que Vajda derrapase nuevamente con sus trabajos alemanes correspondientes al final de su derrotero profesional en consonancia con su fallecimiento en 1965 en Barcelona a los 58 años de un infarto, etapa caracterizada por las eclécticas Un Hombre Atraviesa la Pared (Ein Mann Geht Durch die Wand, 1959), Las Sombras se Alargan (Die Schatten Werden Länger, 1961) y El Faro (Das Feuerschiff, 1963), también conocida como Atraco, esta última siendo objeto de dos remakes, las homónimas de 2008 del germano Florian Gärtner y de 1985 del querido realizador polaco Jerzy Skolimowski, aquella protagonizada por Robert Duvall, Klaus Maria Brandauer y William Forsythe, el húngaro consiguió su mayor éxito de taquilla y crítica hasta entonces con la inconmensurable Marcelino, Pan y Vino, quizás la mejor realización familiar y religiosa de la historia del séptimo arte y nuevo eje para una multitud de reversiones que definitivamente nos obligan a categorizar al de por sí desparejo Ladislao como el campeón del material fílmico presto a ser reversionado desde los más coloridos extremos del globo, pensemos para el caso que el film que nos ocupa desencadenó a la distancia Rayito de Luz (2000-2001), famosa telenovela de Televisa, y la serie animada Marcelino (2001-2005), coproducción entre Francia, Japón y España, y fue reinterpretado en formato cinematográfico en 1979 por el filipino Mario O’Hara, en 1991 por el italiano Luigi Comencini y en 2010 por el venezolano/ mexicano José Luis Gutiérrez Arias, todos opus muy inferiores con respecto al original español de 1955. El guión corrió por cuenta del director y José María Sánchez-Silva y está inspirado en la novela homónima del segundo de 1953, a su vez basada en una leyenda medieval que fue recopilada para la posteridad en uno de los muchos volúmenes que surgieron del scriptorium real o Escuela de Traductores de Toledo de Alfonso X de Castilla y León, llamado “El Sabio”, siendo por cierto el tal Sánchez-Silva un personaje bastante paradójico porque por un lado fue capaz de entregarnos esta joya del cine y por el otro le dedicó loas patéticas a su amado Francisco Franco en un par de documentales propagandísticos de la dictadura, Franco, ese Hombre (1964), de José Luis Sáenz de Heredia, y Morir en España (1965), de Mariano Ozores, respuesta a la extraordinaria Morir en Madrid (Mourir à Madrid, 1963), de Frédéric Rossif.

 

La historia comienza a fines del Siglo XIX o comienzos del Siglo XX e involucra en un principio a un fraile franciscano (Fernando Rey) que baja de un monasterio de un pueblito español para ver y consolar a un niña agonizante en medio de una celebración popular en la que todos los habitantes de la región hacen el camino exactamente inverso, subiendo hacia el hogar de los monjes. El personaje del eterno Rey, narrador explícito de la faena en su conjunto, empieza a relatar a la nena en su cama la historia detrás de la fiesta popular del día, todo ante la mirada cabizbaja de los padres, Nicolás (Francisco Arenzana) y su esposa (Carlota Bilbao), quienes tampoco tienen presente la crónica de turno que con el tiempo adquirió el estatuto de mito social destinado a reproducirse en el imaginario público. Luego de la Guerra de la Independencia Española, dentro de la coyuntura general de las Guerras Napoleónicas (1803-1815), los locales expulsaron a los invasores franceses mediante una batalla que tuvo por sede principal a una edificación que quedó en ruinas y que fue reconstruida por tres frailes con el beneplácito del alcalde, llegando a habitar el lugar doce sacerdotes encabezados por el Padre Superior (Rafael Rivelles), a quien de hecho recurre el Hermano Portero (Antonio Vico) cuando halla un bebé abandonado en el monasterio. Primero los frailes averiguan en la zona y terminan descubriendo que los progenitores del nene están muertos, después se proponen buscarle una familia adoptiva pero los esfuerzos son en vano y finalmente optan por quedarse con el purrete y compartir la obligación de cuidarlo, no obstante se ganan un enemigo poderoso porque el nuevo alcalde, el herrero maquiavélico y violento Pascual (José Marco Davó), casado con esa obediente Alfonsa (Carmen Carbonell), amenaza con echarlos, ya que el monasterio está levantado sobre terrenos del ayuntamiento, si no le dan al niño cual trofeo egoísta debido a que uno de los monjes primero le ofreció al mocoso y luego se desdijo al atestiguar los castigos a los que somete a sus propios vástagos. Como no consigue la firma necesaria de los concejales para la expulsión, Pascual se resigna y deja que los clérigos permanezcan en el lugar y críen y nombren al expósito Marcelino según el santo del día de su bautismo, haciendo de padrino el Padre Tomás (Juan Calvo), el cocinero del recinto sacro. Pasados cinco años, Marcelino (Calvo) es un niño común y corriente aunque obsesionado con la ausencia de una figura materna como todo huérfano, por ello un día charla con una mujer (Isabel de Pomés) que tiene de hijo a un tal Manuel de la edad del protagonista, un purrete al que Marcelino nunca ve pero que se transforma en su amigo imaginario de allí en más. Apodando a Tomás como Fray Papilla, al encargado de la campana Fray Talán (Joaquín Roa) y al profesor avejentado Fray Malo (Mariano Azaña), ese que le enseña de a poco a leer y escribir, el niño cuestiona y juega con frenesí, despierta el desprecio del alcalde, es picado por un escorpión y genera una hecatombe en una feria cuando toma una manzana y desencadena la estampida de una yunta de bueyes y muchos destrozos subsiguientes. Pascual obtiene la excusa que estaba esperando para echar sin piedad a los monjes y así les da un mes de plazo en lo que atañe al abandono terminal del monasterio, pero una sorpresa santa aguarda para destruir sus planes.

 

Si bien esa primera hora del metraje es excelente y en gran medida se mueve dentro de los límites de una especie de neorrealismo afable amigo de las fábulas populares y los cuentos para niños, en realidad es la media hora final del relato la que emparda al opus de Vajda con la tradición cristiana del martirio y la sutil elevación espiritual tracción a humildad, inocencia y miseria, esquema que se remonta a La Pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928), de Carl Theodor Dreyer, pasa por epopeyas como Francisco, Juglar de Dios (Francesco, Giullare di Dio, 1950), de Roberto Rossellini, y Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951), de Vittorio De Sica, y llega a El Evangelio según San Mateo (Il Vangelo secondo Matteo, 1964), de Pier Paolo Pasolini. De la misma forma se puede leer a la historia hasta ese punto como una alegoría acerca de una insólita paternidad compartida monástica o quizás como una semblanza dickensiana alrededor de la pobreza de los frailes y su vástago adoptivo y la codicia y el carácter repulsivo/ execrable de representantes de la burguesía, el Estado y los parásitos económicos en general como nuestro Pascual del maravilloso José Marco Davó, sin embargo el último acto de la faena abre la puerta a las abstracciones conceptuales de toda índole porque le permite a cada espectador juzgar si lo que acontece es un fenómeno de histeria católica masiva o quizás efectivamente un milagro inexplicable fruto de la candidez y el esfuerzo del mocoso y del ambiente de puro despojo y pura abnegación solidaria ad infinitum en el que fue criado, el monasterio de los frailes franciscanos, una orden que vive de la caridad y de los productos del suelo y que en sí no puede poseer nada, por ello cuando el primer alcalde -justo antes de morir- le ofrece al Padre Superior donarle el terreno éste se niega ya que los seguidores de San Francisco de Asís hacen de la desnudez material su gran e irrevocable fetiche. Desde el momento en que Marcelino sube por determinadas escaleras prohibidas de la orden, esas que llevan a un depósito de herramientas y un cuarto muy oscuro en donde se guarda una escultura barroca de Jesucristo en la cruz, hasta el instante en que comienza a llevarle trozos de pan, algo de vino, carne roja o pescado y una frazada a un Cristo que baja para degustar los manjares y rebautizarlo, precisamente, “Marcelino, Pan y Vino”, lo que implica que el Padre Tomás lo espía, atestigua el hecho e incluso invita a todos los otros frailes a ver cómo Jesús lo premia concediéndole aquello que más desea, ver a su madre y a la madre de Cristo, matándolo de hecho al adormecerlo cual viaje al Paraíso, el film logra sintetizar con la misma historia de base, una buena dosis de naturalismo y un mini efecto lumínico cegador lo que tantas obras religiosas semejantes pretendieron explicitar vía una perorata moralizadora redundante y casi siempre insoportable, eso de que la salvación está en el respeto y el cuidado del otro y no en la autoindulgencia, el cinismo, la plutocracia o el poder concentrado y soberbio de la modernidad. La poesía expresionista del director de los 30 minutos finales, apuntalada en manos sin rostro, locuciones en off, una semi oscuridad y la simpatía de Pablito Calvo, hace más por la humanización de Jesucristo y el “santificado sea tu nombre” del Padrenuestro, la oración cristiana por antonomasia, que todo el resto del cine sacrosanto en su totalidad…

 

Marcelino, Pan y Vino (España/ Italia, 1955)

Dirección: Ladislao Vajda. Guión: Ladislao Vajda y José María Sánchez-Silva. Elenco: Pablito Calvo, Fernando Rey, Rafael Rivelles, Antonio Vico, Juan Calvo, José Marco Davó, Mariano Azaña, Joaquín Roa, Isabel de Pomés, Carmen Carbonell. Producción: Vicente Sempere. Duración: 86 minutos.

Puntaje: 10