La nueva película de Sean Baker, Red Rocket (2021), va a contrapelo del cine actual porque en vez de sermonearnos sobre la conducta reprobable del protagonista, nada menos que un actor porno reconvertido en proxeneta en potencia, simplemente deja que los hechos fluyan por sí solos y el espectador saque sus conclusiones, éstas alejadas de los reduccionismos y la manipulación sentimental y ética del mainstream y el indie de hoy en día gracias a que el director y guionista vuelve a construir un retrato complejo y humanista de la existencia de los marginados en la sociedad de la supuesta abundancia y prosperidad, Estados Unidos, país lo suficientemente delirante como para elegir a Donald Trump como presidente y con un enorme volumen de su población viviendo en la indigencia. En tiempos de corrección política y un mandato cultural tácito de condena obligatoria para aquellos que son juzgados como villanos o como personajes nocivos, Baker patea el tablero y señala que los prejuicios siempre son una piedra en el zapato ya sea que estemos hablando de las víctimas o de los victimarios, un planteo ideológico que implica dejar de lado los clichés al momento del análisis y pensar las múltiples capas de cada persona y los ingredientes que los hacen ser lo que son, por ello nuestro protagonista, Mikey (Simon Rex), en parte se parece bastante a la travesti Sin-Dee Rella (Kitana Kiki Rodríguez) de Tangerine (2015) y a la madre soltera Halley (Bria Vinaite) de The Florida Project (2017), otros dos personajes protagónicos que se ven obligados a recurrir al sexo como moneda de cambio y forma de vida ya que es la única opción que la comunidad les deja para garantizar su supervivencia un día más, en esta oportunidad con la gran diferencia de que en aquellos casos la prostitución era en primera persona y ahora tenemos delante nuestro la perspectiva del infaltable alcahuete, alguien que definitivamente también conoce el otro lado del negocio aunque de todos modos, al verse expulsado por su edad de la colorida industria norteamericana del porno, prefiere explotar a un tercero antes que seguir siendo un paria en el único rubro laboral que entiende en serio.
Si bien el motivo del lenocinio ya estaba presente en la previa Starlet (2012), protagonizada por una tal Jane (Dree Hemingway) que trabajaba en el cine para adultos bajo el seudónimo de Tess, en realidad la susodicha era una faena que respondía sutilmente a la primera etapa de la carrera de Baker porque el eje estaba más volcado a la difícil relación que la chica entablaba con una jubilada octogenaria llamada Sadie (Beseka Johnson), a la que le compra un termo para descubrir en su interior nada menos que diez mil dólares, en suma un film que exploraba las diferencias intergeneracionales y el devenir de los marginados clásicos en línea con los inmigrantes de Take Out (2004), de China, y Prince of Broadway (2008), de Ghana, amén de los jóvenes de los suburbios de su ópera prima, Four Letter Words (2000). Desde que alcanzó la fama en el circuito indie mundial con Starlet y en especial Tangerine, esta última una joya filmada con tres smartphones iPhone 5S, Baker se ha especializado en el comercio sexual y ha construido una especie de trilogía implícita que abarca Red Rocket, la citada Tangerine, en la que Sin-Dee Rella, junto con su amiga y también travesti y furcia Alexandra (Mya Taylor), se pasaba todo el metraje buscando en Los Ángeles a su novio y proxeneta, Chester (James Ransone), para cagarlo bien a trompadas por serle infiel con lo más degradante que jamás pisó la tierra, una mujer, específicamente una meretriz común y corriente que responde al nombre de Dinah (Mickey O’Hagan), y por supuesto la genial The Florida Project, estudio de la pobreza a escasos metros de Walt Disney World, uno de los parques temáticos más ricos del planeta, y sobre todo de la familia de Halley, una bailarina exótica que cae en la prostitución luego de trabajar como niñera y vendedora ambulante de perfumes a turistas, y su hija de seis años Moonee (Brooklynn Prince), siempre ambas a punto de mutar en homeless mientras la nena se hace amiga de una vecina, Jancey (Valeria Cotto), y el manager del hotel donde viven, Bobby Hicks (Willem Dafoe), hace lo posible para proteger a los niños de pedófilos y sus mismas travesuras, muy peligrosas por cierto.
Como siempre en el caso de las fábulas neorrealistas y los guiones en general de Baker y su colaborador Chris Bergoch, el mismo de los tres opus anteriores del neoyorquino, la trama es minúscula, apunta al desarrollo escalonado de personajes y se centra en una premisa muy sencilla que va a abriendo sus alas de a poco, en esta ocasión el regreso de Mikey a su pueblo natal de Texas, Texas City, luego de haber recibido una paliza circunstancial y ya no conseguir trabajo estable en el ecosistema porno de Los Ángeles por una cuestión de edad y un claro cansancio después de 17 años de una vida consagrada al cine para adultos. El hombre no tiene mejor idea que presentarse en la casa de la que fuera su esposa antes de abandonarla, partir al exilio y jamás molestarse en iniciar el trámite de divorcio, Lexi (Bree Elrod), una mujer de mediana edad que vive junto a su avejentada pero muy vivaz madre, Lil (Brenda Deiss), y una perra afable que siempre está acostada en la puerta del humilde hogar, Sophie. El señor es un charlatán compulsivo y cuando va a buscar trabajo no puede callar el detalle de que le dedicó al porno casi todo su periplo laboral luego del secundario, por ello nadie lo toma como empleado y se ve obligado a vender marihuana a los lugareños a partir de la materia prima que le ofrece Leondria (Judy Hill), una figura semi mafiosa del lugar. Mientras vive y paga alquiler en la casa de su ex pareja, Mikey comienza a tener sexo de nuevo con Lexi, provocando que la mujer se enamore otra vez, y se obsesiona con una adolescente de 17 años, la adorable pelirroja Strawberry (una perfecta Suzanna Son), que trabaja en el mostrador de una tienda de venta de donas propiedad de la Señora Phan (Shih-Ching Tsou). Después de forzar la separación entre la púber y su noviecito, Nash (Parker Bigham), el cuasi pederasta pergeña un plan para volver a Los Ángeles y reingresar a la industria en calidad de novio/ representante/ administrador de la que él considera una futura estrella del rubro, Strawberry, a la que engatusa para que renuncie a su trabajo y se vaya con él sin tomar conciencia de la rauda venganza que le espera de parte de Lexi y Lil.
La película, una vez más producida y editada por el mismísimo Baker, combina primero las tomas mayormente estáticas de la fotografía de Drew Daniels, exponentes de una sequedad expresiva que apuntala el tono tragicómico del film, segundo otro leitmotiv musical algo mucho bizarro, hoy por hoy nada menos que Bye, Bye, Bye (2000), de NSYNC, y tercero un estupendo desempeño del multifacético Simon Rex, un profesional todo terreno que fue VJ de MTV, actor televisivo, modelo, comediante, vocalista de hip hop, cara conocida de la franquicia que empezó con la lejana Scary Movie (2000), de Keenen Ivory Wayans, y hasta intérprete pornográfico bajo el apodo de Sebastián en una serie de escenas de masturbación en solitario para el segmento homosexual del emporio hollywoodense menos conocido. Como si se tratase de una versión maximizada y mucho más profunda de aquel Chester de Tangerine, Mikey es un personaje contradictorio -como lo somos todos en la praxis real, no así en la muchas veces esquemática o maniquea pantalla- que por un lado despierta empatía por su verborragia entre ingenua y arrogante de impronta pueril, siempre colaborando en cavar su propia tumba a lo ruina financiera digna de un perdedor eterno típico del ámbito cultural underground, y por el otro lado genera rechazo debido a que se la pasa simulando cordialidad, respeto y “buenas intenciones” cuando en verdad utiliza a todo su entorno para su propio beneficio, así se sirve de su esposa y la madre de ésta para un refugio temporario, de Strawberry para que le permita vender porros a los trabajadores de la construcción que frecuentan la tienda de donas y para un descabellado proyecto de vuelta a las grandes ligas del porno, y hasta de un vecino patético que lo tiene de ídolo y se hace pasar por veterano de la milicia, Lonnie (Ethan Darbone), para apuntalar su ego en la vida cotidiana, un pobre sujeto que termina asumiendo la responsabilidad de un choque en cadena en una autopista provocado por el impulsivo y torpe Mikey. En vez de construir lazos afectivos reales con las personas que lo rodean o devolver su afecto sincero con fidelidad o algo más que una fachada seductora y hueca, mortales que no lo prejuzgan negativamente por su pasado como estrella porno, el protagonista se entrega a un maquiavelismo de segunda mano con destino de desastre desde el vamos, por ello en el desenlace una Lexi muy furiosa y con el corazón roto le pide a Leondria y en especial a su hija de temer, June (Brittney Rodríguez), que le confisquen casi todo el dinero ahorrado que pretendía utilizar para fugarse con la adolescente, una especie de dialéctica del fracaso en secuencia que desde el punto de vista siempre astuto y sensato de Baker debe extenderse a gran parte de la población no sólo de Estados Unidos sino del globo en su conjunto vía el capitalismo hambreador, violento y extremadamente frustrante y lelo de nuestros días, ese que expulsa mano de obra calificada a montones, cosifica a los seres humanos, neutraliza la rebelión mediante la apatía y el egoísmo y reemplaza trabajo por especulación mientras la miseria y la inflación no dejan de crecer dentro del ciclo de nunca acabar de las crisis sociales, económicas y políticas agudas. Mientras que los burgueses insertados en el sistema se la pasan consagrados en cuerpo y alma a sus respectivos trabajos con tiempos de ocio que se reducen sistemáticamente para continuar aceitando los engranajes de la explotación y cargarle al empleado el peso de los ajustes que decretan el mercado, las multinacionales y sus cómplices gubernamentales, el grueso de los marginados deambulan en un punto muerto sin comienzo ni final justo como los adalides de la desesperación y de la utopía del progreso del cine del director yanqui, un verdadero experto en el retrato de individuos que se pasan sus jornadas frente al televisor, atrapados en trabajos hiper mediocres, charlando sobre pavadas en la puerta de su hogar o paseando sin rumbo fijo en bicicleta como este Mikey a lo largo y ancho de la deprimente Texas City, un enclave laberíntico que Baker pinta con la rigurosidad y honestidad de John Cassavettes y Gus Van Sant y aquel ojo clínico para el naturalismo satírico de Hal Ashby y Billy Wilder, siempre pensando que el sexo rentado y el trabajo tradicional son lo mismo porque ambos traen a colación esa idéntica angustia a largo plazo que en el fondo iguala a Mikey y a su víctima, la hermosa Strawberry, del mismo modo que el título, “cohete rojo”, es una metáfora tanto del pene del hombre como de la tez y del cabello de la muchacha…
Red Rocket (Estados Unidos, 2021)
Dirección: Sean Baker. Guión: Sean Baker y Chris Bergoch. Elenco: Simon Rex, Suzanna Son, Bree Elrod, Brenda Deiss, Judy Hill, Brittney Rodríguez, Ethan Darbone, Shih-Ching Tsou, Parker Bigham, Brandy Kirl. Producción: Sean Baker, Alex Coco, Samantha Quan, Alex Saks y Shih-Ching Tsou. Duración: 128 minutos.