Profundo Carmesí

Si no duele no es amor

Por Emiliano Fernández

Varias son las dimensiones a considerar en lo que respecta a una película de la envergadura de Profundo Carmesí (1996). En primera instancia es una de las obras maestras de Arturo Ripstein, un director mexicano excepcional que concibió una serie de clásicos heterogéneos en la década del 70, El Castillo de la Pureza (1973), El Santo Oficio (1974), La Viuda Negra (1977), El Lugar sin Límites (1978), Cadena Perpetua (1979) y La Tía Alejandra (1979), para luego derrapar durante el primer lustro de los 80 y finalmente encontrar a su colaboradora primordial en la figura de su esposa y guionista de cabecera Paz Alicia Garciadiego, iniciando una muy grata sociedad en ocasión de El Imperio de la Fortuna (1986) y Mentiras Piadosas (1989). En segundo término fue la propuesta que le permitió al cineasta llegar a los distintos mercados de Latinoamérica, quebrando el típico hermetismo cultural de un conjunto de países que a pesar de estar estrechamente vinculados a nivel histórico los unos con los otros, suelen encerrarse en sus fronteras de manera compulsiva en un repliegue que es a la vez conservador y de una ceguera artística preocupante. Y en tercer lugar la película en sí se nos presenta como una generosa anomalía si pensamos que aquí se invierte la polaridad de siempre del ámbito del séptimo arte, eso de “Hollywood toma/ vampiriza anécdotas y episodios de todo el mundo y los adapta a su idiosincrasia más o menos banal”, porque hoy es una cinematografía alternativa, la azteca, la que se inspira en un hecho verídico norteamericano, la historia de los llamados Asesinos de los Corazones Solitarios, “Lonely Hearts Killers” en el inglés original, un dúo de amantes que entre 1947 y 1949 se embarcaron en un raid homicida para sacarle dinero a viudas, los tremendos Raymond Fernández y Martha Beck, ambos ejecutados en 1951 en la prisión de Sing Sing.

 

Resulta de lo más gracioso que si bien este idéntico derrotero criminal fue llevado a la pantalla en otras cuatro oportunidades vía tres películas estadounidenses, la excelente Los Asesinos de la Luna de Miel (The Honeymoon Killers, 1970), la flojísima Corazones Solitarios (Lonely Hearts, 1991) y la apenas potable Amores Asesinos (Lonely Hearts, 2006), y una aventura belga/ francesa, la correcta Alléluia (2014), la verdad es que el único exponente del lote en cuestión que se acerca en serio a la mugrosa faena real es el opus mexicano, principalmente debido a que aquí el personaje que representa a Beck sí tiene dos hijos como la mujer verdadera, a quienes abandona en pos de acompañar a su amado en su peculiar estilo de vida. En Profundo Carmesí, en términos prácticos una especie de road movie de delitos sucesivos, tenemos por un lado a Coral Fabre (Regina Orozco), una enfermera obesa y ensimismada que a mediados del Siglo XX está obsesionada con el actor Charles Boyer y sumida en una soledad que ella adjudica a su gordura, y por otro lado a Nicolás Estrella (Daniel Giménez Cacho), un gigoló que nació en España y se crió en México y que subsiste casándose con mujeres de avanzada edad para heredar su fortuna o simplemente sustrayéndoles unos billetitos luego de tener sexo con ellas. El encuentro entre ambos se produce a través de un aviso de una revista del corazón y cartas mutuas, y a pesar de que en un primer momento él pone como traba para seguir avanzando en la relación a los dos purretes de ella -madre soltera- rápidamente la mujer soluciona el problema cuando los deja en un hospicio entre mares de lágrimas para que sean puestos en adopción. Así la dupla se embarca en un maratón de estafas románticas que derivan en homicidios y que se fundan en una Coral que se hace pasar como la hermana de Nicolás para inspirar confianza.

 

Además del detalle de los críos desechables de ella, planteo que por supuesto el guión de Garciadiego aprovecha para incrementar el sustrato hiper trágico del relato cual mitología griega, también dicen presente otras minucias que se condicen con los individuos reales y que aquí son explotadas de manera magistral para definir la psicología de los atribulados protagonistas, como por ejemplo -primero- el fetiche de él con utilizar un bisoñé, dando a entender que así como la gordura de ella es una fuente inagotable de amargura, para el hombre su calvicie constituye una verdadera debacle que debe tapar de manera permanente porque de hecho vive de la apariencia que proyecta sobre las mujeres, y -segundo- sus cíclicas migrañas cada vez que se pone nervioso o en momentos al azar, en simultáneo un indicio de una brújula moral algo mucho defectuosa y una alusión explícita al Fernández real, a quien a bordo de un barco con destino a los Estados Unidos se le cayó encima una escotilla de acero que le fracturó el cráneo y le lesionó seriamente el lóbulo frontal, algo que muchos consideran una explicación bien literal para su comportamiento psicopático. El periplo de turno incluye a tres pobres viudas, Juanita Norton (Julieta Egurrola), que es envenenada con raticida por la celosa Coral, Irene Gallardo (Marisa Paredes), una fanática cristiana que termina con su cabeza golpeada con una estatuilla católica cuando a la “hermana” de Nicolás se le acaba la paciencia, y finalmente Rebeca Sanpedro (Verónica Merchant), una muchacha joven y bella y con una hija que quiebra el patrón previo de veteranas, una mini familia que también pasa a mejor vida en esencia porque el gigoló no cumple la promesa de “no sexo” con la víctima y deja embarazada a una Rebeca que luego pretende abortar cuando se entera por las malas de la disposición muy violenta del hombre.

 

Justo al igual que las otras grandes realizaciones del mismo período de la trayectoria de Ripstein, léase esa gloriosa década del 90 que incluye joyitas como La Mujer del Puerto (1991), Principio y Fin (1993), La Reina de la Noche (1994), El Evangelio de las Maravillas (1998), El Coronel no Tiene Quien le Escriba (1999), Así es la Vida (2000) y La Perdición de los Hombres (2000), aquí los rasgos formales del mexicano aparecen en todo su esplendor: hablamos de una estructura narrativa cercana al melodrama y/ o el folletín, un tono macro apesadumbrado, una representación de la corporalidad en términos grotescos, chispazos de humor negro, una puesta en escena minimalista, un fuerte sadismo a nivel del contenido, una sensualidad morbosa y una exaltación del costado más brutal y honesto del devenir humano. En la dialéctica sadomasoquista del binomio central asimismo pueden rastrearse tópicos muy caros al director y su guionista como la soledad, la abulia, las compulsiones irrefrenables, la enajenación, el amor absoluto, la tristeza embotada, los celos, la familia en tanto maldición, el tedio de la repetición existencial, el afán de cambio y desde ya la posibilidad siempre latente de pasar por alto todas las barreras que impone el vulgo o el Estado o la sociedad en su conjunto para entregarse a la egolatría y/ o la propia voluntad y destruir todos los tabúes del caso. Ayudado por la maravillosa fotografía de Guillermo Granillo y la genial música incidental de aires tangueros de David Mansfield, el realizador crea en Profundo Carmesí la que quizás sea la parábola definitiva dentro de su filmografía acerca del cariño homologado al sufrimiento más extremo y fascinante, siempre con la convicción de que si no duele no es amor ya que el verdadero afecto debe estar dispuesto a canibalizar a quien sea del entorno inmediato de la pareja para reafirmarse…

 

Profundo Carmesí (México/ España/ Francia, 1996)

Dirección: Arturo Ripstein. Guión: Paz Alicia Garciadiego. Elenco: Regina Orozco, Daniel Giménez Cacho, Julieta Egurrola, Marisa Paredes, Verónica Merchant, Fernando Palavicini, Patricia Reyes Spíndola, Alexandra Vicencio, Esteban Soberanes, Rosa Furman. Producción: Miguel Necoechea y Pablo Barbachano. Duración: 114 minutos.

Puntaje: 10