Los cinéfilos veteranos siempre relacionamos a Robert Downey Sr. (1936-2021), padre de Robert Downey Jr., con su obra maestra, Putney Swope (1969), parodia altisonante de la industria de la publicidad y la información desde la izquierda aguerrida anti-establishment de la época, y con su jugada masoquista abiertamente vinculada al autosabotaje, Greaser’s Palace (1972), un western abstracto y un tanto indescifrable que derivó en un fracaso de crítica y taquilla, no obstante para el público en general el señor, una figura fundamental en el nacimiento del cine independiente y satírico maduro en yanquilandia, fue un desconocido hasta la aparición de Sr. (2022), documental de Chris Smith para Netflix financiado por el hijo famoso del cineasta y en suma un retrato de sus últimos años de vida y su relación con Jr., ya con el progenitor sufriendo múltiples complicaciones motoras y cognitivas a raíz de esa enfermedad de Parkinson que lo llevaría a fallecer a los 85 años de edad. La trayectoria de Downey Sr., casi completamente volcada a la comedia, comienza con una etapa inicial de trabajos menores, léase Babo 73 (1964), Sweet Smell of Sex (1965) y No More Excuses (1968), y una primera faena de relevancia, Chafed Elbows (1966), aquel desvarío sobre un muchacho que se casaba con su propia madre. Putney Swope, efectivamente, lo pondría de inmediato en el mapa de la efervescente industria cultural de entonces y lo llevaría a su período de oro como artista, ese que asimismo abarca la citada Greaser’s Palace y Pound (1970), convite lamentablemente poco visto y de pretensiones iconoclastas sobre 18 canes interpretados por seres humanos que aguardan su adopción en una perrera, preámbulo para su descenso hacia la adicción a la cocaína y la marihuana y una mediocridad y dificultades financieras que lo acompañarían de allí en adelante durante las décadas por venir, licuando lo que en un primer momento prometía ser el periplo profesional pirotécnico de uno de los pocos verdaderos sobrevivientes del inconformismo de los años 60 y 70 en Estados Unidos.
Después de una película casera que no vio casi nadie y que rápidamente cayó en el olvido, Two Tons of Turquoise to Taos Tonight (1975), también conocida bajo el título de Moment to Moment, Downey Sr. intentó salir del ostracismo vía su debut en el mainstream bajo el amparo -y el yugo- de la Warner Bros., un proyecto bautizado Up the Academy (1980) que pretendió funcionar como exploitation ultra oportunista de Animal House (1978), epopeya exitosa de John Landis que utilizó como artilugio comercial el hecho de venderse como un subproducto de la revista paródica National Lampoon (1970-1998), sin embargo todo una vez más derivó en un generoso desastre porque la revista de turno, la célebre Mad (1952-2025), se desentendió de Up the Academy por la pobreza del guión de Tom Patchett y Jay Tarses, sobre una academia militar para adolescentes. Supuestos proyectos más personales, como America (1986), Rented Lips (1987), Too Much Sun (1990), Hugo Pool (1997) y el documental Rittenhouse Square (2005), sobre una plaza de Filadelfia y una nena violinista, no mejoraron la situación y en el balance sólo engrandecieron a sus tres clásicos de fines de los 60 e inicios de los 70, derrotero que incluye unos tres episodios para The Twilight Zone (1985-1989), refrito de la clásica serie de Rod Serling de las décadas del 50 y 60. Mientras que Putney Swope es el lugar común y Pound la excentricidad asfixiante por antonomasia, Greaser’s Palace se mueve en un terreno intermedio ya que es su opus más conocido luego de la sátira de 1969 contra los imbéciles del ecosistema publicitario y del marketing, en este sentido la propuesta que nos ocupa entrega una representación extremadamente sarcástica del Nuevo Testamento, lo que equivale a la existencia de Jesucristo, y de una sociedad surrealista de frontera donde la violencia, el despojo y el delirio están naturalizados por obra y gracia del jefazo del título, Seaweed Head Greaser (Albert Henderson), un oligarca algo chiflado que se sostiene cobrando impuestos a los habitantes del pueblito en cuestión.
El guión del realizador, como siempre, está construido alrededor de improvisaciones y de premisas apenas insinuadas al elenco y al equipo técnico, aquí la llegada en paracaídas de nuestro Cristo prosaico, Jessy (Allan Arbus, actor que había debutado en Putney Swope), señor que padece amnesia y se la pasa repitiendo a todos los lugareños que está en camino a Jerusalén para ser actor, cantante y bailarín. Greaser, que sufre de estreñimiento y tiene encarcelada a su banda de mariachis, a su madre anciana y a su hija Cólera (Luana Anders), una cantante y stripper, posee un salón/ cantina y adora martirizar al bobo de su vástago varón porque lo acusa de marica, Lamy “Homo” Greaser (Michael Sullivan), por ello lo mata a tiros, con un cuchillo enorme, arrojándolo dentro de un pozo e incluso reventándole los tímpanos con trompetas dirigidas a sus oídos, sólo consiguiendo que Jessy lo regrese a la vida sistemáticamente a través de su imposición de manos y la frase “si sientes, sanarás”. Mientras que la criatura de Arbus mendiga comida, cura dolencias en la zona, improvisa unos pasos de claqué/ tap sobre las aguas de un lago y reemplaza a Cólera arriba de ese escenario que su padre construyó con el dinero rapiñado a los granjeros vecinos, episodio que incluye estigmas en sus manos símil la Pasión, de a poco nos topamos con otros dos personajes importantes, primero un Dios de cabellos blancos (Woodrow Chambliss) que se encuentra con la parca y un cowboy aparatoso de rodeo y segundo una fémina enigmática (Elsie Downey, esposa del director y guionista) que recibe disparos y flechas y atraviesa el desierto después de enterrar a su marido y a su hijo (un pueril Downey Jr.). Eventualmente Greaser logra cagar pero su salón explota de repente y Jessy intima con Cólera aunque es crucificado después de darle agua a la peregrina moribunda que osó ingresar en el páramo, frente a lo cual Dios parece recompensarla resucitando a su esposo y a su hijo por ajusticiar a este Cristo bizarro del Viejo Oeste, quien no deseaba volver al reino etéreo en las alturas.
Interconectando elementos muy diversos en sintonía con la contracultura, el absurdo, la alegoría política, el kitsch, la parodia anticlerical, la dialéctica circense, el humor bien seco, la Revolución Sexual, el misticismo naif, el Movimiento por los Derechos Civiles y por supuesto la burla al anquilosado y decrépito Hollywood Clásico, la realización de Downey Sr. es un producto de un tiempo donde todo parecía posible y el conservadurismo artístico apestoso de siempre estaba en pausa, por ello en esta ocasión nos movemos entre Teorema (1968), joya de Pier Paolo Pasolini, 2001: A Space Odyssey (1968), de Stanley Kubrick, y el Luis Buñuel más religiosamente irreverente de Nazarín (1959), Viridiana (1961) y Simón del Desierto (1965), por un lado, y aquel spaghetti western de Sergio Leone, Sergio Sollima y Sergio Corbucci y el acid western de Alexander Singer, Monte Hellman y especialmente Alejandro Jodorowsky, cuya odisea de cabecera, El Topo (1970), constituye una referencia insoslayable, por el otro lado, amén de cierta noción general orientada a respetar la senda de otros ejercicios fascinantes en autoindulgencia -a mitad de camino entre el mainstream permisivo y el indie terrorista de entonces- como The Hired Hand (1971), de Peter Fonda, y The Last Movie (1971), de Dennis Hopper, dos señores que venían de coincidir en Easy Rider (1969), obra magna acreditada a Hopper en soledad cuando en realidad fue un trabajo en conjunto. Así como antes el director dobló la voz de Swope e hizo estallar el dinero de la industria de la publicidad en el desenlace, ahora dobla a Greaser y explota el “palacio” de madera del título, precisamente la cantina del villano, todo en función de un ritmo hipnótico o decididamente lunático, juegos con lentes y primeros planos desconcertantes, un puñado de secuencias musicales de influjo anacrónico y sobre todo un protagonista hiper estilizado/ desfasado semejante al blackface, hoy con el colorinche del vestuario reemplazando el maquillaje racista en el rostro, y unos cuantos personajes y pormenores grotescos o más bien cercanos a lo fellinesco, pensemos por ejemplo en una monja travesti, un sujeto que viola una estatua indígena, cucharas ceremoniales en una tumba, una aborigen que se pasea en topless (Toni Basil), aquella parca blanca y fantasmal, un poco de kinesiología por parte del protagonista, un enano gay muy “cariñoso”, Mr. Spitunia (Hervé Villechaize, de futura fama televisiva), una ama de casa barbuda y avejentada, algún rifle imaginario que dispara de todos modos, un monje francés que no se decide entre la censura o la celebración de los milagros (Lawrence Wolf), un agente de artistas con casco sideral y zapatos de plataformas modelo glam rock, Morris (Don Calfa), y un secuaz del oligarca que le vive relatando sus aventuras/ fantasías con distintas hembras de la región. Por supuesto que Greaser’s Palace está muy lejos de la perfección porque su naturaleza experimental y amorfa no garantiza coherencia alguna, pero la rica imaginación del film, su capacidad de sorprendernos y la estampa impasible de Arbus en pantalla suman puntos e inyectan una fuerza extravagante que a posteriori desaparecería del acervo discursivo de nuestro artífice detrás de cámaras…
Greaser’s Palace (Estados Unidos, 1972)
Dirección y Guión: Robert Downey Sr. Elenco: Allan Arbus, Albert Henderson, Michael Sullivan, Luana Anders, Hervé Villechaize, Don Calfa, Woodrow Chambliss, Elsie Downey, Toni Basil, Robert Downey Jr. Producción: Cyma Rubin. Duración: 91 minutos.