Todas las Lunas (Ilargi Guztiak)

Siempre es demasiado tiempo

Por Emiliano Fernández

Aquellas dos interpretaciones de comienzos del Siglo XXI por parte de Guillermo del Toro de los conflictos entre la izquierda y la derecha en la España de medianos de la centuria previa, El Espinazo del Diablo (2001) y El Laberinto del Fauno (2006), definitivamente calaron hondo en el imaginario cinematográfico vernáculo porque en los años venideros fueron apareciendo unas cuantas realizaciones locales de terror que retomaron elementos del acervo fantástico símil “cuento de hadas para adultos” marca registrada del realizador, productor y guionista mexicano, uno que por cierto no tiene demasiado que ver con la tradición española del rubro, esa que va desde La Novia Ensangrentada (1972), de Vicente Aranda, y Ceremonia Sangrienta (1973), de Jorge Grau, hasta No Profanar el Sueño de los Muertos (1974), también de Grau, y Tras el Cristal (1986), epopeya perturbadora de Agustí Villaronga, y sí se unifica, en cambio, con aquella vertiente latinoamericana de los relatos de orígenes remotos infantiles y/ o aleccionadores aunque hoy por hoy bastante truculentos, pensemos para el caso en las dos tetralogías de terror del cineasta argentino Carlos Hugo Christensen y del azteca Carlos Enrique Taboada, hablamos primero de La Muerte Camina en la Lluvia (1948), La Trampa (1949), Si Muero Antes de Despertar (1952) y No Abras Nunca esa Puerta (1952) y en segunda instancia de Hasta el Viento Tiene Miedo (1968), El Libro de Piedra (1969), Más Negro que la Noche (1975) y Veneno para las Hadas (1986), todos exponentes que señalan la existencia de una excelente tradición -tan agitada como tenebrosa, tan fundamental como poco conocida- de cine de género en castellano que por supuesto toma elementos del mainstream norteamericano y europeo en general aunque con una idiosincrasia muy propia, volcada a las reformulaciones retóricas con sabor autóctono.

 

Así como los trabajos mencionados de Del Toro generaron en España en el corto y mediano plazo diversos cuentos de hadas para adultos como las fallidas Errementari (2017), de Paul Urkijo Alijo, y Blackwood (Down a Dark Hall, 2018), obra de Rodrigo Cortés, y las más interesantes El Orfanato (2007), de J.A. Bayona, y Secretos Ocultos (Marrowbone, 2017), de Sergio G. Sánchez, toda la corriente en cuestión se condice en términos macros con lo que sería una suerte de “bajada a tierra” de la fantasía pomposa, anglosajona, posmoderna y bien mitológica de los 80, pensemos por ejemplo en films como Leyenda (Legend, 1985), de Ridley Scott, La Princesa Prometida (The Princess Bride, 1987), de Rob Reiner, Willow (1988), de Ron Howard, y el díptico del querido Jim Henson, Laberinto (Labyrinth, 1986) y El Cristal Encantado (The Dark Crystal, 1982), esta última codirigida junto a Frank Oz. La última adición ultra hispana a la lista de faenas tétricas de cadencia retro fabulosa es Todas las Lunas (Ilargi Guztiak, 2020), el maravilloso y poético segundo largometraje de Igor Legarreta después de Cuando Dejes de Quererme (2018), éste un thriller de misterio semi ignoto sobre los coletazos en el tiempo -y los secretos alrededor- de la represión del régimen franquista contra los opositores políticos y la guerra de Euskadi Ta Askatasuna (ETA) contra la dictadura en el País Vasco o Euskadi, planteo que dejó todo servido para el regreso que nos ocupa a dichas geografías aunque en esta oportunidad durante un período que va desde las postrimerías de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), conflicto entre los conservadores monárquicos del campo y los liberales capitalistas de ciudad, hasta el inicio de la Guerra Civil Española (1936-1939), pugna entre el republicanismo secular y aquellos hederos del carlismo nacionalista, católico y defensor de los fueros de la nobleza y el clero.

 

Mixtura entre las reflexiones sobre el paso del tiempo de El Ansia (The Hunger, 1983), de Tony Scott, y Cronos (1993), de Del Toro, y del retrato de la independencia femenina, la necesidad de cariño y los problemillas varios de la maternidad adoptiva de La Bruja (The Witch: A New-England Folktale, 2015), de Robert Eggers, y la reciente y formalmente muy similar No Estarás Sola (You Won’t Be Alone, 2022), convite de Goran Stolevski, se podría aseverar que Todas las Lunas hace por los vampiros del País Vasco de los Siglos XIX y XX lo que el opus de Stolevski hizo por las brujas decimonónicas de Serbia y Macedonia en general, léase humanizar a un gremio que -como todos los bípedos comunes y corrientes del planeta- pasa a dividirse entre egoístas y humildes con una infinidad de grises en el medio. La trama es muy minimalista y arranca en 1876 cuando una huérfana sin nombre (la genial debutante Haizea Carneros) vive con otras niñas en un convento al cuidado de la Madre Superiora (Elena Uriz) y sus monjas, quienes no consiguen evitar que el edificio se venga abajo por las escaramuzas entre carlistas y liberales. Mientras que la mocosa agoniza debajo de escombros es descubierta durante la noche por una mujer misteriosa (Itziar Ituño) que resulta ser una chupasangre que vive en una comunidad de vampiros que a su vez gusta de beber hemoglobina entre las muchas víctimas bélicas. Con la llegada de los soldados las criaturas nocturnas se dispersan y la madre adoptiva ve caer por un precipicio a la chiquilla, convertida en vampiro por la adulta para salvarle la vida y para que le haga compañía por toda la eternidad, así la nena termina viviendo una década en una cueva y alimentándose de animales salvajes y algunas bestias en cautiverio. Un día la joven cae en una trampa para lobos del campesino y maestro quesero Cándido (Josean Bengoetxea), señor que perdió a su esposa al dar a luz y que también se quedó sin su hija pequeña cuando falleció al caer en una cascada. Cándido la bautiza Amaia y la adopta como hija en contra de la opinión del cura hiper castrador del pueblito de turno, Don Sebastián (Zorion Eguileor), esperpento que prefiere entregarla a un hospicio o quizás al vasallaje sirviendo en una casa de la oligarquía.

 

Legarreta utiliza con astucia la elegante fotografía de Imanol Nabea y la música etérea de Pascal Gaigne con vistas a construir una parábola -a veces arty o preciosista/ filosófica, en otras ocasiones más cercana a la tensión o el nervio del cine de género tradicional- sobre la incomprensión para con el diferente, los abusos institucionales y por supuesto la maldición de la vida eterna debido a que “siempre es demasiado tiempo”, como bien dice la pequeña protagonista, una niña vampiro similar a aquella Claudia (Kirsten Dunst) de Entrevista con el Vampiro (Interview with the Vampire, 1994), el neoclásico de Neil Jordan basado en la novela homónima de 1976 de Anne Rice, ésta una influencia indisimulable en el guión del director y Jon Sagalá. Todas las Lunas por un lado establece un paralelismo entre Amaia y los personajes positivos de su vida, como por ejemplo ese Cándido que estuvo recluido en su hogar durante mucho tiempo a posteriori de la muerte de su hija, al igual que la nena optó por resguardarse durante diez años en una gruta solitaria, y ese amigo de su edad que conoce en la parroquia, Miguel (Lier Quesada), el primer ser vivo que no le tiene miedo y hasta le da un beso, y por el otro lado analiza la faceta represiva de las figuras de autoridad, aquí los soldados que destruyen la comunidad vampírica y el mismo sacerdote del pueblo de Cándido, Don Sebastián, quien le ofrece una hostia en una misa que la chica traga para segundos después escupirla y reclamar sangre a pesar de haber conquistado incluso al sol, escena magistral de la primera mitad del film en donde Amaia de a poco se acostumbra a la luz mediante quemaduras controladas que la llevan a “inmunizarse” y a simular ser una mortal más luego del alba. Desde ya que el opus de Legarreta no es precisamente original porque estas temáticas ya han sido trabajadas en el pasado y desde esta misma arquitectura narrativa elegíaca o cuasi lírica, no obstante el desempeño de todo el elenco es estupendo y la película en sí aporta un desenlace sencillo y eficaz con la huida del padre y su vástago postizo, el fallecimiento del hombre en 1936 y el reencuentro con aquel personaje de Ituño, criatura tan agotada de la insensibilidad y la aislación psicosocial como la propia Amaia…

 

Todas las Lunas (Ilargi Guztiak, España/ Francia, 2020)

Dirección: Igor Legarreta. Guión: Igor Legarreta y Jon Sagalá. Elenco: Haizea Carneros, Josean Bengoetxea, Itziar Ituño, Zorion Eguileor, Elena Uriz, Lier Quesada, Iñigo de la Iglesia, Jean-Michel Sereau, David Maldonado Leal, Olatz Beobide. Producción: Koldo Zuazua, Ignasi Estapé, Ibon Cormenzana y David Naranjo. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 8