La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle)

Sin redención para el purasangre

Por Emiliano Fernández

Todos aquellos que amamos el cine de John Huston, el policial negro y esa maravillosa primera camada de películas corales de atracos de mediados del Siglo XX, precisamente un subgénero del film noir que suele englobarse bajo el paraguas conceptual de heist film o caper movie, sabemos que la realización que patentó la vertiente moderna del formato no es otra que La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), también conocida en castellano con el título de Mientras la Ciudad Duerme, una obra maestra sublime del amigo John cuya influencia se sentiría muy fuerte en propuestas posteriores semejantes -asimismo mojones del subgénero y del policial cinematográfico a nivel macro- de la talla de Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), opus de Jules Dassin, y Casta de Malditos (The Killing, 1956), de Stanley Kubrick, amén de proto parodias como El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), un convite británico de Alexander Mackendrick, y Los Desconocidos de Siempre (I Soliti Ignoti, 1958), del italiano Mario Monicelli, y de aquel Jean-Pierre Melville que estaba verdaderamente obsesionado con la película al punto de ofrecernos variaciones discursivas en una serie de joyas de su cosecha que de paso ayudaron a popularizar en todo el planeta al caper y en especial a la modalidad francesa específica del film noir, el polar, recordemos para el caso Bob, el Jugador (Bob, le Flambeur, 1956), El Soplón (Le Doulos, 1962), Hasta el Último Aliento (Le Deuxième Souffle, 1966) y por supuesto la inmortal El Círculo Rojo (Le Cercle Rouge, 1970). Para la época de La Jungla de Asfalto Huston ya era un experto en un tono narrativo impiadoso y adictivo, en el retrato de antihéroes que le escapaban al maniqueísmo promedio hollywoodense y en la infaltable destreza del artesano en materia de saltar con comodidad de género en género, algo que queda demostrado mediante ese noir de El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, 1941) y Huracán de Pasiones (Key Largo, 1948), el melodrama de La Hiena (In This Our Life, 1942), el espionaje de A Través del Pacífico (Across the Pacific, 1942) y el cine de aventuras cercanas al western de El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948) y Rompiendo las Cadenas (We Were Strangers, 1949), no obstante en la propuesta que nos ocupa deja entrever su cariño hacia el neorrealismo del período y la paradigmática economía expresiva de los italianos.

 

Coescribiendo el guión junto a Ben Maddow, con quien volvería a trabajar el ocasión de Lo que no se Perdona (The Unforgiven, 1960), un señor que colaboraría además con directores variopintos y hasta contrastantes como Richard Wallace, Norman Foster, Clarence Brown, Laslo Benedek, Byron Haskin, Nicholas Ray, Anthony Mann, Martin Ritt, Irving Lerner, J. Lee Thompson, Paul Wendkos y Stanley Kramer, entre otros, aquí John adapta la novela homónima de 1949 de un viejo conocido suyo, W.R. Burnett, con el que había escrito el guión de Altas Sierras (High Sierra, 1941), de Raoul Walsh, libro que a su vez luego sería llevado a la gran pantalla en otras tres y lamentables ocasiones, Arizona, Prisión Federal (The Badlanders, 1958), western de Delmer Daves, Cairo (1963), heist clasicista de Wolf Rilla, y Cool Breeze (1972), blaxploitation bastante estrafalario de Barry Pollack, aunque ya sin el visto bueno de Burnett, éste a su vez un escritor muy prolífico conocido sobre todo por su trilogía de pivotes del film noir, El Pequeño César (Little Caesar, 1931), de Mervyn LeRoy, El Monstruo de la Ciudad (The Beast of the City, 1932), de Charles Brabin, y esa archiconocida Caracortada (Scarface, 1932), de Howard Hawks y Richard Rosson, y por faenas posteriores en sintonía con El Gran Escape (The Great Escape, 1963) y Estación Polar Zebra (Ice Station Zebra, 1968), ambas al servicio de John Sturges. El que sale de prisión después de siete años con un plan en apariencia perfecto para el robo de una joyería es el alemán Erwin “Doc” Riedenschneider (Sam Jaffe), quien consigue el financiamiento necesario, 50 mil dólares, vía el dueño de un garito de apuestas, Cobby (Marc Lawrence), que lo presenta a un abogado especializado en liberar criminales, Alonzo D. Emmerich (Louis Calhern), supuesto ricachón que en realidad está en bancarrota y por ello le miente al anterior para que aporte el capital en su nombre aseverando que no desea que el dinero aparezca en sus registros contables. Riedenschneider contrata de chófer al dueño jorobado de un bar, Gus Minissi (James Whitmore), de abridor de cajas fuertes a un padre primerizo reciente, Louis Ciavelli (Anthony Caruso), y de matón/ sicario profesional a un sureño que suele apostar en el antro de Cobby, Dix Handley (el extraordinario Sterling Hayden), sujeto obsesionado con recuperar una hacienda con caballos de su parentela que tuvo que vender.

 

Los muchachos entran en la joyería rompiendo una pared del vasto entramado callejero de desagüe y desconectan el grueso de los sistemas de seguridad, sin embargo deben utilizar nitroglicerina para abrir la caja fuerte y la generosa explosión dispara las alarmas del barrio en esta ignota ciudad del Medio Oeste de los Estados Unidos, provocando la llegada de la policía a la zona y la alerta del guardia de turno en plena ronda, el cual es rápidamente noqueado por Handley pero su revólver al caer descarga un tiro que va a parar al estómago de Ciavelli, quien es llevado por Minissi a su hogar junto a su esposa, María (Teresa Celli), a la espera del arribo de un médico de confianza de la pandilla. Riedenschneider y Handley pronto se enteran de la nula liquidez de Emmerich cuando le llevan las joyas sustraídas y se topan con una trampa porque se asoció con su cobrador de deudas, el detective privado Bob Brannom (Brad Dexter), para traicionarlos a todos, quedarse con el botín y de inmediato abandonar el país dejando atrás tanto a su esposa, la convaleciente May (Dorothy Tree), como a su amante de menor edad, Ángela Phinlay (rol crucial en el despegue definitivo de la carrera de Marilyn Monroe), a la que tiene viviendo en otra residencia de su propiedad. Dix consigue matar a Bob pero recibe un balazo que lo atraviesa de punta a punta y Doc obliga al parásito legal a que interceda por ellos ante la compañía de seguros para conseguir el 25% del valor de las joyas, unos 250 mil dólares, a cambio de la devolución del botín, aunque el cerco policial empieza a cerrarse cuando el Comisionado Hardy (John McIntire) presiona en pos de resultados al corrupto Teniente Ditrich (Barry Kelley), señor que recibe sobornos de un Cobby que ante una paliza termina delatando a sus socios y motivando el arresto de Minissi y Emmerich, este último suicidándose cuando se cae la coartada de haber estado con su amante durante la noche del asalto y la muerte de Brannom, mínima presión de los oficiales sobre Phinlay de por medio. Ciavelli fallece, Ditrich es arrestado, Minissi jura asesinar en prisión al soplón, Cobby, y Handley y el germano, por su parte, se separan después de pasar un tiempo ocultos en el hogar de la ex del primero, Doll Conovan (Jean Hagen), una empleada en un club nocturno, así Handley muere desangrado en su granja de Kentucky y el autor intelectual es identificado por unos policías en camino hacia Cleveland.

 

Salvo en lo que atañe al principio y el final, Huston prescinde por completo de esa música incidental típica del mainstream con el objetivo de evitar toda redundancia retórica y volcar el asunto hacia un minimalismo seco, agresivo y de impronta cuasi documental en el que paradójicamente domina no la improvisación preciosista o el dinamismo de una hipotética edición ajetreada sino una composición cerebral de los planos y las escenas, en función de la cual se reduce el volumen de cortes necesarios, se genera una tensión permanente símil tiempo real y se privilegia el aprovechamiento del fondo de cada toma para ofrecer toda la información relevante sin necesidad de floreo visual alguno o sobreexplicación mediante diálogos, planteo estético e ideológico que desde ya se ubica en las antípodas con respecto al paupérrimo cine del Siglo XXI y su mediocridad, repetición conservadora y falta total de confianza en sí mismo. La película, bajo el andamiaje del policial negro, es también un retrato muy triste y certero del canibalismo de las metrópolis, la inoperancia y mentiras de las supuestas fuerzas de protección pública -Ditrich es un corrupto de vieja cepa y Hardy adora demonizar a los delincuentes frente a la prensa como si fueren extraterrestres de otro planeta y no el producto de la sociedad capitalista fratricida que todos conocemos- y las compulsiones bien banales de mujeres y hombres, las primeras divididas entre las taradas de corta edad, como Ángela y esa chica que baila como posesa en un restaurant en la ruta a Cleveland, Jeannie (Helene Stanley), y las veteranas que desean salvar a sus parejas de la muerte y/ o el declive, como May, María o la propia Conovan, mientras que los varones, precisamente, cavan su tumba al obsesionarse con las ninfas en detrimento de las hembras más experimentadas que identifican rápido el peligro, pensemos en Emmerich dejando su libertad en manos de Phinlay o en ese alemán obnubilado con Jeannie cual viejo verde ultra baboso a pesar de que el taxista que lo llevaba, Frank Schurz (Henry Rowland), le insiste con continuar un viaje que asimismo es una huida del presidio con las joyas cosidas dentro de su abrigo. El sueño de Dix, aquel de recuperar el rancho perdido por la muerte del padre, una cosecha destruida y un purasangre que tuvo que sacrificar por una pata rota, en última instancia se desvanece como la anhelada redención de todos los antihéroes del realizador…

 

La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, Estados Unidos, 1950)

Dirección: John Huston. Guión: John Huston y Ben Maddow. Elenco: Sterling Hayden, Sam Jaffe, Anthony Caruso, Louis Calhern, Jean Hagen, James Whitmore, John McIntire, Marc Lawrence, Barry Kelley, Marilyn Monroe. Producción: John Huston y Arthur Hornblow Jr. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 10