A diferencia de la concepción del delito posmoderno de un especialista del poliziottesco como Fernando Di Leo, algo demostrado en su recordada Trilogía Milieu de Milán Calibre 9 (Milano Calibro 9, 1972), La Mafia Ordena (La Mala Ordina, 1972) y El Jefe (Il Boss, 1973), en lo que atañe a la supuesta sustitución de las organizaciones criminales unificadas y cohesivas de antaño por una multitud de pequeños grupos autónomos que se disputan un pedazo de la torta pública -aunque, desde ya, con esperanzas de engullir todo el pastel- del narcotráfico, los robos, el secuestro de personas, el juego ilegal, los clubs nocturnos y el lavado y contrabando de valores, Enzo G. Castellari, otro adepto al policial negro ampuloso a la italiana pero mucho más heterogéneo en términos profesionales porque supo pasearse por géneros tan diversos como por ejemplo aquel giallo, la comedia, la ciencia ficción, el horror de tiburones, las aventuras, el spaghetti western, aquella súper acción por demás estrambótica, el cine de capa y espada y las propuestas bélicas más exaltadas o altisonantes, consideraba en cambio que todavía es posible aplicar los criterios de la vieja mafia a la situación actual porque la multitud de pandillas semi independientes en muchas ocasiones obedece a un sindicato de la extorsión en las sombras que cuenta con el claro favor de la institucionalidad más corrupta y extiende la dialéctica del chantaje no sólo a terceros, léase las víctimas en sí pertenecientes a la sociedad civil, sino también a los mismos eslabones del andamiaje delictivo para que no se salgan del redil y -al igual que como ocurría en el pasado- no cometan ninguna estupidez pronunciada que ponga en peligro a toda la cadena criminal símil comunidad que responde a un “delicado” balance de violencia, amenazas, confianza tambaleante y un secretismo para que los peones no conozcan la identidad de los cabecillas y las distintas células puedan trabajar con tranquilidad y sin pisarse las unas a las otras en el fluir diario, todo gracias a la mirada del jefazo que administra desde su atalaya.
Un buen ejemplo de la óptica de Castellari en relación al poliziottesco, y sin duda su obra maestra en el rubro así como Keoma (1976), protagonizada por su intérprete fetiche Franco Nero, representó su cúspide en el imponderable spaghetti western, es El Gran Chantaje (Il Grande Racket, 1976), una joya inmaculada del formato que supera tanto a otros convites atendibles, en línea con La Policía Procesa, la Ley Absuelve (La Polizia Incrimina, la Legge Assolve, 1973) y El Ciudadano se Rebela (Il Cittadino si Ribella, 1974), como a los más olvidables o hasta relativamente flojos, pensemos en La Vía de la Droga (La Via della Droga, 1977) y El Día de la Cobra (Il Giorno del Cobra, 1980), todos trabajos a su vez en parte vinculados a aquella vertiente bélica descocada de la trayectoria del realizador, la de Águilas sobre Londres (La Battaglia d’Inghilterra, 1969) y Aquel Maldito Tren Blindado (Quel Maledetto Treno Blindato, 1978), esta última una película cuyo título en inglés, The Inglorious Bastards/ Los Bastardos sin Gloria, fue retomado por el cleptómano crónico e hiper tarado de Quentin Tarantino para el film homónimo del 2009. El Gran Chantaje gira alrededor de los esfuerzos del Inspector Nico Palmieri (el eficaz Fabio Testi, otro recurrente en los elencos de Castellari aunque no al nivel de Nero), compañero del oficial Salvatore Velasci (Sal Borgese), en pos de desmantelar una red delictiva que en un principio parece estar acotada a extorsionar a dueños de comercios y restaurantes para sacarles un dinerillo por “protección”, en esencia la promesa de no romperles todo, golpearlos, violar a sus hijas y esposas e incendiarles el lugar, no obstante a posteriori el complot se confirma mucho mayor ya que detrás del abogado que suele liberar a la fauna criminal, Giovanni Giuni (Antonio Marsina), y del cabecilla directo de los facinerosos, Rudy, el Marsellés (el actor neoyorquino Joshua Sinclair), se esconde una compleja estructura que se dedica a asaltos, tráfico de heroína, locales bailables y aprietes sistemáticos de la más variada envergadura.
Ambientada en los “Años del Plomo” de Italia, léase una especie de guerra civil camuflada y bastante caótica que se extendió sobre todo durante la década del 70 e incluyó a sectores/ bandos como la política, el aparato represivo, el clero, el poder judicial, la Cosa Nostra, la Camorra, la CIA, colectivos de obreros y estudiantes, organizaciones terroristas de extrema izquierda como las Brigadas Rojas, la Primera Línea y el Grupo 22 de Octubre y otras homólogas varias de extrema derecha en sintonía con Orden Nuevo y Vanguardia Nacional, la propuesta en sí sintetiza de maravillas todas las marcas formales e ideológicas del cine de Castellari: aquí nos topamos con un ritmo narrativo frenético, una efusividad permanente -a veces en cámara lenta- sin escrúpulos o corrección política alguna, esos queridos y ridículos sonidos para puñetazos, patadas y disparos, una progresión retórica de impronta episódica y cuasi entrecortada pero siempre dinámica, la unificación de la vehemencia sexual con la tradicional de sangre por tiros y palizas, la infaltable banda sonora rockera de los hermanos Guido y Maurizio De Angelis alias Oliver Onions, el sutil recurso de apelar a planteos de izquierda y derecha -como el total escepticismo ante las autoridades, consideradas corruptas o inútiles, y un culto al vigilante vengador, ciudadano común empoderado que se cansa de los atropellos y sale a reventar muchas cabezas- y finalmente la colección de latiguillos del poliziottesco y del acervo artístico Clase B del director en general, hoy coescribiendo el guión junto a Dino Maiuri y Massimo De Rita, pensemos en las heridas brutales de nuestro héroe, la autovictimización de los malvados, la mano blanda cómplice de los jueces, un par de violaciones del montón, las internas salvajes dentro del gremio delictivo, la destrucción de propiedad privada sacrosanta con explosiones o incendios, la creación de informantes y/ o infiltrados, alguna trampa que sale muy mal, un amague de traición entre iguales y por supuesto la expulsión institucional del protagonista y su reconversión en forajido valeroso.
Castellari, quien por cierto en los 80 se dedicaría a hilarantes exploitations de raigambre spielbergiana, El Último Tiburón (L’Ultimo Squalo, 1981), georgemilleriana, Los Nuevos Bárbaros (I Nuovi Barbari, 1983), y hasta carpenteriana, 1990: Los Guerreros del Bronx (1990: I Guerrieri del Bronx, 1982) y Fuga del Bronx (Fuga dal Bronx, 1983), trasheadas estelarizadas por Mark Gregory en el rol de -precisamente- Trash, en El Gran Chantaje se hace un festín en el último acto del relato con su clásica algarabía fatalista, momento en el que saca a relucir su evidente cariño hacia Sam Peckinpah, John Huston y Robert Aldrich a través de un escape de prisión orquestado por Palmieri, ya destituido de la fuerza policial por sus intentos de detener al “racket”/ contubernio del chantaje polirubro, que reúne a un equipo de cinco justicieros desaforados con cuentas pendientes personales con el sindicato, hablamos del Tío Pepe (el genial Vincent Gardenia), un ladrón que se quedó sin su sobrino, Piccio (Ruggero Diella), por la perfidia alevosa de estos “nuevos viejos” mafiosos, Luigi Giulti (Renzo Palmer), dueño de un restaurante que pierde a su hija adolescente, Stefania (Stefania Girolami Goodwin), quien se suicida después de ser violada por los malhechores, Mazzarelli (Glauco Onorato), mega capo criminal con su espina dorsal destrozada al ser atropellado por Rudy, Giovanni Rossetti (Orso Maria Guerrini), ingeniero al que le violan, le orinan y le incineran a su esposa, Anna (Anna Zinnemann), y Doringo (Romano Puppo), criminal de carrera que fue reemplazado por el sindicato y que pretende un pasaporte falso a cambio de participar en la balacera final de turno, otra escena de acción magistral entre las muchas desproporcionadas y truculentas del film. Con cuatro sicarios brutales al frente de las barrabasadas, Vanni (Massimo Vanni), Luigino (Roberto Dell’Acqua), Ox (Giovanni Cianfriglia) y la tremenda Marcy (Marcella Michelangeli), la realización exprime lo mejor del “Testi estrella” en formato policial y entrega una experiencia arrolladora como pocas…
El Gran Chantaje (Il Grande Racket, Italia, 1976)
Dirección: Enzo G. Castellari. Guión: Enzo G. Castellari, Dino Maiuri y Massimo De Rita. Elenco: Fabio Testi, Vincent Gardenia, Renzo Palmer, Orso Maria Guerrini, Glauco Onorato, Marcella Michelangeli, Romano Puppo, Antonio Marsina, Sal Borgese, Joshua Sinclair. Producción: Galliano Juso. Duración: 104 minutos.