La Novena Configuración (The Ninth Configuration)

Síntomas de psicosis

Por Emiliano Fernández

La Novena Configuración (The Ninth Configuration, 1980), sutil joya producida, escrita y dirigida por el inefable William Peter Blatty, es una película muy pero muy extraña y no sólo porque sea norteamericana y se proponga hacer algo sumamente distinto al promedio del cine mainstream, en este caso combinar un sustrato de parodia, un relato coral y una mínima línea argumental que unifique el asunto, sino también primero por su ambición conceptual todo terreno, siempre regresando incansablemente sobre aquellas dos grandes obsesiones de Blatty en su modalidad terrorífica y/ o alucinada, léase la crisis de fe y la posibilidad de la vida después de la muerte, y segundo por salir sumamente airosa de la difícil tarea de transformar de a poco este marco satírico inicial en una semblanza acerca del corolario natural de las preocupaciones teológicas del autor, hablamos por supuesto del traumático choque entre optimismo religioso y pesimismo ateo o quizás agnóstico. En la memoria cinéfila mundial William es sinónimo de horror por haber escrito tanto el guión como la novela homónima de 1971 detrás de El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, no obstante -y por más curioso que pueda resultar al lego- su verdadera pasión siempre fue la comedia, de hecho fue el rubro al que volcó todos sus esfuerzos artísticos iniciales como lo demuestran sus cuatro primeras novelas, ¿Por Dónde se Llega a La Meca, Jack? (Which Way to Mecca, Jack?, 1959), ¡John Goldfarb, por Favor, Vuelve a Casa! (John Goldfarb, Please Come Home!, 1963), Yo, Billy Shakespeare (I, Billy Shakespeare, 1965) y Brilla, Brilla, “Asesino” Kane (Twinkle, Twinkle, “Killer” Kane, 1966), y su seguidilla de colaboraciones con el gran Blake Edwards, Un Disparo en la Oscuridad (A Shot in the Dark, 1964), ¿Qué Hiciste tú en la Guerra, Papá? (What Did You Do in the War, Daddy?, 1966) y Lili, mi Adorable Espía (Darling Lili, 1970), amén de la anomalía del dúo, Gunn (1967), un neo noir que quiebra esta racha humorística que a su vez incluye trabajos por encargo muy menores de Blatty en calidad de guionista, pensemos para el caso en La Tarjeta Mágica (The Man from the Diners’ Club, 1963), de Frank Tashlin, Prométele Cualquier Cosa (Promise Her Anything, 1966), de Arthur Hiller, El Gran Robo al Banco (The Great Bank Robbery, 1969), de Hy Averback, El Inspector Hoku (Mastermind, 1976), de Alex March, y desde ya Operación Harén (John Goldfarb, Please Come Home!, 1965), olvidable film de J. Lee Thompson basado en el libro del mismo título de 1963 de William.

 

Fue precisamente la quinta novela de Blatty sobre la posesión de la joven Regan MacNeil por parte del demonio Pazuzu, a su vez inspirada en el exorcismo real de la década del 40 de un niño de 14 años conocido bajo los seudónimos de Roland Doe y Robbie Mannheim y supuestamente llamado Ronald Edwin Hunkeler, la que lo cambió todo en la trayectoria de William y la que lo obligó a seguir escribiendo dentro del horror o la fantasía tenebrosa, recordemos sucesivas novelas del género como En Otro Lugar (Elsewhere, 2009), Dimiter (2010) y la célebre Legión (1983), una secuela de su bestseller internacional de la década previa y un libro que había nacido como guión para lo que estaba destinado a ser la segunda colaboración entre el escritor y Friedkin, sin embargo este último abandona el proyecto por las clásicas “diferencias creativas” del ecosistema hollywoodense y tiempo después Blatty reconvierte el material en un guión para el nacimiento ya de El Exorcista III (The Exorcist III, 1990), faena dirigida por él mismo que ignora por completo los hechos de la polémica o más bien incomprendida El Exorcista II: El Hereje (Exorcist II: The Heretic, 1977), de John Boorman, al extremo de sustituir aquel gustito por la hipnosis y la antropología con un whodunit detectivesco de entorno cerrado condimentado con otros fetiches marca registrada de Blatty, en sintonía con el duelo, la locura rimbombante, la manipulación del prójimo y una retahíla de asesinatos bien lúgubres. Justo diez años antes de tener que enfrentarse a la productora Morgan Creek en ocasión del tercer opus de la saga de las posesiones del averno y salir perdiendo, una compañía que en esencia lo obligó a introducir un exorcismo en el desenlace de la propuesta de 1990 y a retitularla El Exorcista III en vez de simplemente Legión, William cumplió un viejo sueño cuando pudo completar La Novena Configuración bajo sus propios términos creativos ya que la mitad de los cuatro millones de dólares del presupuesto total la puso de su propio bolsillo y el resto vino de un insólito acuerdo de financiación con PepsiCo, mega embotelladora de gaseosas y fabricante de snacks que lo instó a rodar en Hungría porque allí tenía fondos cautivos y necesitaba de una excusa para desbloquearlos y construir una nueva fábrica en el país, única forma de llevar el film a buen puerto porque tanto Columbia Pictures como Universal Pictures habían rechazado de lleno el proyecto por considerarlo extravagante o poco comercial, además del resentimiento hacia una Warner Bros. que le debía a Blatty parte de las ganancias cosechadas por El Exorcista.

 

El guión de La Novena Configuración atravesó un recorrido laberíntico semejante al de El Exorcista III porque está basado en la novela homónima de William de 1978, la cual es una versión pulida tanto de Brilla, Brilla, “Asesino” Kane como de un guión posterior que la adaptaba y que el autor escribió con la idea de que Friedkin lo dirigiese, impresionado por la labor del realizador en Los Alegres Veintes (The Night They Raided Minsky’s, 1968), simpático retrato de los comienzos del teatro de variedades en Estados Unidos, en sí un proyecto que asimismo se cayó a pedazos cuando ningún estudio de Los Ángeles mostró interés. Todo gira alrededor del Coronel Vincent Kane (el perfecto y cuasi narcoléptico Stacy Keach) y su relación con el Capitán Billy Cutshaw (un ampuloso Scott Wilson), el primero un psiquiatra del Cuerpo de Marines que se hace cargo de un manicomio castrense, emplazado en un castillo que supo pertenecer a un conde alemán y que atiende a oficiales enajenados durante las postrimerías de la Guerra de Vietnam, y el segundo un astronauta que aparentemente enloqueció justo antes de una expedición a la Luna y ahora se consagra a arrebatos verbales nihilistas que buscan antagonizar con el lacónico y muy sosegado Kane, quien considera a la bondad como prueba divina y al sacrificio, el amor solidario y la culpa como los mayores tesoros a los que puede aspirar la humanidad en contraposición a su paciente, un Cutshaw obsesionado con el suplicio del mundo y las matanzas bélicas en tanto confirmaciones de la inexistencia de Dios. Entre otro psiquiatra comprensivo, el Coronel Richard Fell (Ed Flanders), una especie de guardiacárcel con muy poca paciencia, el Mayor Marvin Groper (Neville Brand), un esquizofrénico que cree que puede atravesar paredes, el Capitán Fairbanks (George DiCenzo), otro chiflado que quiere poner en escena Hamlet (1603), de William Shakespeare, pero con perros, el Teniente Frankie Reno (Jason Miller, famoso por componer al Padre Damien Karras en El Exorcista), un compinche fiel del anterior, el Teniente Spinell (Joe Spinell), un negro que se cree Superman, el Mayor Nammack (Moses Gunn), un sujeto algo mucho exasperado, el Teniente Bennish (Robert Loggia), y un demente que gusta de hacerse pasar por médico, ese desopilante Fromme (el propio Blatty), el film ofrece un paneo por la fauna que habita el lugar hasta que un nuevo interno, el Sargento Gilman (Gordon Mark), reconoce a Vincent como “Asesino” Kane, no un psiquiatra militar sino el artífice de más de 40 bajas en Vietnam con sus propias manos.

 

La idea sardónica de fondo es también un chiste repetido de la psiquiatría, en este sentido pensemos que el latiguillo del lunático haciéndose del control del manicomio y señalando lo cerca que está la cordura de la demencia -hoy un Kane que se hace pasar por su hermano, Fell, con la anuencia de este último para sanar su culpa asesina negando lo hecho, incluido cortarle la cabeza a un niño con un alambre- le sirve de excusa al director y guionista para pensar los límites de la autoindulgencia, por ello Kane en el final se sacrifica por Cutshaw para ganarle la discusión dialéctica sobre la pugna entre maldad y bondad en el mundo y el grado en el que ambos extremos responden a Lucifer y Dios, primero enfrentándose a pura furia gore contra unos motociclistas sádicos que golpean y pretenden violar a Billy en un bar, esos Stanley (Steve Sandor) y Richard (Richard Lynch) a lo Mad Max (1979), de George Miller, y después clavándose un cuchillo en el abdomen cuando finalmente toma conciencia de su faceta de carnicero marcial y cuando su amigo le confiesa la verdad detrás del periplo abortado a la Luna, así Cutshaw reconoce que simplemente tuvo miedo de morir solo en medio de la inmensidad del cosmos o nuestro satélite natural. Parodiando el sustrato gótico moderno de El Exorcista vía el castillo y el alejamiento intelectual y surrealista de fondo y posicionándose más cerca de Marat/ Sade (1967), de Peter Brook, y El Sanatorio de la Clepsidra (Sanatorium pod Klepsydra, 1973), de Wojciech Has, que de El Nido de las Víboras (The Snake Pit, 1948), de Anatole Litvak, y Shock Corridor (1963), aquel opus de Samuel Fuller, la película asimismo unifica a los Monty Python con el grotesco modelo Mel Brooks y Robert Altman y rescata el antimilitarismo de Johnny Tomó su Fusil (Johnny Got His Gun, 1971), de Dalton Trumbo, la efervescencia contracultural de Matadero Cinco (Slaughterhouse-Five, 1972), de George Roy Hill, y el desparpajo temático específico de Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), joya de Milos Forman. Al invertir el andamiaje de El Exorcista III, ahora con una media hora final ultra trágica y el resto cargado de diálogos entre circenses y absurdos, La Novena Configuración se permite jugar extensivamente con una entonación de comedia neurótica y en este contexto ofrece una alucinación entre poética, terrorífica y en verdad maravillosa, aquella de Kane sobre una crucifixión lunar -paráfrasis del título- que recuerda al sueño celestial malogrado del Teniente Kinderman (George C. Scott), núcleo del otro convite de William como director.

 

Se podría decir que en gran medida el leitmotiv del film pasa por el rol del azar y el enigma en la creación de la vida, por la responsabilidad de Dios en tamaño asunto, por las visiones contrastantes que esto provoca en los seres humanos y por la tendencia social a confinar al diferente en prisiones y en estos institutos de “salud mental” especializados en aquellos que muestran síntomas de psicosis, algo que queda reflejado en el semi soliloquio de Vincent ante un hipotético Billy durante esa secuencia onírica en la Luna que reemplaza al monolito de 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick, por un Cristo crucificado, “para que la vida aparezca espontáneamente en la Tierra debe haber cientos de millones de moléculas proteicas de la novena configuración, sin embargo según el tamaño del Planeta Tierra, ¿sabes cuánto tardaría en surgir una única molécula por mera casualidad? Nada menos que 10 elevado a 243 millones de años, y me parece que ello es muchísimo más fantástico que simplemente creer en un Dios”. Ya dejando de lado todas estas implicancias dogmáticas que Blatty ha repetido una y otra vez a lo largo de los años en materia de su Trilogía de la Fe, con El Exorcista abarcando la presentación de los polos opuestos en disputa, La Novena Configuración centrándose en la benevolencia masoquista y El Exorcista III cargando sin duda las tintas sobre el maquiavelismo mutable infernal y su predisposición al castigo, en aquella oportunidad un homicida en serie bautizado Géminis (Miller y Brad Dourif), la propuesta que nos ocupa, por cierto, también piensa temáticas más mundanas y de hecho se mofa de la milicia, el chauvinismo, la cultura de masas, la psiquiatría, el Estado, la cinefilia, los enfoques new age, la psicología posmoderna, el terror como género, el arte terapéutico y en especial el racionalismo burgués fetichizado desde las cúpulas, en esencia otra excusa más para que las oligarquías del capitalismo hagan lo que quieran mientras lo maquillan de discurso lógico o científico. Si Kane por un lado niega su costado nefasto y proyecta su bondad en la personalidad robada a su hermano, el psiquiatra verdadero Fell, entre fantasías, alucinaciones, recuerdos, delirios y pesadillas, por el otro lado en el desenlace muta en un mártir o pecador redimido que “alumbra” el camino de su colega paciente, Cutshaw, quien no sólo recibe una prueba de vida después del óbito, una medalla de San Cristóbal de Licia que le había regalado a Vincent, sino que se convierte en creyente o desproblematiza su falta de fe, al igual que Karras antes y Kinderman luego…

 

La Novena Configuración (The Ninth Configuration, Estados Unidos, 1980)

Dirección y Guión: William Peter Blatty. Elenco: Stacy Keach, Scott Wilson, Jason Miller, Ed Flanders, Neville Brand, George DiCenzo, Moses Gunn, Robert Loggia, Joe Spinell, Richard Lynch. Producción: William Peter Blatty. Duración: 118 minutos.

Puntaje: 10