Charlton Heston y la ciencia ficción

Sobre apocalipsis vigentes

Por Emiliano Fernández y Ernesto Gerez

Introducción, por Emiliano Fernández:

 

Antes de que la ciencia ficción cinematográfica se transformase en un compendio de clichés, infantilismos y escenas de acción tan gigantescas como aburridas e intrascendentes, sobre todo con la aparición de La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977) y la consabida banalización que sobrevino a partir de la década del 80, hubo un período en el que el mainstream apostó a relatos de fantasía especulativa para adultos pensantes, que a su vez dejaron de lado esa vertiente acartonada y media boba que supo extenderse en términos históricos desde los inicios del séptimo arte hasta finales de los años 50. Dentro de la andanada en cuestión de propuestas de diversa naturaleza -y siempre ubicándonos dentro de la vertiente más industrial del Hollywood de los 60 y 70- se destaca una trilogía de películas de ciencia ficción que tuvieron de protagonista a un Charlton Heston en crisis que producto de varios fracasos de taquilla se decidió a pasar de las épicas bíblicas y las aventuras en tiempos relativamente remotos de sus inicios en la actuación a films más pequeños y minimalistas que ofrecían un enfoque más acorde con el inconformismo social y el descubrimiento de lo individual trágico y mundano de aquellos años: hablamos de El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), El Hombre Omega (The Omega Man, 1971) y Cuando el Destino nos Alcance (Soylent Green, 1973), siendo la primera y la tercera verdaderas obras maestras de su rubro. Dejando de lado la militancia política contradictoria del propio actor, en especial si tenemos en cuenta que la etapa de realización de los tres opus abarca precisamente su transformación de diletante de la izquierda light demócrata a defensor de la derecha republicana más rancia, a continuación pasaremos a examinar los recovecos retóricos de tres clásicos inoxidables que sobrepasan a la enorme mayoría de los representantes actuales del género porque han logrado construir una visión apocalíptica muy precisa de la humanidad futura que -lamentablemente, por cierto- en muchos aspectos se parece al mundo que tenemos hoy en día, verdadero eje de múltiples injusticias y barbaridades que se resumen en la generosa capacidad de los hombres y mujeres para destruir todo lo que los rodea de una forma u otra. Las calamidades retratadas en los films, ya sea la degradación darwinista, la semi extinción por holocausto nuclear o la pobreza y hacinación a raíz del ciclo de los atropellos capitalistas predatorios, ponen en cuestión el ego inflado de los humanos y su fetiche con esa escalada tecnológica/ industrial que termina transformándose en un chiste de humor negro porque no sólo no consigue mejorar la vida de todos los mortales sino que se convierte en un instrumento crucial -por acción u omisión, vía la lisonja patética o el ninguneo autoconsciente- de una esclavitud más o menos explícita pero siempre presente encabezada por una elite de poderosos por sobre un vulgo manipulado, subyugado y/ o preso de un marasmo consuetudinario y muy complaciente. En el desierto o las ciudades, rodeados de personas o en la soledad extrema, con juguetes de la “civilización” o sin ellos, estos trabajos de Franklin J. Schaffner, Boris Sagal y Richard Fleischer enfatizan aquello de que el único enemigo real del bípedo es sí mismo y que sólo de sus manos podría surgir una solución frente a este estado de cosas.

 

 

El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), por Ernesto Gerez:

 

Más allá de que el rol de Heston como el astronauta George Taylor fue un gran papel y uno de los más recordados de su carrera (tal vez sólo superado por su interpretación de Judah Ben-Hur en 1959), los hombres clave de El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968) fueron el productor Arthur P. Jacobs y el mejor guionista de ciencia ficción de todos los tiempos, Rod Serling. Dos bestias fumadoras (se dice que Serling se bajaba cuatro o cinco atados por día), laburantes obsesivos que le dedicaban la vida a su pasión y que según sus conocidos eran dos infartados en potencia; especulación que se hizo realidad durante los años 70: Jacobs se infartó y murió en 1973, y Serling falleció por la misma causa dos años después, tenían solamente 51 y 50 años respectivamente. Arthur Jacobs vio el potencial de la novela de Pierre Boulle de 1963 desde el mismo momento de su publicación y compró los derechos ese mismo año. El elegido para la adaptación fue el maestro detrás de esa usina de ideas que fue La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), serie nodriza que hoy en día sigue nutriendo de tópicos al fantástico audiovisual. El guión tuvo muchísimas reescrituras y terminó siendo un híbrido entre la reformulación de la novela hecha por Serling y algunas ideas de Michael Wilson, guionista que había estado en las listas negras mccarthistas y que impuso algunos cambios. El más relevante fue el relacionado al desarrollo tecnológico alcanzado por la sociedad simia que domina el mundo en el que quedan varados los astronautas. En la novela original y en el guión de Serling, la sociedad de monos inteligentes estaba en un momento de avances similar al de 1963; los monos veían la tele, iban al cine, tomaban taxis y usaban pilchas iguales a las que usaba Boulle cuando escribía. Fue idea de Wilson que los simios estén en un momento histórico ambiguo, combinando cuestiones ligadas a un estado primitivo difuso con otras relacionadas a la época de enfrentamiento entre teorías evolucionistas y posturas religiosas que remiten al Siglo XIX, y viviendo en esas construcciones que se asemejan al estilo de Antoni Gaudí. El abandono de la idea original de un transcurrir contemporáneo pero con los monos al volante y los humanos en el zoo, se debió a la implicancia que tendría en el presupuesto. Lo paradójico fue que la construcción del primitivo set propuesto por Wilson costó unos cuantos billetes mientras que la idea de Boulle y Serling se podría haber filmado en casi cualquier ciudad estadounidense sin necesidad de ser alterada. De todos modos, la película fue un tanque exitoso que recuperó más de la mitad de lo invertido en el primer fin de semana de estreno, además de que fue la primera de la historia del cine en generar un fandom propio a través de un merchandising compuesto por muñequitos, libros, discos y cómics que rebalsó de mosca los bolsillos de la Fox. Algo que duplicaría a la perfección La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), película que terminó de instalar al cine como parte de un mercado y un fanatismo que lo trasciende. De todos modos, el éxito posterior del film de Franklin J. Schaffner no invalida ni contradice el peso de las ideas de Serling, el verdadero cerebro detrás de todo; porque más allá de los cambios que introdujo Wilson o las decisiones de Jacobs, tanto  la sátira en casi su totalidad como los diálogos fundamentales o la dinámica de las escenas y los personajes son tan de Serling como su marca registrada en el twist final. De hecho, en el decimoquinto episodio de la primera temporada de La Dimensión Desconocida, Disparé una Flecha al Aire (I Shot an Arrow into the Air, 1960), un astronauta que piensa que está perdido en el espacio termina descubriendo que todo el tiempo estuvo en el Desierto de Nevada. Exactamente lo mismo que le sucede a Taylor cuando descubre en el supuesto Planeta de los Simios la Estatua de la Libertad, lo que constituye uno de los finales más conocidos de la historia del cine, incluso por gente que no vio la película, y spoileado hasta por Homero Simpson. Pero El Planeta de los Simios es una propuesta que acepta revisiones porque no vale sólo por el peso del final. Desde las escenas iniciales, cuando se estrella la nave, estamos ante planos que son dinamita formal y que conjugan la desquiciada música de Jerry Goldsmith, que no respeta escalas tradicionales, con imágenes que anticipan lo dado vuelta que va a estar todo cuando los tres astronautas (Taylor, Landon/ Robert Gunner y Dodge/ Jeff Burton) salgan a recorrer el árido territorio. La cuarta astronauta, Stewart, es una Eva muerta que no llega a conocer a los simios porque se pudre durante el hipersueño y anticipa el destino trágico de la humanidad. “La pregunta no es dónde estamos sino cuándo”, dice un Capitán Taylor que pareciera también adelantarse al desenlace. El año, según las estimaciones que pudo ver el protagonista en la nave antes de que la abandonasen en un lago, es el 3978. Todo lo que conocías murió, o algo así, le dice Taylor a Landon con cierto júbilo. Landon es el inteligente pero ingenuo, el de buen corazón; Taylor es el canchero, el cínico, algo misántropo y realista. Recordemos que El Planeta de los Simios es de 1968, forma parte del fin de una década que ya contenía el espíritu y algunos elementos del Nuevo Hollywood de los 70. Taylor es en cierto sentido el representante de ese cine que viene, el futuro que ya llegó, producto del fin de la formalidad y la represión del Código Hays, y también el pesimista hijo de la propia locura norteamericana de las postrimerías del hippismo y la sangre derramada en Vietnam. Landon, en cambio, es la encarnación de un clasicismo que murió, el que planta la banderita tal como Neil Armstrong lo haría en la Luna un año después, mientras Taylor se le caga de risa en la cara. Zoom a la bandera y zoom a la risa de Taylor. Dodge, el astronauta negro, queda por fuera de ese binomio, afuera de esa lucha de poder porque los negros todavía eran espectadores (Ben, el afroamericano héroe -interpretado por Duane Jones- de La Noche de los Muertos Vivientes/ Night of the Living Dead, también del 68, fue un triunfo inesperado del año en que asesinaron a Martin Luther King). Después de ese gran inicio mencionado, Taylor conoce a Zira (Kim Hunter) y Cornelius (Roddy McDowall), los representantes de la ciencia y el progresismo simio que le darán una mano, tal como sucede en la novela original, y al villano Doctor Zaius, en la piel de Maurice Evans (que también hizo el papel de Hutch en otra gran película del 68, El Bebé de Rosemary/ Rosemary’s Baby), que tratará de lobotomizarlo. El personaje de Zaius no es unilateral, es un villano sabio que pretende ayudar a su gente pero que a su vez forma parte de los poderosos que seguramente cavarán su propia tumba en este ciclo infinito de distopía serlingiana. Porque la sociedad que están armando los simios inteligentes no es éticamente superior a la nuestra, sino un reflejo. El Planeta de los Simios, una de las obras cumbre de la ciencia ficción norteamericana, alguna vez descripta como un episodio extendido de la mencionada Dimensión Desconocida, es -ante todo- un relato sobre lo jodida que está la humanidad en 1963, en 1968… y en el 3978 también, podría decir Discépolo. Hablamos de una obra que sigue vigente desde lo discursivo y lo formal, e incluso desde los efectos visuales que tantas veces envejecen mal: pero esas máscaras de mono que le valieron un Oscar a John Chambers son eternas y dicen más que mucha carita insulsa del cine antimaterial contemporáneo y que varias caripelas hollywoodenses estalladas de botox.

 

El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, Estados Unidos, 1968)

Dirección: Franklin J. Schaffner. Guión: Rod Serling y Michael Wilson. Elenco: Charlton Heston, Roddy McDowall, Kim Hunter, Maurice Evans, James Whitmore, James Daly, Linda Harrison, Robert Gunner, Lou Wagner, Jeff Burton. Producción: Arthur P. Jacobs. Duración: 112 minutos.

 

 

El Hombre Omega (The Omega Man, 1971), por Emiliano Fernández:

 

Sinceramente resulta lastimoso que ninguna de las tres adaptaciones cinematográficas oficiales -copias existieron de a montones a lo largo de las décadas- de Soy Leyenda (I Am Legend), la magnífica novela de 1954 de Richard Matheson, haya estado a la altura o por lo menos haya respetado en todo su esplendor el ecosistema retórico que el autor imaginó, aquel responsable de muchísimos guiones maravillosos tanto para el séptimo arte como para La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), la mítica serie de TV de Rod Serling: mientras que El Último Hombre sobre la Tierra (The Last Man on Earth, 1964) fue un trabajo acartonado y desparejo que ofrecía algunos elementos positivos aislados como la muy buena actuación de Vincent Price y ciertas atmósferas bien tétricas, Soy Leyenda (I Am Legend, 2007) también cayó en un terreno cualitativo intermedio con excelentes escenas de soledad y una segunda mitad plagada de clichés baratos hollywoodenses -sumados a un Will Smith “algo mucho” incómodo en un papel dramático- que nada tenían que hacer con el darwinismo mitológico de impronta semi humanista de Matheson. La traslación que se ubica históricamente entre las dos previas, El Hombre Omega (The Omega Man, 1971), es curiosamente la más coherente en términos narrativos aunque desde ya poco y nada queda de la angustia y las diversas sorpresas del libro debido a que el aparato mainstream aquí opta por una versión lavada y relativamente potable de su maniqueísmo paradigmático de siempre. Heston compone a Robert Neville, un coronel e investigador médico especializado en tratamientos y vacunas experimentales que se transforma en lo que parece ser el único sobreviviente indemne en Los Ángeles de una guerra nuclear entre China y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que a su vez derivó en una linda batería de armas biológicas entre las superpotencias. El señor lleva dos años -contados desde que se desató la catástrofe en marzo de 1975- en una refriega metropolitana con un numeroso grupo de mutantes/ infectados/ zombies/ vampiros que responde a Matthias (Anthony Zerbe), algo así como la cabeza de un nuevo movimiento ludista de pacientes crónicos emblanquecidos y fotosensibles que adjudican a los supuestos “triunfos” del hombre civilizado el origen máximo de la hecatombe global, por ello mismo los rechazan de lleno en pos de abrazar una vida cuasi medieval (hablamos de la ciencia, la medicina, las armas, las maquinarias, la electricidad, etc.). Entre escaramuzas callejeras varias protagonizadas por un Neville que mata sin miramientos durante el día a los otros residuos humanos del pasado y un Matthias que gusta de torturar psicológicamente a su adversario durante las noches para que baje la guardia y así poder eliminar al último resabio de un mundo que consideran corrupto y superado, el personaje de Heston por supuesto eventualmente encontrará de improviso a una bella señorita, Lisa (Rosalind Cash), quien lo terminará rescatando de las garras de los mutantes junto a su amigo/ colega Dutch (Paul Koslo) porque pretende que el doctor salve la vida de su hermano menor, Richie (Eric Laneuville), el cual está convirtiéndose de a poco en uno más de los muchachos de palidez absoluta, túnicas negras y ojos tenebrosos. Como Robert es inmune a la misteriosa pandemia porque en las primeras etapas del exterminio se inyectó una vacuna experimental de su factoría, su sangre se transforma en un suero que puede detener el proceso infeccioso en Richie, no obstante Matthias es tan intolerante como el protagonista en eso de querer erradicar sí o sí al bando contrario por considerarlo una aberración sin remedio. El problema principal del film viene por el lado del director, Boris Sagal, un profesional con un enorme bagaje televisivo pero muy poca experiencia en lo que atañe a la pantalla grande y la sutileza en general, y esto se nota mucho primero en la presencia de música intrusiva sensiblera o portentosa tirando a lo exagerado, luego en el no aprovechamiento de los momentos de quietud para construir una dinámica más realista/ natural entre los personajes, y finalmente en esa tendencia a la sobreexplicación vía flashbacks que se sienten bastante innecesarios, pudiendo haber quedado el background de los sobrevivientes en el terreno de lo “no dicho”. Incluso así, El Hombre Omega acumula momentos espléndidos relacionados con el autoaislamiento, los chispazos de locura de Neville, la desconfianza mutua entre las facciones en lucha y esas típicas escenas de acción y/ o de peligro por acecho insistente. La película, por otro lado, reconfirma la gigantesca presencia escénica de un Heston sutilmente cínico y hasta incluye un romance interracial con la afroamericana Cash, un detalle todavía muy polémico en su época que en el fondo apunta a arrojar más leña al fuego de la denuncia macro de los dos fundamentalismos en pugna e idénticos en su ortodoxia enajenada despersonalizadora, léase el científico/ militar de Robert y el oscurantista/ semi religioso de Matthias. Las indagaciones antropológicas y existenciales del trabajo de Matheson hoy quedan licuadas bajo la arquitectura del heroísmo light hollywoodense y muchas one liners apenas simpáticas, sin embargo debemos reconocer que la propuesta se deja ver con solvencia y ofrece una aventura postapocalíptica amena que no le teme al desenlace amargo y una homologación cristiana -pensemos en esa imagen final de Heston duplicando a Jesús en la cruz- en consonancia con las muertes súbitas y desoladoras de los antihéroes del western.

 

El Hombre Omega (The Omega Man, Estados Unidos, 1971)

Dirección: Boris Sagal. Guión: John William Corrington y Joyce Hooper Corrington. Elenco: Charlton Heston, Anthony Zerbe, Rosalind Cash, Paul Koslo, Eric Laneuville, Lincoln Kilpatrick, Jill Giraldi, Brian Tochi, DeVeren Bookwalter, John Dierkes. Producción: Walter Seltzer. Duración: 98 minutos.

 

 

Cuando el Destino nos Alcance (Soylent Green, 1973), por Emiliano Fernández:

 

Sin duda uno de los exponentes más precoces en el séptimo arte de lo que una década luego se daría en llamar “cyberpunk” es Cuando el Destino nos Alcance (Soylent Green, 1973), una de las grandes obras maestras acerca de las consecuencias más apremiantes de la superpoblación, el capitalismo y el cambio climático a escala planetaria, tres ítems que asimismo están vinculados con la deforestación sin freno, el incremento en los niveles de contaminación, la expansión de determinadas industrias hiper nocivas, el calentamiento global, la extinción de especies de la flora y la fauna, la falta de controles para la explosión demográfica humana, el agotamiento de los recursos naturales, el aumento en el consumo de energía, la expansión alarmante de las ciudades y las clásicas desigualdades de un sistema plutocrático que no deja de fabricar pobreza extrema ni por un segundo. El film del querido Richard Fleischer, un artesano que se paseó por absolutamente todos los géneros habidos y por haber, está basado en la novela Make Room! Make Room! de 1966 de Harry Harrison, aunque en realidad se aparta mucho de ella y el guión de Stanley R. Greenberg sólo la toma como pilar para un relato que pasa de ser coral en el papel a bien individual en la pantalla, ahora con Heston interpretando al Detective Frank Thorn, un oficial de policía encargado de asesinatos, violaciones y desapariciones en una Nueva York habitada en 2022 por la friolera de 40 millones de personas, la enorme mayoría de las cuales viven hacinadas, sin trabajo, soportando un calor abrasador y con raciones mínimas de agua y dos variantes de alimentos sintéticos llamados Soylent Rojo y Soylent Amarillo en honor a la compañía que los fabrica, un emporio capitalista todopoderoso que controla la mitad de la comida consumida en todo el Planeta Tierra. Cuando aparece muerto un alto directivo de la empresa en cuestión, William R. Simonson (Joseph Cotten), en un supuesto robo al azar, Thorn rápidamente intuye un homicidio planificado porque primero la alarma del lujoso departamento falló de improviso por primera vez en dos años, segundo el guardaespaldas del susodicho, Tab Fielding (Chuck Connors), salió de compras con la prostituta/ novia del finado, Shirl (Leigh Taylor-Young), una mujer que forma parte del “mobiliario” del lugar, y tercero el ladrón no se llevó nada, quien por cierto no pasa de ser un menesteroso subyugado/ oprimido más, Gilbert (Stephen Young), que vive en esas calles saturadas de gente y neblinas verdes de contaminación. En realidad son el misterioso Señor Donovan (Roy Jenson) y el político más prominente del estado, el Gobernador Santini (Whit Bissell), los responsables intelectuales del asesinato, con Fielding funcionando como cómplice en un entramado execrable que involucra a la misma Soylent y que termina destapándose cuando el asistente y amigo de Thorn, un investigador veterano llamado Sol Roth (último rol del legendario Edward G. Robinson antes de morir a los 79 años en ese 1973), descubre a partir del análisis de dos libros que el protagonista extrajo del departamento de Simonson, intitulados “Informe del Estudio Oceanográfico de Soylent de 2015 a 2019, Volúmenes 1 y 2”, que el asunto está hermanado al reciente lanzamiento del Soylent Verde, un procesado alimenticio masivo supuestamente fabricado con plancton. Cuando Roth lleva los dos tomos a otros colegas bibliotecarios, la jefa de su unidad (Celia Lovsky) termina de aclarar que la destrucción de los océanos de este futuro calamitoso derivó en la incapacidad de extraer las proteínas necesarias para el Soylent Verde, el más delicioso y energético de todos, por lo que la única fuente de proteínas en esta coyuntura son los cadáveres humanos, algo que fue descubierto por un Simonson que se horrorizó con la situación y se volvió “inestable” al punto de que los otros directivos -y sus amigotes de la oligarquía en el poder- decidieran matarlo para eliminar el peligro de que pudiese hablar en público sobre el tema. A la par de un romance incipiente entre Frank y Shirl y algún que otro intento de asesinato contra Thorn cuando decide seguir con el caso a pesar de que los testaferros de la compañía presionan a su jefe, Hatcher (Brock Peters), para que la policía cierre la investigación bajo el rótulo inofensivo de asalto, la película nos ofrece un andamiaje francamente magistral en el que conviven el film noir y una ciencia ficción distópica que con el transcurso de los años resultó ser profética y muy precisa en su retrato impiadoso de un mundo atiborrado de basura, miseria, corrupción, inequidades, crímenes de todo tipo, ignorancia, explotación, autoritarismo y desidia institucionales, cortoplacismo y sobre todo un egoísmo extendido que impide cualquier atisbo de solidaridad organizada social. El Detective Thorn constituyó uno de los vehículos más interesantes que haya tenido Heston en su carrera ya que le permitió pasearse a lo largo de todo el rango actoral por antonomasia desde su faceta adusta (el señor no tiene ningún prurito moral al momento de ser rudo verbalmente, golpear a sospechosos y sus parejas o sustraer de la casa del finado “lujos” varios como una botella de whisky, algo de papel, lápices, un jabón, una manzana, cebolla, tomate, puerro y hasta un suculento bife) a su costado más sensible y humanista (en este sentido es memorable la escena en la que Roth, abrumado por la realidad de que el Soylent Verde está fabricado a partir de bípedos, decide ir al “Hogar”, en esencia un centro estatal de suicidio voluntario/ asistido, lo que dispara una corrida de un desesperado Frank en pos de estar con su amigo en esos momentos finales, en los que le informa sobre el insospechado trasfondo caníbal de este capitalismo de la inanición generalizada). La brutalidad, los esquemas del poder oligárquico, la esclavitud entrecruzada, la imposición de consumos y la falta de respeto a la vida -no sólo a la humana, por supuesto, sino a toda la que nos rodea- son factores que hacen a la rabiosa vigencia de Cuando el Destino nos Alcance, una epopeya tanto sobre las barrabasadas de las multinacionales más mafiosas como acerca de la complicidad de unas mayorías cada día más apáticas y maleables frente a los intereses de magnates, sicarios y gobernantes maquiavélicos al extremo, siempre prestos a fagocitar a los débiles para regurgitarlos luego en productos vinculados a la manipulación masiva y la tasa creciente de ganancias: desde aquel extraordinario montaje inicial a pantalla dividida en torno a la industrialización y la reproducción humana como plaga hasta los míticos minutos del desenlace y la inmortal frase final de Heston, “¡Soylent Verde es carne humana, debemos detenerlos como sea!”, el planteo inconformista de base que recorre la trama invita -por un lado- a tomar conciencia del enorme daño causado sobre el Planeta Tierra con vistas a revertirlo y -por el otro- a terminar de “despertarse” en lo que atañe al triste hecho de que nosotros somos el ganado que desde siempre está condenado a ser faenado a expensas de los parásitos capitalistas que controlan nuestro destino cual verdugos cínicos y dementes.

 

Cuando el Destino nos Alcance (Soylent Green, Estados Unidos, 1973)

Dirección: Richard Fleischer. Guión: Stanley R. Greenberg. Elenco: Charlton Heston, Edward G. Robinson, Chuck Connors, Joseph Cotten, Leigh Taylor-Young, Brock Peters, Stephen Young, Roy Jenson, Whit Bissell, Celia Lovsky. Producción: Walter Seltzer y Russell Thacher. Duración: 97 minutos.