El Ártico (Arctic)

Sobre el arte de sobrevivir

Por Emiliano Fernández

Si bien por supuesto a lo largo del cine hubo muchos casos de relatos corales, la verdad es que el medio tiene un fetiche desde siempre con las epopeyas individuales por la sencilla razón de que son más fáciles de estructurar a nivel narrativo. Dentro del rubro en cuestión el género más antiguo son las aventuras, una comarca cuyas dos principales vertientes, las epopeyas bélicas y la supervivencia, se fueron desmarcando la una de la otra con el transcurso de las últimas cuatro décadas: el séptimo arte versión hollywoodense se encargó de que las gestas monumentales estén cada vez más vinculadas a la fantasía adolescente y las propuestas de supervivencia queden en el reino del terror y/ o el drama minimalistas, en sintonía con films como Mar Abierto (Open Water, 2003), Enterrado (Buried, 2010), 127 Horas (127 Hours, 2010), Muerte Bajo Cero (Frozen, 2010) y 12 Feet Deep (2017); un lindo surtido de exponentes de esta tendencia a exacerbar conceptualmente los engranajes de fondo y de paso vincularlos a sociedades cada día más cínicas y paranoicas que ven en cualquier actividad más o menos cotidiana -como el turismo, por ejemplo- una gran fuente de peligros de toda índole que esperan agazapados a que el ingenuo de turno se descuide.

 

Dentro de este panorama general los viejos y no muy queridos accidentes, las debacles diminutas y los corolarios trágicos varios de la estupidez humana, al fin y al cabo los casos más tristemente recurrentes en lo que a desgracias prosaicas se refiere, fueron apagándose de modo paulatino en el cine para dejar lugar a lo anteriormente señalado y su pomposidad de base. El Ártico (Arctic, 2018), ópera prima del brasileño Joe Penna, nos devuelve de manera gloriosa esa estructura retórica paradigmática del género símil Robinson Crusoe, la célebre novela de Daniel Defoe de 1719 que hoy regresa aunque sin aquel colonialismo nauseabundo de su época: el protagonista excluyente es H. Overgård (el genial Mads Mikkelsen), tripulante de una aeronave que se estrelló en medio de la espesura nevada y que fue transformada por el hombre en un refugio contra las duras inclemencias climáticas. Completamente solo, las rutinas del protagonista consisten en mantener despejado un gigantesco S.O.S. que supo trazar en el suelo emblanquecido, chequear sus diversos hilos de pesca, visitar la tumba que le hizo a un compañero con piedras, y dedicar horas y horas a encender una baliza de socorro con una dínamo para ser ubicado y eventualmente salvado.

 

Un día se asoma un helicóptero por el horizonte y parece divisar al susodicho desde lo alto, no obstante se termina estrellando como consecuencia de una tormenta de nieve y así el piloto (Tintrinai Thikhasuk) fallece y su acompañante, una mujer joven (Maria Thelma Smáradóttir), resiste a duras penas con un corte profundo en su abdomen. Overgård lleva a la sobreviviente a su avión/ campamento y ayudado por un mapa de los otros accidentados comienza a planear un viaje hacia una base estacional, ya cansado de esperar un rescate que no llega y urgido por el declive en la salud de su flamante colega en el martirio helado. El periplo viene bien hasta que se topan con una formación rocosa en ascenso que no estaba en el mapa y que el protagonista no puede sortear con la camilla improvisada en la que lleva a la fémina, por lo que opta por una ruta alternativa más larga y peligrosa, incluidos el ataque de un oso polar, otra tempestad de nieve, el riesgo de congelamiento, la falta progresiva de alimentos, el desgaste físico y hasta una caída imprevista en un foso. El film es una de esas mini proezas humanistas que se sustentan más en el lenguaje corporal y la hermandad sobreentendida que en los típicos diálogos, con él hablando danés e inglés y ella islandés.

 

Penna cuenta con la inteligencia suficiente como para saber que en estas coyunturas de aislamiento menos es más y que el suspenso en torno al “show de un solo hombre” necesita de una figura que soporte semejante peso sobre su espalda, por lo que la elección de Mikkelsen no podría haber sido mejor ya que el legendario actor de Pusher (1996), Bleeder (1999), Flickering Lights (Blinkende Lygter, 2000), Corazones Abiertos (Elsker dig for evigt, 2002), Pusher II (2004), Casino Royale (2006), Flame & Citrón (Flammen & Citronen, 2008), Valhalla Rising (2009), La Reina Infiel (En Kongelig Affære, 2012), La Cacería (Jagten, 2012) y The Salvation (2014) es un ejemplo de talento y presencia escénica de esos que ya casi no existen en la actualidad internacional. En este sentido la prácticamente muda El Ártico no sólo redondea un retrato tan majestuoso y bello como desesperado y minúsculo del arte de sobrevivir sino que además logra aprovechar todo lo que el danés tiene para ofrecer en materia interpretativa, con la cámara permanentemente combinando su rostro con el trasfondo nevado y dejando entrever lo que implica el verdadero heroísmo tracción a una perseverancia y una obstinación construidas desde la honestidad por el director y guionista, quien aquí obvia los artilugios exagerados de tantos convites hollywoodenses similares en pos de apuntalar un realismo sensato que nos obliga a acompañar las penurias cotidianas del dúo de desvalidos, cuya misión es tan primigenia y rústica que elimina cualquier otro objetivo que no sea el mantenerse con vida o morir con el menor dolor posible en este caminar errante por un desierto sin fronteras ni seguridades…

 

El Ártico (Arctic, Islandia, 2018)

Dirección: Joe Penna. Guión: Joe Penna y Ryan Morrison. Elenco: Mads Mikkelsen, Maria Thelma Smáradóttir y Tintrinai Thikhasuk. Producción: Tim Zajaros, Christopher Lemole y Noah C. Haeussner. Distribuidora: Buena Vista. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 8