Unsane

Sobre el cerco institucional

Por Emiliano Fernández

Una película tan noble y tan eficaz como Unsane (2018) termina funcionando como una crítica indirecta a buena parte del cine mainstream de la actualidad, ese que se sumerge en fórmulas narrativas quemadas y gasta fortunas en una fetichización visual intrascendente que resulta tan boba como remanida, incapaz de ponerse al servicio de un mínimo discurso valioso -sobre lo que sea- que interpele el aciago momento político/ social/ económico que vivimos (el conservadurismo derechoso y su correlato preferido, léase la previsibilidad, casi siempre ganan la apuesta en eso de la creatividad marchita contemporánea). Sin embargo por suerte todavía tenemos a Steven Soderbergh, un director que a 30 años de haber comenzado su derrotero por la industria norteamericana aún sigue igual de imprevisible y aguerrido como en sus inicios, circunstancia que lo transforma en una de las más grandes anomalías del presente y en un pequeño tesoro que debemos valorar hoy más que nunca.

 

Su último opus, más que chico en realidad es diminuto: con un presupuesto apenas superior al millón de dólares y filmada completamente con la cámara del iPhone 7 Plus, la obra en cuestión es un prodigio del campo de los thrillers de terror que combina por un lado un corazoncito clase B y por el otro una idiosincrasia digna del indie inconformista de antaño, aquel que estaba más preocupado por transmitir un mensaje que por ofrecerle al espectador una experiencia “linda” y/ o amigable de índole preciosista (como ocurre con la mayoría del cine marginal actual, el cual tiende a duplicar los esquemas del enclave comercial). Luego de aquel seudo retiro y el regreso al ruedo con la hilarante La Estafa de los Logan (Logan Lucky, 2017), aquí el señor sorprende con un relato que dispara munición gruesa contra la psiquiatría y todo el sistema de salud yanqui, siempre vinculado a la especulación capitalista más patética a expensas de -en este caso- el bienestar de los ciudadanos de a pie.

 

Hoy el eje es Sawyer Valentini (Claire Foy), una mujer que en los primeros días de su nuevo trabajo como analista de datos bancarios sufre el hostigamiento de su jefe, quien la invita a pasar con él dos noches por una conferencia laboral, y ve cómo un trauma similar del pasado le impide acercarse a un hombre que conoce por Tinder, lo que la lleva a buscar en Internet un grupo de apoyo para víctimas de acoso. De este modo se decide a ir al Centro de Comportamiento Highland Creek en pos de una sesión psicológica tradicional, en la que comenta que dos años atrás tuvo que pedir una orden de restricción contra un tal David Strine que no ha dejado de molestarla, que se ha mudado varias veces por esta razón y que llegó a contemplar el suicidio. Valentini después firma sin leer unos documentos y así termina encerrada como paciente psiquiátrica primero 24 horas y luego una semana por episodios de violencia contra los empleados/ carceleros y contra otros supuestos pacientes.

 

De la boca de un adicto al opio en recuperación, Nate Hoffman (Jay Pharoah), descubre que el lugar funciona como una estafa a las aseguradoras de salud ya que cualquiera que se presente por la consulta que sea es muy probable que acabe internado, lo que significa que sólo un pequeño porcentaje de los pacientes necesitan en serio estar ahí dentro (el control es permanente, están privados de su libertad y -por supuesto- los mantienen dopados con ansiolíticos, antidepresivos y medicamentos semejantes). No obstante lo peor de todo llega cuando cree reconocer a su acosador entre los enfermeros, quien parece que ahora responde al nombre de George Shaw (Joshua Leonard) y para colmo es el encargado de distribuir los comprimidos: entre la desesperación, un pedido de ayuda a su madre Angela (Amy Irving) y la pronta certeza de que el susodicho es efectivamente Strine, la protagonista hará lo posible para sobrevivir a las trampas de este cerco institucional del desvarío y el espanto.

 

El perspicaz guión de Jonathan Bernstein y James Greer unifica elementos aislados de un par de clásicos de la temática mental/ penitenciaria, hablamos de la crítica al autoritarismo y la crueldad maquiavélica de los manicomios de Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975) y Shock Corridor (1963), a lo que se suma el detalle de que Hoffman es asimismo un reportero infiltrado como el protagonista de la obra maestra de Samuel Fuller. Soderbergh le agrega su toque personal a la mixtura no sólo mediante el artilugio de registrar todo desde la dialéctica guerrillera e hiper económica -para los presupuestos inflados habituales del cine- de los smartphones, lo que nos reenvía a Tangerine (2015) de Sean Baker, sino también dándole un sutil vuelco al asunto que va más allá del hecho de coquetear con la frontera entre la realidad y la fantasía (Sawyer padece una neurosis severa pero ello no implica que un psicótico como Strine no la esté siguiendo) para meterse de lleno con un amor totalizador y por ello profundamente caníbal, casi en sintonía con Misery (1990) de Rob Reiner (el hombre está enamorado de ella desde un idealismo muy naif que le impide siquiera pensar que ella no lo quiera… o que más bien lo considere repulsivo).

 

Apoyado en la desnudez retórica y la sinceridad mundana del digital sin artificios, el realizador -hoy además director de fotografía y editor- construye un retrato implacable y de extrema izquierda acerca de la voracidad del sistema de salud privado estadounidense, en el que se cosifica la vida y se la mide con la capacidad de pago de los individuos, y los efectos destructivos/ paradójicos de instituciones de control como los presidios y los manicomios, ejemplos de un ambiente que elimina el sustrato humano piadoso e incentiva el odio de los sujetos contra los representantes de una autoridad corrupta, sanguinaria y demagógica (psicólogos, psiquiatras, enfermeros, asistentes, administrativos y directivos forman parte de la misma mugre de la arbitrariedad gobernada por el lucro). Las otras dos columnas centrales de la película son las actuaciones de Leonard, con una larga carrera aunque en esencia recordado por su debut en El Proyecto Blair Witch (The Blair Witch Project, 1999), y en especial Foy, conocida por su rol de Elizabeth II en The Crown: el primero nos regala una inocencia homicida que extrañábamos mucho en el cine contemporáneo y la segunda es la genial artífice de una vulnerabilidad que sabe volcarse hacia la furia cuando es preciso…

 

Unsane (Estados Unidos, 2018)

Dirección: Steven Soderbergh. Guión: Jonathan Bernstein y James Greer. Elenco: Claire Foy, Joshua Leonard, Amy Irving, Jay Pharoah, Zach Cherry, Polly McKie, Juno Temple, Sarah Stiles, Marc Kudisch, Colin Woodell. Producción: Joseph Malloch. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 8