El Mercader del Terror (Experiment in Terror)

Sobre el condicionamiento

Por Emiliano Fernández

El grueso de los cinéfilos recuerda a Blake Edwards como un director especializado en comedias muy cercanas al slapstick del cine mudo, terreno en el que supo brillar con La Fiesta Inolvidable (The Party, 1968) y su retahíla primigenia sobre el Inspector Jacques Clouseau (Peter Sellers), las prodigiosas La Pantera Rosa (The Pink Panther, 1963), Un Disparo en la Oscuridad (A Shot in the Dark, 1964), El Regreso de la Pantera Rosa (The Return of the Pink Panther, 1975), La Pantera Rosa Ataca de Nuevo (The Pink Panther Strikes Again, 1976) y La Venganza de la Pantera Rosa (Revenge of the Pink Panther, 1978), no obstante su carrera es mucho más larga e intrincada: luego de unos comienzos en la televisión y dirigiendo, escribiendo y/ o produciendo un puñado de comedias olvidables, el norteamericano salta a la fama con Sirenas y Tiburones (Operation Petticoat, 1959), una sátira bélica con Cary Grant y Tony Curtis que constituyó el verdadero puntapié inicial de sus duras críticas contra la estupidez, el dominio autoritario y el hedonismo más banal de la vida urbana moderna, ciclo humorístico que incluyó a clásicos muy variopintos, que por cierto reflejan su constante desnivel cualitativo y al mismo tiempo ponen en primer plano la fascinación que despertaba su cine por aquella imprevisibilidad siempre aguerrida, como por ejemplo La Carrera del Siglo (The Great Race, 1965), ¿Qué Hiciste tú en la Guerra, Papá? (What Did You Do in the War, Daddy?, 1966), Lili, mi Adorable Espía (Darling Lili, 1970), 10 (1979), Se Acabó el Mundo (S.O.B., 1981), Víctor Victoria (1982), Mis Problemas con las Mujeres (The Man Who Loved Women, 1983), Mis Dos Mujeres (Micki + Maude, 1984), ¡Esto es Vida! (That’s Life!, 1986), Cita a Ciegas (Blind Date, 1987), El Mujeriego (Skin Deep, 1989) y Una Rubia Caída del Cielo (Switch, 1991). Un segundo grupo de los espectadores actuales, mucho menos numeroso que el anterior, recordará sus coqueteos con el drama, especialmente Desayuno en Tiffany’s (Breakfast at Tiffany’s, 1961), la cual lanzó a la estratósfera la carrera de Audrey Hepburn y reposicionó al gran Truman Capote como un escritor a tener en cuenta, autor de la novela corta homónima de 1958, y Días de Vino y Rosas (Days of Wine and Roses, 1962), un retrato hiper realista del alcoholismo, protagonizado por Jack Lemmon y Lee Remick, en la tradición de Días sin Huella (The Lost Weekend, 1945), de Billy Wilder, aunque más pesimista y más doloroso.

 

Mucho menos conocida es aquella faceta de Edwards volcada al western crepuscular, en función de la cual entregó Dos Vaqueros Errantes (Wild Rovers, 1971), anomalía bastante disfrutable con William Holden, Ryan O’Neal y Karl Malden que le significó al realizador una áspera batalla con la Metro Goldwyn Mayer que a su vez retrató a posteriori en ocasión de Se Acabó el Mundo, e incluso más ignota, tanto para la crítica como para el público vago y de pocas luces de hoy en día, es su vertiente como artesano en el campo de los thrillers y el neo film noir, pensemos en este sentido en opus desparejos y profundamente irreverentes como Mister Cory (1957), Gunn (1967), Diagnóstico: Asesinato (The Carey Treatment, 1972), La Leyenda del Tamarindo (The Tamarind Seed, 1974) y la muy bizarra Asesinato en Hollywood (Sunset, 1988), otra de sus reflexiones cáusticas acerca de la artificialidad y el entramado mafioso hollywoodense. Ahora bien, la verdadera obra maestra de Edwards en esta acepción, vinculada con mayor o menor intensidad al suspenso, es El Mercader del Terror (Experiment in Terror, 1962), joya escrita por el matrimonio de Gordon y Mildred Gordon, una pareja que durante las décadas del 50, 60 y 70 se dedicó a concebir una serie de novelas de misterio y/ o historias detectivescas alrededor de un personaje principal recurrente, el agente del FBI John “Rip” Ripley, asimismo protagonista del libro de 1961 que el amigo Blake llevó a la pantalla con rapidez y con una asistencia actoral fundamental del imbatible Glenn Ford como Ripley, aquí en su única asociación con el director, y de dos colaboradores extraordinarios, primero el genial Ross Martin como el villano de turno, Red Lynch, intérprete que había trabajado con Edwards en dos de sus productos para TV, Peter Gunn (1958-1961) y Mr. Lucky (1959-1960), y con el que volvería a toparse en La Carrera del Siglo, y la citada Remick, una de las actrices más bellas y talentosas de la gran industria de los 60 y 70, señorita que venía acumulando prestigio gracias a realizaciones en sintonía con Un Rostro en la Multitud (A Face in the Crowd, 1957), de Elia Kazan, Un Largo y Ardiente Verano (The Long, Hot Summer, 1958), de Martin Ritt, Anatomía de un Asesinato (Anatomy of a Murder, 1959), de Otto Preminger, Río Salvaje (Wild River, 1960), otra de Kazan, y Santuario (Sanctuary, 1961), de Tony Richardson, hasta llegar al reconocimiento definitivamente unánime mediante los muchos elogios recibidos por Días de Vino y Rosas.

 

El Mercader del Terror es una de las tantas -y definitivamente una de las mejores- películas de la década del 60 que aprovecharon con inteligencia, soltura y oportunismo contextual la libertad que trajo aparejada aquella algarabía ultra sádica subyacente a las revolucionarias Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y Peeping Tom (1960), de Michael Powell, dos obras maestras que ampliaron el lenguaje del horror, precisamente por ello el tremendo Lynch de Martin comienza la faena introduciéndose subrepticiamente en el garaje del hogar en Twin Peaks, en San Francisco, de la deliciosa cajera bancaria Kelly Sherwood (Remick) para primero agarrarla de atrás de la cintura y el cuello y luego directamente tumbarla y ponerle un zapato en la espalda cuando osa comunicarse con el FBI para avisar de todo a Ripley, en esencia una campaña de intimidación y espanto por parte del acosador para obligarla a robar cien mil dólares de la sucursal donde trabaja si no quiere que secuestre, viole, torture y/ o asesine a su hermana de 16 años, Toby (Stefanie Powers), o a ella misma. La premisa del film, sencilla a más no poder, es condimentada por el matrimonio Gordon mediante un antiguo recurso del hardboiled, léase la maravillosa profusión de personajes secundarios que en esta oportunidad abarcan a una pobre amante victimizada de Lynch, la fabricante de maniquíes Nancy Ashton (Patricia Huston), que pasa a mejor vida cuando pretende denunciarlo, a un informante de los bajos fondos metropolitanos, Jim Durgs alias Palomitas (Ned Glass), fanático de la comedia física del cine mudo que en última instancia no corre con mejor suerte cuando se cruza en el camino de las amenazas y la extorsión de impronta placentera, a un don nadie al que Kelly confunde con el malhechor en una cita pautada en un club nocturno (Al Avalon), sujeto que termina siendo arrestado por la policía por sus ansias amorosas, y finalmente a una asiática que oficia de amiga o novia oficial de Red, Lisa Soong (Anita Loo), y que se niega a ayudar a los esbirros institucionales porque el susodicho pagó todos los gastos médicos del vástago pequeño de la mujer, Joey (Warren Hsieh), muchacho que hace poco fue objeto de una cirugía de cadera para reemplazar una articulación. El villano eventualmente captura a Toby y fuerza el atraco pero es arrinconado al momento de la entrega del dinero en un match de béisbol en el estadio Candlestick Park entre San Francisco Giants, el colectivo local, y Los Ángeles Dodgers, el equipo visitante.

 

La relación de fondo de sometimiento erótico se establece desde el vamos en la magistral secuencia de apertura de la invasión de hogar, sin duda una de las mejores de los thrillers psicosexuales desvergonzados de la época, protagonizada por Sherwood, una sutil hermana/ amiga/ madre para con Toby a raíz de la ausencia de las figuras paternas, y el tremendo Lynch, el cual jadea por una respiración asmática, señala lo divertido que sería abusar de las hermanitas, se resiste a violar de inmediato a la adolescente para que Kelly lleve a cabo el robo sin resentimientos extremos, llega a travestirse en el último acto a lo Norman Bates (Anthony Perkins) y sobre todo arrastra un prontuario muy colorido que incluye estupro, falsificación, asaltos y un homicidio en circunstancias semejantes, aparentemente sólo respetando a las mujeres orientales cual fetiche romántico sin explicación. Como muchas propuestas del mainstream del período, hoy la imagen que se ofrece del FBI es cristalina y pulcra aunque Edwards, un pícaro de toda la vida, no se anda con muchas metáforas a la hora de comparar/ equiparar continuamente la manipulación que sufre la cajera bancaria a manos del cruel psicópata y aquella otra que padece a instancias de los efectivos estatales, encontrándose tironeada entre dos condicionamientos sociales que no sólo se cagan en su voluntad individual sino que ponen en serio riesgo su vida y la de su hermana, así la figura de Ripley es por un lado santificada porque efectivamente consigue atrapar al loquito en el estadio, escena por cierto copiada hasta el hartazgo en otras epopeyas futuras sobre el arte de la coacción, y por el otro lado ridiculizada por lo bajo por su inoperancia o soberbia al momento de proteger a testigos o soplones que pretendían facilitarle la investigación, en línea con Ashton, quien termina colgada en su propio taller, y Palomitas, baleado en una escalera por un cómplice de Lynch. El Mercader del Terror responde en un cien por ciento a la concepción retórica de un Blake Edwards que siempre se tomaba su tiempo para narrar o desarrollar a sus criaturas en pantalla, ya sea que hablemos de comedias o dramas, porque para él la misión excluyente pasaba por siempre dejar espacio a la efusividad visceral de los protagonistas, a la estupenda fotografía de Philip H. Lathrop y a la música muy elegante y pegadiza del querido Henry Mancini, aquí poniéndose al servicio de una fábula hipnótica y sincera acerca del control en la intimidad y la codicia plutocrática de ese devenir público…

 

El Mercader del Terror (Experiment in Terror, Estados Unidos, 1962)

Dirección: Blake Edwards. Guión: Mildred Gordon y Gordon Gordon. Elenco: Lee Remick, Glenn Ford, Ross Martin, Stefanie Powers, Ned Glass, Anita Loo, Patricia Huston, Al Avalon, Warren Hsieh, James Lanphier. Producción: Blake Edwards. Duración: 123 minutos.

Puntaje: 9