Mi Obra Maestra

Sobre el fraude del arte

Por Emiliano Fernández

La obra en general del trío compuesto por los realizadores Gastón Duprat y Mariano Cohn y el guionista Andrés Duprat constituye uno de los pocos ejemplos de cine culto del ámbito contemporáneo, en esencia sustentado en los señores disparando dardos filosos y muy astutos contra la manipulación, la banalidad, el pedantismo y las miserias del mundo del arte “elevado”/ no popular y el microcosmos de los intelectuales, dos comarcas que para el común de los directores, el público y la paupérrima prensa vernácula resultan ignotos e indescifrables. Hablamos de películas de la alta burguesía financiadas por la alta burguesía y destinadas al consumo de la alta burguesía, lo que por cierto es algo magnífico primero porque los secretitos del enclave quedan expuestos como casi nunca en el cine argentino y segundo porque en el trajín se abre el abanico del sustrato crítico hacia la idiosincrasia nacional ya que en el fondo lo que se examina es el canibalismo suicida de una sociedad repleta de carcamanes que especulan con el prójimo y aplauden a los parásitos capitalistas.

 

A diferencia de lo que ocurría con los otros opus ficcionales de los señores, léase El Artista (2008), El Hombre de al Lado (2009), Querida, Voy a Comprar Cigarrillos y Vuelvo (2011) y El Ciudadano Ilustre (2016), en esta oportunidad es Gastón Duprat en solitario quien se hace cargo de la dirección para llevar a la pantalla un guión de su hermano Andrés y con Mariano Cohn en la producción: lo que tenemos ante nosotros es una “remake espiritual” de El Artista aunque con la mirada y el generoso presupuesto de El Ciudadano Ilustre, ya con los cineastas completamente asentados en el mainstream y en muchas plazas culturales internacionales pero sin un gramo de esa trivialidad localista tan frecuente en las propuestas latinoamericanas. Mi Obra Maestra (2018) en cambio habla un lenguaje universal desde una entonación argentina muy sutil que vuelve a poner el dedo en la llaga de la jactancia y la farsa comercial del mercado del arte en tanto planos del fluir caprichoso de un afán de lucro que impone modas y condena al olvido a hacedores con gran talento.

 

Guillermo Francella compone a Arturo, un galerista de mediana envergadura que atesora una amistad de larga data con Renzo, interpretado por Luis Brandoni, un pintor también entrado en años en el que se unifican por un lado un inmenso inconformismo con respecto al circo de la legitimidad, la venta/ compra de cuadros y la mezquindad de siempre de la sociedad capitalista, y por el otro una frustración bastante aguda a raíz de un mercado atrapado en la eterna búsqueda de lo nuevo y la constante obsolescencia programada de todos los productos, incluidos los trabajos del susodicho. Ya lejos de su época de gloria, la década del 80, Renzo está tapado en deudas y desperdicia la oportunidad de sacarle un buen cheque a un oligarca de una empresa familiar, circunstancia que deriva en que sea desalojado de su hogar y atropellado accidentalmente cruzando una calle. En uno de esos clásicos giros de las comedias negras, la ocasión facilitará un cambio que pondrá patas para arriba a la fauna artística sirviéndose del conjunto de previsibilidades y bajezas del rubro.

 

Una vez más el guión de Andrés Duprat desarma y vuelve a armar con meticulosidad a personajes complejos que son mucho más que la suma de sus partes porque escapan a la simple lógica narrativa para transformarse en arquetipos de profesionales un tanto hastiados de la hipocresía consuetudinaria, y por ello mismo planean una venganza que es tan ideológica como pragmática ya que así como El Artista examinaba la faceta social de un fraude vía los automatismos ridículos del círculo de validación de la plástica, aquí se lleva el asunto hacia un campo más personal empardado a la nostalgia y esa necesidad de salir de la indigencia en la que se encuentra Renzo por la dialéctica de contrastes de nuestro país, en la que de un momento a otro toda idea de seguridad se viene abajo gracias a las múltiples y tristes inequidades de nuestra nación. Además del dúo protagónico sobresalen una perfecta Andrea Frigerio como una colega de alta alcurnia de Arturo y Raúl Arévalo como un muchacho español adalid de esa burguesía lela y new age encerrada en su burbuja hippona.

 

Con una primera parte vinculada al costumbrismo y la dinámica de los opuestos, un segundo capítulo cercano al drama de melancolía y eutanasia y un segmento final símil un film noir hermanado a estafas en la línea de La Mejor Oferta (La Migliore Offerta, 2013), Mi Obra Maestra sabe combinar los pormenores de una amistad muy verosímil y querible con las tribulaciones de señores que conscientes de la marginación de la que son objeto, utilizan las herramientas y máscaras de sus victimarios para erigir una revancha en plan de jubilación como esas heist movies aristocráticas de la Europa de los 60 y 70. El equipo Duprat/ Cohn/ Duprat vuelve a confirmar que son unos genios en la puesta en escena, el desarrollo narrativo y la dirección de actores, todas dimensiones en las que suelen brillar como nadie en Argentina y que hoy consiguen orientar hacia ironías extraordinarias alrededor de la perversión marketinera y las pantomimas absurdas del capitalismo, un esquema que desde ya no excluye al emporio intelectual y artístico y sus subproductos…

 

Mi Obra Maestra (Argentina/ España, 2018)

Dirección: Gastón Duprat. Guión: Andrés Duprat. Elenco: Guillermo Francella, Luis Brandoni, Raúl Arévalo, Andrea Frigerio, Mónica Duprat. Producción: Mariano Cohn, Jaume Roures y Fernando Sokolowicz. Distribuidora: Buena Vista. Duración: 110 minutos.

Puntaje: 9