Naufragio

Sobre el idealismo licuado

Por Emiliano Fernández

Finiquitada la Época de Oro del cine mexicano a finales de la década del 50 y comienzos de los años 60, justo durante los coletazos a escala mundial de un Estado de Bienestar -ya en su fase desarrollista utópica- que desaparecería del todo durante los 70 para dejar paso al nihilismo social y el neoliberalismo nauseabundo posterior en medio de las habituales crisis políticas, económicas y sociales del capitalismo, aparece una difusa Nueva Ola Mexicana que sigue la larga estela de movimientos rupturistas internacionales que a su vez retomaron algo tardíamente las vanguardias europeas de la primera mitad del Siglo XX, en sintonía con el expresionismo alemán, el realismo poético francés o el genial neorrealismo italiano, pensemos para el caso en corrientes sesentosas y setentosas como la Nueva Ola Japonesa, la Nouvelle Vague, aquel Cinema Novo, la Generación del Sesenta en Argentina, el Free Cinema, la New Wave británica, la Escuela Polaca de Cine y el mismo Nuevo Hollywood. Jaime Humberto Hermosillo fue un típico exponente de aquella renovación de los 70 que, como prácticamente toda corriente iconoclasta, encaró el oficio de turno mirando hacia la orilla opuesta con respecto a la perspectiva de sus antecesores, por ello mismo el cine de género tradicional de antaño fue bastante mal visto -por supuesto que se seguían filmando propuestas industriales, pero ahora de mucha peor calidad y ninguneadas por estas elites- y dominaban a nivel simbólico la introspección, la ironía y el mentado “destape” con respecto a temáticas otrora vedadas como el sexo, el conservadurismo, la mediocridad comunal y la represión política paranoica, lo que siguió generando prohibiciones institucionales en los 70, provocó el rechazo de los latinoamericanos hacia su propio cine -en el caso del Tercer Mundo- y le dejó todo servido al mainstream norteamericano para recuperar su lugar de preeminencia en complicidad con las mafias y diversos oligopolios vernáculos de cada país.

 

Deudor en parte de Luis Alcoriza y Luis Buñuel y hasta moviéndose muy en paralelo con respecto a los similares Arturo Ripstein y Pedro Almodóvar, Hermosillo cuenta con una primera parte de su carrera que condensa sus mejores y más conocidas películas, léase su debut en el terreno del largometraje, La Verdadera Vocación de Magdalena (1972), y las siguientes El Cumpleaños del Perro (1975), La Pasión según Berenice (1976), Matinée (1977), Amor Libre (1979) y María de mi Corazón (1979), todos retratos de sus grandes obsesiones como la hipocresía burguesa, unas lealtades siempre tambaleantes, la represión libidinosa, las perversiones que se barren debajo de la alfombra y sobre todo la angustia de la vida metropolitana moderna en detrimento de aquel fetiche temático de la Época de Oro, la humildad del habitante bucólico anclado en el pasado, fase que eventualmente dejaría paso a un período posterior de menor calidad aunque todavía interesante en donde domina primero el reemplazo de las metáforas previas por un registro expresivo explícito y segundo una independencia y semi rusticidad en materia de la producción que tiene que ver con las crisis desencadenadas por la imposición planetaria del capitalismo salvaje en los 80 bajo los lineamientos del reaganismo y el thatcherismo, así obras sarcásticas como Las Apariencias Engañan (1983), El Corazón de la Noche (1984), Doña Herlinda y su Hijo (1985) y La Tarea (1991) entran en esta categoría e incluso anticipan ese triste descenso del director y guionista durante los 90 y el nuevo milenio hacia un erotismo trasnochado de cadencia arty que se asemeja a lo lejos a lo peor de ese cine de “primaveras democráticas” de Argentina y España. Correspondiente al trayecto final de su etapa dorada inicial, Naufragio (1978) es uno de los mejores y más meditados melodramas de Hermosillo y un muy buen resumen de sus latiguillos temáticos y formales de siempre, en parte vinculados a su homosexualidad.

 

Hermosillo no lo reconoce en los créditos oficiales del film, atribuyendo a José de la Colina y él mismo toda la epopeya de base, sin embargo la trama de Naufragio está inspirada en Mañana (Tomorrow, 1902), cuento corto de Joseph Conrad que fue primero publicado en The Pall Mall Magazine y luego incluido en la antología Tifón y Otras Historias (Typhoon and Other Stories, 1903), crónica de la eterna espera en el puerto de Colebrook del Capitán Hagberd, un viudo que representa la anticipación optimista con respecto al futuro, en pos de la vuelta de su único hijo, símbolo de un hedonismo que lleva alejado del hogar la friolera de 16 años y al que le importa un comino la intención del padre de casarlo a su regreso con una vecina, la inquilina Bessie Carvil que a su vez cuida de su progenitor, un constructor de barcos que se ha quedado ciego. Aquí el triángulo principal se mantiene inmutable y sólo cambia el sexo del expectante y la coyuntura más macro: Amparo (Ana Ofelia Murguía) es una empleada de la burocracia estatal económica que vive con una compañera de trabajo de menor edad, Leticia (María Rojo), su inquilina, en suma dos mujeres que anhelan la llegada al departamento de Miguel Ángel (José Alonso), hijo de Amparo que lleva seis años lejos del hogar al punto de despertar el “enamoramiento en ausencia” de Leticia, señorita que tiene de amante a Gustavo (Carlos Castañón), otrora mejor amigo de Miguel Ángel, y sufre el acoso sexual de su jefazo Hernández Pimentel (Guillermo Gil). Siempre esperanzada en relación a la vuelta al redil familiar del único vástago, Amparo una noche se moja por una lluvia torrencial, cae muy enferma, es mal diagnosticada por los médicos de turno y termina padeciendo una embolia, todo al mismo tiempo en que Leticia rechaza una propuesta de matrimonio de Gustavo, éste se casa con una tal María Luisa y finalmente regresa Miguel Ángel, hoy un marinero distante sin su brazo izquierdo por alguna faena ignota de su labor.

 

Alegoría inteligente y meditabunda sobre el idealismo licuado, tanto ese materno que jamás se reencuentra con su hijo como el romántico estándar de la inquilina que descubre que las construcciones quiméricas nunca se corresponden con la cotidianeidad, Naufragio, como aseverábamos antes, aglutina los rasgos por antonomasia del cine de Hermosillo como un ritmo narrativo aletargado, personajes algo mucho antipáticos, esos vaivenes existenciales del montón, un ciclo de la amargura, cierto sadismo intimista, unas cuantas tomas fijas y los ataques marca registrada contra la clase media mexicana acusándola de tonta, fabuladora, reprimida sexual, incestuosa, trepadora, sexista, hipócrita y especialmente egoísta, por ello mismo en pantalla chocan de manera sutil las perspectivas contrastantes de las dos mujeres por un lado, una Amparo que se concentra sólo en las características positivas de su vástago y una Leticia que absorbió con fervor la ficción maternal, y del marinero manco por el otro lado, en esencia una persona fría con ingredientes de manipulador y miserable que vive para el presente y ya encontró su vocación, hablamos de los barcos y la libertad del océano, en clara oposición para con las féminas pero también la fauna de la oficina gubernamental, una retahíla de delirantes y frustrados que envidian al hedonista -un compañero de ellos de otro tiempo que renunció de golpe a la prisión laboral- y se regocijan construyendo relatos sobre su paso mentiroso por Chicago, Vietnam o Venecia. Con un excelente desempeño de Rojo y Alonso, ambos actores fetiches del realizador y reencontrándose más adelante en la recordada y muy picante La Tarea, y con referencias por lo bajo a Conrad, como el poster de Lord Jim (1965), film de Richard Brooks, y la importancia de la palabra “mañana” en los diálogos, Naufragio incluso nos regala un epílogo surrealista inesperado, a posteriori de la violación de Leticia por parte de uno de los amigos/ colegas de Miguel Ángel y de una nueva partida repentina del marino, en el que las olas inundan el departamento del D.F. de la progenitora y su inquilina/ amiga/ hija postiza y se llevan los muebles, la decoración y todas las fotos hacia alta mar para después ser destrozados contra las rocas de la costa, en simultáneo una metáfora acerca del idealismo moribundo señalado, capa de la idiosincrasia en donde la esperanza de un futuro mejor se desvanece a medida que pasan los años y todo sigue más o menos igual, y sobre ese otro gran estereotipo del acervo estético y conceptual de Conrad, nos referimos al rol de la naturaleza como un poder acechante que carcome de a poco a los seres humanos en tanto imperativo biológico de la decrepitud que se burla de sus grandes o pequeñas aspiraciones al emparejarlas en el ocaso, en la muerte, frente a lo cual se opone la noción mundana de la fidelidad hacia una utopía enceguecida que contamina la tierra y las aguas, la de las mujeres de la metrópoli asfixiante de nuestro relato, o hacia una realidad de goce de impronta animal vinculada al rebaño antimoralidad, esa de un Miguel Ángel que vuelve a sumergirse en el peligro de unos océanos que le arrancaron el brazo…

 

Naufragio (México, 1978)

Dirección: Jaime Humberto Hermosillo. Guión: Jaime Humberto Hermosillo y José de la Colina. Elenco: María Rojo, José Alonso, Ana Ofelia Murguía, Carlos Castañón, Guillermo Gil, Manuel Ojeda, Martha Navarro, Blanca Torres, Farnesio de Bernal, Emma Roldán. Producción: Héctor López. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 9