Libélula (Dragonfly)

Sobre el olvido y las intermediaciones sociales

Por Emiliano Fernández

El lamentable cine de suspenso de este Siglo XXI no sabe combinar el género con otras comarcas ni rehuir de estereotipos como los homicidas en serie, los atracos del montón o alguna invasión de hogar por el motivo que sea, excusas para desparramar estupideces estandarizadas anodinas y nunca tratar la realidad más prosaica, esa que tiene mucho de tenebrosa bajo la tiranía del capitalismo. Libélula (Dragonfly, 2025), maravilla del inglés Paul Andrew Williams, corrige este estado de cosas porque lo que en un primer momento parece un drama psicológico eventualmente se convierte en una pesadilla muy asentada en el planeta en el que vivimos, donde el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la desregulación en favor de los sectores económicos más concentrados -a raíz del avance del neoliberalismo hambreador y especulador desde las décadas del 70, 80 y 90- ha llevado a la pobreza a la mayoría de la población mundial. Williams, en gran medida un realizador de anclaje televisivo, es también responsable de un curioso abanico en el campo de los thrillers y el terror para el séptimo arte, ese que va desde las interesantes De Londres a Brighton (London to Brighton, 2006) y Toro (Bull, 2021) hasta las decididamente flojas Un Oscuro Secreto (The Cottage, 2008) y Cherry Tree Lane (2010), una serie de propuestas de todos modos bastante digna para la media calamitosa del nuevo milenio. Hoy las protagonistas son dos, Elsie (Brenda Blethyn), veterana con artritis, un bastón y problemas varios para encarar una vida normal en su hogar en el Reino Unido, y Colleen (Andrea Riseborough), una mujer de 35 años que vive justo al lado con su amada perra mestiza, bautizada Saber.

 

De prácticamente no tratarse pasan de a poco a transformarse en amigas porque comparten una soledad indisimulable, la joven por haberse criado en el sistema de adopción británico luego del abandono de sus progenitores, lo que compensa con su cariño inconmensurable hacia su mascota, y la anciana debido a la poca o nula presencia de su único vástago, John (Jason Watkins), que la llama por teléfono de vez en cuando y vive lejos con su propia familia porque se casó con una tal Debbie (Katherine Kingsley) y tuvo una prole propia que usa de pretexto para ausentarse cuando quiere. Colleen ocupa el lugar de las enfermeras que suele mandar el hijo de Elsie para que limpien la casa, cocinen, laven la ropa y bañen a la veterana a lo largo de cada semana, no obstante la fragilidad mental de ambas se deja ver en pequeños episodios de desesperación como cuando Elsie echa a una enfermera que no logra recordar su nombre, ejemplo de la frialdad o desapego de los profesionales en cuestión, o cuando Colleen se maquilla para resaltar su rostro, esconder un envejecimiento prematuro y darle una sorpresa a la vecina. La treintañera, que vive de una mísera pensión estatal y tiene que vender un reloj por 50 libras para comprar un par de walkie-talkies para hablar con la anciana desde su casa, entra en una fase de enajenación ya que John denuncia a la perra, un chucho cercano al dogo argentino, y por ello policías y representantes del departamento de zoonosis se llevan y sacrifican al animal por considerarlo peligroso. La furia de Colleen, que no tarda en descubrir al artífice excluyente, pronto irá en aumento e incluirá desde tirar la basura en el césped de la vecina hasta meterse por la noche en su domicilio y más allá.

 

La presencia de Blethyn no es casual porque la actriz se hizo conocida por su Cynthia Rose Purley de Secretos & Mentiras (Secrets & Lies, 1996), recordada obra maestra de un Mike Leigh cuya influencia se hace sentir muy fuerte en la claustrofobia mundana del film y su detallismo en lo que atañe al análisis casi antropológico de los personajes y su ecosistema social, sin embargo la que termina comiéndose a la película es Riseborough, una experta en cine indie y especialmente en antiheroínas dedicadas al sufrimiento o la introspección, aquí sumando una nueva faceta al popurrí de recursos porque su Colleen combina elementos de esquizofrénica, misionera altruista y paladín de la clase obrera. Williams administra con astucia el misterio sobre la depresión de Colleen, lo que desde ya apunta a su economía, sus padres abandónicos y una infancia/ adolescencia en el sistema de tutelaje público aunque sin mayores precisiones, y sabe recurrir a la perra como arma tácita del relato y símbolo un tanto paradójico de la humanidad de su dueña, literalmente lo único que estima en el mundo y por cierto mucho más que a su vecina, como lo demuestra el desarrollo de la trama. Las casas duplicadas, léase una exactamente igual a la otra, e incluso hermanadas, pegadas sin separación alguna de por medio, sirven como metáfora no sólo de la intercambiabilidad del desasosiego compartido sino también del destino amalgamado de ambas mujeres, lo que trae a colación el hecho de que si una cae efectivamente caen las dos en el mediano plazo. La vulnerabilidad es tanto física como psicológica porque la degradación de una dimensión siempre encuentra correlatos en la otra, pensemos que los problemas para caminar de Elsie repican en su paranoia hogareña/ cotidiana y la cólera apenas contenida de su vecina se refleja en su look avejentado/ desaliñado para el promedio de la fauna rosa. Se podría decir que en Libélula la angustia se equipara al “estado natural” de buena parte de la población, las mayorías populares en plan supervivencia, aquí para colmo exacerbada por la soledad o el desamparo ya que el asunto implica un abandono de parte de personas e instituciones, en el caso de la veterana de su hijo/ familia y en lo que atañe a la treintañera de un sistema de contención estatal/ privado -casas particulares de burgueses de por medio- que a todas luces la ninguneó terriblemente, otra prueba de un olvido colectivo que emparcha los problemas.

 

En este sentido, resulta revelador que la crisis empiece de manera individual mediante los puntos más vulnerables o dolorosos de cada una, hablamos de la belleza desperdiciada o no asumida de Colleen y la sensación de la anciana de un trato impersonal a instancias del aparato asistencial dedicado a los adultos mayores, los discapacitados y todos los enfermos, núcleo de una discriminación social poco disimulada que enmascara su desprecio hacia los miembros “no productivos” de la sociedad desde el punto de vista del capitalismo salvaje del Siglo XXI, ese que todo lo cosifica bajo la óptica de la razón instrumental. Si por un lado la frustración, el egoísmo y los atropellos desencadenan enojo y violencia, en la otra orilla del dúo la dependencia para con el contexto o la ayuda del prójimo se transforma en amistad y luego en horror cuando no se lee con la suficiente sabiduría el afán de justicia a cualquier precio de la contraparte, definitivamente una que llevó una vida mucho más espantosa que la propia. El título apunta a una referencia al estadounidense James Thurber a través de su novela corta Los 13 Relojes (The 13 Clocks, 1950), “el tiempo es para las libélulas y los ángeles, las primeras viven muy poco y los segundos viven demasiado”, lo que por supuesto desde la idiosincrasia británica del realizador y guionista se homologa a una ironía en torno al sistema de clases, planteo tendiente a vincular a la existencia obrera con Colleen, corta y penosa, y al fluir burgués con Elsie, una vida larga y definitivamente cómoda porque en su ocaso se la pasa victimizándose desde cierto fariseísmo risible de pérdida de privilegios y autonomía en general. Más allá de la denuncia anticapitalista de fondo, la propuesta asimismo puede leerse en función de criterios de dinámica familiar, con los proletarios desembarazándose por obligación de sus vástagos y los burgueses criando monstruos individualistas como John que se desentienden implícitamente -de manera sutil- de su clan, amén de características universales como por ejemplo la efusividad virulenta, el miedo patológico al entorno y la cobardía bien sádica de muchos psicópatas de hoy en día que mandan a terceros -en este caso la policía- a hacer el trabajito sucio de ellos mismos, un gesto de mediocridad pancista que habla de un sistema que tolera estas “intermediaciones” comunales hipócritas que al disfrazar el conflicto a escala diaria lo agravan cíclicamente…

 

Libélula (Dragonfly, Reino Unido, 2025)

Dirección y Guión: Paul Andrew Williams. Elenco: Andrea Riseborough, Brenda Blethyn, Jason Watkins, Katherine Kingsley, Rochenda Sandall, Elliot Benn, Sandra Huggett, Lolly Jones, Annie Eves, Gemma Peace. Producción: Dominic Tighe y Marie-Elena Dyche. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 8