La Bola Negra (2026), insólita ganadora del premio al Mejor Director en la última edición del Festival de Cannes, constituye un claro ejemplo de lo que el mainstream europeo tontito actual entiende por película arty, un pastiche aburrido, mal narrado, redundante, de ínfulas solemnes, derivativo y para colmo todavía centrado en ese discurso agendista en vías de extinción, en esta oportunidad consagrado a un hilarante mariconismo/ putismo, por ello como en muchos panfletos wokes devaluados del Siglo XXI aquí todo parece resumirse en -o resolverse mediante- la lucha por una identidad sexual minoritaria sin conciencia social o verdadero interés en el funesto destino de las mayorías en el capitalismo salvaje, como si la guerra, las injusticias económicas, la polarización y el horror fascista fuesen anécdotas de fondo para que un puñado de burgueses sodomitas lloren porque unos energúmenos les gritaron insultos en la calle. El eterno film de 160 minutos, escrito y dirigido por un par de homosexuales españoles que hasta hace poco eran pareja, Javier Calvo y Javier Ambrossi, opera sobre terreno político ganado en España desde la Transición a la Democracia (1975-1982), luego de la Dictadura de Francisco Franco (1939-1975), unifica a los tumbos dos obras de teatro, La Piedra Oscura (2013), de Alberto Conejero, y La Bola Negra (1936), célebre trabajo incompleto de Federico García Lorca, y vampiriza con torpeza a Eloy de la Iglesia, Carlos Saura, Xavier Dolan, Pedro Almodóvar y opus varios, en especial Querelle (1982), de Rainer Werner Fassbinder, y Bella Tarea (Beau Travail, 1999), de Claire Denis.
Similar a lo que sería una versión exacerbada de otros tanques fallidos recientes de eje arty de España, pensemos en El Ser Querido (2026), de Rodrigo Sorogoyen, y Los Domingos (2025), de Alauda Ruiz de Azúa, y muy lejos de films realmente interesantes en línea con El 47 (2024), de Marcel Barrena, y Marco (2024), de Aitor Arregi y Jon Garaño, la película que nos ocupa es un melodrama del montón que se cree un experimento novedoso cercano a la poesía, en este sentido semejante a Sirât (2025), el bodrio de Oliver Laxe, y tiene por telón de fondo la relación romántica entre García Lorca (1898-1936) y Rafael Rodríguez Rapún (1912-1937), quienes trabajaron juntos en el grupo teatral La Barraca durante la Segunda República (1931-1939) y fallecerían en el contexto de la sublevación franquista de la Guerra Civil Española (1936-1939). El guión de los directores y Conejero, artificial y lleno de desvaríos históricos, da mil vueltas para desarrollar tres historias homosexuales interconectadas, así en 2017 Alberto López Azcuna (Carlos González), un historiador y ex dramaturgo en muy mala relación con su madre, Teresa (Lola Dueñas), recibe en herencia las páginas faltantes de La Bola Negra de su abuelo materno fallecido, Sebastián (Álvaro Lafuente Calvo alias Guitarricadelafuente), un soldado nacionalista que en 1937 obtiene el texto de Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), republicano otrora amante de un García Lorca (Alberto Cortés) que situó la acción de su última obra de teatro en 1932, cuando se rechaza el ingreso de un burgués a un casino/ club social por ser gay, Carlos (Milo Quifes).
Entre la música pomposa de Raül Refree, subrayándolo todo sin sutileza alguna, y unos diálogos también autoconscientes, vinculados a lo performativo baladí típico de las elites de la cultura, el opus desparrama floreos trasnochados en fotografía y edición, respectivamente a cargo de Gris Jordana y Alberto Gutiérrez, que recuerdan a jugadas homólogas pero por entonces vanguardistas de los 80 y 90, lo que conlleva preciosismo, instantes videocliperos y un surrealismo rutinario que causa vergüenza ajena. La trama parece compleja en función del planteo coral o en mosaico aunque en realidad exuda sencillez al juzgar lo desplegado escena por escena, una más elemental y previsible que la otra, pensemos que el desarrollo conceptual se reduce a eslóganes de índole publicitaria y encima avanza a paso de tortuga a raíz de muchas secuencias de relleno y un evidente engolosinamiento formal que no va a ningún lado o no suma nada a escala discursiva entre tanta esquizofrenia retórica, por momentos incluso coqueteando con la posibilidad de que el episodio de 1937 mute en un ejercicio involuntariamente autosatírico de maricas de clóset modelo Secreto en la Montaña (Brokeback Mountain, 2005), de Ang Lee, y El Juego de las Lágrimas (The Crying Game, 1992), de Neil Jordan, realizaciones por supuesto infinitamente superiores porque sí sabían mantener la tensión psicosexual o mejor dicho, no la saboteaban con el neopuritanismo del mainstream posmoderno o su propia torpeza a través de múltiples e innecesarios saltos en el tiempo entre estas tres facetas de la misma e interminable autovictimización del sodomita.
No está mal la retahíla de cameos, sobre todo Antonio de la Torre como el padre de Carlos, Vicente, Penélope Cruz en el rol de una cupletista prostibularia que entretiene a las tropas y le abre a Sebastián el ecosistema queer, Nené Romero, y Glenn Close como una hispanista experta en García Lorca que se parece a lo que sería una inexistente acepción femenina de Ian Gibson, Isabelle Durand, sin embargo queda muy grosera la idea de incluir a Conejero en la trama, en términos concretos mediante el historiador en la anatomía de González, y honestamente nunca termina de funcionar del todo la arquitectura metadiscursiva de la película por sentirse muy forzada/ estereotipada en pos de un ombliguismo artístico demodé que a esta altura del nuevo milenio sólo le importa a la microscópica fauna que vive de los festivales internacionales de cine y los Oscars, punto en el horizonte al cual sin duda se dirige el film. La noción de un putismo homologado a la libertad, ocupando en el relato el lugar de tanto feminismo misándrico descerebrado previo al ascenso de la nueva derecha, a su vez esta última también en decadencia, resulta extremadamente alienante y anacrónica porque, como afirmábamos, responde a la burbuja de esa burguesía siempre privilegiada que no tiene contacto alguno con la realidad de las mayorías populares, a quienes hoy les importa un comino los padecimientos de maricas con dinero suficiente para resolver todos sus problemas de inmediato mientras ellos, los excluidos, padecen en el olvido cada una de las inequidades del sistema capitalista y su fetiche neoliberal en auge desde las décadas del 70 y 80 de la centuria pasada, por cierto sinónimo urgente de hambre, represión, ignorancia, desempleo, endeudamiento e inflación de nunca acabar, sin olvidarnos de la destrucción del Estado de Bienestar para continuar transfiriendo la riqueza vernácula hacia los bolsillos de un puñado de plutócratas cada día más necios, autoritarios y payasescos. La faena de Calvo y Ambrossi, responsables de una comedia musical bien estúpida, La Llamada (2017), es demasiado sermoneadora, caótica y palurda/ tilinga en su periplo narrativo excesivamente complicado con el objetivo de llegar a una obviedad que dominó el devenir del cine español desde la Transición a la Democracia hasta los primeros años del Siglo XXI, eso de que la España franquista fue una oda al oscurantismo, la represión sexual, la hipocresía y el acoso al disenso o cualquier estilo de vida alternativo, todo con el beneplácito de yanquilandia, la Iglesia Católica, el empresariado, los medios de comunicación, el aparato represivo del Estado y una serie de fascistas de la sociedad civil que garantizaron su propia impunidad…
La Bola Negra (España/ Francia, 2026)
Dirección: Javier Calvo y Javier Ambrossi. Guión: Javier Calvo, Javier Ambrossi y Alberto Conejero. Elenco: Guitarricadelafuente, Carlos González, Miguel Bernardeau, Milo Quifes, Alberto Cortés, Lola Dueñas, Penélope Cruz, Glenn Close, Antonio de la Torre, Lorenzo Zurzolo. Producción: Javier Calvo y Javier Ambrossi. Duración: 160 minutos.