Whisky

Sobre el simulacro de felicidad

Por Emiliano Fernández

Aunque cueste creerlo todavía existen cinéfilos latinoamericanos que no conocen Whisky (2004), no sólo la mejor película uruguaya por lejos -tampoco hay mucho de entre lo cual elegir, tanto a nivel cualitativo como cuantitativo- sino una de las mejores del cine a secas del nuevo milenio, ese que casi siempre nos ofrece un panorama muy mediocre a nivel global debido a la pérdida de aquella gloriosa economía narrativa de antaño y en especial a la desaparición de la figura del cineasta culto o siquiera eficaz preocupado por interconectar los lenguajes de la pantalla a oscuras, la música, la literatura y las artes plásticas a escala general, amalgama que por cierto responde a la esencia del cine y que tantos creadores contemporáneos de pocas luces -y de nula cultura heterogénea o enriquecida a cuestas- se empeñan en empobrecer sobreexplicándolo todo, recurriendo a latiguillos y a tics de los géneros duros archiconocidos o desparramando poses vanas extraídas de la publicidad, los videoclips o el acervo descerebrado hollywoodense promedio, el más olvidable de todos. La segunda película de los directores Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, luego del corto Víctor y los Elegidos (1996) y el otro largometraje del dúo, la también maravillosa y muy hilarante 25 Watts (2001), se aleja de la influencia documentalista innegable por parte del Nuevo Cine Argentino de la década del 90 en esta última y de cierta preponderancia cómica en pos de en primera instancia trastocar la balanza primordial, ahora con el sustrato trágico dominando a los chispazos de una comedia en simultáneo negra, costumbrista y romántica, y en segundo lugar recuperar -o más bien construir mediante imágenes, palabras y muchos silencios- una especie de idiosincrasia rioplatense que tiene que ver con una resignación nostálgica o decadente por momentos similar a la del resto de Hispanoamérica, en materia de una tranquilidad más o menos respetuosa para con el prójimo, y en otras oportunidades bastante distinta al quid de los hermanos latinos por el componente exaltado, presuntuoso, lúdico y/ o charlatán bizarro que viene de la inmigración europea, sobre todo de España e Italia, identidad efervescente que en Argentina y Uruguay se magnificó exponencialmente.

 

La querida realización de los uruguayos Rebella y Stoll, la última del primero porque se suicidaría en 2006 a los 31 años y cumbre artística del segundo porque a posteriori apenas si entregaría dos opus más, las apenas correctas Hiroshima (2009) y 3 (2012), ésta basada en una idea que ambos estaban craneando al momento del fallecimiento de Rebella, indaga con suma inteligencia en la inercia y estupidez emocional de la vida prosaica del grueso de la población, siempre atada a rutinas hiper conservadoras, muy poco predispuesta a salir del hermetismo patológico existencial e incapaz ya no sólo de comprender al otro distinto que se tiene enfrente sino también de comunicarse con él de manera franca o aunque sea fluida, prefiriendo intermitentemente el ninguneo, muchas frases hechas, los chistes, comentarios o anécdotas insípidas, el disimulo sin imaginación, la ansiedad homologada a la frialdad, las visitas a arcades decrépitos o restaurants de karaoke y hasta la agresión pasiva o activa a lo puñalada verbal hiriente, disfrazada casi siempre de corrección política o distanciamiento anímico defensivo. Jacobo Köller (Andrés Pazos) es un sujeto muy desgarbado, taciturno y solitario que jamás tuvo hijos y el dueño de una empresa textil que se dedica a confeccionar medias/ calcetines, hombre cuyos únicos intereses son el fútbol, fanático como es del Club Atlético El Tanque, y el minúsculo taller que tiene en Montevideo, donde trabajan un par de empleadas en unas máquinas italianas entradas en años (Verónica Perrotta y Mariana Velázques) y una capataz/ asistente polirubro del jefe que responde al nombre de Marta Acuña (Mirella Pascual), veterana de pocas palabras que controla a sus dos subordinadas, espera religiosamente a Jacobo todos los días en la puerta del taller y acepta hacerse pasar por la esposa de Köller durante la visita del hermano de éste, Herman (Jorge Bolani), otro fabricante de medias aunque exiliado en Brasil con una familia propia, con motivo de una ceremonia funeraria judía, la matzeibe, que implica colocar la lápida un año exacto después del fallecimiento de la persona, en este caso la progenitora de ambos, con la que Jacobo vivía y a la que cuidó en soledad durante su enfermedad sin recibir ayuda de su hermano.

 

Como decíamos con anterioridad, se puede armar un árbol genealógico del film de manera más o menos precisa aseverando que tiene algo del humor minimalista y silente de Jacques Tati, la obsesión con la cultura hebrea de Woody Allen, la malicia prototípica a punto de estallar de los hermanos Joel y Ethan Coen, las comedias ultra irónicas de enredos de Billy Wilder y Blake Edwards y hasta aquel absurdo gris, kafkiano y cuasi surrealista de genios como Marco Ferreri, Bertrand Blier y Roman Polanski, no obstante, a decir verdad, Whisky construye su propio universo apelando a la poesía de la nimiedad farisea y a las fronteras invisibles que se alzan en el seno del trío protagónico, pensemos en este sentido que Jacobo responde en sí al cliché popular del judío aburrido y tacaño al que todos odian, siempre repartiendo su vida entre su departamento, el taller, un bar bastante deprimente y la manía de cruzarse por la calle con un diariero (Fernando Pereyra) que adora verduguearlo por la mediocridad de El Tanque, Herman por su parte hace las veces del burgués embaucador y “vende humo” que se borró olímpicamente durante la convalecencia de la madre de ambos, un típico parlanchín con un buen pasar económico y dos hijas ya grandes que de a poco se siente atraído hacia Marta, y finalmente la mujer, el verdadero misterio del lote en cuestión, parece pasar de modo paulatino de la soledad compartida y platónica con Jacobo, relación laboral de muchos años que muta en romántica farsesca para no dar imagen de miserable sin amor ante el hermano, a un rejuvenecimiento sutil en ocasión de un viaje improvisado que los tres realizan hacia Piriápolis, un balneario uruguayo, donde Acuña encara un affaire de una noche con el brasileño por adopción para el enfurecimiento de Jacobo, quien en ningún momento exterioriza sus sentimientos al igual que su hermano y su esposa postiza. Herman desea asociarse comercialmente con su par textil e incluso pedirle perdón por su ausencia, pero el Köller de Montevideo prefiere el alejamiento ya que no puede aceptar sus disculpas ni desprenderse de un rencor que lo lleva a jugarse en el casino la indemnización tácita monetaria que le entrega su hermano para luego darle los billetes resultantes a Marta.

 

Amparados en el excelente desempeño del elenco, con Pascual, Bolani y el español Pazos a la cabeza, en la fotografía de humor seco pero con un gran poder ilustrativo y metafórico de Bárbara Álvarez, adalid de las tomas fijas, y en la música cercana al tango y el vals de los estupendos Pequeña Orquesta Reincidentes, banda argentina con aires de Nick Cave y Tom Waits que supo combinar jazz, rock, polka, música gitana y chanson francesa y que estaba atravesando lo mejor de su trayectoria con discos como Pequeña Orquesta Reincidentes (2000) y Miguita de Pan (2003), Rebella y Stoll se lucen en el terreno de lo “no dicho”, por demás descuidado en nuestro presente por tantos realizadores del montón, y analizan las grietas de la cotidianeidad enfatizando la repetición, el aislamiento, la torpeza, la apatía y sobre todo la autorepresión y falta de compañía y cariño de los personajes, planteo retórico que a través de la premisa de la convivencia forzada, esa del embuste que sirve para tapar otros embustes a lo bola de nieve, por un lado examina la abulia de la vejez, al fin y al cabo los vértices de este triángulo amoroso están más cerca de la última etapa de su vida que de la medianía de edad, y por el otro lado pone en entredicho un rasgo mucho más atemporal y genérico como la actitud conservadora para con lo que se pretende de uno mismo y del resto de los mortales, por ello los Köller y la fémina simbolizan las tres posibles respuestas ante la pasividad comunal reaccionaria estándar, con Jacobo manteniéndose firme en su odio hacia su hermano y su desinterés hacia la hembra, Herman haciéndose el afable y el más abierto al cambio pero regresando a su familia brasileña después del breve romance con Acuña y ésta última experimentando un renacimiento que la rescata de su soledad por un instante, léase el desarrollo del film, para luego devolverla a un tedio magnificado por la angustia de haber sido feliz primero con Jacobo, a quien no pudo “renovar” o sacar de su caparazón melancólico, y luego con su hermano, dispuesto a una aventura de una noche pero cobarde hasta la médula y deseoso de seguir preso de su fábrica y su parentela. Las dos vertientes de la burguesía, la derechosa de Jacobo y la de seudo izquierda de Herman, demuestran su dureza e inseguridades ante un pueblo trabajador sin mucha idea de nada ni brújula psicológica o doctrinaria, representado en Marta, que oficia de cómplice en este simulacro de bienestar -o quizás de solvencia vincular muy naif, como si una pareja fuese garantía de afecto verdadero- que incluye desde bobos argentinos, una colorida pareja de recién casados que comparten hotel en Piriápolis con el trío (Ana Katz y Daniel Hendler), y la referencia del título a las sonrisas hipócritas de las fotografías, esa palabra “whisky” que crea un júbilo mentiroso al pronunciarla, hasta la oposición entre la cinefilia y el amor por la televisión de Acuña y el gustito por el tejo, las tragamonedas y las máquinas de regalos de los Köller, un par de hebreos caricaturescos amantes del vil metal. El desenlace, cuando se produce la esperable despedida sin que medie palabra aclaratoria alguna en lo que atañe a los sentimientos superpuestos, resulta agridulce a más no poder y muy representativo del tono bien ocre de la propuesta en su conjunto porque nadie obtiene lo que desea y al mismo tiempo todos consiguen perpetuar unas miserias autoconstruidas que en parte conforman sus anhelos masoquistas y les provocan placer, vale recordar que Marta vislumbra esa dicha escurridiza de la vida pero al precio de tomar consciencia de su enorme soledad y caer en la depresión, Herman no logra el perdón de su hermano aunque sí ratifica su dependencia para con el facilismo pusilánime del exilio y Jacobo, en último lugar, lejos está de edificar una estampa de “felizmente casado” pero consigue dejar en claro que sus compulsiones y sus fetiches son lo único que realmente necesita para subsistir, algo que en las postrimerías del metraje le impide darse cuenta del hecho de que Marta abandonó para siempre este barco del silencio sofocante que arrastra frustraciones de muy larga data y nunca resuelve nada…

 

Whisky (Uruguay/ Argentina/ Alemania/ España, 2004)

Dirección: Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Guión: Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll y Gonzalo Delgado Galiana. Elenco: Andrés Pazos, Mirella Pascual, Jorge Bolani, Ana Katz, Daniel Hendler, Verónica Perrotta, Mariana Velázques, Fernando Pereyra, Adrián Biniez, Francisca Barreiro. Producción: Fernando Epstein. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 10