Para los conocedores verdaderos del western, no los zopencos que se la pasan viendo lo mismo mil veces y sólo conocen a dos o tres figuras en tiempos como los nuestros en donde toda la información está disponible al alcance de la mano pero las mayorías siguen con las banderitas repetidas de siempre, El Sol Rojo (Red Sun, 1971), del británico nacido en China Terence Young, es una de las películas más admiradas y anómalas del género ya que lleva al extremo esa integración cultural que siempre estuvo presente en la arquitectura básica del formato aunque atravesando un extenso derrotero desde sus inicios muy poco tolerantes, donde toda raza que no sea la blanca anglosajona homologada a los colonos era vista como enemiga, hasta la revolucionaria aparición en la década del 60 del western crepuscular de Sam Peckinpah, a su vez inspirado en la obra en general de genios como Robert Aldrich, Fred Zinnemann y John Huston que se apartaron de fascistas de mierda como John Ford, John Wayne y compañía, y el spaghetti western de Sergio Leone, Tonino Valerii, Enzo G. Castellari, Damiano Damiani, Sergio Sollima, Giulio Petroni y Sergio Corbucci, entre muchos otros, dos corrientes y modelos comerciales hermanados que utilizaron la ironía, la tragedia más bombástica y el jolgorio de las putas, las armas, los robos y las masacres para manchar la figura de los adalides mentirosos de la justicia de antaño y reemplazarlos por la efigie posmoderna por antonomasia del descreimiento en las instituciones, el antihéroe, lo que también implicó que las diferencias se borrasen a través de una jugada ideológica vinculada al nihilismo ya que ahora todos los bípedos son iguales en su capacidad para el bien y en especial para el mal, importando a fin de cuentas muy poco su color de piel, su género sexual o su profesión ya que la dimensión que pasa a ser crucial, justo como en nuestra praxis cotidiana, es la de la jerarquía social dentro de la pirámide plutocrática y salvajona del capitalismo, andamiaje que motiva todos los combates mudos o aparatosos porque el eterno proceso de construcción nacional, ese que en pantalla queda sintetizado en un pueblito mugroso o páramo desértico y sus rivalidades de turno, moviliza intereses en lucha entre los parásitos de la burguesía y el Estado, por un lado, y el pueblo, por el otro.
A pesar de que su obra magna innegable es Espera la Oscuridad (Wait Until Dark, 1967), aquel espléndido y eficaz thriller con una Audrey Hepburn haciendo de una cieguita no tan indefensa y sufriendo el acoso obstinado de unos maleantes que pretendían recuperar una muñeca con su pecho repleto de heroína, a Young lamentablemente se lo recuerda -a nivel de esa memoria cinéfila mediocre de hoy en día a la que nos referíamos con anterioridad- por sus tres aportes en la interminable franquicia cinematográfica de James Bond/ 007, El Satánico Dr. No (Dr. No, 1962), De Rusia con Amor (From Russia with Love, 1963) y Operación Trueno (Thunderball, 1965), las primera, segunda y cuarta películas del mejor período del personaje por lejos, aquel protagonizado por el extraordinario Sean Connery, sin embargo el inglés, un artesano polirubro de antaño cuya “base de operaciones” siempre estuvo en Europa y Estados Unidos aunque en sí rodó en prácticamente todo el globo en pos de mantenerse activo en un encadenamiento laboral sin freno que jamás lo expulse del mercado, asimismo entregó otras realizaciones interesantes y de lo más variopintas -muchas muy desconcertantes- que se dividen en dos conjuntos de films, primero el correspondiente a la heterogeneidad de Triple Traición (Triple Cross, 1966), El Aventurero (L’Avventuriero, 1967), Mayerling (1968), Cegueras de Odio (The Klansman, 1974), Lazos de Sangre (Bloodline, 1979) y El Impacto Final (The Jigsaw Man, 1983), y segundo una recordada trilogía con Charles Bronson, hablamos de El Sol Rojo, el opus previo, Los Visitantes de la Noche (Cold Sweat, 1970), uno de los primeros thrillers del esquema narrativo “padre de familia amoroso debe enfrentar la reaparición de colegas turbios de su pasado que buscan saldar deudas”, y la faena posterior, Los Secretos de la Cosa Nostra (The Valachi Papers, 1972), típico ejemplo de neo film noir de impronta mafiosa que en la época de su estreno fue tratado injustamente como un cuasi exploitation de El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, en otra de esas clásicas situaciones de desfasaje interpretativo entre el opus en cuestión, en esencia un convite humilde producido por Dino De Laurentiis en paralelo a la obra maestra de Coppola, y las expectativas infladas e idiotas de la crítica.
Retomando lo que aseverábamos al inicio, en El Sol Rojo la amalgama cultural es frenética y jocosa -dos características de siempre del cine furiosamente comercial de Young- porque a la presencia del británico se suma la de un Bronson norteamericano de ascendencia tártara lituana, el chino/ japonés Toshirô Mifune, la mega “bomba erótica” suiza Ursula Andress de El Satánico Dr. No y los franceses Alain Delon y Germaine Hélène Irène Lefebvre alias Capucine, amén de detalles adicionales como el contexto de la historia a escala bien macro, México, el lugar concreto del rodaje, España, y la intervención en la trama de indígenas amenazantes de la tribu comanche como si se tratase de un western clásico, aunque con la salvedad de que aquí no están demonizados desde ese etnocentrismo racista decrépito de Ford, Wayne y Howard Hawks y su rol de semi villanos es muy secundario con respecto al verdadero malhechor dentro del gremio de los malhechores, el Gauche del querido Delon. El guión de Denne Bart Petitclerc, William Roberts, Lawrence Roman y Gerald Devriès está construido a partir de una historia original de Laird Koenig, célebre por La Muchacha del Sendero (The Little Girl Who Lives Down the Lane, 1976), joya de Nicolas Gessner, Inocencia Peligrosa (Attention, les Enfants Regardent, 1978), de Serge Leroy, y sus tres colaboraciones con Young, léase la presente y las demenciales Lazos de Sangre e Inchon (1981), esta última un desastre mayúsculo de la historia del cine, y comienza en 1870 en el Lejano Oeste con el sangriento asalto a un tren por parte de una pandilla liderada por Link Stuart (Bronson) y su cruel lugarteniente, Gauche, quien se pone ambicioso y traiciona a su jefe llevándose los 400 mil dólares del convoy y una katana del embajador de Japón, Sakajo Bizen (Tetsu Nakamura), destinada a ser un regalo de “buena voluntad” del emperador al presidente norteamericano. El embajador ordena a uno de sus guardias, el samurái Kuroda Jubei (Mifune), que recupere la espada en un plazo de siete días porque en caso contrario Bizen y Jubei, quien vio morir a su mejor amigo y colega a manos del afable galo, deberán suicidarse vía seppuku/ harakiri por haber fallado en su misión, de allí que Stuart se vea obligado por los nipones a oficiar de guía en este periplo de restitución y venganza doble.
La excepcionalidad del film, además, se condice con la cruza sutil y muy bien trabajada de géneros que trae a colación, pensemos que la adorablemente ridícula premisa de base, eso de recobrar una espada de oro de impronta ceremonial, es digna de un folletín de aventuras mientras que la presencia de Mifune y el generoso gore de las arremetidas con su katana nos acercan insólitamente al chanbara o cine de samuráis del mismo modo en que Kung Fu (1972-1975), la serie de la ABC craneada por Bruce Lee, combinaba el ecosistema del Far West y el wuxia, panorama que por supuesto incluye un sinfín de ingredientes del spaghetti western en boga como el gustito por esa dinamita que utilizan para abrir el vagón y la caja fuerte con el dinero, el apego para con los fusilamientos sumarios del personaje de Delon, la catarata de comentarios sarcásticos del Stuart de Bronson, la incorporación de señoritas aguerridas y bastante putonas vía Cristina (Andress) y Pepita (Capucine), respectivamente las parejas de Gauche -izquierda en francés, porque el personaje es zurdo- y Link -izquierda en alemán, enfatizando que ambos representan las dos caras de la misma moneda de los forajidos de cadencia anarquista- y finalmente la elección de un varón rústico, picarón y hedonista como centro del relato, Stuart, un compañero con un código de honor por demás férreo, ese Jubei que sigue al pie de la letra los axiomas del Bushidô o entramado ético del samurái, y un blanquito de ojos claros como el némesis maquiavélico del relato, Gauche, aunque curiosamente muy preocupado por el bienestar de su novia, a la que sitúa al mismo nivel del dinero porque está dispuesto a arriesgar el pellejo por ella. El Sol Rojo, epopeya tan simple como adictiva, resume todo lo que estaba bien en el cine de género de izquierda del pasado porque apuesta por la integración cultural sin sermones aburridos, contrapone el pragmatismo de los occidentales con la rigidez dogmática de entonces de los orientales, desparrama cadáveres, sensualidad y realismo sucio por doquier, exprime con sabiduría el enorme carisma de un elenco irrepetible e incluso nos ofrece un final decadentista y muy humano a lo Huston en el que todos los protagonistas se quedan con sus manos vacías y las treguas resultan transitorias porque nadie puede dejar de ser lo que es por mucho tiempo…
El Sol Rojo (Red Sun, Francia/ Italia/ España, 1971)
Dirección: Terence Young. Guión: Denne Bart Petitclerc, William Roberts, Lawrence Roman y Gerald Devriès. Elenco: Charles Bronson, Alain Delon, Toshirô Mifune, Ursula Andress, Capucine, Barta Barri, Guido Lollobrigida, Anthony Dawson, Gianni Medici, Tetsu Nakamura. Producción: Ted Richmond. Duración: 115 minutos.