Mads

Sobre la producción de adrenalina

Por Emiliano Fernández

Mads (2024), del cineasta francés David Moreau, es la típica película mediocre que en el pasado iba directo a video y hoy en día recibe una distribución caótica entre el streaming para algún mercado del montón, como el estadounidense vía Shudder, y el estreno en salas en diferentes plazas del globo, lo que extiende la vida de la obra un año más y sitúa en primer plano la idiotez de los distribuidores porque la piratería les pisa los talones desde el momento -a veces incluso antes, como con los blockbusters hollywoodenses- en que el film toca la comarca digital. Para colmo el terror, uno de los géneros más sinceros y prodigiosos, suele padecer la imbecilidad de sus fanáticos y de la prensa en general, dos gremios con un nivel intelectual calamitoso cuyos comentarios parecen creados con inteligencia artificial por su cinefilia de pacotilla y redundancias eternas, casi siempre generando apreciaciones infantiloides, intercambiables e inofensivas. El sustrato anodino de la odisea de Moreau se explica por dos recursos quemados, primero los muertos vivos o infectados heterogéneos de impronta social a lo George A. Romero circa La Noche de los Muertos Vivos (Night of the Living Dead, 1968) y El Amanecer de los Muertos (Dawn of the Dead, 1978), pivote que resurgió en el Siglo XXI de la mano de Exterminio (28 Days Later, 2002), opus dirigido por Danny Boyle a partir de un guión de Alex Garland, y llegó a la saturación gracias a The Walking Dead (2010-2022), serie de la cadena AMC que provocó un sinfín de productos derivados, y segundo la toma secuencia, fetiche del cine del nuevo milenio que ha perdido toda potencia por el gran problema del presente, precisamente la repetición incesante de lo mismo desde la vagancia o la necedad, en el caso de que los responsables ignoren en serio que el esquema narrativo de turno ha mutado en “juguete” de muchos realizadores previos.

 

De hecho el plano sin cortes aquí molesta más, por su carácter forzado y aburrido, que la presencia de todos esos cadáveres caminantes, pensemos que la toma secuencia ha venido apareciendo sin cesar tanto en su modalidad simulada, en línea con La Soga (Rope, 1948), de Alfred Hitchcock, La Casa Muda (2010), de Gustavo Hernández, Birdman (2014), de Alejandro González Iñárritu, El Hijo de Saúl (Saul Fia, 2015), de László Nemes, y 1917 (2019), de Sam Mendes, como en su faceta “un poco” más real, ejemplos son Timecode (2000), de Mike Figgis, El Arca Rusa (Russkiy Kovcheg, 2002), de Alexander Sokurov, Victoria (2015), de Sebastian Schipper, Suave & Tranquila (Soft & Quiet, 2022), de Beth de Araújo, y Gatillero (2025), del argentino Cristian Tapia Marchiori. El guión del propio director arranca centrándose en Romain (Milton Riche), un espécimen de corta edad de la alta burguesía que en el día de su cumpleaños aspira un polvo rojo misterioso en la morada de un dealer (Vincent Pasdermadjian) y luego se topa en la ruta con una mujer desesperada a la que le han removido la lengua y sus dientes (Sasha Rudakova), quien fuera infectada vía sangre con un virus en un centro de investigación que la conduce a apuñalarse en el cuello. El joven deja el cuerpo en el garaje de la mansión familiar, se ducha y parte hacia una fiesta con su novia, Anaïs (Laurie Pavy), la cual por cierto no sabe que Romain tiene de amante a la mejor amiga de la anterior, Julia (Lucille Guillaume), una muchacha que quedó embarazada. Las dos hembras también aspiran el polvito de la alegría y de a poco empiezan a experimentar los síntomas que desparrama el macho, como ciclotimia, sobreestimulación lumínica y tendencia a la agresión y el canibalismo, todo en medio de la arremetida de unos militares que contienen el asunto asesinando a todos con los que se cruzan, sanos incluidos.

 

Moreau había empezado su carrera durante el auge del extremismo europeo prometiendo bonanza gracias a Ellos (Ils, 2006), joya codirigida junto a Xavier Palud que los llevaría a Hollywood en ocasión de El Ojo del Mal (The Eye, 2008), aquel encargo lamentable con Jessica Alba que rompió la sociedad y oficiaba de remake de El Ojo (Gin Gwai, 2002), de los hermanos hongkoneses Danny y Oxide Pang. Ya en soledad, el amigo David se dedicó a probar suerte en otros géneros más onerosos como la comedia romántica en 20 Años de Diferencia (20 Ans d’Écart, 2013), la ciencia ficción spielbergeana en Solos (Seuls, 2017) y la propuesta familiera de animales en King: Regreso a Casa (King, 2022). Como Palud por su parte tampoco tuvo demasiada suerte en su única película por fuera de los dos trabajos en conjunto, A Ciegas (À l’Aveugle, 2012), un thriller noventoso de acción con Jacques Gamblin y Lambert Wilson, Moreau improvisó un “operativo retorno” al horror del que formaron parte Mads y su siguiente trabajo, Otro (Other, 2025), un bodrio protagonizado por Olga Kurylenko que asimismo subraya que lo único bueno que entregó el galo es su ópera prima, Ellos, reformulación de los mocosos tremendos de El Pueblo de los Malditos (Village of the Damned, 1960), de Wolf Rilla, y ¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador. La introducción de Mads resulta extensa y rutinaria e incluso a posteriori, cuando ya se desató el caos y la masacre, la película continúa sin encontrar su idiosincrasia porque ni siquiera aclara el origen de la debacle, si la cocaína roja o la sangre embadurnada en el prójimo, y se entretiene mucho más de la cuenta con escenas bobas de Pavy y Guillaume imitando el fluir demencial de Isabelle Adjani en el metro/ subte de Una Mujer Poseída (Possession, 1981), la obra maestra deforme del polaco Andrzej Zulawski.

 

El film le pega a la juventud drogona y banal de la oligarquía francesa, tan privilegiada y hedonista como obsesionada con evitar el dolor a toda costa, de allí que el vendaval sin control de la infección funcione como un agente compensador y se nos aparezca como una “limpieza social”, esquema muy transitado en el terror alegórico del nuevo milenio. Si bien Mads comienza analizando la ansiedad y paranoia post pandemia del coronavirus para de a poco transformarse en una gesta estándar de zombies, también se muestra muy preocupada por denunciar en primera instancia la enajenación que generan todas las drogas de diseño, vinculadas a la producción de adrenalina y una ristra de alucinaciones, y en segundo lugar la violencia de la intervención del gobierno en el campo de las crisis, la protesta social o la simple contención de una epidemia o propagación escalonada, colaborando en la histeria masiva y la regresión del ser humano hacia un primitivismo que desarma las inhibiciones y exacerba la locura. Como decíamos antes, la cámara sigue a Romain y en el último tramo pasa a Anaïs y Julia, instante en el que el comportamiento ridículo de los infectados queda a la intemperie en su mixtura de animal, enfermo mental y extraterrestre. Como si se tratase de una cruza entre las tomas secuencia de Victoria y Adolescencia (Adolescence, 2025), la miniserie británica creada por Jack Thorne y Stephen Graham con cuatro episodios rodados en un único plano, y aquellos planteos surrealistas/ psicodélicos de Entra al Vacío (Enter the Void, 2009), faena de Gaspar Noé que adoptaba una perspectiva en primera persona y también utilizaba tomas largas, Mads cae en saco roto a pesar de sus buenas intenciones discursivas, rubro en el que la exposición a la luz aumenta la fuerza de los contagiados cual metáfora sobre los delirios producto de la adicción a las pantallas/ celulares de hoy en día…

 

Mads (Francia, 2024)

Dirección y Guión: David Moreau. Elenco: Laurie Pavy, Milton Riche, Lucille Guillaume, Sasha Rudakova, Yovel Lewkowski, Vincent Pasdermadjian, Jeremiah Bourgeois, Najim Zeghoudi, Valentine Goujon, Lyam Stiti. Producción: Marlene Wale y Yohan Baiada. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 3