Testigo (The Witness)

Sobre la responsabilidad social

Por Emiliano Fernández

Casi todos los estudios psicológicos serios acerca del “efecto espectador” y la falta de un compromiso con el prójimo en los centros urbanos se originan en el asesinato de Catherine Susan “Kitty” Genovese de 28 años el 13 de marzo de 1964 a manos de Winston Moseley en un complejo de departamentos de la ciudad de New York. Genovese, una chica que trabajaba como gerente de un bar, primero fue apuñalada dos veces en la espalda muy cerca de la entrada del edificio donde vivía cuando volvía a la noche de su trabajo, luego pudo moverse hasta un vestíbulo de la misma edificación y finalmente fue rematada con muchos más cuchillazos y violada agonizante por Moseley, un necrófilo casado y con tres hijos que simplemente tenía ganas de matar a una mujer. Durante los 30 minutos que duró el ataque, y a pesar de los gritos de la víctima en pos de algún tipo de auxilio durante las dos fases de la arremetida, prácticamente ninguno de los vecinos se acercó a ayudarla o llamó a la policía hasta que ya era demasiado tarde y el destino ya estaba escrito, con Kitty muriendo en la ambulancia en camino hacia el hospital. La notoriedad del caso vino por el lado de un artículo de The New York Times, firmado por Martin Gansberg y publicado dos semanas después del suceso, en el que se afirmaba que 38 testigos en total se negaron a llamar a la policía en esencia esgrimiendo la excusa de que no deseaban verse implicados en el asunto.

 

Testigo (The Witness, 2015) es un excelente documental de James D. Solomon que examina desde diversas ópticas el caso y -en su búsqueda infructuosa de la verdad- consigue echar luz sobre un panorama general de lo más complejo que no aporta respuestas determinantes así como la realidad está conformada por un atribulado cúmulo de facetas que no pueden reducirse las unas a las otras, obligándonos a sopesar los acontecimientos desde múltiples variantes analíticas. La película se basa en la investigación de William Genovese, uno de los hermanos de Kitty, en torno a los mitos alrededor del ataque e incluye tres partes bien marcadas, la primera centrada en los testigos, la segunda en la víctima y la tercera en Moseley en sí. William, un veterano de la Guerra de Vietnam que perdió sus dos piernas en el conflicto, se decide a superar el manto de silencio de su familia, el cual incluye a sus hermanos Vincent y Frank y a sus padres ya fallecidos, para tratar de darle un cierre emocional a la muerte de su hermana -cuando él tenía 16 años- descubriendo por un lado los pormenores del homicidio, esos que conoció por arriba recién en 1995 en una de las apelaciones de un Moseley que primero fue condenado a muerte y después a una sentencia de 20 años a prisión perpetua, y por otro lado qué hay de cierto en semejante número de testigos, lo que inmediatamente pone bajo la lupa al amarillismo periodístico/ mediático.

 

Resultan precisos y fascinantes los aportes de la ópera prima de Solomon a un caso del que se ha escrito y dicho muchísimo pero que continúa en las sombras de la ignorancia popular: hay entrevistas con el fiscal y un miembro del equipo de la defensa y reconstrucciones animadas de los relatos de los únicos cinco testigos que fueron llamados durante el juicio, nos enteramos que una vecina y amiga de Genovese sí estuvo con ella en sus momentos finales, tenemos testimonios contradictorios entre los diferentes declarantes entre sí y con respecto a lo que aparece en el expediente policial original y hasta los reportes de unos mass media que tomaron al pie de la letra el artículo del Times sin siquiera chequearlo, un reportaje a Abe Rosenthal -legendario editor del diario- en el que defiende la cobertura del evento, una entrevista a Mike Wallace de 60 Minutos (60 Minutes) en la que reconoce la manipulación mediática bajo el halo de “rigurosidad” de The New York Times y Rosenthal, testimonios en esa misma sintonía de otros periodistas de la época, una muy interesante elegía a Kitty que analiza su personalidad jovial, su breve matrimonio con un hombre y su relación posterior con su compañera de departamento, y hasta aserciones de un compañero de trabajo y un par de amigos sobre su insólito arresto por su condición de “intermediaria” en apuestas de carreras de caballos (de hecho, su foto más famosa es la de su prontuario).

 

Ahora bien, la verdadera frutilla del postre es el racconto en torno a lo que fue de Moseley luego del ataque: primero está un reportaje con el hijo del hombre que condujo a su arresto cuando días después del homicidio lo pescó robándose un televisor, circunstancia que derivó en la confesión no sólo de su intervención en la muerte de Kitty sino también de otra mujer llamada Annie Mae Johnson -dos semanas atrás- a la que le disparó en el estómago con un rifle, violó estando agonizante y luego prendió fuego cuando todavía estaba viva; en segundo término viene el testimonio del agente del FBI que logró reducir al psicópata a posteriori de su escape de prisión de 1968, una nueva violación al paso y distintas tomas de rehenes; y finalmente tenemos el intento fallido de William orientado a entrevistar a Moseley y dos excelentes “premios consuelo”, nada menos que la palabra de uno de sus hijos, Steven, hoy por hoy un inaudito pastor protestante, y una carta del condenado -el cual moriría preso en New York en 2016- dirigida a Bill y fruto del contacto reciente con su hijo (tanto Moseley padre como junior demuestran ser tremendos delirantes y/ o mitómanos consumados, el primero inventando un relato descabellado en torno al ataque en el que supuestamente actuó como el chofer de un mafioso italiano y tuvo muy poco que ver en la embestida contra la chica, y el segundo diciendo primero que Kitty le dedicó insultos raciales a su padre -por más que Johnson, la primera asesinada, también era afroamericana como el victimario- y después que teme por su vida por esto de hablar con William ya que en el clan Moseley se cree que los Genovese forman parte de un amplio sindicato criminal).

 

Sin duda Testigo constituye uno de los pocos casos en el cine contemporáneo en el que la ambición se condice con los éxitos retóricos obtenidos, basados en especial en la denuncia del corporativismo de la prensa y sus estrategias en pos de tergiversar la información para incrementar el público potencial de las noticias (nunca se pudo comprobar el número total de testigos, ninguno vio el ataque completo y la mayoría sólo escuchó los gritos de Kitty), la tendencia del ser humano a obviar la realidad o mentirse a sí mismo para calmar su conciencia (esto abarca -dentro de una escala creciente- desde la familia Genovese y todos los vecinos hasta Rosenthal y los Moseley) y la paradigmática apatía de los ciudadanos modernos ya que efectivamente en un complejo de departamentos densamente poblado nadie hizo lo suficiente para detener a tiempo la agresión contra la joven (por supuesto aquí interviene la difusión de la responsabilidad social en casos de una masa de individuos que creen que “alguien” actuará antes y mejor que ellos mismos, lo que genera una pasividad contagiosa que funciona en clara complicidad con el monstruo humano de turno, quien continúa obrando a sus anchas mientras tanto). Apuntalada a su vez en la pretensión de humanizar a la víctima y alcanzar la catarsis del “detective” de turno, un Bill que reproduce vía una actriz los gritos desesperados de Kitty en el lugar del embate, la obra de Solomon es un neoclásico del documental expositivo criminal que golpea duro al espectador y pone en cuestión tanto los preconceptos como las muchas miserias de una sociedad que prefiere los facilismos y las zonceras antes que el calidoscopio de la realidad material que la circunda…

 

Testigo (The Witness, Estados Unidos, 2015)

Dirección: James D. Solomon. Guión: James D. Solomon, William Genovese, Russell Greene y Gabriel Rhodes. Elenco: William Genovese, Vincent Genovese, Frank Genovese, Kitty Genovese, Abe Rosenthal, Mike Wallace, Gabe Pressman, Shannon Beeby, Steven Moseley, Winston Moseley. Producción: James D. Solomon. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 9