La Historia de Souleymane (L'Histoire de Souleymane)

Sobre la utopía de progreso

Por Emiliano Fernández

Un rubro del séptimo arte de antaño que se extraña mucho en el Siglo XXI es el realismo social, toda una comarca vinculada a las problemáticas concretas de los sectores excluidos de la torta del capitalismo -casi todos salvo la burguesía mafiosa explotadora y sus socios lameculos de la política y la cultura masiva, desde ya- y decididamente ubicada en las antípodas con respecto al gremio lavacerebros hollywoodense, en este caso un emporio que por regla general introduce imperialismo disfrazado de entretenimiento pasatista para los lobotomizados por el mercado. Si bien sus orígenes son un tanto difusos porque aglutina elementos del neorrealismo italiano, el film noir más visceral y esas proto vanguardias del desarrollismo y la emancipación popular de la década del 50 y comienzos de los años 60, a decir verdad su puntapié de largada fue el idealismo de la segunda mitad de la década del 60 y la militancia política violenta de los años posteriores, cuando la contraofensiva del establishment fascistoide burgués de siempre nos dejó con el neoconservadurismo que hoy en día padecemos desde los 80 y 90, asimismo el período del surgimiento del liberalismo salvaje o la destrucción del Estado de Bienestar para que se pueda reprimir toda oposición social y el capital ya no tenga impedimento legal alguno al momento de acrecentar hasta el infinito sus márgenes de ganancia y seguir reemplazando al trabajo como fuente de riqueza con la especulación híbrida, desde financiera e inmobiliaria hasta comercial e informativa.

 

Por suerte no todo está perdido y de vez en cuando aparecen odiseas minúsculas que desde su humildad paradójicamente batallante ponen el acento en la desesperación cotidiana y el calvario de los marginados incluso en sociedades de la abundancia como todas las europeas occidentales, en este sentido La Historia de Souleymane (L’Histoire de Souleymane, 2024), joya estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes de 2024 y tercera obra ficcional del otrora documentalista Boris Lojkine después de Hope (2014) y Camille (2019), constituye un buen ejemplo de realismo social en el nuevo milenio ya que el film de turno en un único y sensato movimiento analiza la cuasi esclavitud a la que son sometidos los inmigrantes africanos en el viejo continente, la precariedad laboral de los trabajadores de las aplicaciones de delivery/ reparto, la vida de los homeless en las grandes ciudades contemporáneas, el ventajismo o pancismo dentro de las comunidades más cerradas, el desarraigo de todos aquellos que debieron dejar su país por el motivo que sea y finalmente el proceso burocrático en el Primer Mundo para solicitar asilo humanitario, tantas veces la única opción válida cuando se trata de recibir algún tipo de ayuda de parte de las naciones ricas hacia los nacidos en las regiones más pobres del planeta, especie de justicia poética en diferido -y a mínima escala- porque esas metrópolis coloniales de antaño se enriquecieron dividiendo y saqueando los muchos recursos de territorios extremadamente convulsionados.

 

La “no trama” del film del cineasta francés, sustentada en la fotografía urgente y naturalista de Tristan Galand, se concentra en Souleymane Sangaré (glorioso debut de Abou Sangaré, hasta este momento un mecánico de camiones), inmigrante de Guinea-Conakri que reparte alimentos en bicicleta en las calles de París mediante una cuenta de una aplicación que está a nombre de un camerunés, Emmanuel (Emmanuel Yovanie), porque el protagonista no puede trabajar de manera legal ya que aún está tramitando su solicitud de asilo con la ayuda de un tal Barry (Alpha Oumar Sow), especialista que le preparó una historia demasiado enrevesada de persecución política y encarcelamiento en Guinea, una antigua colonia gala. Subsistiendo en la miseria porque Emmanuel le exige 120 euros semanales por oficiar de testaferro y además duerme en los refugios públicos junto con otros homeless africanos y/ o árabes, como un amigo guineano que le pide ayuda para conseguir una cuenta en la app una vez que compre una bicicleta, Khalil (Younoussa Diallo), Souleymane es extorsionado por Barry para que le entregue una suma ignota a cambio de darle los documentos necesarios para respaldar el relato para el asilo humanitario, por ello el joven entra en pánico cuando Emmanuel decide no pagarle nada y no le contesta los mensajes ni las llamadas debido a que la aplicación parasitaria cerró la cuenta en cuestión por las quejas de una burguesa que recibió su pedido un poco abollado porque Souleymane fue atropellado por un automóvil.

 

Mediante detalles adicionales como la presencia de una progenitora demente y una novia en Guinea-Conakri, Kadiatou (Keita Diallo), a punto de aceptar la propuesta de casamiento de un ingeniero, la película del caucásico Lojkine respeta el fetiche cultural africano de Hope y Camille, se sumerge en la responsabilidad artística comunal, ausente en el grueso del mainstream afásico de la actualidad, y esquiva el gran estereotipo del caso, el racismo, ya que privilegia las condiciones de inmigrante musulmán invisibilizado y de miembro del lumpenproletariado de Souleymane, un mecánico -como el actor, de hecho- que huyó de su paupérrimo país a través de un periplo que pasó por Argelia y la infernal Libia, donde fue tomado prisionero y torturado para sacarle dinero. Los tres días que cubre el film, desde las esperanzas iniciales y la pelea con Emmanuel, quien lo tira por una escalera y así lo hace perder el ómnibus hacia el refugio, hasta el traumático encuentro con esa agente estatal francesa que juzgará el pedido de asilo (Nina Meurisse), tienen mucho tanto de la crudeza obrera de Ken Loach y los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne como del humanismo también de cadencia social del Charles Chaplin dramático/ militante y ese Vittorio De Sica de la referencia obvia, Ladrón de Bicicletas (Ladri di Biciclette, 1948), lo que nos deja con una maravilla de la contracultura amiga de denunciar a un capitalismo que consume cada segundo de vida, inventa utopías de progreso y condena a los marginados al canibalismo…

 

La Historia de Souleymane (L’Histoire de Souleymane, Francia, 2024)

Dirección: Boris Lojkine. Guión: Boris Lojkine y Delphine Agut. Elenco: Abou Sangaré, Alpha Oumar Sow, Nina Meurisse, Emmanuel Yovanie, Younoussa Diallo, Keita Diallo, Ghislain Mahan, Mamadou Barry, Karim Bouziane, Amadou Bah. Producción: Bruno Nahon. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 8