¡Cómo se lo extraña a Ken Russell en nuestros días! “El Federico Fellini británico”, como se lo solía llamar en su época para tratar de abarcar apenas una parte de la efusividad y magnificencia de su producción, en realidad siempre fue mucho más que ese reduccionismo conceptual porque hablamos de una de las fuerzas creativas más importantes, variopintas y fascinantes que haya surgido del Reino Unido a lo largo de toda su historia, uno de esos “locos lindos” polirubro de antaño -un artista verdaderamente completo e irrefrenable- que en su caso específico estaba obsesionado con la tragicómica vida de los creadores, las idas y vueltas del amor, el sexo como sustrato efervescente de la mundanidad, las estructuras de poder dentro de la aristocracia y las sociedades modernas, la decadencia de los europeos de las clases altas, la marginalidad que atraviesan los excluidos a diario, los delirios ególatras típicos del ser humano y finalmente ese poder subversivo de la imaginación que tantas veces el director y guionista representaba en pantalla con una iconografía surrealista llena de penes erectos, alucinaciones coloridas, crucifijos, escenografías kitsch, una edición vertiginosa, celebridades varias y truculencias para todos los gustos e idiosincrasias ya que su vocación para el shock siempre la posicionó muy por delante en sus puestas en escena, convencido de que el arte para resonar en serio en la cabeza y el corazón del espectador tiene que ser equiparable a un volcán estilístico/ retórico/ sensorial que se despegue del preciosismo burgués estándar y esa prolijidad desabrida promedio del cine profesionalizado y/ o de grandes estudios o grandes productoras, jugada profesional que por cierto le ganó tantos detractores como admiradores, los primeros casi siempre unos idiotas de museo que consideran que el único cine posible es el clásico inmersivo hollywoodense que esconde la intervención del aparato ficcional cual producto empaquetado para el consumo veloz y engañoso, justo lo contrario al enfoque reflexivo e hipnótico del amigo Ken que le refriega en la cara a quien ve la falsedad de fondo y los problemillas psicológicos de los creadores.
Más allá de maravillas absolutas de una génesis múltiple como El Cerebro del Billón de Dólares (Billion Dollar Brain, 1967), Mujeres Apasionadas (Women in Love, 1969), Los Demonios (The Devils, 1971), El Novio (The Boy Friend, 1971), Tommy (1975), Estados Alterados (Altered States, 1980), Crímenes de Pasión (Crimes of Passion, 1984), Salomé: El Rito Erótico (Salome’s Last Dance, 1988), La Guarida del Gusano Blanco (The Lair of the White Worm, 1988), El Arco Iris (The Rainbow, 1989), Prostituta (Whore, 1991) y Prisionero del Honor (Prisoner of Honor, 1991), el señor es recordado también por su ciclo de largometrajes sobre compositores famosos en línea con La Otra Cara del Amor (The Music Lovers, 1971), acerca de Pyotr Ilyich Tchaikovsky, Mahler (1974), sobre Gustav Mahler, y Lisztomania (1975), en torno a Franz Liszt, esquema productivo que incluye diversas obras televisivas adicionales y que no debe hacernos olvidar las otras estupendas y demenciales biopics del señor que se salen del rubro música, como por ejemplo El Mesías Salvaje (Savage Messiah, 1972), sobre el gran escultor francés Henri Gaudier-Brzeska, y Valentino (1977), sobre el legendario actor italiano/ estadounidense Rodolfo Valentino, dos joyas que sin embargo terminan un poco opacadas por uno de los experimentos más bellos y ambiciosos de la carrera del cineasta, Gothic (1986), quizás su película biográfica más singular porque incluso dentro de una trayectoria plagada de extravagancias el film que nos ocupa consigue distinguirse ya que en vez de seguir un desarrollo vital a lo largo de un tiempo generoso, opta por concentrarse en un acontecimiento concreto muy significativo para la literatura de terror del que se sabe poco, hablamos del verano que pasaron juntos en 1816 en una mansión de Villa Diodati, en Suiza, los míticos poetas románticos Percy Bysshe Shelley y George Gordon Byron alias Lord Byron, la amante y futura esposa del primero, Mary Wollstonecraft Godwin alias Mary Shelley, la hermanastra de esta última Claire Clairmont y un doctor amigo de Lord Byron y biógrafo suyo, John William Polidori.
Combinando realidad y ficción o datos y elucubraciones, el genial guión de Stephen Volk se centra en una convivencia llena de conflictos entre hombres y mujeres que pasan de encuentros culinarios y de jugar a las escondidas a leer Fantasmagoriana (1812), una antología gala de relatos alemanes tradicionales de fantasmas, y llevar a cabo una sesión espiritista alrededor de un terrorífico cráneo, lo que parece desencadenar el nacimiento de una criatura polimorfa que adopta la apariencia de los peores temores de cada uno de los habitantes de la mansión, no en términos del horror de monstruos clásicos sino funcionando como una suerte de alegoría pesadillesca envolvente en la que las muchas frustraciones, los infortunios del destino y la peor faceta de la personalidad de cada uno salen a la luz en sintonía con un contenido negado del inconsciente que viene a pasar factura a la conciencia. De una forma similar a otros opus del Russell ya veterano, como Salomé: El Rito Erótico y La Guarida del Gusano Blanco, la epopeya es una aventura surrealista de episodios grotescos algo caóticos que ponen en interrelación a los personajes porque aquí mucho más que una trama en el sentido habitual del término lo importante es el desarrollo de los protagonistas y su quid identitario: Lord Byron (Gabriel Byrne) se nos aparece como un sádico y ególatra que celebra la imaginación, el trasfondo fascinante de la muerte y hasta una sensibilidad y/ o vulnerabilidad -léase necesidad de afecto sincero- que decide no mostrar en público y que sólo aparece cuando llama por las noches a su sirvienta/ prostituta personal, Justine (Pascal King), Percy Bysshe Shelley (Julian Sands) toma la forma de un adicto al láudano cercano a la locura que admira con fanatismo al anterior, ya una figura muy famosa en su tiempo, al punto de estar sutilmente enamorado de él, algo que también puede decirse tanto de Clairmont (Myriam Cyr), una loca sadomasoquista importante que espera un hijo de Byron, como de Polidori (Timothy Spall), un homosexual malcriado por monjes y fascinado por los vampiros que arrastra tendencias suicidas por su culpa cristiana.
En lo que atañe a Mary (debut oficial en pantalla grande de Natasha Richardson), la mujer llora por lo bajo la muerte de su hija prematura con Shelley y es la única que decide no autoesclavizarse ante la personalidad de por sí dominante, manipuladora y caprichosa de Byron, todo asimismo en medio de puertas que se cierran solas, olores bien repugnantes, ectoplasma de lo más viscoso, árboles en llamas, autómatas símil seres sexualizados con vida propia, esperpentos deformes, una pugna entre ciencia y superstición popular, clavos que penetran una y otra vez en manos, apariciones del espanto, una servidumbre que ve todo con curiosidad y entre muchas risitas, algo de sonambulismo camuflado, algún que otro falo de metal colosal que destruye una vagina, instancias lúdicas patológicas, intentos de suicidio y golpizas brutales varias, muchos animales exóticos, heridas vampíricas en el cuello, un aborto espontáneo por sexo oral, oleadas de paranoia intempestiva, pezones que se transforman en ojos, cuerpos desnudos cubiertos de fango, choques contra ventanales de vidrio y hasta aquel pequeño íncubo de La Pesadilla (The Nightmare, 1781), el conocido cuadro de Johann Heinrich Füssli alias Henry Fuseli, otro de los puntos altos de semejante imaginería visual y conceptual al rojo vivo. Con la excusa de retratar la noche en la que surgen las ideas de base para dos de las obras emblemáticas del horror gótico europeo, Frankenstein o el Moderno Prometeo (Frankenstein or the Modern Prometheus, 1818), la novela de Mary Shelley, y El Vampiro (The Vampyre, 1819), el cuento corto de Polidori fundante de la tradición de los chupasangres, muy anterior a Drácula (1897), de Bram Stoker, Russell exprime con inteligencia iconoclasta y terrorista el soundtrack ochentoso extasiado de Thomas Dolby y la imaginativa fotografía de Mike Southon y edifica una experiencia histérica a lo circo del Más Allá traído a este plano de la existencia que se reconoce en las orgías creativas/ sexuales/ macabras/ morbosas de Lord Byron y sus cuatro invitados, esas que dan vida a una entidad inaprehensible “parte sanguijuela, parte pene, parte tumba, parte inercia”, como dice en un momento el gay propenso a autoflagelarse de manera compulsiva. Gothic presenta todo el tiempo la lucha entre ese misticismo cristiano de Mary que le adjudica a fuerzas externas el regular los intercambios entre los mortales, en este caso un Dios que da vida y la quita, y el ateísmo o más bien paganismo ultra hereje de Shelley y Byron, para quienes los artistas constituyen sus propios Dioses a lo reflejo en el espejo que motiva una creación individualista que a su vez surge de las entrañas mismas del intelecto y la subjetividad en perpetua metamorfosis, de allí se explica el encanto detrás de la enajenación experimental, el láudano que ingieren profusamente y todo ese espiritismo que en un mismo movimiento niega la religión organizada y encumbra a los artistas con talento en serio como demiurgos del universo prosaico humano. Dentro de esta concepción romántica que ataca el universalismo despótico de la Ilustración, que pretendía imponer el conocimiento y la razón a todos los ámbitos mortales, sobresale precisamente la influencia de ambos poetas en una Mary que termina reconociendo el poder creador contradictorio del hombre por sobre Dios, motivo central de su Frankenstein o el Moderno Prometeo, y en un Polidori que canaliza su masoquismo religioso crónico en energía artística en ocasión de El Vampiro, algo que incluye también el costado apesadumbrado de los demonios personales menos simpáticos y que en el film está simbolizado en las tragedias de los protagonistas mediante las premoniciones del desenlace del personaje de la adorable Richardson, quien se ve a sí misma sufriendo más embarazos fallidos, todos de la relación con Percy, y observa el suicidio con cianuro de Polidori a los 25 años, la muerte de la hija de Byron y Clairmont, Clara Allegra Byron, de apenas cinco años, por fiebre en Italia, y el ahogamiento accidental de Shelley mientras navegaba en su velero en medio de una tormenta imprevista, poco tiempo antes de cumplir los 30 años. Por sobre todas las cosas Gothic es un poema visual, tan complejo como arrebatador, acerca de ese paraíso perdido que buscaba la generación retratada en los márgenes de la sociedad establecida y al mismo tiempo sirviéndose de los privilegios de la nobleza de su tiempo, convirtiéndose de paso ellos mimos -y hasta cierto punto, a su pesar- en símbolos de esa nostalgia por el rebelde decadente y anárquico de antaño que se filtraría de allí en más en todas y cada una de las ramas del arte del futuro…
Gothic (Reino Unido, 1986)
Dirección: Ken Russell. Guión: Stephen Volk. Elenco: Gabriel Byrne, Julian Sands, Natasha Richardson, Myriam Cyr, Timothy Spall, Alec Mango, Andreas Wisniewski, Dexter Fletcher, Pascal King, Tom Hickey. Producción: Penny Corke y Robert Fox. Duración: 87 minutos.