Una de las últimas joyitas que nos dejó Richard Burton en su larga y variopinta trayectoria fue Absolución (Absolution, 1978), un clásico del campo de los thrillers de manipulación escrito por el prodigioso Anthony Shaffer que bien podría constituir el eslabón final de una trilogía a su vez conformada por los otros dos grandes trabajos del guionista y dramaturgo británico en el formato del suspenso de coyunturas herméticas y enmarcado en desenlaces decididamente sorpresivos, hablamos de las mucho más famosas Juego Mortal (Sleuth, 1972) y El Culto Siniestro (The Wicker Man, 1973). En esta oportunidad Shaffer se une al director Anthony Page para dar vida a un guión que a su vez fue construido a partir de una obra de teatro que no tuvo un estreno propiamente dicho, la inédita Play With a Gypsy, que gira en torno a cuatro personajes principales en el contexto de un exclusivo internado católico de una región inhóspita y agreste del Reino Unido, a saber: en primera instancia tenemos al Padre Goddard (Burton), un adusto sacerdote y docente meticuloso de Latín y Conocimiento Religioso, luego vienen dos de sus alumnos, su preferido Benjamin “Benjie” Stanfield (Dominic Guard), un muchacho tan soberbio como inteligente, y Arthur Dyson (David Bradley), un joven bastante insoportable que utiliza un aparato ortopédico en su pierna derecha para poder desplazarse, y finalmente está el imponderable Blakey (Billy Connolly), el “gitano” de cadencia hippona del título original de Shaffer, un vagabundo despreocupado que anda recorriendo la campiña inglesa con su motocicleta y que luego de pedir por cualquier trabajo disponible -cocinero, lavaplatos, jardinero, etc.- en el internado al renuente Goddard, decide ingresar en la noche al colegio para robar un poco de comida.
La película toma la premisa de base de Mi Secreto me Condena (I Confess, 1953), uno de los opus menos conocidos y sin duda menos satisfactorios de Alfred Hitchcock, para volcar el asunto hacia los planteos morales/ intelectuales/ existenciales eliminando lo único que en esencia le interesaba al “maestro del suspenso”, su querido fetiche del falso culpable: aquí Stanfield se siente agobiado por la claustrofobia piadosa y la sumisión que los curas pretenden imponer en los estudiantes mediante esa culpa inherente al ser humano, por ello entabla una suerte de amistad con Blakey que lo hace conocer otra perspectiva más libre, circunstancia que asimismo le deja todo servido a Benjie para que comience a enervar -o más bien a torturar- al hiper estricto Goddard jugando con el sustrato secreto obligatorio de las confesiones. Tomando una idea que le proporcionan Blakey y su amante eventual, Louella (Sharon Duce), Stanfield le confiesa al padre primero que participó de una orgía con la mujer y el hombre y luego que asesinó a Blakey golpeándolo con una piedra porque lo despreció como un adolescente rico y malcriado, a posteriori de una paliza por parte de la policía y debido a la denuncia de Goddard contra el vagabundo. Si bien en un inicio todo resulta ser una broma y el clérigo encuentra en la supuesta tumba de turno en el bosque a una calabaza enterrada, Goddard pasa del ridículo a una situación imposible cuando Benjie vuelve a entrar al confesionario y le dice que efectivamente mató a Blakey, lo que esta vez deriva en el hallazgo del cuerpo por parte del cura y en otra aseveración inquietante del muchacho, quien afirma que le tomó el gustito al asunto y ahora quiere matar a Dyson, un ser que considera patético y débil y que no deja de prendérsele como si fuera una garrapata.
La realización retrata con mano maestra cómo un marco ideológico ortodoxo -hoy de naturaleza sacra- deja desamparados a los verdaderos creyentes a la hora de lidiar con la complejidad y los vericuetos de la malicia típicamente humana, provocando desajustes interpretativos en función de los cuales una parte repite de manera compulsiva el ideario que debería llevar a todos a la “absolución” de sus pecados y la otra continúa burlándose y destruyendo todo lo que conoce cual conquistador/ genocida europeo sobre tribu indígena americana. En la propuesta de Page, un señor que no encaró en su carrera ningún otro proyecto tan interesante como el que nos ocupa, queda de hecho muy en primer plano el carácter limitante de la cultura compartida y su influencia determinante en lo que respecta a la construcción de burbujas que no le permiten sopesar a sus miembros/ integrantes lo que sucede por fuera de sus prisiones autoasumidas: Goddard, un fanático que se la pasó ninguneando a Arthur de la misma forma en que lo hizo Benjie, no puede concebir que su “alumno modelo”, Stanfield, se haya transformado en Lucifer, encima a expensas de un personaje que juzga estrafalario y disoluto como Blakey, el clásico “agente corruptor” que las organizaciones, cónclaves e instituciones utilizan cual comodín para trasladar todas las fallas hacia un exterior difuso y casi siempre incomprensible. Dentro de una interrelación que duplica a la praxis cotidiana, a la tranquilidad maquiavélica y parasitaria de Benjie se le opone la exasperación lunática progresiva de un Goddard tendiente a considerar que su semblante de tirano en el aula y como religioso lo pondrá a resguardo de las mentiras de sus alumnos, cayendo tácitamente en la misma altanería de los burgueses que tiene a su cargo.
Con grandes actuaciones de parte de los jóvenes y un Burton en verdad sublime que desparrama angustia y desesperación, el film respeta lo hecho en ocasión de las citadas Juego Mortal y El Culto Siniestro ya que aquí Shaffer también se aleja del suspenso tradicional de sus otros trabajos en el séptimo arte, como por ejemplo Frenesí (Frenzy, 1972) y la andanada de adaptaciones de Agatha Christie con Peter Ustinov como Hércules Poirot, y apuesta a una contienda entre un gato sádico y un ratón masoquista en donde la lucha dialéctica de fondo constituye el núcleo fundamental de la experiencia y la revelación final, ahora de la mano de un Dyson cobrándose las humillaciones cíclicas a las que fue sometido por el cura a lo largo de los años. Las tensiones homoeróticas entre los cuatro personajes masculinos y la fuerza detrás de un odio que suele superar al amor son los otros dos ejes de una película de una urgente vigencia porque examina la propensión al encierro por parte de los colectivos humanos en general y la Iglesia Católica en concreto, la cual adora separarse del resto de la sociedad -considerada un mundo secular o impío salvaje que no debería meterse en los asuntos divinos- y así termina perpetuando todos los crímenes que caen bajo su halo en consonancia con este fetiche para con los secretos y un perdón institucional automático que casi nunca se condice con el daño infligido a terceros, planteo que desde ya se equipara a la impunidad más nauseabunda y cómplice. Absolución subraya cuánto se parecen la víctima y el victimario en coyunturas asfixiantes como la presente y cuán cerca está el verdugo abstracto/ santurrón siniestro en engendrar homólogos bien prácticos, materiales, capaces de transformar las ideas o sus opuestos exactos en acciones destructivas que instauran un punto de no retorno para todos los sujetos intervinientes…
Absolución (Absolution, Reino Unido, 1978)
Dirección: Anthony Page. Guión: Anthony Shaffer. Elenco: Richard Burton, Dominic Guard, David Bradley, Billy Connolly, Andrew Keir, Willoughby Gray, Preston Lockwood, James Ottaway, Brook Williams, Sharon Duce. Producción: Elliott Kastner y Danny O’Donovan. Duración: 95 minutos.