Todo John Waters

Sociópatas del mundo, uníos

Por Emiliano Fernández
 “Kill everyone now! Condone first degree murder! Advocate cannibalism! Eat shit! Filth is my politics! Filth is my life!”
 
“¡Maten a todos ahora! ¡Hay que condonar los asesinatos en primer grado! ¡Hay que defender el canibalismo! ¡Coman mierda! ¡La inmundicia es mi política! ¡La inmundicia es mi vida!”
 
Divine, en Pink Flamingos (1972).

 

Muchos rótulos le caben al inmenso John Waters: héroe de la clase B, padre indiscutible del cine trash, figura clave en el desarrollo del under artístico desde los 60 hasta el presente, satirista brillante de la cultura y la sociedad estadounidenses, descubridor de “estrellas” de la más variada índole, militante incansable en pos de la independencia con respecto al mainstream más descerebrado, defensor de los derechos de los homosexuales, bibliófilo empedernido, fanático de los asesinos en serie y la violencia ridícula de su país, comediante especializado en stand-up, fotógrafo muy talentoso con exhibiciones varias en muchos museos, coleccionista de arte, etc. Mutando desde el under más caótico e irreverente de los comienzos hacia una profesionalidad posterior que en buena medida conservó todas sus preocupaciones formales y temáticas de siempre, y recurriendo a una troupe estable de actores que incluye a Divine, Mink Stole, David Lochary, Mary Vivian Pearce, Edith Massey, Susan Lowe, Ricki Lake, Patty Hearst, George Figgs y Pat Moran (entre otros), su trayectoria en el séptimo arte es una de las más consistentes y ejemplares a nivel internacional en lo que respecta a conservar la autonomía creativa en todo momento y construir un discurso de barrica -en verdad apasionante y multifacético- acerca de la hipocresía, las falsedades, las sublimaciones hiper nocivas y el sustrato fundamentalista/ reaccionario/ chauvinista/ lobotomizador de los colectivos sociales, la religión y los mass media de Estados Unidos, un conglomerado que casi siempre aparece en sus películas mediante el recurso narrativo del espejo/ reflejo distorsionado, devolviéndole a la derecha fascista e idiota una imagen exacerbada de ellos mismos pero desde la defensa del bando político contrario, la izquierda radicalizada homologada a la anarquía, los sociópatas, los perversos y los criminales más altisonantes imaginables. Centrándose en la vida miserable de los márgenes o por el contrario, en los reductos burgueses de su natal Baltimore, la ciudad más populosa del Estado de Maryland y ejemplo supremo del “lugar donde nunca pasa nada y que al mismo tiempo esconde un sinfín de hilarantes contradicciones de todo tipo”, el Waters cineasta puso el acento en la locura que anida en la mentalidad moderna occidental y la utilizó en hipérboles sumamente ácidas e inteligentes que ponen al sexo, la violencia y la fecalofilia en el núcleo mismo de su estructura retórica con el objetivo manifiesto de ofender al mayor número posible de puritanos execrables pero también con la intención de articular una opción alternativa de sociedad en la que la pantomima tradicional derechosa y la corrección política inofensiva de la “nueva izquierda” new age desaparezcan de una buena vez para dejar paso a una vida con menos injusticias económicas, mentiras payasescas y construcciones utópicas bobas que jamás se materializarán por la misma tendencia de los seres humanos a la expoliación y la autodestrucción. Waters abraza a la maldad a lo Georges Bataille como un mecanismo contracultural y revulsivo que apunta a ensalzar el erotismo freak, blasfemo, doloroso y pérfido como sinónimo de la obsesión sublime del hombre en general, esa que le permite crecer más allá de los grilletes comunales y la mascarada del patético “quedar bien” con los “normales” y/ o las mayorías a costa de renunciar a la propia verdadera identidad. En este sentido, la furia irrefrenable de los personajes del director y guionista trae a colación la necesidad de que todos los sociópatas se unan para demoler la tiranía del autoproclamado “buen gusto” -un concepto homologado al consumo cultural dominado por ese mainstream castrador que vive manipulando a los ciudadanos- con vistas a sacar de la zona de confort a todos y cada uno de los bípedos, logrando que se entreguen a prácticas y rituales alternativos y por fin recuperen la dimensión política de sus vidas al dejar de lado la estupidez conservadora que celebra su propia y triste esclavitud, esa que suelen legitimar desde una perspectiva acrítica condicionada por los sectores que detentan el poder, léase las corporaciones, el Estado y las instituciones sociales de control (mercado, escuelas, policía, empresas, iglesias, milicia, enclaves comunicacionales, sistema judicial, etc.). Sin más preámbulos de por medio, a continuación pasaremos a analizar brevemente las 12 películas que componen la obra cinematográfica del amigo John, Mondo Trasho (1969), Multiple Maniacs (1970), Pink Flamingos (1972), Female Trouble (1974), Desperate Living (1977), Polyester (1981), Hairspray (1988), Cry-Baby (1990), Serial Mom (1994), Pecker (1998), Cecil B. DeMented (2000) y A Dirty Shame (2004), con el firme propósito de dejarnos fascinar por la violencia y esa gloriosa perversión sin frenos que da sentido a nuestros días en el planeta y sin la cual no seríamos nada en lo absoluto.

 

Mondo Trasho (1969):

Luego de su hoy desaparecida ópera prima Eat Your Makeup (1968), su segundo opus Mondo Trasho (1969) introduce varias de las obsesiones futuras de Waters a través de citas al gore despampanante de Herschell Gordon Lewis y al softcore -entre criminal y alucinado- del genial Russ Meyer, no obstante el asunto en este intento primigenio de cine revulsivo a decir verdad no llega a buen puerto debido a que la propuesta en sí pretende combinar los elementos señalados con un armazón formal semi experimental que se siente demasiado forzado, vinculado a aquel cine underground bendecido por Andy Warhol y a la efervescencia bien aguerrida de Pier Paolo Pasolini y su predilección por un elenco de actores no profesionales y/ o ciudadanos comunes. Ya el mismo título remite a los mondos -documentales exploitation- y propone la etiqueta “trash” con la que pronto sería identificada la obra de Waters a nivel de la contracultura del período. La historia tiene muy pocos diálogos, está narrada a través de un mix musical armado por lo que parece ser un DJ demente, incluye prolongados montajes paralelos y se centra en una chica que luego de un encuentro sexual con un fetichista de pies termina atropellada por Divine y a posteriori llevada a un neuropsiquiátrico y a un doctor que le amputa ambos pies y se los reemplaza con unas patas monstruosas que para colmo tienen la capacidad de transportarla a diversos lugares, en sintonía con las zapatillas de Dorothy de El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939). Así como en la posterior Multiple Maniacs (1970) tendremos un cameo de Jesús, aquí nos topamos con la presencia de la Virgen María como una suerte de “guía” que ayuda a Divine en su indecisión en torno a qué hacer con la mujer herida e inconsciente. Como el mismo realizador reconocería más adelante, el film se hace muy largo y hubiese funcionado mucho mejor como un corto, sin embargo sirve en tanto primer pantallazo de la fascinación del señor con el dolor y las conductas sexuales que van más allá del simple coito heterosexual, brindando un lindo e irrefrenable paneo por su talento y capacidad para arremeter contra las costumbres establecidas a puro delirio kitsch y vía una subversión que unifica el camp con la sensibilidad freak de William Castle.

 

Mondo Trasho (Estados Unidos, 1969)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Divine, David Lochary, Mink Stole, Mary Vivian Pearce, Bob Skidmore, Margie Skidmore, Berenica Cipcus, Mark Isherwood, Pat Moran, Susan Lowe. Producción: John Waters. Duración: 95 minutos.

 

Multiple Maniacs (1970):

A pesar de que Mondo Trasho (1969) ya dejaba entrever el talento de Waters al momento de lanzar dardos contra la pacatería más ridícula y el hedonismo norteamericano, en realidad el primer gran trabajo del realizador y guionista sería su siguiente obra, Multiple Maniacs (1970), la cual se centra en la infame “Cabalgata de Perversiones de Lady Divine” y en esencia en los planes para el asesinato de la pareja central, interpretada por David Lochary y la gloriosa Divine, quienes se la pasan maquinando con sus respectivos amantes la forma de despacharse recíprocamente. Como gran parte de la producción posterior del director, la película combina la comedia satírica, el film noir, el sexploitation, el terror clase B bien gore y los clásicos manifiestos políticos de la contracultura, hoy principalmente direccionados a espantar a la derecha mojigata y reaccionaria estadounidense mediante una colección de situaciones violentas, muchos insultos entrecruzados y una multitud de parafilias pertenecientes al catálogo de las perversiones más lacerantes. Construyendo un elenco estable alrededor de su Dreamland Productions y promoviendo a Divine como la estrella central de la primera fase de su carrera, Waters daría forma a una película profundamente delirante que en su afán anarquista e iconoclasta se abre camino como uno de los primeros verdaderos exponentes de un cine under que abraza a la inmoralidad y la violación de las leyes como un mecanismo para hacer sentir su desagrado ante -por un lado- el costado más bobo del hippismo y -por el otro- la banalidad y estupidez de buena parte del pueblo norteamericano, siempre encerrado en esquemas mentales retrógrados y un conservadurismo de cartón pintado que Waters gustoso tira abajo una y otra vez, sin ningún freno de por medio. El cineasta ridiculiza al cristianismo en la famosa escena de la introducción del rosario en el ano en la iglesia y no teme incorporar al surrealismo en la mixtura con esa legendaria langosta gigante -Lobstora- que viola a Divine, eje de este pequeño gran arrebato en pos de destruir todo lo considerado sagrado e intocable en la década del 60 con vistas a ponderar a la verdadera maldad como una alternativa terrorista contra el orden burgués lobotomizador de Estados Unidos.

 

Multiple Maniacs (Estados Unidos, 1970)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Divine, David Lochary, Mary Vivian Pearce, Mink Stole, Cookie Mueller, Edith Massey, Susan Lowe, Rick Morrow, Howard Gruber, Paul Swift. Producción: John Waters. Duración: 91 minutos.

 

Pink Flamingos (1972):

La inmundicia nunca será tan inmunda como lo fue en la mítica Pink Flamingos (1972), suerte de testamento fílmico de todos aquellos primeros años protopunk de un Waters consagrado a ensalzar la figura de Divine, no sólo un ícono queer sino también un sinónimo del acervo revolucionario que anida en la cultura en general y el séptimo arte en particular, un entramado inconformista presto a asaltar los sentidos mediante las andanzas de “la persona viva más repugnante”, nada menos que el título que ostenta en esta ocasión la corpulenta travesti. El conjunto de perversiones -a todo color, por primera vez- funciona como un arsenal visual/ procedimental/ ideológico que pretende horrorizar y divertir al mismo tiempo: tenemos maniáticas que viven en corralitos para bebés y están obsesionadas con los huevos, jovencitos que gustan de tener sexo con gallinas de por medio, algún que otro robo utilizando la entrepierna para ocultar un buen bistec, una pareja que secuestra a muchachas para que su criado las embarace y así luego vender los bebés, algo de exhibicionismo público con salchichas atadas al pene, el viejo y querido fetiche sexual con los pies, distintas variantes de la fecalofilia, festicholas drogonas con “anos que hablan” que derivan en la muerte de policías y un hermoso canibalismo, una felación incestuosa, una castración por venganza, un juicio y posterior ejecución pública para el deleite de una prensa morbosa, y finalmente una buena sesión de crapofagia callejera improvisada. Como siempre en el cine de Waters, todo lo que es ilegal, inmoral o envilece al ser humano reaparece en tanto manual de obscenidades que no admiten el más mínimo decoro o mesura en su pretensión heterodoxa, alocada y por demás ardiente. La competencia entre Divine y la pareja en cuestión por ser los monstruos más orgullosos de su condición de inadaptados y herejes no podría haber sido más vehemente porque aquí el director y su troupe hace uso y abuso del “mal gusto” social -concepto hipócrita si los hay- con el objetivo de volver contra sí misma la mediocridad del habitante promedio, edificando un espejo llevado al extremo de todos los secretitos sucios que cada uno de los mortales guarda en sus respectivos armarios y sus respectivos cementerios personales hogareños.

 

Pink Flamingos (Estados Unidos, 1972)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Divine, David Lochary, Mary Vivian Pearce, Mink Stole, Danny Mills, Edith Massey, Channing Wilroy, Cookie Mueller, Paul Swift, Susan Walsh. Producción: John Waters. Duración: 93 minutos.

 

Female Trouble (1974):

La producción más elaborada y una historia vinculada a un formato más tradicional de desarrollo de personajes son los signos irrevocables del primer gran cambio en el devenir profesional de Waters: en Female Trouble (1974) ya se percibe el amor del norteamericano por los melodramas rosas símil Douglas Sirk aunque -desde ya- releídos desde una perspectiva mucho más corrosiva y punzante, ahora ofreciéndonos la tragicómica vida de una Divine símil Jayne Mansfield que escapa de su hogar burgués, se acuesta/ es violada por un loquito del camino, da a luz a una niña insoportable que considera retrasada -y por ello se divierte pegándole- y finalmente se casa, se divorcia y es “descubierta” por un matrimonio dueño de una peluquería que se excita con la violencia y los actos criminales de la más variada índole, facilitándolos siempre que pueden. Debajo de la arquitectura hiper femenina de la incomprensión, el ninguneo y las desdichas de la vida se va asomando una parodia demoledora alrededor de conceptos como la familia occidental, la belleza, la espiritualidad, el arte y hasta la fama mediática, todo en consonancia con un planteo poliforme: la protagonista nunca quiso una hija, se considera extremadamente bella (cara quemada con ácido de por medio), su primogénita termina uniéndose a los Hare Krisna y los mecenas pretenden convertir a Divine en una “show woman” del shock y el espanto. Desde el vamos el tono desaforado desparrama escenas que no acusan recibo de ninguna de las críticas y prohibiciones que recibió Pink Flamingos (1972), cuyo éxito por cierto ayudó a solventar el presente film y a expandir el presupuesto considerablemente (por lo menos si lo pensamos en función de los estándares habituales del director). La metamorfosis incluye además una mejora sustancial en la progresión narrativa ya que los sutiles baches de antaño desaparecen dentro de una virulencia retórica implacable y muy graciosa que no amaina en nada ni ve mermado su poder de observación con respecto al patetismo y la soberbia de las clases pudientes y la idiotez y sumisión en la que viven los lúmpenes y los marginados en general, aquí representados por la propia protagonista y sus dos compinches en el hurto, su principal fuente de ingresos luego de quedar encinta.

 

Female Trouble (Estados Unidos, 1974)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Divine, David Lochary, Mary Vivian Pearce, Mink Stole, Edith Massey, Cookie Mueller, Susan Walsh, Michael Potter, Ed Peranio, Paul Swift. Producción: John Waters. Duración: 89 minutos.

 

Desperate Living (1977):

Sin duda otra de las cumbres de la primera etapa de la carrera de Waters es Desperate Living (1977), una locura maravillosa que supera en su nivel de anarquismo y desfachatez a Female Trouble (1974) y hasta se podría decir que alcanza ribetes fellinescos en su segunda mitad. Ahora todo el asunto pasa por la huida de una burguesa neurótica y su criada/ enfermera psiquiátrica -negra e hiper obesa- luego de que esta última matase al marido de la primera asfixiándolo con sus generosas nalgas, circunstancia que deriva primero en uno de esos inefables abusos sexuales por parte de los policías del universo del cineasta y luego en el arribo del dúo a un pueblito llamado Mortville, dominado por una reina desquiciada y su séquito de guardias de outfit sadomasoquista, siempre gustosos de obedecerla y ejercer la violencia contra el “pueblo” del lugar, una ristra variopinta de inadaptados, criminales, nudistas y bisexuales. Considerando que hablamos de la primera película de Waters sin Divine, la cual no pudo participar porque tenía otros compromisos profesionales, el realizador se las arregla muy pero muy bien y deja en claro que su furia iconoclasta va más allá de la presencia de su actriz fetiche y de hecho puede sostenerse por cuenta propia, ahora disparando munición gruesa contra las lesbianas al mostrarlas como una caricatura de los hombres, justo como ocurre con las travestis y homosexuales masculinos en general en relación a las mujeres. Aún así el humor negrísimo del film le tiene un enorme cariño a cada uno de estos sociópatas porque en su efusividad, estupidez o soberbia representan una pequeña faceta del ser humano, apuntalada por supuesto en sus alegrías, sus frustraciones y sus tristezas. La fábula monárquica que construye la trama es también una burla salvaje a una sociedad estadounidense superficial gobernada por oligofrénicos y cínicos volcados al maquiavelismo: entre los gritos, las puteadas, los vómitos, las perversiones, un nene en la heladera, la crueldad, los asesinatos, la carne en movimiento, una operación de cambio de sexo, la inmundicia por doquier, el fascismo del régimen de Mortville, las parodias a la factoría Disney, un revólver que dispara dentro de un ano y un festín caníbal, lo que en el fondo tenemos es una dichosa enajenación creativa en todo su esplendor.

 

Desperate Living (Estados Unidos, 1977)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Mink Stole, Susan Lowe, Liz Renay, Edith Massey, Mary Vivian Pearce, Jean Hill, Brook Yeaton, Karen Gerwig, Jay Allan, George Stover. Producción: John Waters. Duración: 90 minutos.

 

Polyester (1981):

Si bien en cierto sentido se podría decir que Polyester (1981) es una película de transición porque por un lado inaugura el período mainstream de Waters y por el otro todavía conserva el carácter exacerbado y agresivo de antaño, en realidad el opus es su gran obra maestra, un trabajo que unifica todas las vertientes que había tomado su trayectoria hasta el momento y las que tomará de allí en más: a través de la historia de una ama de casa aburrida, santurrona y siempre al borde de la histeria -interpretada por Divine- cuya familia se cae a pedazos, el norteamericano consigue construir su propia versión de los melodramas rosas de impronta social de su admirado Douglas Sirk y a la vez mantener el trasfondo trash y revulsivo -símil film noir con la mentalidad de la comedia contracultural- de sus otros ídolos indiscutibles, Russ Meyer y William Castle, este último además funcionando como inspiración para el sistema Odorama, una traslación al campo de los aromas de aquellos artilugios concebidos por Castle en décadas previas para “complementar” la experiencia del espectador, ahora haciéndole oler una tarjetita con una variedad de diez fragancias que se condicen con lo que ocurre en pantalla. Con un marido dueño de un cine porno que la engaña con su secretaría, una hija bien putona que queda embarazada, un hijo psicópata sexual que pisa a las mujeres de Baltimore, una madre que no pasa de ser un parásito y una amiga retrasada que heredó una fortuna, el personaje de Divine nunca abandona su casona burguesa y nos obliga a someternos a esa sensación de endogamia y claustrofobia voluntaria permanente de las clases media y alta (los suburbios y los sectores bohemios de la ciudad que caracterizaron a los films previos hoy quedan en el pasado). Quizás la epopeya más barroca, elegante, grotesca y lacrimógena del director, Polyester le pega al sueño americano desde el mismo interior del sueño americano, señalando que es una pantomima absurda vinculada al hecho de ser “libres, blancos, ricos y felices”, lo que deja fuera a cualquiera que no calce con esa descripción fascista y retrógrada de una sociedad de base plutocrática y terriblemente injusta. Así las cosas, el circo de subnormales de Waters actúa como un freak show de terroristas culturales que parodian sin piedad alguna los conceptos tradicionales de familia, legalidad, religión y desviaciones sexuales, poniendo a un relato torcido de emancipación femenina en el centro de esta aventura antihijos, antimaridos/ esposas, antiestado y antiespiritualidad bobalicona producto de la fe o la misma creatividad artística… pensemos en los hobbies que ayudaron a los hijos de Divine a abandonar su “devenir licencioso”, nada menos que el macramé hippón y la pintura abstracta. El opus incluye asimismo una bomba contra el “cine serio” mediante el divorcio de la heroína y la aparición de un nuevo hombre dueño de un autocine orientado a la “calidad” en sintonía con Cahiers du Cinéma, quien por cierto resulta ser un gigoló al servicio de la madre de la protagonista, la cual pretende enloquecerla para encerrar a su hija en un manicomio y quedarse con el dinero del divorcio. Como nunca más ocurriría con el cine del señor de Baltimore, aquí disfrutamos de la extraordinaria paradoja de sentir que los cofrades de John se colaron en una película mainstream y la pervirtieron/ la violaron por todos sus orificios para dar por resultado este sublime tour de force en el que el anhelo de controlar nuestro entorno es casi tan nocivo y autodestructivo como nuestro entorno en sí y su impiadosa verdad, espejo de nuestros fracasos e ilusiones más pueriles.

 

Polyester (Estados Unidos, 1981)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Divine, Tab Hunter, Edith Massey, David Samson, Mary Garlington, Ken King, Mink Stole, Joni Ruth White, Hans Kramm, Rick Breitenfeld. Producción: John Waters. Duración: 86 minutos.

 

Hairspray (1988):

La reconversión hacia el mainstream que apenas estaba insinuada en Polyester (1981) se termina de producir en Hairspray (1988), un convite mucho más amigable para el “público menudo” aunque conservando algunas de las marcas corrosivas del Waters de antaño, quien en esta ocasión parece tomarse el gran presupuesto y la reluciente profesionalidad como una oportunidad para construir una película nostálgica que apunta a analizar la falsa candidez de Estados Unidos previa al hippismo, un período que sería analizado a posteriori por una infinidad de propuestas que hicieron de la utopía brillante premovimientos sociales radicalizados su principal fetiche retórico. Aquí en esencia una grandota y más joven Ricki Lake reemplaza a Divine en lo que hubiera sido el típico rol estelar de la travesti, la cual fue a parar al papel de su madre: todo gira alrededor de un programa de televisión intitulado The Corny Collins Show en el que se hacen competencias de baile entre adolescentes, lo que motiva una rivalidad entre la corpulenta protagonista y la típica rubia maldita y caprichosa de familia adinerada, egoísta y súper conservadora. La película tiene muy buenas intenciones y de hecho recupera el encanto naif de las obras cinematográficas del período con el objetivo de subvertirlo vía la introducción de la temática segregacionista en el segundo acto, con Lake por supuesto descubriendo su “espíritu negro” y abogando para que los afroamericanos puedan participar en el programa en todas las emisiones y no una vez al mes como hasta ese momento. Los freaks explícitos de antaño brillan por su ausencia y ahora pasan a ser “conceptuales” como en el caso de las participaciones/ citas vivientes de Sonny Bono y Debbie Harry (más allá de la propia Divine), lo que por cierto pone en primer plano la intención discursiva de Waters de ser más sutil en su alegato en torno al hecho de que la inocencia de la década del 50 escondía monstruos como el racismo, el chauvinismo, la criminalización de la juventud y en general la discriminación de todo aquel que no fuese blanco, pudiente y cristiano fanático. El realizador consigue balancearse con eficacia en la frontera entre lo olvidable símil musical vintage pasatista y el sustrato mordaz paródico para con esa derecha reaccionaria yanqui de siempre.

 

Hairspray (Estados Unidos, 1988)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Divine, Ricki Lake, Sonny Bono, Debbie Harry, Jerry Stiller, Colleen Ann Fitzpatrick, Ruth Brown, Michael St. Gerard, Leslie Ann Powers, Clayton Prince. Producción: Rachel Talalay. Duración: 92 minutos.

 

Cry-Baby (1990):

De todos los opus mainstream de Waters, Cry-Baby (1990) es uno de los más extraños por su naturaleza híbrida: el film cuenta con una primera mitad que funciona como una secuela conceptual de Hairspray (1988), ahora reemplazando a los racistas e integracionistas previos por conservadores y rebeldes (en la trama toman la forma de dos tribus urbanas, los “squares” y los “drapes”), y una segunda parte que pretende recuperar algo del surrealismo irreverente de los inicios de la carrera del norteamericano, aunque hoy orientado hacia lo que sería una parodia/ homenaje a los musicales cincuentosos y sesentosos de Elvis Presley. Con Divine fallecida en 1988, el cineasta decide volcarse a un protagonista masculino a la vieja usanza, nada menos que el por entonces ascendente Johnny Depp, quien interpreta a un clon un tanto ridículo y poco desarrollado del Marlon Brando de El Salvaje (The Wild One, 1953) y el James Dean de Rebelde sin Causa (Rebel Without a Cause, 1955). El muchacho es el líder de una banda de rock que gusta de las camperas de cuero y de pasar el rato sólo con los demás drapes hasta que se enamora de una joven square de clase alta, lo que por supuesto habilita un triángulo amoroso con el pretendiente almidonado de la chica, que canta en un grupo vocal bien aburrido e inofensivo. Aquí Waters profundiza la melancolía colorida de la película anterior mediante números musicales hechos y derechos que se condensan en esa segunda mitad un tanto simplona y remanida, en consonancia con un influjo camp ya no volcado a la diatriba política sino al entretenimiento leve: en lo que sí se luce el señor es en sacarse todos los gustos incorporando a la mayor cantidad posible de personajes bizarros reales, empezando por el inmenso Iggy Pop, siguiendo por Joe Dallesandro y la hermosa Traci Lords, y terminando con la mismísima Patricia Hearst (la típica dreamlander -léase colaboradora de Waters elegida por su particular apariencia- Kim McGuire languidece ante semejante lote de figuritas difíciles del ambiente artístico y criminal… sólo Waters tiene este magnetismo). La película está relativamente bien pero se ahoga un poco demasiado en la nostalgia, engolosinándose con las citas y las soluciones narrativas facilistas del subgénero retroadolescente.

 

Cry-Baby (Estados Unidos, 1990)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Johnny Depp, Amy Locane, Susan Tyrrell, Polly Bergen, Iggy Pop, Ricki Lake, Traci Lords, Kim McGuire, Joe Dallesandro, Patricia Hearst. Producción: Rachel Talalay. Duración: 85 minutos.

 

Serial Mom (1994):

Sin duda el mejor exponente de la fase mainstream más pomposa de Waters es Serial Mom (1994), una joyita que mezcla la sátira social, el humor negro y lo más cerca que jamás estuvo el director y guionista de ofrecernos su propia versión de una película tradicional de terror en sintonía con aquella clase B de William Castle y Herschell Gordon Lewis. Aquí las referencias a asesinos en serie y criminales varios superan a las presentes en Desperate Living (1977), con citas a Charles Manson, Richard Speck y Ted Bundy -este último representado por la voz del propio Waters- que se justifican largo y tendido vía una historia ficticia pero que se nos vende como inspirada en hechos reales, hoy centrada en la homicida del título, compuesta por una genial Kathleen Turner que se come a la película gracias a su papel de madre “perfecta” de clase media que esconde detrás un gustito irrefrenable por la justicia por mano propia. Casada con un odontólogo y con dos hijos que la quieren mucho, ella les devuelve el favor a todos matando a cualquiera que se ponga en sus respectivos caminos a la felicidad, ya sea cargándose al fatuo profesor de matemáticas del hijo varón, al noviecito que plantó a su hija mujer o a una pareja de pacientes de su esposo que le arrebató una tarde con el susodicho dedicada a ver aves. El norteamericano combina el melodrama salvaje y antiburgués símil Polyester (1981), destinado en esencia a la denuncia de la hipocresía de la vida de las clases acomodadas, y el suspenso cercano al gore basado en las andanzas de la querida psicópata por la zona residencial de Baltimore sin que intervenga ni un ápice de remordimiento, lo que deriva en un segmento final vinculado a la parodia en torno a la obsesión norteamericana con la violencia, el dolor, la celebridad mediática y los hilarantes “arrestos ciudadanos”. La fantochada de la policía y el sistema judicial también es puesta a prueba por el film mediante un tono narrativo hiriente y un ritmo vertiginoso que hacen a la experiencia tan satisfactoria desde el punto de vista de los “géneros duros” (el thriller y la comedia van de la mano en armonía) como desde la perspectiva del discurso de fondo (el fetiche morboso negado siempre termina explotando en algún momento y sin alicientes ni máscaras sociales de cartón pintado que atenúen el pavor).

 

Serial Mom (Estados Unidos, 1994)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Kathleen Turner, Sam Waterston, Ricki Lake, Matthew Lillard, Scott Morgan, Walt MacPherson, Justin Whalin, Patricia Dunnock, Lonnie Horsey, Mink Stole. Producción: John Fiedler y Mark Tarlov. Duración: 95 minutos.

 

Pecker (1998):

Con Pecker (1998) Waters definitivamente quiso regresar a un convite más pequeño que le permitiese desplegar su típico abanico de freaks de siempre, y la verdad es que el intento le sale muy bien porque consigue un trabajo encantador que unifica la pretensión señalada con una fábula inteligente sobre el costo emocional de la fama y esa renuncia a los afectos que a veces trae aparejado el arte para los creadores de turno. Un Edward Furlong muy lejos de la notoriedad que le deparó Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991) compone a un joven sencillo que trabaja en un restaurant, sale con una hermosa Christina Ricci que atiende una lavandería y -por supuesto- posee una familia de lo más bizarra: su madre tiene un local de ropa de segunda mano, su padre encabeza un bar con pool, su hermana mayor hace de “maestro de ceremonias” en un reducto gay de striptease y su pequeña hermana es adicta al azúcar. El hobby del adolescente, la fotografía, le termina abriendo las puertas de las galerías, los museos y la misma intelligentsia neoyorquina cuando una humilde exhibición de su producción fotográfica desencadena que sea “descubierto” por una dealer de arte interpretada por la gran Lili Taylor, puntapié inicial para que su vida se ponga patas para arriba ya que del anonimato pasa a una celebridad no buscada que en buena medida le impide seguir desarrollando su talento y que transforma para mal el vínculo con su familia, su novia y hasta con su mejor amigo especializado en pequeños hurtos locales. El realizador se sirve del viejo ardid retórico de la corrupción escalonada para continuamente desviar la atención desde el muchacho hacia su entorno, sin embargo respetando a cada uno de los personajes y haciendo del cariño y la comprensión su verdadera razón de ser (a contrapelo del cinismo hollywoodense contemporáneo, que produce al por mayor emociones y protagonistas de plástico que nada tienen en común con las personas reales). Se podría decir que Pecker es una versión naturalista/ costumbrista de las primeras y enajenadas obras del director, ahora abocándose mucho menos a la furia y más al corazón y a la defensa de la integridad ideológica de los personajes, quienes no se venden ante la cortina de humo del circuito del “arte moderno”.

 

Pecker (Estados Unidos, 1998)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Edward Furlong, Christina Ricci, Lili Taylor, Bess Armstrong, Mark Joy, Mary Kay Place, Martha Plimpton, Brendan Sexton, Mink Stole, Patricia Hearst. Producción: John Fiedler y Mark Tarlov. Duración: 87 minutos.

 

Cecil B. DeMented (2000):

Así como Pecker (1998) constituyó una vuelta al relato coral contracultural, Cecil B. DeMented (2000) inició un proceso de recuperación de la efervescencia política de antaño que a posteriori finalizaría con el siguiente y último opus de Waters, A Dirty Shame (2004). Utilizando de inspiración el secuestro de Patricia Hearst, quien por cierto actúa en la película como lo ha hecho en todos los trabajos del realizador desde Cry-Baby (1990), el señor construye un retrato alucinante tanto del fundamentalismo fanático de algunos sectores del cine under como de su contracara, un mainstream entregado a la mediocridad uniforme, el público menudo/ familiar, la mafia estupidizante de los grandes estudios y esa fiebre facilista de las remakes, secuelas y franquicias eternas. Melanie Griffith compone de manera perfecta a una actriz veterana y “casi oscarizada” que es secuestrada por una secta cinéfila comandada por el director visionario del título, en la piel de un desatado Stephen Dorff, quien entre sus seguidores tiene a futuras glorias como Maggie Gyllenhaal y Michael Shannon. Obligada a rodar un film mediante ataques de guerrilla a un complejo de salas comerciales, un almuerzo organizado por la Comisión de Cine de Baltimore, el rodaje de la continuación de la horrenda Forrest Gump (1994) y finalmente un autocine, el personaje de Griffith desarrolla el Síndrome de Estocolmo y termina uniéndose a sus captores en su cruzada en pos de completar la película en cuestión y poner de manifiesto la basura que viene produciendo Hollywood durante las últimas décadas. Entre citas explícitas a artistas como Andy Warhol, Kenneth Anger, Rainer Werner Fassbinder, Otto Preminger y Sam Peckinpah, entre otros, Waters redondea un puñado de escenas magistrales que funcionan como un ataque terrorista contra la industria cinematográfica yanqui y el público lobotomizado y castrado de la actualidad que desconoce el cine revulsivo de otras épocas, aquel cargado de sexo, violencia real y alegatos políticos de alto voltaje inconformista. Hoy en especial se destacan las escenas en las que los retroespectadores del cine de acción, del porno y del querido autocine salen en defensa de nuestros adalides de la fogosidad antiestablishment de los márgenes culturales.

 

Cecil B. DeMented (Estados Unidos/ Francia, 2000)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Melanie Griffith, Stephen Dorff, Alicia Witt, Adrian Grenier, Lawrence Gilliard, Maggie Gyllenhaal, Jack Noseworthy, Mink Stole, Ricki Lake, Michael Shannon. Producción: John Fiedler, Mark Tarlov y Joseph M. Caracciolo. Duración: 87 minutos.

 

A Dirty Shame (2004):

Las burlas al catolicismo más decadente siempre estuvieron presentes en el cine de Waters, desde sus inicios en la década del 60 hasta sus últimas obras, pensemos en la religiosidad latente de Kathleen Turner en Serial Mom (1994) o la dulce abuelita del protagonista de Pecker (1998) y su Virgen María parlante, no obstante en A Dirty Shame (2004) el asunto pasa a ocupar un lugar central porque la ahora heroína, una mujer cohibida y amargada interpretada por la muy graciosa Tracey Ullman, es rescatada de su hastío por un Jesús del sexo compuesto por el tremendo Johnny Knoxville, quien luego de un golpe accidental en la cabeza de la mujer la lleva a necesitar constantes cunnilingus y a descubrir la existencia de una comunidad de “apóstoles” que defienden con orgullo su adicción al sexo vía diferentes modalidades y/ o parafilias (tenemos quien disfruta de la promiscuidad, quien se excita con la mugre, otro que adora vestirse como un bebé, una pareja fanática de los tríos, un manojo de “osos” homosexuales y bien fornidos, una mujer que disfruta cuando le arrojan sustancias pegajosas sobre su cuerpo, un adepto a los pechos gigantes, otra que se estimula frotándose contra cualquiera, masturbadores crónicos, fecalofílicos sin freno, etc.). El norteamericano aquí construye una de sus sátiras más hilarantes alrededor de la moral naif, reaccionaria, cristiana y fascistoide de su país, sirviéndose sobre todo de la colectividad oculta de adeptos sexuales de Baltimore, siempre en busca de un orgasmo erótico que jamás haya sido experimentado por ningún ser humano, y la liga de “neutros” de la ciudad, la derecha boba de turno comandada nada menos que por la madre y el esposo de la protagonista, lo que desemboca en una terapia de grupo símil Alcohólicos Anónimos que tiene como ejes principales al personaje de Ullman y a su hija exhibicionista y operada/ con delantera prominente, en la piel de la bella Selma Blair. Las luchas entre ambos bandos y el colorido catálogo de prácticas sexuales van construyendo un discurso muy valiente y astuto por parte de Waters que apunta a remarcar la hipocresía de la sociedad yanqui en materia de sexo, enfatizando que la violencia -tanto la simbólica como la material- es vista positivamente mientras la sensualidad es condenada al consumo culposo hogareño.

 

A Dirty Shame (Estados Unidos, 2004)

Dirección y Guión: John Waters. Elenco: Tracey Ullman, Johnny Knoxville, Selma Blair, Chris Isaak, Suzanne Shepherd, Mink Stole, Patricia Hearst, Jackie Hoffman, Wes Johnson, David A. Dunham. Producción: Christine Vachon y Ted Hope. Duración: 89 minutos.