Wes Craven fue uno de esos adalides invaluables de la desproporción, artesano del delirio homicida y psicosexual más o menos controlado aunque siempre interesante y vital en su decisión de jugar con los límites de lo que el público de cada época estaba dispuesto a aguantar en términos de visceralidad y una propuesta retórica sincera, sin las bobadas amigables o infantiloides del mainstream de su tiempo, detalle que por cierto tiene mucho que ver con sus comienzos en el cine porno de la década del 70 y su ámbito visual asociado de “cero metáforas” a la hora de mostrar lo acontecido delante de cámaras. Los fans trasnochados o veteranos reduccionistas del horror lo recuerdan sólo por una de sus obras maestras, Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), los más conocedores por joyas absolutas como Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977) o La Serpiente y el Arco Iris (The Serpent and the Rainbow, 1988), y el público lelo hollywoodense por Scream (1996) y sus simpáticas secuelas, sin embargo el señor todavía necesita una verdadera revaluación crítica que nos permita salir de esos lugares comunes y reconocer los muchos méritos de propuestas que honestamente casi nadie vio como Éxtasis Mortal (Deadly Blessing, 1981), Obsesión Fatal (Deadly Friend, 1986), Shocker (1989), La Nueva Pesadilla (New Nightmare, 1994) y Vuelo Nocturno (Red Eye, 2005), films caracterizados por cierto sustrato experimental y/ o peleas con los productores, los estudios o la infame Motion Picture Association por la clasificación general de turno, amén de obras de segunda línea aunque más o menos atractivas como la primigenia La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left, 1972), la proto comiquera El Monstruo del Pantano (Swamp Thing, 1982) y las televisivas Extraño Verano (Stranger in Our House, 1978) e Invitación al Infierno (Invitation to Hell, 1984), todas también merecedoras de un análisis más profundo y un rescate urgente del cofre del olvido necio, pavote o bastante remilgado.
Ahora bien, La Gente Detrás de las Paredes (The People Under the Stairs, 1991) es sin duda una de las más diminutas y apasionantes realizaciones de Craven por el simple hecho de que combina su desparpajo formal marca registrada con una estructura ideológica/ discursiva que por fin le hace justicia a un director y guionista en verdad muy culto, cuyo corazoncito siempre estuvo volcado a una izquierda socarrona que aquí explota hacia todas direcciones desparramando palazos contra la derecha hiper conservadora, el acervo caníbal paradigmático del capitalismo, las minucias de la explotación parasitaria, el culto al dinero como fin en sí mismo, la segmentación social clasista, la costumbre burguesa bien sádica de mancillar a los indefensos, la endogamia entre la oligarquía cual nobleza moderna, la formación de conglomerados empresarios multirubro y por supuesto la clásica especulación inmobiliaria en términos de los procesos de gentrificación, léase la táctica de apropiarse de edificios deteriorados de determinados barrios de las capitales o centros urbanos con vistas a reacondicionarlos para elevar el precio del metro cuadrado de la zona o directamente derribarlos y construir enclaves de oficinas y/ o viviendas de lujo que van expulsando de modo paulatino a los habitantes históricos de la región hacia la periferia, lo que deriva en transferencia de recursos/ riqueza y un crecimiento de la miseria. Mezclando los cuentos de hadas macabros, las leyendas de casas del espanto y diversos e hilarantes detalles de humor negro, locura y sadomasoquismo, el cineasta construyó una deliciosa maravilla que no sólo ha envejecido muy bien -lamentablemente todas las temáticas tratadas exudan vigencia o empeoraron significativamente durante el nuevo milenio- sino que se mantiene firme como una de las obras maestras de un creador siempre desparejo pero con la enorme capacidad de sorprendernos tracción a valentía y desenfado burlón, hoy más que nunca volcado a la comedia negrísima que dispara munición gruesa contra el enemigo plutocrático y narcisista.
El protagonista es un nene negro, Poindexter Williams (gran trabajo de Brandon Quintin Adams), que vive en los suburbios menesterosos de Los Ángeles en un edificio derruido con su hermana adolescente Ruby (Kelly Jo Minter) y su madre enferma de cáncer Mary (Conni Marie Brazelton), familia con miembros adictos, criminales, presidiarios y muertos a corta edad. Apodado Tonto por una de las cartas del tarot, gran afición de su hermana, Williams acepta la invitación del novio de la chica, Leroy (Ving Rhames), para participar en un atraco a la familia de propietarios del edificio, los Robeson (colosal labor de Everett McGill y Wendy Robie), otrora dueños de una funeraria donde vendían ataúdes baratos a precios inflados y hoy poseedores de una licorería y de la mitad de las propiedades del barrio donde vive la familia de Tonto, esa que encima está a punto de ser desalojada porque no tienen el dinero para pagar el alquiler, lo que obligaría a Ruby a prostituirse y llevaría a la muerte a Mary, quien está condenada a encontrarse con la parca porque tampoco tienen lo necesario para abonar la extirpación del tumor. A sabiendas de la estrategia de los Robeson, eso de vaciar las construcciones para demolerlas y erigir edificios para ricos, el afroamericano Leroy, su cómplice de tez blanca Spenser (Jeremy Roberts) y el pequeño Poindexter ingresan a la casona de los magnates inmobiliarios pero lo que descubren es mucho más que esas monedas de oro que esperaban hallar, “tesoro” al que hace referencia una carta que los dos adultos encontraron en un asalto a la licorería de los caseros: los Robeson, supuestos marido y mujer, en realidad son hermanos y tienen encerrados en el sótano a un ejército de niños y adolescentes secuestrados que no cumplieron con la regla para ser aceptados como hijos adoptivos, eso de no ver ni oír ni decir nada a menos que se les hable, todo para colmo con la presencia de una muchacha sumisa llamada Alice (A.J. Langer) que funciona como esclava sexual del hombre y juguete cual muñeca de la mujer.
Todos los preceptos tácitos del mainstream castrador hollywoodense -ese que arrancó en la década del 80 y sigue vivito y coleando hasta nuestros días- pasan a ser violentados de manera esplendorosa por Craven, quien echa mano de su inconformismo en cada escena de frenesí paródico social gore: a la violencia contra los niños y al “trabajo” infantil se suman los ataques del feroz rottweiler de los Robeson, Príncipe, animal que eventualmente pasa a mejor vida, la antropofagia como tradición familiar ya que tanto el “matrimonio” -quienes se hacen llamar Mami y Papi- como los reos del sótano suelen degustar carne humana cruda, el atuendo sadomasoquista de cuero negro y tachas que suele calzarse el dueño de la morada para salir de cacería, la misma estructuración pesadillesca y laberíntica de la residencia cual casa del terror surrealista llena de artilugios y sorpresas a lo montaña rusa por demás freak, la idea de transformar a los payasos de clase media alta en los monstruos demenciales del convite, y por supuesto esa crueldad todo terreno que en pantalla es representada no sólo mediante los prisioneros del sótano -pálidos debido a la falta de luz solar y famélicos porque Papi gusta de torturarlos dándoles poco y nada para comer- sino también a través del amigo de Alice, Cucaracha (Sean Whalen), un pobre muchacho que escapó del presidio precario de madera y ese destino que les espera a todos los visitantes o infractores de las reglas, léase un pozo ciego repleto de cadáveres mutilados, ya que ahora vive detrás de los muros de la casa y buscando el momento de vengarse de unos Robeson que le cortaron la lengua por intentar pedir ayuda al exterior, algo casi imposible debido a que el lugar es una fortificación insonorizada y tapizada de trampas y trucos maquiavélicos. Aquí del suspenso estándar de entorno cerrado saltamos sin frenos a la carnicería psicótica de resonancias punk, muy deudora de Las Colinas Tienen Ojos, Shocker y La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), el clásico imperecedero de Tobe Hooper.
La película constituye una anomalía dentro del período mainstream de la carrera de Craven -de mediados de los 80 en adelante- ya que se nota que el señor no sufrió ningún tipo de interferencia por parte de las repugnantes autoridades del entramado hollywoodense y así pudo redondear una propuesta extremadamente libre, sarcástica y poderosa que no se contiene en ningún apartado, circunstancia que puede verse en escenas geniales como la del picaporte electrocutado, la de la bañera con agua hirviendo, esa otra en la que Cucaracha saca un torso en descomposición para asustar a los bípedos emblanquecidos del sótano, aquella en la que Papi ensarta/ acuchilla a Príncipe sin darse cuenta, la secuencia en la que el hombre se agarra la “mochila genital” pensando en lo que le hará a Alice, la muy graciosa -símil dibujos animados a lo Looney Tunes o Merrie Melodies– de la chimenea, la de la muerte de Mami, cuasi canibalizada por sus víctimas ahora desatadas, y el desenlace en sí en su conjunto con la muerte de Papi vía la dinamita detonada por Poindexter y con todo el dinero robado a la comunidad volando por los aires y quedando a disposición de los marginados a la periferia por el accionar de delincuentes como los Robeson, adeptos a embotar los sentidos de sus presas -recordemos que son dueños de la licorería del barrio y que le dan tranquilizantes para caballos a la gente del título- y servirse de ellos ya sea para generar más plusvalía o sumergirse en una fantasía de dominio, corrupción, infantilización, antropofagia, suplicio, fetichización, incesto, cacería y enajenación ególatra de clase. La sublevación popular que propone el amigo Wes, un acto de justicia de lo más sardónico y exquisito, permite tanto una lectura cercana a lo que sería una obra de terror “tradicional” como una interpretación mucho más vasta homologada a una sátira muy hiriente en torno a la recuperación del vecindario por parte de los menesterosos y postergados y la expulsión de los chiflados fanáticos del poder, la morbosidad sexual y las atrocidades más absurdas…
La Gente Detrás de las Paredes (The People Under the Stairs, Estados Unidos, 1991)
Dirección y Guión: Wes Craven. Elenco: Brandon Quintin Adams, Everett McGill, Wendy Robie, A.J. Langer, Ving Rhames, Sean Whalen, Kelly Jo Minter, Jeremy Roberts, Conni Marie Brazelton, Bill Cobbs. Producción: Stuart M. Besser y Marianne Maddalena. Duración: 102 minutos.